irichc     Fecha  7/08/2004 20:14 
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Volver al foro Responder Brentano. Confrontación de la prueba teleológica con la hipótesis darwinista-I.   Admin: Borrar 	mensaje
 
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El presente texto de Brentano puede resultar atípico a los que se hayan familiarizado con la enquistada polémica entre evolucionistas y creacionistas. Su autor no está, filosóficamente hablando, ni con unos ni con otros, a pesar de defender la existencia de una inteligencia ordenadora que crea el universo conforme a fines (por el principio de razón, recuérdese, todo tiene una causa y un fin). Veamos en qué se distingue de ambas corrientes enfrentadas.

La falacia del llamado “argumento antrópico” consiste en dar una importancia excesiva a la vida, como si de la existencia de ésta se siguiera “eo ipso” la de la divinidad que la habría dispuesto. Pero ello conlleva olvidar el sinnúmero de estados de cosas descartados en este mundo e igualmente improbables. Por el contrario, no es la vida la que da razón de ser al universo, sino que es la razón del universo, su increíble regularidad y constancia, la que permite la vida como detalle ínfimo y sublime del cosmos. La parte, pues, se ordena al todo, y no el todo a la parte.

Afortunadamente, Brentano cae en la cuenta de los vicios argumentativos de esta forma de “probar” la existencia de Dios y los evita en su exposición del principio teleológico, que ni se limita a lo vivo, ni lo contempla como fin final. Al respecto, Bacon observa en un famoso pasaje: “Estaría más dispuesto a creer todas las fábulas de la Leyenda y el Talmud y el Corán antes que a admitir que este sistema universal carece de propósito”.

¿En qué sentido, pues, Brentano critica al darwinismo? Sabemos que Darwin coloca a la especie en función del individuo, al perpetuarse aquélla a través de sus tipos superiores, y al individuo en función del entorno, siendo individuos superiores los más capaces de adaptarse al mismo. Ahora bien, al darse gran cantidad de factores cruciales que escapan a la percepción del individuo (el desarrollo inconsciente de sus cualidades físicas, el mecanismo de los procesos volitivos, etc.) y, por consiguiente, a la aptitud de éste en vistas a su conservación, Brentano deduce lo que el sistema darwinista omite, a saber: una teleología infinitamente superior a la dialéctica entre individuo y especie. La cual no puede atribuirse a la Naturaleza misma, cuyas meras constantes o leyes carecerían de finalidad, ni a un “espíritu” inmanente a ella, si la tomamos como un agregado inarmónico de materia y energía. Sólo Dios puede resolver el enigma.

Saludos.

Daniel.

* * *

El fenómeno de la teleología en el ámbito de la naturaleza viviente.

(...)

Aunque la intuición, el juicio, la volición y otras funciones psíquicas, sensitivas e intelectuales, se nos muestren subordinadas a las actividades vegetativas ejercidas por el cerebro y otros órganos, no se nos aparecen, sin embargo, como funciones pura y simplemente receptivas, que nunca fuesen capaces de dar nada. Por el contrario, hay en este sentido una recíproca ayuda.

Como alimento útil para su asimilación por el organismo de los animales, sólo hay un determinado número de materias, la mayor parte de la cual remite a otras materias orgánicas que no están dadas inmediatamente al organismo de los animales superiores. Las actividades psíquicas de índole sensorial e intelectual han de contribuir a la asimilación de estas materias, valiéndose de los órganos vegetativos de que ya disponen y cuya constitución está adaptada a esas mismas actividades. Veamos cómo uno de los más grandes biólogos modernos describe la dependencia en que se halla el organismo entero de un animal respecto de su alimentación:

“Cada uno de los seres vivientes –dice Cuvier- constituye un todo, un sistema individual y cerrado, cuyas partes se corresponden todas entre sí, contribuyendo a la realización de una misma finalidad, merced a su acción recíproca. Ninguna de las partes puede modificarse sin que se alteren las otras, y, por ende, cada una de ellas, aisladamente tomada, nos da y describe a las demás. Por consiguiente, si los intestinos de un animal están organizados de tal forma que sólo pueden digerir la carne y, precisamente, la carne fresca, este animal habrá de tener también sus mandíbulas acondicionadas para tragar, sus garras para atrapar y desgarrar, sus dientes para cortar y desmenuzar la presa, todo el sistema de sus órganos motores dispuesto para perseguirla y darle caza, y sus órganos sensoriales en condiciones de percibirla a distancia. Será necesario, incluso, que en su cerebro se den los instintos imprescindibles para ocultarse y acechar clandestinamente a su víctima (...) En definitiva, la forma de los dientes prefigura la del cóndilo, y la forma de los omoplatos la de las garras, exactamente igual que la ecuación de una curva lleva consigo todas las propiedades de ésta; y, así como haciendo de cualquiera de sus propiedades el fundamento de una determinada ecuación, volverían a encontrarse tanto la ecuación primera como todas sus restantes propiedades, así también, si se toma como punto de partida un miembro del animal, cabe describir a éste integramente, basándose, asimismo, en el conocimiento de la economía biológica (...)”.

Como ven ustedes, Cuvier no se limita aquí a afirmar que todo esto ocurre, en todos los sentidos, como si estuviese orientado a una finalidad, sino que afirma esta orientación categóricamente.

(...)

Veamos también lo que dice en otro lugar: “La zoología tiene un principio que le es propio y del que saca provecho en múltiples ocasiones: el que se conoce con el nombre de principio de las causas finales. Pues como quiera que no puede haber nada que no reúna todas las condiciones necesarias para su existencia, las diversas partes de un ser han de configurarse y coordinarse de manera que hagan posible al todo, no solamente en sí mismo, sino también en su relación con los seres que le rodean”. “Este principio –dice más adelante- conduce con frecuencia a leyes generales, que se infieren con tanta claridad como las que resultan de un cálculo o de un experimento”. Contando exclusivamente con un hueso de un animal prehistórico aún no identificado, el propio Cuvier dedujo, mediante el principio teleológico, las partes fundamentales de la totalidad del organismo del animal en cuestión, y su hipótesis fue luego confirmada por el hallazgo de un esqueleto entero de ese mismo animal.

Indudablemente, el método teleológico se acredita con éxitos de esta clase, y se puede decir que el principio invocado por Cuvier ha conseguido la más espectacular confirmación y que la hipótesis de las causas finales ha demostrado su fecundidad en la forma en que habitualmente pueden preciarse de ello las más fidedignas conjeturas de las ciencias de la Naturaleza.

Sin embargo, nos guardaremos muy bien de sacar sin más la conclusión de que en lo expuesto aquí se da realmente una teleología. Por ahora, nos quedaremos en nuestra modesta afirmación repitiendo, eso sí, con plena seguridad, que los objetos de los que nos hemos ocupado tienen la propiedad de ser y de actuar como si se orientasen hacia un fin que sólo puede imponerles una inteligencia sobrehumana.

(...)

Recientemente, Wallace ha intentado demostrar que los nidos no se construyen de una manera enteramente ciega. Creía en la posibilidad de comprobar que los pájaros enseñan a sus crías. Si éstas quedan aisladas de sus padres, pierden la observación de su arte de construir. No oculto mi completo escepticismo ante semejante experimento. La iniciación de las crías de los pájaros en esta técnica ¿sería teórica o práctica? Sea cualquiera la hipótesis que se siga, inmediatamente se comprende que ambas son inviables. (...) Supongamos que Wallace hubiese probado realmente que las crías de los pájaros pierden su instinto de nidificación si se las aísla de sus padres. La pérdida de este instinto puede entonces deberse a la anormalidad de las condiciones en que esas crías tienen que vivir.

Así, pues, el instinto nidificativo de los pájaros –lo mismo que otros instintos- no es comparable a la técnica racional propia del hombre, sino a esa especie de técnica irracional, o actuación teleológica inconsciente, que caracteriza a la vida vegetativa. Pero aunque estos pequeños animales tienden únicamente hacia lo más inmediato, sus efectos llevan, no obstante, la marca de lo que está orientado en forma adecuada a unos objetivos mucho más remotos.

En una cierta oposición a las manifestaciones del instinto se muestra la otra clase de fenómenos que ya mencioné: la de los movimientos voluntarios. Queremos mover un miembro, y éste, al punto, se mueve. Tampoco puede dudarse que es nuestra voluntad lo que causa este movimiento. Mas no lo causa de una manera directa, sino, por el contrario, muy mediata. La voluntad produce directamente un efecto que escapa a nuestra conciencia, y éste, de igual manera, determina la aparición de otro, y así sucesivamente, hasta que por fin surge el movimiento que queríamos hacer, tras una larga serie de incidencias que en gran parte desconocemos y que no entraban en nuestras intenciones.

¿No se da enteramente este fenómeno como si las acciones previas al movimiento fuesen medios para el fin que deseamos? Y, sin embargo, no hemos decidido realizar estas mismas acciones. Por consiguiente, también en las actividades voluntarias hay un cierto orden teleológico, que no puede ser establecido ni por nosotros mismos, ni por ninguna otra inteligencia y voluntad humanas. Si desde aquí volvemos nuestra mirada a las actividades instintivas de los pájaros, de las que antes hablábamos, vemos que, por ser también apetecidas, estas actividades tienen una teleología fenoménica como la que se da en los movimientos libremente queridos por nosotros. En ambos casos la teleología fenoménica de la Naturaleza va unida a un deseo consciente. El fin hacia el que apunta este deseo se nos aparece situado entre los fines remotos, a los que sirve de medio, y los objetivos próximos, que a su vez son medios para él y que de un modo sucesivo van cumpliéndose, merced al deseo consciente, sin que en éste resulten vislumbrados.


El fenómeno de la teleología en el ámbito de la naturaleza inanimada.

(...)

También lo inanimado y lo inorgánico muestran en sí claramente los rasgos propios de la teleología fenoménica. Y, por cierto, unas veces los muestran por sí y de suyo, y otras veces –la mayoría- los manifiestan cuando se advierte su estrecha correlación con los seres orgánicos que viven, sienten y piensan, los cuales no intervienen para nada en las transformaciones esenciales –ni tampoco en algunas de índole accidental- del mundo inorgánico, ni pueden llevar a cabo sus principales funciones.

(...)

Si fijamos nuestra atención en el campo de los seres inorgánicos y comparamos entre sí los distintos elementos de que constan, vemos que en su pluralidad se hace patente una doble unidad:

1. la unidad propia de la semejanza;

2. la unidad entre las fuerzas y las aptitudes, de suerte que las unas proporcionan lo que las otras requieren para su actividad, y así se complementan mutuamente en una cierta medida.

Pues bien, en ambas modalidades se da plenamente el hecho de la teleología fenoménica.

(...)

Los procesos químicos –los más importantes de todos- son igualmente los que mejor permiten comprobar las notas características de una teleología fenoménica.

a) No sólo dan la impresión, como ya hemos dicho, de que las diversas materias hubieran sido perfectamente calculadas en función las unas de las otras,

b) sino que, por ser las transformaciones de más radical alcance, llevan en todos los casos a cambios de máxima envergadura.

c) Por obra de estos procesos puede darse en el mundo el ingente cúmulo de las múltiples especies de los cuerpos, contando, exclusivamente, con una cantidad muy escasa de materias primas.

d) Ello se consigue, sobre todo, por las diversas combinaciones de los elementos, en razón de que éstas entran, a su vez, en otras combinaciones más complejas. Pues todo cambio en las proporciones de una combinación da como resultado una especie completamente distinta de materia. E, igualmente, el principio de la completa transformación de la materia en todas sus propiedades se confirma también en los órdenes superiores, o menos elementales, de la combinación química.

e) Ahora bien, tanto las proporciones en que los elementos pueden combinarse, como las de las síntesis de las combinaciones, son escasas; y no cabe llegar al infinito en el aumento de la complejidad, sino que pronto se topa con un límite.

He aquí un hecho igualmente teleológico en el más alto grado.

El hecho de que las materias se combinen en proporciones diversas tiene, sin duda, una significación teleológica, pero también la tiene el de que no se combinen en una gran diversidad de proporciones. También es teleológico el progreso desde las síntesis más elementales hasta las más complejas; pero igualmente lo es el que esta serie no constituya una cadena de una longitud excesiva. De lo contrario, es decir, si el aumento de la complicación llegase hasta el infinito, se perdería toda posibilidad de algo común, de modo que ya no habría ningún tipo de afinidad, ni tampoco, por tanto, ningún orden, ni vida orgánica alguna, ni ninguna investigación científica de la Naturaleza. Dicho con otros términos: en vez del orden, el caos. (El gran retraso con que se ha descubierto la limitación de las posibles síntesis de las materias es, en verdad, un humillante síntoma de los pocos alcances de nuestro espíritu). Whewell tiene toda la razón al observar que este descubrimiento no podría por menos de haberse llevado a cabo de una manera verdaderamente apriorística, ya que, de lo contrario, no cabría encontrar dos cuerpos pertenecientes a una y la misma especie.

f) También es un fenómeno teleológico el influjo que ejercen las condiciones físicas sobre las fuerzas químicas. Con el cambio de las primeras las afinidades químicas varían, lo cual permite que se separe lo unido y que se vuelva a unir lo separado, cosas enteramente imprescindibles para la continua circulación de la materia, que sin ellas se detendría inmediatamente.

g) Por último, las nítidas regularidades que nos muestran las leyes de las proporciones múltiples y de los equivalentes químicos son manifestaciones destacadas de la teleología fenoménica para todo el que las observe con suficiente atención. Con ellas ha llegado a establecerse la base más importante de la teoría atómica. Aunque hay quienes piensan que esta teoría no ha conseguido aún ser comprobada de una manera indudable, las mismas regularidades de que hablamos son, no obstante, hechos indiscutibles y forman serie con otros hechos parecidos de la naturaleza inorgánica, que no se explican suficientemente con la teoría atómica, como, por ejemplo, las leyes de los equivalentes térmicos y de los cambios de las proporciones del volumen al mezclarse los gases, los sólidos y los líquidos. En todos los casos, la diversidad, el orden superior y la armonía parecen responder a una exigencia estética.

(...)

No obstante, aún vamos a referirnos a otro hecho que no por ignorado, sino por sobradamente conocido, se presta a que su carácter teleológico resulte el menos fácil de observar.

Se trata de la conjunción en el espacio del enorme cúmulo de cuerpos que realmente se dan en él. Sin esta conjunción sería imposible que toda la variedad de conexiones entre las fuerzas físicas tuviese alguna eficacia y condujera a alguna transformación. La observación de Newton, según la cual no hay nadie tan desprovisto de juicio filosófico que no reconozca esto, revela que para él se trata de una verdad evidente “a priori”, aunque además la experiencia la confirme en todos los casos.

¡Totalmente de acuerdo! ¿Pero es igualmente obvio que los cuerpos hayan de congregarse en el espacio? Bien lejos de ello, para quien no admita una inteligencia ordenadora del mundo, la sola conjunción de dos cuerpos en el espacio es de una improbabilidad infinita, incluso infinitamente infinita. Pensemos en una línea ilimitada en la que dos cuerpos hubieran de situarse, no se sabe en qué sitio. La hipótesis de que esta línea es el límite entre ambos cuerpos tiene una probabilidad infinita, que se eleva, a su vez, al infinito, porque los cuerpos han de estar situados en una superficie y, naturalmente, en un espacio tridimensional.

Por consiguiente, aun suponiendo dadas todas las demás condiciones fenoménicamente teleológicas del mundo inorgánica, todas las energías quedarían inactivas y muertas, si no se diese en verdad el único caso favorable entre los infinitamente infinitos casos desfavorables.

Así, pues, el hecho de que los cuerpos se congreguen espacialmente tiene, sin duda alguna, la apariencia de haber sido previsto para que sean posibles el cambio y la actividad (1).

(...)



(1) Sin embargo, en este ejemplo Brentano se acoge a la concepción ideal newtoniana del espacio, ya pericilitada. Si presuponemos, por el contrario, el continuo en la Naturaleza y la ausencia de vacío (lo que excluye cualquier forma de acausalidad), el contacto entre dos o infinitos cuerpos no tiene nada de insólito, sino que cae por su propio peso (Nota del transcriptor).


Brentano. Sobre la existencia de Dios.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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