irichc     Fecha  17/06/2002 16:47 
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Volver al foro Responder El Kempis, muestra de la Devotio moderna   Admin: Borrar 	mensaje
 
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Capítulo 11: De cómo son pocos los amadores de la cruz

Jesús tiene muchos amadores de su reino celestial, pero pocos que accedan a llevar su cruz.

Muchos desean sus consuelos; pocos sus sufrimientos.

Jesús encuentra a muchos compañeros de su mesa, pero a pocos de su abstinencia.

Todos quieren compartir su gloria; pocos desean sufrir por él.

Muchos siguen a Jesús hasta la fracción del pan; pocos hasta beber el cáliz de la amargura de su Calvario.

Muchos lo admiran por sus milagros; pocos por la ignominia de la cruz.

Muchos aman a Jesús mientras esto no les haya de reportar adversidades.

Muchos lo alaban y bendicen mientras reciben sus consuelos.

Pero, si Jesús se esconde y los deja un momento, entonces desfallecen y dudan.

Los que, empero, aman a Jesús por Jesús, y no por su propio consuelo, lo bendicen en toda tribulación y en las angustias del propio corazón tanto como en las efusiones más dulces.

Y, aunque él no los consolara nunca, lo alabarían siempre y le estarían agradecidos.

Oh, qué no puede el amor desinteresado de Jesús por Jesús, sin la más pequeña mezcla de amor propio?

¿No son, pues, como gente mercenaria los que lo aman por los consuelos que proporciona?

¿No demuestran ser más amadores de ellos mismos que de Jesús aquellos que siempre piensan en la ventaja que su amor les reporta?

¿Dónde encontraremos a alguien que quiera servir a Dios sin paga?

Raramente encontraremos a un hombre tan espiritual que sea después de todas las cosas.

Porque el verdadero pobre de espíritu, desnudo de todo afecto a la criatura, ¿quién lo sabe?

Hay que buscarlo bien lejos, en los extremos de la tierra (Pr 31, 10)

Si un hombre da todo lo que posee, aún no es nada (Ct 8, 7)

Si hace una gran penitencia, aún es poco.

Si abraza todas las ciencias, aún está lejos.

Si tiene una gran virtud y una piedad ferviente, aún le falta mucho.

Una sola cosa le es de toda necesidad.

¿Qué es, pues, esta cosa? Que, después de dejarlo todo, se deje a sí mismo también, y no le quede ni una brizna de amor propio.

O sea que, después de haber hecho todo lo que sabe que ha de hacer, piense que aún no ha hecho nada.

Hay que amar poco aquello que podría ponderarse como muy grande y considerarse como un criado inútil.

Tal como ha dicho la Verdad: Cuando habréis hecho todo lo que os han mandado, decid: Somos unos sirvientes inútiles (Lc 17, 10)

Entonces aquel será un verdadero pobre de espíritu

y podrá decir con el profeta: Soy solo y pobre (Sl 24, 16)

Nadie es más rico, ni más poderoso, ni más libre que aquel que sabe dejarlo todo y ponerse como el último de todos.

* * *

Capítulo 12: De la vía real de la cruz.

Dura palabra parece a muchos ésta: Niégate a ti mismo, toma tu cruz y sigue a Jesús (Mt 16, 24).

Pero mucho más dura será esta otra, en el postrer día: Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno (Mt 25, 41).

Los que escuchan de buen grado la palabra de la cruz y la siguen no han de temer escuchar la palabra de la eterna condenación.

Esta señal de la cruz relucirá en el cielo cuando será llegada la hora del juicio.

Entonces todos los sirvientes de la cruz que en vida imitaron a Jesús crucificado se aproximarán al Cristo juez con gran confianza.

¿Por qué, pues, te aflige tanto llevar la cruz si con ella se va al reino celestial?

En la cruz está la salvación, en la cruz está la vida, en la cruz está la protección contra nuestros enemigos.

De la cruz desciende la suprema dulzura. En la cruz se encuentran la fortaleza del alma, el goce del espíritu.

En la cruz está la suprema virtud, la perfección de la santidad.

No hay salud del alma ni esperanza de vida eterna sino en la cruz.

Toma, pues, tu cruz y sigue a Jesús; y tendrás vida eterna.

Él la ha llevado antes que tú, y por ti ha muerto en la cruz, a fin de que tú lleves tu cruz y te deleites por morir en la cruz.

Ya que, si morías con él en la cruz, también con él vivirás;

y, si compartes sus sufrimientos, compartirás su gloria.

Observa como en la cruz está todo, y todo se compone muriendo. No hay ningún otro camino que conduzca a la vida y a la verdadera paz del corazón sino el camino de la cruz y de la mortificación de cada instante.

Ve donde quieras, busca por donde quieras; no encontrarás más arriba un camino más encumbrado ni más abajo un camino más seguro que el de la cruz.

Dispón y ordena todas las cosas según tu querer y tu parecer, y siempre encontrarás alguna que te hará sufrir tanto si quieres como si no; así encontrarás siempre la cruz.

O bien sentirás dolor en tu cuerpo o angustia en tu espíritu.

O bien Dios te dejará o bien serás puesto a prueba por tu prójimo, y aún más a menudo te aplastará tu propio peso.

Y no encontrarás ningún remedio, ni consuelo ni alivio de tus penas, sino que tendrás que sufrir hasta que Dios quiera.

Ya que Dios quiere que aprendas a sufrir sin consuelo y que le seas totalmente sometido, y que la tribulación te haga más humilde.

Nadie ha sufrido en su corazón la pasión de Cristo tan bien como aquel que ha sufrido algo parecido.

La cruz, pues, está a punto; y te espera por todos lados.

No puedes esquivarla dondequiera que vayas; porque dondequiera que vayas vas contigo mismo y te encontrarás contigo mismo.

Vuélvete arriba, abajo, afuera, adentro, siempre encontrarás la cruz; hagas lo que hagas, bien te hará falta tomar paciencia si quieres haber la paz del corazón y merecer la corona inmortal.

Si llevas la cruz de buen grado, ella te llevará a ti y te guiará al término que deseas, donde terminará tu padecer; pero esto no será en este mundo.

Si la llevas de mala gana, la harás más pesada, y aquí como allí tendrás que arrastrarla.

Si rechazas una, te caerá encima otra más pesada.

¿Piensas evitar aquello que no ha evitado nadie?

¿Qué santos ha habido en el mundo sin cruz ni tribulación?

Ni el mismo nuestro Señor Jesucristo no pasó una hora de esta vida mortal sin pena.

Fue necesario que el Cristo padeciera y resucitase de entre los muertos para entrar así en su gloria (Lc 24, 46)

¿Y qué otro camino buscarías tú, sino la vida real de la santa cruz?

Toda la vida del Cristo no fue sino cruz y martirio; ¿y querrías tú el reposo y el gozo?

Yerras, yerras completamente si buscas otra cosa que pasar tribulaciones; toda esta vida mortal está llena de miseria y sembrada de cruces.

...

* * *

Capítulo 2: Que la verdad habla interiormente sin alboroto de palabras.

Hablad, Señor, que vuestro siervo os escucha (1Sa 3, 9)

Yo soy vuestro siervo: dadme inteligencia para que comprenda vuestras palabras (Sl 118, 125)

Decantad mi corazón a las palabras de vuestra boca: que ellas desciendan como el rocío (Sl 118, 36; Dt 32, 2).

Los hijos de Israel decían en otro tiempo a Moisés: Háblanos y te escucharemos; pero que no nos hable el Señor, ya que tal vez moriríamos (Ex 20, 19).

No os hablaré así, Señor, no os rogaré así; sino como el profeta Samuel, que os invocaba humilde y anhelante, diciendo: Hablad, Señor, que vuestro siervo os escucha (1Sa 3, 9).

Que no me hable Moisés, ni ninguno de los profetas; pero habladme vos, Señor y Dios mío, vos que inspiráis e ilumináis a todos los profetas. Ya que vos solo, sin ellos, podéis penetrar en absoluto mi espíritu;

ellos, en cambio, sin vos no avanzarían nada.

Ellos pueden hacer resonar las palabras, pero no conferirme el espíritu. Hablan bellamente; pero, si vos calláis, no enardecen el corazón.

Exponen la letra; pero vos nos descubrís su sentido.

Proponen los misterios; vos rompéis los sellos que los hacían incomprensibles.

Publican vuestros mandamientos; vos nos ayudáis a cumplirlos.

Muestran el camino: vos nos dais fuerzas para caminar.

Ellos abren exteriormente; vos instruís e ilumináis los corazones.

Ellos riegan por fuera; vos dais la fecundidad.

Ellos predican con palabras; vos hacéis que las entendamos.

Que Moisés, pues, no me hable, pero vos sí, Señor Dios mío, verdad eterna;

porque, si vos no me hablarais, tal vez moriría y permanecería sin fruto, si sólo fuera enseñado exteriormente y no iluminado por dentro. Que no encuentre mi condena en la palabra oída y no escuchada, conocida y no amada, creída y no observada.

Habladme, pues, Señor, que vuestro siervo escucha (1Sa 3, 9); porque vos tenéis palabras de vida eterna (Jn 6, 69).

Habladme para consolar un poco mi alma y para que enmiende totalmente mi vida; y también para alabanza vuestra, gloria eterna y honor.

T. de Kempis. La imitación de Cristo.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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