irichc     Fecha  13/03/2005 16:16 
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Volver al foro Responder Campanella. El cristianismo y la violencia.   Admin: Borrar 	mensaje
 
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Capítulo X: Cristo dejó en su reino no sólo la espada espiritual, sino también la material. Y el papado se sustenta en ambas. Todos los cristianos deben reconocer en Cristo la espada material.


De todo ello afirmo, contra quienes niegan la espada material a la Iglesia, que a Cristo, en cuanto a Dios y hombre a la vez, por derecho eterno y natural y después por derecho de redención, le conviene la doble potestad, como está ya probado. Luego también ambas espadas. De la espiritual nadie duda, pero de la material asimismo se prueba.

Cristo es legislador perfecto de todos los pueblos. Para la ley se requieren dos virtudes. La primera, la directiva; con ella la ley, se persuade al pueblo, su doctrina, causa y utilidad, como enseña Platón que hay que hacer cada uno en "Leyes" y lo enseñan Moisés y todos los que dieron leyes. La segunda, la coercitiva, por la cual se obliga al pueblo a observar la ley y se castigan los transgresores, como observa Aristóteles en "Ética" Papiniano en "De legibus", y Soto en "De iustitiua et iure". De lo contrario, no sería verdadera ley, sino una especie de precepto filosófico, que no puede obligar. Pero no todos los hombres se dejan reprimir por el temor del infierno y de la espada espiritual, más bien los más malos se ríen de esta pena. Luego se requiere también la espada material. De lo contrario, la ley de Cristo sería como la ley de Platón, persuasión de la razón tan sólo, y también con el miedo del infierno, pues el mismo Platón añade este miedo. Luego Cristo estaría disminuido, sería incapaz y no un legislador autorizado. Y el más degenerado de los hombres estaría fuera de la ley y podría a placer echar a perder a los buenos y a la misma ley, y sólo para los malos y no para los buenos sería ventajosa la policía cristiana, donde a aquéllos sería fácil hacer el mal impunemente y a éstos padecerlo irremediablemente.

Es verdad que Cristo, la razón primera de todas las cosas, vendría a hacer totalmente razonables a los hombres que están faltos de razón, como dice Crisóstomo. Pues, por lo mismo, al entrar en el reino se sienta sobre un asno, animal irracional, según su interpretación; pero a aquellos que obstinadamente quieren ser todavía bestias les conviene el báculo, para que no falten remedios al médico prudente. Pues "a los que no cura el fármaco -dice Hipócrates-, cura el hierro; a los que no cura el hierro, cura el fuego...". Como dice San Agustín, "In Johannis...", de Cristo: "Vino un gran médico del cielo porque un gran enfermo yacía en la tierra", y Platón llama al legislador médico de las almas. Por lo mismo, la Iglesia, en virtud de su Cristo, usa el hierro y el yugo contra herejes y cismáticos no para venganza, como otrora los príncipes laicos, sino para medicina contra las enfermedades irreparables e incurables, donde la espada espiritual y las advertencias no aprovechan. Y así hay que interpretar a los doctores santos, donde niegan el uso de la espada, esto es, para extender la soberbia, la venganza y la avaricia o para forzar a los infieles todavía no convertidos al evangelio por la fuerza, pues la fe hay que persuadirla, no imponerla, según San Bernardo. Pero ningún santo niega el uso de la espada como medicina una vez aceptada la fe. Calle el infeliz Erasmo.

Lo mismo se prueba en el salmo 2: "Pero yo he consagrado a mi rey sobre Sión, mi santa montaña. Promulgaré el decreto de Yahvé". He aquí la virtud directiva. Y añade: "Díjome: 'Mi hijo eres tú, etc., y los romperás con vara de hierro'". He aquí la virtud coercitiva y la espada de hierro material.

Noé, Melquisedec, Adán, Abrahán, Moisés, Samuel, David, Judas Macabeo, todos tuvieron una espada material. Pero Cristo no es menor que ellos, pues el figurado siempre es mayor que la figura. Luego mucho más y con mayor certeza que ellos tiene tal espada.

Por consiguiente, la afirmación parece ser que el papa haya recibido la espada de los príncipes laicos, y no de Cristo, que dio la espada a los laicos. Luego mucho más conviene la haya dado al papa en aquella autoridad ilimitada "apacienta mis ovejas y rige", pues para gobernar se requieren aquellas potestades dichas en su grado óptimo.

Pero hay que advertir que cuanto los príncipes dan a la Iglesia lo recibieron anteriormente de Cristo. Luego no dan, sino que ponen en común lo que tenían en particular. Pues quien da, se priva de la cosa. Y todos los donantes pueden ser clérigos y gozar de la cosa dada. Luego dan el uso de hecho al mismo papa, y no la autoridad de derecho. O mejor, ceden, como en otra parte hemos demostrado, y así lo hizo Constantino, como bien interpreta Agustín Triungo en el libro "De potestate papae" y Santo Tomás en "De regimine principum".

Campanella. La Monarquía del Mesías.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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