irichc     Fecha  28/10/2004 17:25 
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Volver al foro Responder Chesterton. El suicidio del pensamiento.   Admin: Borrar 	mensaje
 
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La gente de hoy no es perversa; en cierto sentido aun pudiera decirse que es demasiado buena: está llena de absurdas virtudes supervivientes. Cuando alguna teoría religiosa es sacudida, como lo fue el Cristianismo en la Reforma, no sólo los vicios quedan sueltos. Claro que los vicios quedan sueltos y vagan causando daños por todas partes; pero también quedan sueltas las virtudes, y éstas vagan con mayor desorden y causan todavía mayores daños. Pudiéramos decir que el mundo moderno está poblado por las viejas virtudes cristianas que se han vuelto locas. Y se han vuelto locas, de sentirse aisladas y de verse vagando a solas. Así sucede que los hombres de ciencia se preocupen por establecer su verdad, y que la verdad les resulte luego despiadada. Así que los humanitarios sólo de la caridad se preocupen, y que su caridad (siento decirlo) resulte muchas veces falsa.Tomemos un caso: Mr. Blatchford ataca el cristianismo en nombre de una sola virtud cristiana que lo ha enloquecido: la virtud de la caridad puramente mística, llevada a términos casi irracionales. Se le ha ocurrido el disparate de que sería más fácil perdonar los pecados si conviniésemos en que no hay pecados. Mr. Blatchford no sólo se porta como un cristiano antiguo, sino que merecería mejor que ninguno ser devorado por leones. Aplicada a él, la acusación del paganismo no puede ser más verdadera: su misericordia no conduce más que a la anarquía. Acaba realmente por ser un enemigo de la especie humana, a fuerza de querer ser tan humanitario. Y ahora examinemos el caso opuesto, el del amargo realista que ha ahogado, conscientemente, en su corazón todos los regocijos humanos que puedan brotar de una hermosa leyenda, o de las exaltaciones del alma. Por celo de la verdad mora, Torquemada hacía padecer tormentos corporales a las pobres gentes. Zola, por celo de la verdad física, las somete a verdaderos tormentos espirituales. Pero en tiempos de Torquemada había, por lo menos, un sistema que consentía, hasta cierto punto, que la rectitud y la paz pudieran conciliarse y aunarse; mientras que hoy ni siquiera pueden saludarse de lejos.

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Con frecuencia se oye decir que la gente sensata desiste de la religión porque la religión parece ofrecer un enigma sin salida. Lo peor no es eso; sino que no se han dado cuenta de que hay un enigma en la religión. Son tan infantilmente estúpidos, que no ven nada de extraordinario en que, chanceando, se les diga, por ejemplo, que una puerta no es una puerta. Los librepensadores del día hablan de la autoridad religiosa, no sólo como si careciera de fundamento actual, pero como si no lo hubiera tenido nunca. Amén de no ver su probable fundamento filosófico, no se dan cuenta de que tenga un fundamento histórico. ¿Quién duda que la autoridad religiosa haya podido ser opresora e irracional? Todo sistema legal (y especialmente el que hoy disfrutamos) ha podido, asimismo, pecar por su indiferencia y su cruel apatía. Es razonable, por ejemplo, atacar a la policía; más aún, es glorioso. Pero los nuevos críticos de la autoridad religiosa están en el caso de atacar a la policía sin haber oído hablar de los salteadores. Porque la inteligencia humana está gravemente amenazada, y por un peligro tan positivo como un atraco; y la autoridad religiosa, equivocada o no, era su única defensa. Y si hemos de salvarnos de una ruina segura, ya es tiempo de pensar en oponer un muro al asalto.

El peligro consiste en que la inteligencia humana es, por naturaleza, capaz de destruirse a sí misma. Así como una generación puede impedir que se produzca la siguiente generación metiéndose en los conventos o echándose al mar toda ella, así una pléyade de pensadores puede, en cierto modo, impedir a quienes le sigan el libre ejercicio del pensamiento, convenciéndolos de que ningún pensamiento humano vale un comino.

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Y todos los sistemas de la religión militante se han organizado, precisamente, en previsión de este mal que siempre nos acecha. Los credos y las cruzadas, las jerarquías y las horribles persecuciones que llenan la historia, no se organizaron contra la razón, como lo repite sin cesar la ignorancia, sino para la árdua defensa de la razón. Instintivamente, el hombre comprendió siempre que, si se consentía discutirlo todo, la primera cosa puesta al debate sería la razón. La autoridad del sacerdote para absolver; la del papa para definir la autoridad, y aun la del inquisidor para aterrorizar a la gente, no han sido más que obscuras defensas alzadas en redor de la misma autoridad central; aquella que es más indemostrable, si se quiere, y más sobrenatural que todas: la autoridad del hombre para pensar.

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El culto de la voluntad no es más que la negación de la voluntad. Admirar el don de elección es negarse a elegir. Si Mr. Bernard Shaw se me acerca y me dice: "Desea algo", tanto vale como decirme: "No me importa lo que desees" o como decir: "Por mi parte, no tengo ningún interés determinado sobre lo que puedas desear". No podéis admirar la voluntad en general, porque la esencia de la voluntad está en ser particular. Un anarquista tan brillante como Mr. John Davidson se indigna ante la moralidad ordinaria, e invoca el reinado de la voluntad -de la voluntad para cualquier cosa, en general.- Lo que él quiere es que la humanidad desee algo firmemente. ¡Pero si de algo necesita la humanidad en concreto es nada menos que la moralidad ordinaria! Él se rebela contra la ley, pidiéndonos que deseemos algo, cualquier cosa. ¡Pero si ya hemos deseado algo, ya hemos deseado precisamente la ley contra la cual se está él rebelando!

Desde Nietzsche hasta Mr. Davidson, puede decirse que todos los adoradores de la voluntad carecen de ella casi por completo. Apenas son capaces de querer o desear. ¿Las pruebas? Fácil será proporcionarlas: un síntoma bastante elocuente es que siempre estén hablando de la voluntad como de algo que estalla y derrumba, cuando lo que hace la voluntad es todo lo contrario. Todo acto de voluntad lo es de propia limitación. Desear la acción es desear una limitación. En este sentido, todo acto es un sacrificio. Al escoger una cosa, rechazáis necesariamente otra. Los pensadores de esta escuela solían proponer una objeción contra el matrimonio, que también es aplicable a todos los actos. Todo acto es irremediablemente una selección y una exclusión. Al casaros con una mujer dejáis a todas las demás, y asimismo al adoptar una línea de acción abandonáis todas las otras. Si llegáis a ser rey de Inglaterra, tendréis que dejar vuestro puesto de bedel en Brompton. Si vais a Roma, sacrificáis vuestra encantadora vida de Wimbledon. Y considerando este aspecto negativo o limitativo de la voluntad, que por otra parte es imprescindible, comprendemos mejor lo absurdo de esos discursos de los anarquistas voluntaristas. Mr. John Davidson nos asegura que él no se acobarda ante ningún "Tú no harás". ¿Pero no comprende Mr. Davidson que "Tú no harás" es un corolario inmediato de "Yo haré"? "Iré a ver la procesión del nuevo alcalde -dice la voluntad-, y tú no me lo impedirás". Nos conjura el anarquismo a que seamos audaces artistas y no nos cuidemos de ley ni límite alguno. Y no se puede ser artista sin leyes ni límites. El arte es limitación; la esencia de toda pintura es el contorno. Cuando dibujáis una jirafa tenéis que ponerle el pescuezo largo. Y si, según vuestro audaz sistema de creación, os empeñáis en pintarla con el cuello corto, pronto os convenceréis de que no sois libres de pintar una jirafa como se os antoje. Entrar en el terreno de los hechos es entrar en el mundo de los límites. Las cosas pueden emanciparse a ciertas leyes accidentales o pegadizas, pero no pueden escapar a las leyes de su naturaleza. Se puede libertar a un tigre de su jaula, pero no de su piel manchada. No se puede libertar a un camello del peso de su corcova; sería quererlo libertar de su condición de camello. No pretendamos, como esos torpes demagogos, entusiasmar a los triángulos a que se emancipen de la tiranía de sus tres lados. El triángulo que se atraviese a esto, pronto llegaría a un término lamentable. Alguien ha escrito una obra que se llama "El Amor de los Triángulos". Aunque no la he leído, estoy seguro de que, si los triángulos han podido alguna vez ser amados, se debe a que son triangulares. Y lo propio acontece con cualquiera creación artística; y la creación artística puede considerarse como el ejemplo más elocuente de voluntad pura. El artista ama sus limitaciones; ellas integran la calidad de su obra. El pintor se alegra de que el lienzo sea plano; el escultor, de la palidez de la arcilla.

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Y no, nuestro rebelde es escéptico; no confía plenamente en nada. Como no tiene lealtad, nunca podrá ser un verdadero revolucionario. Quisiera denunciar algún mal, como hace el revolucionario verdadero, pero se lo estorba su desconfianza general de todas las cosas. Porque la denuncia implica algún modo de doctrina moral, y nuestro revolucionario no sólo duda de la doctrina por acusar, sino de la que pudiera fundar la acusación. Si escribe un libro quejándose de que la opresión imperial insulte la pureza de la mujer, después escribe otro en que insulta a la mujer a sus anchas con motivo de los problemas del sexo. Maldice al sultán porque las doncellas cristianas pierden su virginidad y después maldice a Mrs. Grundy porque la conservan. Como político, predicará a gritos contra la guerra, alegando que la guerra gasta las fuerzas de la vida; y más tarde, como filósofo, declarará que la vida es, a su vez, un despilfarro del tiempo.

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En resumen: que nuestro revolucionario, escéptico infinito, no hace más que contraminar sus propias minas. En sus libros de política reprende a los hombres que pisotean la moral, y en sus libros de ética la emprende contra la moral porque pisotea a los hombres. Así el sublevado ha venido a quedar incapaz para todo empeño de sublevación. A fuerza de alzarse contra todo, ha perdido el derecho de alzarse contra cosa alguna.

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Nietzsche tenía cierto talento natural para el sarcasmo: sabía desdeñar, ya que no reir; pero hay siempre en su sátira cierta falta de sustantividad y de peso; y todo porque no tiene, para respaldarla, la masa necesaria de moralidad común. En efecto: Nietzsche es mucho más absurdo que todos los absurdos que denuncia en sus obras. Nietzsche pudiera quedar como el prototipo de esta falta de energía abstracta: el reblandecimiento cerebral que dio al traste con su vida no fue un mero accidente físico. Si Nietzsche no hubiera parado en imbécil, de todas suertes el nietzscheanismo hubiera parado en imbecilidad. El pensamiento demasiado solitario y orgulloso acaba por idiotizar. Todo el que no deja que se ablande su corazón, tendrá que sufrir que se le reblandezca el cerebro.

Este último intento para eludir el intelectualismo acaba en intelectualismo puro, y, por lo mismo, es cosa muerta. Ha fallado el intento. El culto desconsiderado de la anarquía y el culto materialista de la ley acaban en una misma vanidad. Nietzsche, tras escalar vertiginosas cumbres, se queda en el Tíbet. Y allí está sentado a la diestra de Tolstoy, en las regiones de la Nada y del Nirvana. Ambos han perdido la esperanza: uno porque no ha querido conservar nada; el otro porque no ha querido desprenderse de nada. La voluntad tolstoyana resulta como helada al soplo de aquella aprensión budista que en todos los actos especiales cree hallar pecados. Pero tan helada resulta asimismo la voluntad nietscheana, por su creencia en la bondad de todos los actos especiales. Pues si todos ellos son buenos, ninguno es especial. De modo que ambos están en el cruce de los caminos, y mientras uno abomina de todos los caminos, al otro todos parecen tentarle a un tiempo. ¿Resultado?... No es muy difícil adivinarlo. El hecho es que ambos se quedan en el cruce de los caminos.


Chesterton. Ortodoxia.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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