irichc     Fecha  7/08/2004 20:55 
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Volver al foro Responder Brentano. Confrontación de la prueba teleológica con la hipótesis darwinista-III.   Admin: Borrar 	mensaje
 
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En la tercera y última parte de esta serie de extractos, Brentano afronta la impugnación de la doctrina teleológica llevada a cabo por el darwinismo. Éste, en efecto, admitiría la finalidad, pero sólo en base a una necesidad ciega, guiada por el principio de supervivencia de lo más apto. Desde este punto de vista, la hipótesis de un Dios ordenador está de más.

Nuestro autor cree, sin embargo, que la evolución de los organismos superiores desde los inferiores puede explicarse de otro modo que el propuesto por Darwin, al que, amén de puntos flacos, como su restricción a la naturaleza animal y vegetal, atribuye serias inconsistencias. Por ejemplo, el presupuesto de que la lucha sea el factor dinámico en la adquisición de un nuevo órgano, cuando de ninguna manera se sigue que los más aptos deban, en virtud de aquella pugna, conseguir nuevas características físicas, sino que es lógico pensar que más bien tenderán a mantener las actuales. La lucha, pues, hace que se conserve lo mejor, pero no que se genere lo mejor. A causa de esto, el darwinismo incorpora el azar como elemento integrante de su teoría. Pero esta inclusión, además de no explicar nada y ser anticientífica, topa con las dificultades previstas en las secciones anteriores.

También se expone la incapacidad de las nociones de lucha y supervivencia para comprender los fenómenos estéticos, propios de naturalezas superiores.

Acto seguido se muestra un contraejemplo (la serpiente de cascabel) a la hipótesis darwinista.

Finalmente, como colofón, se subraya la improbabilidad del darwinismo, tomando como apoyo la excesiva duración que conllevan los procesos de selección natural, incompatible con el tiempo de habitabilidad efectiva de la Tierra.

Saludos.

Daniel.

* * *

Hemos visto que no cabe considerar como ciertamente comprobada la hipótesis según la cual la lucha por la existencia es la condición suficiente, o, al menos, la más decisiva, del progreso. Pero hay más todavía: yo me atrevo a decir que esta hipótesis es sumamente improbable y que se contradice a sí misma abiertamente.

Que es sumamente improbable lo dice ya el sano juicio de los hombres; y los zoólogos que han conseguido acreditarse dan testimonio de ello (así, por ejemplo, Claus, Manual de zoología). Esta improbabilidad se hace aún mayor a la vista de las limitaciones a las que están sometidas la ley de la transmisión hereditaria y la ley de la variabilidad por acumulación de diferencias pequeñas.

En lo tocante a la transmisión hereditaria, un notable zoólogo, Weismann, ha propugnado, a través de una serie de escritos, la tesis de que nunca se hereda una propiedad adquirida (un ejemplo: en China es una costumbre milenaria que a las mujeres se les impida el crecimiento de los pies, manteniéndolos fuertemente ligados, a pesar de lo cual todo niño recién nacido trae al mundo unos pies normales).

La teoría de Weismann no ha dejado de tener sus adversarios. Yo no soy quién para opinar sobre ella; pero si esta teoría estuviese en lo cierto, la lucha por la existencia tendría que habérselas con un trabajo evidentemente mucho más duro.

En cambio, son indudables otras limitaciones de la herencia. Tal es el caso de las determinadas por el cambio de clima. Los animales afectados por este cambio ya no transmiten hereditariamente ciertas propiedades al encontrarse en otras condiciones.

(...)

¿Por qué es preciso que lo más perfecto se conserve mejor? Evidentemente, no por ser la preparación de algo más perfecto todavía, sino porque ya aquello en lo que actualmente consiste rinde más que lo que le ha precedido y porque esto le proporciona una ventaja en la lucha por la existencia. Por consiguiente, si este principio ha de poder ser válido para la génesis de la facultad visual, será preciso que ya por sus efectos actuales todo ojo menos primitivo resulte más provechoso que el que sea más rudimentario, de la misma manera en que el ojo ya enteramente formado supera, en su utilidad, al que confiere una visión menos aguda. ¿Pero a quién se le ocultará que esta hipótesis es muy débil? Con ella nos encontramos ante un inmenso abismo, que la lucha por la existencia es incapaz de colmar. ¿Qué razón hay para que la función progrese y avance siempre desde el comienzo de su desarrollo hasta la última fase? La hipótesis darwinista sigue debiéndonos una respuesta a esta pregunta. ¿Pero qué queda de toda la pretensión de explicar la apariencia de la teleología cuando no es explicable la génesis de los órganos?

Tal sería la grave acusación que por lo pronto habría que hacerle a esta hipótesis. Ciertamente, hay quienes creen haber conseguido la respuesta. En las etapas en que aún no está en condiciones de cumplir la función para la cual se ha formado, no cabría, desde luego, que el órgano resultase provechoso; pero nada impide suponer que lo fuese de otra manera. De hecho, nos encontramos con que no pocas veces los miembros rudimentarios prestan servicios útiles. En favor de ello habla también la analogía entre los miembros de las diversas especies de animales: las alas de los pájaros son el equivalente de los brazos del hombre, y las vejigas natatorias de los peces cumplen un cometido similar al que, entre otros, desempeñan los pulmones. De este modo, cabe también que un órgano vaya rindiendo sucesivamente, en los diversos grados de su evolución, diferentes servicios; y, en tanto que, al desaparecer uno de éstos, siempre aparece otro, podría ocurrir que el órgano se fuese habilitando en la lucha por la existencia para esa situación de máxima capacidad de rendimiento que parecía imposible de explicar.

Creo, no obstante, que esta respuesta es sintomática de la forma de argumentar que a menudo se encuentra en los razonamientos de los darwinistas. La función que el órgamo ejecuta cuando aún no es capaz de llevarla a su plenitud, y la que cumple cuando está en condiciones de ello, son enteramente diferentes. En consecuencia, no se puede tener la completa seguridad de que el progreso de un órgano en su manera de llevar a cabo la primera de estas funciones sea también, por sí solo, una preparación creciente de ese órgano para cumplir en su momento la segunda. Y entonces, si esa duplicación realmente existe, ello mismo nos patentiza una suprema ordenación teleológica, por virtud de la cual todo lo que se acerca a una cierta capacidad de rendimiento ha ido perfeccionándose también en la manera de realizar las funciones, enteramente distintas, que ahora cumple; y ello hasta el punto de que, en definitiva, éstas logran triunfar sobre las demás. Se trata de algo que de ningún modo se contiene en la hipótesis darwinista: un supuesto completamente nuevo, que bien lejos de suprimir, en la explicación de los fenómenos, la teleología evidente en ellos, lo que hace es, por el contrario, que ésta aparezca en escena, recabando, a la vez, su explicación.

Queda claro, por consiguiente, que para Darwin la vía hacia los nuevos órganos es completamente impracticable sin el recurso a unos nuevos principios explicativos cuyo patente sentido teleológico llega al máximo grado. Lo que los darwinistas logran explicar sin la ayuda de estos principios es justamente la regresión y extinción de estos órganos. Al dejar de ser útiles cuando la situación se modifica, su pérdida, como la de un lastre innecesario, constituiría una ventaja; de lo cual resulta que la lucha por la existencia puede hacer fácilmente que se tornen rudimentarios, o que incluso desaparezcan totalmente. Y, de hecho, los órganos rudimentarios que efectivamente encontramos en la Naturaleza han sido interpretados también a modo de regresiones. Comparando el buen éxito de éstos con el fracaso de los procesos ascendentes, Teodoro Fechner tuvo la paradójica ocurrencia de que tal vez este fenómeno se explique pensando que los organismos más complejos son los que inicialmente se formaron. Algo parecido ha dicho Koelliker. No cabe duda de que todo intento de explicar el fenómeno de la teleología por la necesidad ciega habría de ser excluido al admitir esta hipótesis, si bien se trata de una concepción con la que no coincide la forma en la que yo pienso la evolución teleológica, además de ser rechazable cuando se la observa más a fondo, tanto en el aspecto filosófico, cuanto en el directamente empírico. Todo habla a favor de la mayor simplicidad de las situaciones iniciales, sobre todo, la analogía de la ontogénesis con la filogénesis. Pero ya el simple hecho de que esta hipótesis haya podido extenderse es un signo del peso con que se impone la situación efectiva de que acabamos de hablar.

Como en el caso de la formación de los órganos nuevos, los principios de la teoría darwinista son también incapaces de explicar el ulterior progreso de un alto grado de perfección ya conseguido; por lo menos, no pueden dar cuenta de él sin la ayuda de otras hipótesis completamente nuevas y que tienen, sin duda, un supremo sentido teleológico.

Al hacer uso de la variabilidad, Darwin pasó por alto un problema que, a mi modo de ver, es de suma importancia: el de cuántas, entre las modificaciones que un órgano en transformación puede experimentar, son perfeccionamientos, y cuántas son regresiones. La proporción entre ambas cantidades no es, en modo alguno, indiferente. Si caben tantos progresos como retrocesos, es muy probable que en la lucha por la existencia el órgano consiga mejorar. Pero si hay más regresiones, y en número considerablemente superior, la cantidad hace de contrapeso de las probabilidades de la calidad. En estas circunstancias, lo más que cabe inferir del principio de la supervivencia de los más aptos es que los descendientes conservados serán mejores que los que desaparecen, pero no que aventajen a sus padres. Y de esta consideración se desprende también que cuanto más alto sea el nivel en el que ya se haya conseguido una destacada utilidad previamente buscada, tanto más favorable a las mejores resulta la proporción entre ellas y las degradaciones. Pero entonces la única desviación que puede darse es la que aparta a ciegas de un estado manifiestamente perseguido con la máxima previsión en el modo de calcular su valor teleológico.

Si es cierto que se puede dar tal desviación, las efectivas mejoras se hacen cada vez más improbables, aunque los mejores individuos tengan más oportunidades. Las desviaciones que ulteriormente les afecten no lograrán mejorarlos; antes bien, irán degenerándoles.

(...)

Alguien tiene un retrato muy fiel de un amigo que ya murió. Como a este retrato no le faltarán algunas imperfecciones, su poseedor lleva en el corazón otro más fiel aún. Pero supongamos que también quiere tenerlo en la pared. ¿Cómo lograrlo? Se le ocurre la idea de hacer que unos buenos pintores lo reproduzcan mil veces, para elegir entre las nuevas versiones la que más parecido tenga, pese a la primitiva desviación. A su vez, hace que saquen mil versiones distintas de esta réplica, en la esperanza de alcanzar así un retrato perfecto. ¿Conseguirá este hombre su propósito? Evidentemente, esto es lo último que le podría suceder. Con el sistema empleado no logrará otra cosa que ir aumentando la falta de parecido, por muy fiel que fuese el retrato que utilizó como modelo. Siempre cabe que una de las versiones aventaje a las que rivalizan con ella, pero no que supere al retrato inicial.

Si suponemos que en la Naturaleza no acontece lo mismo por imponerse en ella una facilidad de variación hacia lo más perfecto, estamos ya admitiendo un principio complementario enteramente extrínseco al de la teoría darwinista. Y si nos atenemos al punto de vista de ésta, no podemos dar cuenta, como ya señalamos antes, ni de la formación de nuevos órganos, ni del progreso de los que han logrado un alto nivel de perfección.

Me he referido también a una tercera clase de fenómenos en los que salta a la vista la insuficiencia del principio selectivo. Entran en este grupo todos los casos de teleología manifiesta en los seres vivientes que sólo de una manera muy forzada pueden ser comprendidos en virtud de su utilidad para la conservación de la especie, o bien de ningún modo, y esto es lo que yo pienso, pueden ser explicados desde este punto de vista.

Se trata, en primer lugar, de ciertos fenómenos cuya categoría es superior a la de todos los otros y que sólo admiramos en los hombres según lo que éstos tienen de distintos de los demás animales: las bellas artes, la filosofía, los otros saberes liberales y ciertos hechos morales como el amor desinteresado y la solicitud por los viejos, los enfermos, los locos incurables y todos los demás seres de los que ni la sociedad ni el individuo pueden esperar ninguna clase de contraprestación. Estos fenómenos tienen un rango más alto que el de la simple vida. “La vida no es el más alto de los bienes”. De ahí que Aristóteles considere la actividad como algo en lo que la índole del fin se realiza mejor que en el simple ser, y más en la vida intelectiva que en el vivir animal, superior, a su vez, a la vida vegetativa.

(...)

Si ningún hombre tuviese oído musical, ¿qué desventaja en la lucha por la existencia podría venir de los productos de este arte? Y lo que ya dije de las propiedades estéticas de los meros productos de la Naturaleza –a saber, que no pueden haber surgido mediante la selección, a través de la lucha por la vida- es igualmente válido para los productos del arte. Si la Naturaleza interviniese de un modo unilateral en su función selectiva como el padre de Ovidio al combatir las veleidades poéticas que éste manifestaba ya en su infancia, se habría sentido celosa de todas esas tendencias, hasta llegar a eliminarlas de raíz.

(...)

Junto a estos fenómenos que se nos muestran próximos en tanto que son humanos, quisiera todavía mencionar otros que pertenecen a un campo bien distante del nuestro, pese a lo cual ha producido muchos quebraderos de cabeza, lo mismo a los darwinistas que incluso ya al propio Darwin. Es un fenómeno donde de un modo particularmente sorprendente se nos presenta un caso de innegable teleología irreductible a toda utilidad en la lucha por la existencia. Tal es el caso de todos los miembros cuya teleología no parece tender al provecho del organismo del que son parte integrante, sino a la utilidad de algún otro ser viviente. Hay en algunos de ellos ciertos órganos construidos conforme a un plan, por lo que dan la impresión de haber sido previstos para ciertas funciones, y que parecen perfectamente calculados, no en favor del ser viviente que los tiene, sino en provecho de aquellos a los que éste amenaza con su hostilidad. Por ejemplo, los cascabeles de la venenosa y peligrosísima serpiente llamada “de cascabel”. No cabe explicar este órgano como un recurso de excitación sexual, puesto que de él disponen tanto el macho como la hembra de la variedad en cuestión. Se ha llegado a pensar en el hechizo que pudiera ejercer sobre el animal que habría de servir de presa. Pero las observaciones realizadas en el Parque Zoológico de Londres contradicen esta ocurrencia, que no es mala en principio. También hay quienes han pensado en la semejanza existente entre el sonido de los cascabeles y el rumor del agua al deslizarse, atendiendo a la posibilidad de que los peces sedientos resulten seducidos por aquél. Pero esta semejanza es tan remota, que la pretensión de utilizarla aquí no sirve sino para poner al descubierto el grado de perplejidad a que llegó en este punto el darwinismo. Y algo semejante es lo que ocurre con la hipótesis que formulara el propio Darwin y según la cual el ruido de los cascabeles asustaría a los pájaros enemigos de este animal. Porque ese ruido no es tan fuerte como para atemorizar; y aun en el caso de que lo lograra, el efecto habría de irse mitigando por la experiencia que efectivamente se le opone y que, al eliminarlo, haría que en su lugar apareciese más bien un atractivo, convertible en instinto con el transcurso del tiempo. A esta conclusión hay que llegar por la misma razón por la que, aplicando el principio de Darwin, pero partiendo de que el sonido específico del cascabel es una señal de alarma, se llega a la conclusión de que, al ir sucediéndose las generaciones, resulta cada vez más alarmante; pero entonces la lucha por la existencia, bien lejos de explicar la aparición de la peculiaridad de que se trata, habría tendido a aminorarla y a destruirla, tanto en lo que tiene de provecho para uno de los rivales, cuanto para el peligro que para el otro hay en ella. Pese a todo lo cual, Darwin se mantiene firme en su creencia de que este notable hecho puede ser explicado de algún modo. Para él, efectivamente, la cuestión es muy importante. Si se comprobara un solo caso de que un órgano no fuese provechoso para la misma especie del ser vivo que lo posee, Darwin se vería en la obligación de renunciar a su hipótesis. Y aunque en otros casos no se viera en tan graves apuros, no es menos cierto que su modo de proceder es poco firme y resulta bastante problemático. Este método no consigue demostrar que el proceso tal vez posible sea también el que realmente se ha dado. Porque en el mundo, como es notorio, todo tiene dos caras. No hay que darse por satisfecho al encontrar que algo es beneficioso, sino que es menester también asegurarse de que realmente supera los perjuicios. Los análisis unilaterales llevan a resultados paradójicos. Y los principios que sirven para explicar tanto una cosa como su contraria, no explican realmente nada. Por ejemplo: se podría demostrar la necesidad de la existencia de plantas muy venenosas, y, por otra parte, la imposibilidad de que estas plantas existan. Lo primero, porque las plantas venenosas llevan las de ganar en la lucha por la existencia. Y lo segundo, porque ya habrían de haber muerto todos los animales sensibles a su veneno.

(...)

Otra razón [en contra del darwinismo] es la necesidad de que sean muchos los individuos simultáneamente afectados por una modificación provechosa para que ésta sea impuesta por la selección natural. Supongamos que, como efecto de una modificación provechosa, un solo individuo contase con una doble probabilidad de conservar la especie. Ello es equivalente a que este mismo individuo tenga dos participaciones en la lotería, mientras que cada uno de mil individuos más no dispondría sino de una. ¿Qué es lo más probable en este caso? ¿Que la lotería le toque a aquél, o que sea alguno de éstos el beneficiado por ella? Al tener conocimiento de este ataque, Darwin reconoció, con su noble sinceridad, que hasta entonces ello no había pasado por su mente, y que el acierto de la observación no se podía discutir.

(...)

Vemos de esta manera cuán enorme es la dilación que sufriría el perfeccionamiento de una especie en el caso de que éste resultase de la selección natural.

(...)

Queda, pues, confirmado lo que ya dije: la hipótesis darwinista se identifica con la de la necesidad ciega o, si no, con la teleológica. Mas, como es imposible reemplazarla por otra más sencilla, resulta que la hipótesis de la necesidad ciega es absoluta y completamente inaplicable.


Brentano. Sobre la existencia de Dios.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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