irichc     Fecha  7/08/2004 20:50 
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Volver al foro Responder Brentano. Confrontación de la prueba teleológica con la hipótesis darwinista-II.   Admin: Borrar 	mensaje
 
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En esta segunda parte, Brentano despliega su ingenio para combatir las objeciones de los materialistas, con una lucidez y coherencia que me ha recordado a ratos al tono de la Teodicea de Leibniz, casi como si se tratara de su prolongación o epílogo. Los temas tratados son, sumariamente, la naturaleza de las máquinas orgánicas, la actuación por causas segundas, la economía de medios y la adecuación de éstos a los fines.

Ante la acusación de miopía y de restringir indebidamente el campo de los sucesos para adaptarlos al lecho de Procusto de lo teleológico, se responde que es la crítica anti-teleológica la que descuida el conjunto de todos los casos y ofrece una visión sesgada en cada particular, o bien procede falazmente “ad ignorantiam”.

La defensa culmina, en la próxima sección, con un ataque directo a ciertos presupuestos básicos del darwinismo.

Saludos.

Daniel.

* * *

Objeciones contra el fenómeno teleológico en la Naturaleza.

A) Objeciones generales.

(...)

“Nosotros admitimos que en algún caso puede parecer que existe un fin, pero no en todos los casos o, en el supuesto de que se diese en todos –ya que realmente tenéis la pretensión de demostrar la teleología fenoménica sin dejar intacto ningún campo-, no admitimos, en cambio, que la haya en todos los aspectos. Lo negamos de muchos y, ciertamente, de la mayoría. Y de ahí que, al fijarnos en la totalidad, la apariencia de la teleología vuelva inmediatamente a extinguirse, incluso en aquellos aspectos que, tratados aisladamente, producían la impresión de responder a un fin”.

“Decidme para qué están en el mundo las chinches y los cáncanos o, sencillamente, las lombrices, y yo aceptaré también la explicación para los caballos y los bueyes; decidme cuál es la finalidad de que Rotschild no tenga menos oro y la de que éste no sea más abundante en el erario de Austria o del Vaticano, y la aceptaré también para que en el aire no haya más ni menos oxígeno, ni más ni menos nitrógeno”.

“Si me decís para qué está en el camino esa única piedra y qué fin tiene el que se halle en esa posición y no precisamente en la contraria, también aceptaré lo que me digáis sobre el lugar de la Tierra y sobre la posición de sus ejes”. “Decidme para qué el agua del mar es salada, y admiraré también sus demás propiedades. No cabe duda de que al navegante le vendría mejor que el agua del mar fuese dulce”.

“Decidme, por considerar también los organismos, qué finalidad tiene el bazo que se les puede extirpar a los zorros de pocos años sin hacerles ningún perjuicio, y también creeré lo que me digáis sobre la apariencia teleológica del ojo, etc.”.

“Pero hasta aquí no sólo no he admitido que en el mundo se cumpla alguna finalidad, sino que ni siquiera he aceptado que parezca cumplirse. Pues ¿qué razón puede haber para que, al echar los dados varias veces, no sea preciso que otras tantas salga una pareja, y cómo se explica que, al agruparse fortuitamente varias letras de un conjunto infinito en número y variedad, no sea forzoso que llegue a salir alguna vez siquiera un solo vocablo de algún idioma humano, ni mucho menos un término de nuestro propio idioma o una palabra por la que tengamos una cierta predilección? Ninguna persona razonable dirá, si atiende al conjunto, que en él parece imperar alguna teleología”.

“Por consiguiente, la apariencia de la teleología es discutible o, mejor dicho, solamente se da en una pequeña parte”.

(...)

“Una de las cosas más capciosas, y que más han contribuido a la afirmación de la apariencia de la teleología, fue el hecho del instinto”.

“Así, por ejemplo, la conservación de todos los géneros y especies de los animales es un efecto que atribuimos al instinto bajo la forma del apetito sexual. Este se muestra activo cuando la energía correspondiente alcanza la madurez, siendo, de esta manera, el hecho más adecuado para dar a primera vista la impresión de un comportamiento teleológico, si es que algo efectivamente puede darla”.

“Considérese, sin embargo, la contraprueba siguiente. El perro que te lame la mano no te perjudica con su baba; pero he aquí que, por un proceso químico-fisiológico, todavía no explicado por la ciencia, empieza a desarrollarse en la baba del perro una sustancia tóxica que puede matar a ese animal y a los que él consiga inoculársela mordiéndolos. Esta nueva sustancia, que confiere a su portador una energía semejante, le hace experimentar el nocivo deseo de morder, con lo cual resulta que la causa que ha preparado el veneno se ha cuidado, a la vez, de que éste no se pierda enteramente sin hacer ningún daño, de modo que si un organismo se libera de esta sustancia, otro siga teniéndola”.

“Difícilmente llegará nadie a admirarse de esta apariencia de finalidad, ni de semejante instinto de propagación. Pero, entonces, puede también quedar claro que no hay ninguna razón para admirarse de ésta en ningún caso, ya que el fenómeno es enteramente análogo en todos ellos”.

B) Objeciones contra el fenómeno de una teleología sobrehumana.

“Aun aceptando que en los productos de la Naturaleza se encontrase efectivamente una cierta apariencia de finalidad, ésta no sería superior a la del ingenio humano, sino que debería ser pensada como propia de una inteligencia de un grado muy inferior. Juzgado con la medida que se aplica al entendimiento del hombre, el recurso más eficaz entre los que emplea la Naturaleza es equiparable únicamente al más ciego de los azares”.

(...)

“Si un hombre para cazar una liebre hiciera fuego sobre un matorral en todas las direcciones, disparando millones de fusiles; si para entrar en una habitación cerrada se agenciase diez mil llaves diferentes y las fuese probando todas; si para tener una casa llegase a edificar una ciudad, abandonando luego a la intemperie todas las casas sobrantes, no cabe la menor duda de que nadie podría considerarle como un hombre que sigue un plan, y mucho menos se podría suponer que tras esta conducta haya una sabiduría superior, unos motivos ocultos y una eminente prudencia. Pues bien, lo mismo habría que decir si tuviese lugar en la Naturaleza un comportamiento semejante”.

“Mas quien quiera aprender en las nuevas ciencias de la Naturaleza las leyes de la conservación y la propagación de las especies, se encontrará por doquier con fabulosos derroches de gérmenes vitales”.

“Lo más frecuente es que estos gérmenes de pierdan; el desarrollo ‘natural’ es un caso especial entre mil; es la excepción, y esta excepción produce esa naturaleza cuya teleológica autoconservación causa el asombro de quien, dejándose llevar de su miopía, le atribuye realmente una finalidad”.

“El devenir de la Naturaleza es, por tanto, ‘un azar’; no, naturalmente en el sentido de que en él no se cumplan las leyes naturales generales, sino en la estricta acepción en la que se habla del azar para oponerlo a lo que se consigue por la inteligencia que calcula de una manera humana”.

(...)

“Si hay algo adecuado para suscitar la apariencia del más alto sentido teleológico, este algo lo es, indudablemente, el órgano de la vista; lo cual explica, a su vez, que este órgano sea el tema predilecto de los partidarios de las causas finales. Desde los nervios hasta las pestañas, el ojo constituiría el mejor ejemplo de un dispositivo teleológico. Pero sucede que también el ojo, y precisamente el ojo normal (abstracción hecha de los casos aislados de deformación), se nos muestra como algo tan imperfecto de suyo, que sería un flaco y ridículo servicio el que le prestaríamos a un ser sobrehumanamente inteligente si le hiciésemos responsable de esa presunta obra de una inteligencia infinita, tal como, sin embargo, se esfuerzan por demostrar los seguidores de la teoría finalista”.

“El ojo es imperfecto por carecer de la capacidad de adaptarse a cualquier distancia. Su dispositivo de acomodación es deficiente. La distancia que media entre el punto inicial y el terminal del campo de la visión enteramente perfecta es mucho más corta que la precisa para superar y dominar cualquier distancia”.

(...)

“Todas estas insuficiencias permiten considerar al ojo humano como un instrumento tan imperfecto que Vogt dice que si un óptico se lo diera, lo pisotearía. ¿Cómo se casa esto con la apariencia de un entendimiento infinitamente superior, cuya comprensión de las leyes de la Naturaleza sería mejor que la que nosotros poseemos? Ya en lo que se refiere al conocimiento de la óptica estaríamos, sin duda, muy por encima de él. Y, sin embargo, el ojo del ser humano es el orgullo de la mayor parte de los defensores de la teoría teleológica. ¡En cuánta menor medida todavía podrán hacer de los restantes órganos un motivo para inferir una sabiduría tan encumbrada como la que pretenden demostrar!”.

(...)

“Se ha hablado de la armonía en la que todos los seres se mantienen. Se dice que todo ocurre en el mundo como si cada cosa hubiera sido teleológicamente calculada en función de las otras. ¿No es verdad justamente lo contrario? Lo que por todas partes encontramos no es unidad y armonía, sino lucha y contradicción. El combate es el lema universal. Los animales luchan entre sí y contra las plantas; el hombre, contra ambas clases de organismos; y todos ellos, también, contra lo inorgánico. Todos combaten y se destruyen mutuamente. Y esta lucha es inevitable, como impuesta por lo que llamamos destino. Todo ha nacido para odiar. Afirmáis que todo es para todo. Pero no hay tal. Todo está contra todo. Lejos de ser el mejor mundo posible, como con ciego entusiasmo piensan muchos de los adeptos de la teoría finalista y de los que admiten la existencia de Dios, este mundo es, por el contrario, el peor de los que cabe concebir. La guerra, no la paz, es en él el padre de la vida; naturalmente, de una vida infeliz. Toda empresa termina en el fracaso, o triunfa con malos medios. No se da ningún caso en el que no se realice lo contrario del bien, por donde hay que pensar que el fin justifica los medios. Y a la vista de todas estas cosas, ¿puede aún mantenerse la apariencia de un entendimiento bueno y sabio? Es evidente que no. Más bien habría de admitirse, como hicieron los maniqueos, un principio del mal. Pero para un hombre razonable es el azar lo que explica la necesidad de que aparezca este cuadro sombrío, ya que los posibles efectos carentes de la apariencia de la finalidad son mucho más numerosos que los susceptibles de tenerla”.


Respuesta a las objeciones contra el fenómeno teleológico.

A) Respuesta a las objeciones generales.

(...)

Empecemos por el examen de lo que en primer lugar se ha sostenido al hacer estas objeciones. ¿Por qué no subsistiría ninguna apariencia teleológica, pese a lo que habíamos comprobado en los ámbitos más diversos? La razón ha sido la siguiente: porque en la mayor parte de los casos, o incluso en todos según la mayoría de sus facetas, no sabemos determinar exactamente en qué estribaría el fin.

Es éste un hecho frecuentemente alegado para impugnar la prueba teleológica de la existencia de Dios, pero se lo suele presentar de una manera tan burda, que apenas merece réplica. Pasar de la proposición según la cual “no sabemos en qué consiste el fin de muchos de los aspectos de una gran cantidad de cosas” a la proposición “ninguno de esos aspectos tiene realmente un fin” es sacar una conclusión que se nos muestra formada según unas reglas silogísticas verdaderamente peregrinas.

(...)

También hay muchas cosas cuya causa eficiente ignoramos, y esta causa es más inmediata que la causa final.

Por consiguiente, y tal como el hecho es presentado en la mayor parte de las ocasiones, la objeción no posee ningún valor. Hacer caso de ella es algo que me resulta tan completamente improcedente como dar importancia a lo que digan para salvar a un reo unos testigos que no han presenciado los hechos que se le imputan, cuando ya se conoce el testimonio de tres personas que le sorprendieron “in fraganti”

(...)

Cabría, en efecto, decir que, de acuerdo con la misma comparación que hemos hecho, el número de los casos en que conocemos los fines aparentes de la Naturaleza es tan escaso, que ni siquiera tenemos el conocimiento de esos fines para la mayoría de los fenómenos entre los cuales nos sentimos más inclinados a exigirlo. Pero si ello es así, no se comprende cómo podemos seguir asegurando que en la Naturaleza existe innegablemente una apariencia de ordenación teleológica.

Respondemos diciendo que podemos indicar en qué consiste, no la finalidad, sino el cometido inmediato. Ahora bien, este cometido, por distinto que pueda ser de la finalidad a la que sirve, es, sin embargo, impensable sin ningún género de ordenación teleológica.

Cada una de las distintas formas en que los seres vivientes, y los inanimados, actúan como medios, despierta así la apariencia de una teleología; y, en el caso de los primeros, lo que hace que esta apariencia se presente, y en un número realmente impresionante de ocasiones, es esa forma superior de utilidad que hemos considerado como su inmediato cometido en la acepción más propia de esta palabra. Ahora bien, lo que con tanta frecuencia nos impide que, además de ese inmediato cometido señalemos también su finalidad inmediata, no es otra cosa que la posibilidad de diversas aplicaciones, a la cual, ciertamente, no puede censurársele la falta de todo sentido teleológico. Antes bien, esa diversidad de aplicaciones nos asombra precisamente por el sentido teleológico que encierra, y ésa es también la causa de que la hayamos mencionado anteriormente como algo digno de nuestra mayor admiración. Si no contase con semejante propiedad, la Naturaleza perdería su exuberante hermosura, y en su lugar veríamos una vacua y triste uniformidad. El hecho de que, a pesar de la inalterable monotonía de sus leyes, la Naturaleza no sólo nos haya ahorrado un espectáculo tan desolador, sino que además nos ofrezca justamente el contrario, se debe, antes que nada, a su capacidad de conseguir muy diversos efectos empleando los mismos dispositivos. Cualquier otra explicación resultaría insuficiente y necesitaría el apoyo de este mismo supuesto radical.

(...)

Al lado de esto, ¿qué importancia puede tener la improbabilidad de conseguir palabras inteligibles combinando al azar seis o doce de las letras que componen el idioma germánico?

Como ven, este símil es completamente insuficiente. Y lo es por haberse extirpado el nervio mismo de la argumentación, ya que en las pruebas que tienen una certeza física ese nervio consiste, indudablemente, en la infinita improbabilidad de que las varias posibilidades sean proporcionadas entre sí.

Más adecuada es la comparación con el caso de alguien que se encontrase con algunas estatuas de primera categoría entre una gran cantidad de bloques de piedra informes o cuyas formas tuviesen una finalidad que él ignorase, y todo ello en un sitio al que ningún ser humano hubiese ido jamás. Innegablemente, la apariencia de la finalidad seguiría conservando toda su fuerza. Si no se pudiera concebir que una piedra tuviese una figura artística sin que sirvan también a algún objetivo las piedras en las que no observamos ningún síntoma teleológico, el solo hecho de que de algún modo nos parezca posible que ignoremos el fin correspondiente bastaría para que infiriésemos, con plena seguridad, que poseen ese fin que no nos es conocido. En este caso nos comportamos con la Naturaleza como Sócrates ante el oscuro texto heracliteo: “Si era bueno lo que de ello comprendí, he de pensar que no será menos conveniente lo que sigo sin entender”.

(...)

Tal es la razón por la que el ejemplo de la combinación de las letras, según la forma en que se presentó, aparece también como improcedente bajo otro aspecto distinto. El ejemplo resultaría más adecuado si se añadiese que todas las consecuencias de estas combinaciones pertenecen a un idioma que nos es conocido únicamente de una manera imperfecta y del que sólo entendemos un número muy limitado de palabras. Entonces no cabe duda de que lo previsible es que la mayoría de los efectos de dichas combinaciones carezcan para nosotros de sentido, y la apariencia de la teleología seguiría estando intacta.

(...)

Se dijo que el varón está provisto de órganos mamarios que no sirven para la lactancia de la prole (aunque Humboldt hable de un indio que cumplía esta función). Análogamente, hay también en la hembra, imperfectamente desarrollados, ciertos miembros que se explican tan sólo por su utilidad para la vida vegetativa del organismo masculino. ¿De dónde viene todo esto? La explicación se encuentra en la igualdad del germen. (La diferenciación sexual aparece exclusivamente a lo largo del desarrollo.) Esta igualdad del germen es, sin duda, un fenómeno de marcado carácter teleológico, tal como suele suceder en todos los dispositivos comunes al varón y la hembra. Dada esta coincidencia, se hace especialmente necesaria la división del trabajo entre los dos, lo cual a su vez permite un cumplimiento de las respectivas funciones (colaboración conyugal). Sin el desarrollo de ambos sexos a partir de unos mismos dispositivos iniciales, no podría existir ninguno de los dos tipos, sino seres bisexuales, tal como ocurre en la mayor parte de las plantas y en muchos animales, cuando no se da el caso de otras modalidades aún más bajas de la reproducción, como la partenogénesis, o la reproducción asexual, y la citodiéresis. La situación más perfecta es, evidentemente, la constituida por la diferenciación sexual.

De la comunidad de los dispositivos iniciales deriva, en una forma necesaria, la existencia de esos miembros rudimentarios. Por consiguiente, el hecho de que el cuerpo del varón admita ciertos miembros apropiados para la crianza de la prole tiene una significación finalista, por ser teleológico el sentido de la génesis y del desarrollo de esos miembros en el cuerpo de la mujer.

Este hecho nos da también alguna luz para poder entender los demás casos. Los fenómenos son indudablemente semejantes y, por tanto, su explicación ha de ser análoga también.

(...)

Al comparar las especies primitivas con las actuales, se observa que ninguna de éstas existió inicialmente y que ninguna de aquéllas sigue existiendo hoy. Lo único indiscutible es su parentesco, y esto plantea la siguiente cuestión: ¿hay que pensar que las especies primitivas desaparecieron por completo y que las actuales han surgido de lo inorgánico sin tener nada que ver con aquéllas, o es preferible admitir que hay un nexo causal entre las generaciones?

(...)

Igualmente, la paleontología comprueba la realidad de especies intermediarias, inexplicables sin la descendencia.

(...)

Por consiguiente, la permanencia de los órganos rudimentarios parece bastante justificada bajo el punto de vista de la teleología. Así como los miembros del niño todavía no nacido son teleológicos por haber de serlo alguna vez, también los órganos rudimentarios son teleológicos porque ya alguna vez lo fueron, o, dicho de una manera más exacta, porque o bien ellos mismos, o bien los dispositivos de los cuales derivan en calidad de efectos secundarios, alguna vez han sido ya teleológicos.

B) Respuesta a las objeciones contra la apariencia de una teleología sobrehumana.

(...)

a) Hay algo claro para quien haya seguido nuestras reflexiones anteriores. Lange pasa por alto las otras aplicaciones de los gérmenes que no llegan a convertirse en seres vivos.

No es verdad que la flor que no da ningún fruto sea por completo inútil. La oruga que destruye su capullo conserva una vida animal más valiosa que éste; el botánico que diseca una flor promueve el conocimiento humano; y tampoco una flor desaparece sin lograr ningún fin cuando, abatida simplemente por el viento, llega a pudrirse en la tierra, ya que es posible que de su muerte surja no inmediata, pero sí mediatamente, algo más valioso que lo que se habría conseguido si esa flor hubiese fructificado; y si lo que resulta es de suyo menos perfecto, la inferior valía de este eslabón aislado del orden cósmico puede, en definitiva, servir a su más acabada perfección. “Si todos los miembros fuesen ojos, ¿de qué serviría la vista?” (San Pablo).

(...)

Tal y como ya hemos dicho, la Naturaleza es en sí misma teleológica, y por ello es teleológico también ese presunto dispendio. Si no lo hubiera, no se podría arrancar una sola flor sin que el orden del universo quedara irremisiblemente destruido. Toda planta sería, en el más propio sentido de la expresión, una hierba de “mírame y no me toques”. Pero a tal situación nadie estaría dispuesto a considerarla como superior a la existente.

b) Añádase a esto el hecho de que hay algo grandioso en la misma extinción, insignificante en apariencia, de miles de los productos que más artificio presuponen, ya que ello da testimonio de la facilidad con que la Naturaleza crea lo que es enteramente inasequible a la técnica humana. Un gran artista a quien la riqueza de su genio le lleva espontáneamente al ejercicio de su fuerza creadora, y que produce con facilidad una obra maestra, no tendrá el menor inconveniente en trazar sobre una pared de cal que se cuartea un dibujo nacido de una súbita inspiración. En cambio, otro artista, a quien un mediano resultado le cuesta un ímprobo esfuerzo, se preocupará angustiosamente por conservar cualquier obra que de algún modo le haya salido bien.

c) Y aún podemos añadir otra razón en defensa de lo que se ha tachado de superfluo. Pues no sólo no lo es de suyo, sino tampoco para la reproducción. La finalidad de conservar la especie es servida también por el dispendio aparente. Lo que aisladamente es un derroche constituye una condición imprescindible para lograr el mantenimiento de la especie considerada en su totalidad y a través de la larga serie de las generaciones con los múltiples cambios de las situaciones individuales, que presentan dificultades y peligros incesantemente renovados. Y así lo que de momento parece ser un derroche, es en el transcurso de los siglos una necesidad. El acierto que significa la conservación de la especie frente a unos obstáculos que cambian de tan distintas maneras es un triunfo no valorado por Lange en su justa medida. De lo contrario, habría sabido ver que este innegable triunfo pone de manifiesto no ya sólo una cierta adecuación entre el dispositivo utilizado y la finalidad que se persigue, sino también una adecuación de muy alto nivel, y asimismo denuncia concretamente la conveniencia y la necesidad de aquello a lo que él acusa de derroche.

Es verdad que Lange podría decir que entiende perfectamente la necesidad de una sobreabundancia de recursos para que en un caso concreto sea eficaz un dispositivo donde lo semejante engendra a lo semejante. Pero lo que él encuentra desprovisto de todo sentido teleológico es que lo semejante engendre a lo semejante de ese modo. En cada caso el organismo habría, por el contrario, de adaptarse, exacta y estrictamente, a su respectiva situación.

(...)

Pero este modo de ver presenta unos puntos flacos bien notorios. Limitándonos a subrayar tan sólo uno entre los muchos que ofrece, ¿quién no repararía en lo que contra él cabe observar, a saber, que ya la misma abundancia de los dispositivos precautorios para evitar el dispendio sería realmente el mayor de los despilfarros? De este modo se observa que lo que a primera vista parece una complicación inútil es, de hecho, una simplificación, y que el aparente dispendio es en realidad un ahorro.

(...)

Hume, que al igual que Lange ha combatido todas las pretensiones de probar la existencia de Dios, se esfuerza a su manera en los “Diálogos sobre la religión natural” por encontrar el absurdo en todos los fenómenos de la Naturaleza. De esta suerte, llega a un punto en el que coincide bastante con lo que Lange mantiene; pero el reproche que hace a la Naturaleza es, por el contrario, el de mostrarse avara en todas las ocasiones, llevando a la desmesura la economía de sus medios. Lo cual no contendría en sí belleza alguna, ni mostraría ninguna impronta divina: “La Naturaleza da la impresión de haber calculado al máximo las necesidades de sus criaturas; y, al igual que una escrupulosa ama de casa, no les ha conferido otras energías ni otras dotes que las estrictamente imprescindibles para satisfacer sus necesidades. Una madre bondadosa les habría provisto mucho mejor, para ampararlos en todas las necesidades”. Por lo visto, a la Naturaleza le es tan imposible el dar gusto a todos sus críticos como al padre y al hijo de la célebre fábula, los cuales, por complacer a quienes les salían al encuentro, se fueron sentando en su asno, una vez uno, otra otro y una tercera los dos, para resignarse, finalmente, a trotar ambos al compás del burro.

(...)

Veamos, en primer lugar, si también salimos victoriosos al rechazar el ataque basado en la imperfección del órgano de la vista.

(...)

He aquí nuestra respuesta: ¡Ningún órgano supera al de la visión!, y Vogt habría actuado cuerdamente si, además de arrancarse sus dos ojos y de encargarle a un óptico que le fabricase otros, se hubiese ido cortando, uno tras otro, todos los dedos de sus manos y sus pies, o más bien sus brazos y sus piernas. Porque realmente, si un técnico nos hiciera una locomotora que nos desplazase con mayor rapidez que nuestras piernas, o bien nos construyese una palanca que nos fuese mejor que las articulaciones de nuestros brazos para levantar pesos, difícilmente podría encontrar quien le encargara semejantes productos.

También habría que pensar que Vogt se arrancó los dientes desde hace ya mucho tiempo. Porque, a decir verdad, si un herrero me suministrase una tenaza que no prendiera con mayor firmeza que mis dientes, o un cuchillo que no cortase mejor que ellos, he de confesaros que, aunque no soy tan apasionado como Vogt, es muy posible que me decidiera a probar estos instrumentos, para después arrojarlos, por inservibles, a los pies de su fabricante.

Sólo una cosa debo añadir a lo dicho: no siento la menor inclinación a que me arranquen los ojos, ni a que me extirpen ningún otro miembro. Y presumo también que Vogt no dejaría de sentir ciertos escrúpulos ante la tentación de llevar hasta este extremo sus ideas. Ahora bien, ¿por qué habría de tenerlos? Evidentemente, porque hay mucha distancia todavía entre un ojo de cristal y un ojo humano, o entre un cuchillo y un diente, sin que pueda decirse que la ventaja se halle, en la misma medida, del lado de los productos del ingenio del hombre. Un cuchillo en la boca no tardaría en resultar sumamente molesto, y se oxidaría bastante pronto. Pero lo que no acierto a comprender es cómo habría podido originarse precisamente dentro de la boca.

Otro tanto hay que decir también del ojo; y respecto a los demás miembros, la cosa es tan evidente que no exige ninguna especial aclaración.

(...)

Mas aunque es cierto que no está probada la suma imperfección del ojo humano, aún no se sigue de ello la necesidad de admitir que sea un entendimiento divino la única explicación de la apariencia de esta teleología natural.

a) Nada de cuanto deviene es realmente perfecto en el sentido de lo que posee una perfección infinita. Ni tampoco cabe que lo sea, como ya hemos dicho anteriormente. Ni siquiera la obra de una sabiduría infinita puede tener una infinita perfección en ninguno de los estadios a los que realmente llega, sino que se limita a ser, únicamente, algo a lo que conviene la posibilidad de superar cualquier perfección finita.

b) Sin embargo, incluso en este sentido, lo único que en sí mismo puede alcanzar una perfección infinita es el todo, y no ninguna de sus partes, de tal manera que lo que éstas pueden conseguir no es más que participar en esa infinita perfección, por virtud, justamente, de su conexión con el todo. Este es el sumo bien, y lo más bajo se subordina a lo más alto como el medio a su fin. Una vez más, puedo mostrar aquí una analogía con lo que ocurre con los productos de la técnica. También en ellos ha de tener la máxima perfección la parte en tanto que parte; pero no como si esta misma fuese el todo. Y de ahí que sea éste lo que mide a la parte en tanto que parte.

Ahora bien, para cuanto existe en el mundo, el todo es precisamente, y en la más rigurosa de las acepciones, el todo mismo del mundo, que nosotros no conocemos; de donde resulta que no está en nuestra mano la medida más rigurosamente procedente.

Ello no obstante, para medir la perfección de un miembro teleológicamente constituido puede también valer como un criterio seguro la totalidad de un organismo viviente en que ese miembro se integra. Si aplicamos este criterio, veremos que entre las razones alegadas no hay ninguna que razonablemente justifique el hablar de la imperfección del órgano visual.

(...)

Así, pues, para la finalidad a la que sirve, aunque el ojo no sea acromático, su utilidad es la misma que si realmente lo fuera. Y dado que cumple su función, el hecho de que carezca de unos dispositivos especiales, como los que ponemos en nuestros aparatos ópticos para hacerlos perfectamente acromáticos, no es ningún motivo de reproche, sino, por el contrario, de alabanza. Toda complicación inútil carece de sentido teleológico, y tanto más cuanto que en el organismo, donde todas las partes se encuentran articuladas entre sí, cualquier complicación daría lugar, inevitablemente, a un sinfín de complicaciones. Al tolerar en el ojo una falta de acromatismo, la Naturaleza procede de una manera análoga a la de nuestros matemáticos cuando en un cálculo difícil y enrevesado prescinden de una fracción que, de ser tenida en cuenta, recargaría extraordinariamente las operaciones, sin que la mayor exactitud del resultado final compense todo el esfuerzo que ello exige. Esta forma de proceder es aceptada en tantas ocasiones como un método conveniente, que “el prescindir de una cantidad despreciable” se ha convertido en un tópico del lenguaje vulgar.

(...)

Finalmente, he de recordar también que el mundo, si en verdad es la obra de un entendimiento infinitamente perfecto, ha de participar, en cierto modo, de la infinita perfección que éste posee. Pero ello ha de ser posible únicamente en la forma en que tal cosa cabe para algo producido: a saber, mediante un progreso sobre cualquier medida restrictiva de la perfección que haya alcanzado. Todos los estadios anteriores son imperfectos en comparación con los que vienen después, tal como sucede en el desarrollo del embrión. ¿Y por dónde ha de comenzar este proceso? Fácilmente se entiende que, al lado de los estadios posteriores, la fase inicial ha de parecer una especie de caos. Y lo que de este modo podemos llamar un caos y que es, considerado aisladamente, un desorden o una imperfección, no podrá por menos de afectar a todo lo que le sigue, y nunca desaparecerá por completo si el proceso ha de ser infinito, sino que lo único que cabe es que sin cesar la perfección combata victoriosamente a la imperfección, de tal manera que, por decirlo así, la meta se encuentre siempre infinitamente lejana y el punto de partida relativamente próximo. ¿Y quién sabría señalar, con una absoluta exactitud, la duración de las etapas recorridas? ¿Cuánto desorden no habrá naturalmente que esperar, aunque ya el orden que empieza a manifestarse en medio de él supere infinitamente a todo lo que nosotros podemos conseguir con un conjunto bien unificado?


Brentano. Sobre la existencia de Dios.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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