Allegra     Fecha  25/04/2016 00:52 
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Volver al foro Responder El derecho de defensa   Admin: Borrar 	mensaje
 
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En la película El puente de los espías, el héroe es el abogado que defiende el derecho a la defensa, a un proceso formalmente correcto, por encima de cualquier otra cosa. Esto supone la convicción en que el proceso, al constituir un procedimiento con normas predeterminadas e iguales para cada procesado, es la garantía contra la arbitrariedad y la indefensión.

Conceptos como el derecho a la defensa y a la presunción de inocencia, requisitos como las exigencias para la obtención y validez de las pruebas, la asistencia letrada en las declaraciones, los trámites y plazos, etc., por una parte nos parecen algo incuestionable y hasta de perogrullo (lo cual es un signo de madurez democrática) pero muy a menudo se los desprecia como si tuvieran un regusto a formalidades huecas, cuando no a impedimentos para la justicia material. Supongo que por la consideración de que la “justicia” es sólo una cuestión de “sentido común” y que la técnica procesal no afecta al fondo.
Pero en realidad, es lo único que nos aleja de la “tiranía”: las normas. Tanto las leyes materiales como las procesales, es decir, las que hacen que exista un procedimiento prefijado en el que haya ocasión, medio y forma adecuado para cada acto de alegación y de prueba.

Por lo anterior, en un sistema democrático que recoja derechos fundamentales como la defensa y presunción de inocencia, a la convicción de la culpabilidad o no de un acusado sólo puede llegarse a través del proceso. Pero cuando en la sociedad se ha formado esa convicción previamente, por evidencias, prejuicios, conjeturas o lo que sea, y dependiendo además del tipo de delito cometido y la alarma o rechazo social que provoque en un momento determinado, las formas procesales son contempladas como pejigueras inútiles, cuando no sospechosas de intentar confundir u ocultar la verdad material.

Es por ello que en “El Puente...” la figura del abogado que defiende a un espía soviético en EEUU en los años más psicóticos de la guerra fría, manteniendo a ultranza la necesidad de observar un proceso con garantías, nos resulta admirable. Porque a esa cultura democrática se une el hecho de que el crimen cometido nos resulta lejano y la personalidad del acusado atractiva, entre otras cosas.

Pero no es difícil imaginar que ante delitos que nos resultaran más sensibles en este momento y lugar (terrorismo, corrupción, pederastia, etc) la apelación al cumplimiento estricto de las normas procesales nos resulta, como mínimo, irritante; y no sólo porque nos parecen ajenas al fondo del asunto, sino por la desconfianza en que las partes en el proceso y los propios órganos judiciales las usen con arreglo a su finalidad.
Pero no olvidemos que el respeto y la defensa de un proceso es un fin en sí mismo, no un medio para conseguir la absolución, sino para llegar a un veredicto justo. Así, sin perder de vista que la misión del abogado es la defensa de los intereses de su cliente, no juzgarle, el afán de James Sheridan (prota de El Puente...) es que su cliente sea juzgado correctamente, con independencia de su culpabilidad o inocencia, que no quiere ni conocer. Con lo que su actitud es absolutamente ejemplar de la función de la abogacía.

Esta idea se refleja en otras películas, como La carta (1940) de William Wyler, con Bette Davis, en la que se dice que el deber del abogado es defender a su cliente, no considerarlo culpable “ni con el pensamiento”.

¿Y cuando en el pensamiento sí se le considera culpable?
En el escudo del Colegio de Abogados de Lima reza que “los abogados sólo deben defender causas justas”. Sin embargo, esto plantea un viejo dilema moral. Aunque esté reconocido que todo el mundo tiene derecho a la defensa ¿es ético que un abogado defienda a quien tiene la convicción de que es culpable usando todos los medios formales a su alcance?

En la película El misterio Von Bülow se plantea el caso real de Clauss Von Bülow, que fue sentenciado a treinta años de prisión por intento de asesinato de su mujer, y contrata para la apelación al abogado Alan Dershowitz, quien dice: “No soy una persona que se alquila, debe haber algo moral o legal”. Pero más adelante, dice a su equipo: “Si los abogados sólo defendieran inocentes bastarían diez abogados en todo el país y sobrarían ustedes. Aún cuando todos piensen que una persona es culpable de un crimen sólo hay una persona en la que éste puede y debe confiar, y esa es su abogado”.
Aunque desde un punto de vista más cínico, Cuando uno de sus alumnos dice “Von Bülow probablemente sea culpable, pero ese es el desafío”, Dershowitz contesta: “aquí hay un abogado”.

Por último, en cuanto a cuál sería la consecuencia de la ausencia de reglas en el proceso, me remito a este diálogo de la película “El Proceso” de Orson Welles, basada en el libro de Franz Kafka:
“–¿Puedo mirar los libros? –preguntó K, no por mera curiosidad, sino sólo para aprovechar su estancia allí.
–No –dijo la mujer, y cerró la puerta. No está permitido. Los libros pertenecen al juez instructor.
–¡Ah, ya! –dijo K, y asintió–, los libros son códigos y es propio de este tipo de justicia que uno sea condenado no sólo inocente, sino también ignorante.”                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                

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