irichc     Fecha  17/06/2002 15:20 
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Volver al foro Responder El libro de la escala de Mahoma   Admin: Borrar 	mensaje
 
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El libro de la escala de Mahoma relata la ascensión de éste hasta el octavo cielo, acompañado por el arcángel Gabriel, así como sus visitas a los distintos paraísos y a las siete tierras del infierno. En todos estos lugares se le informa de su predestinación y de la de su pueblo.

* * *

Capítulo V: Indica la forma de la escala por la que Mahoma subió al cielo.

Después que yo, Mahoma, terminé mis oraciones en el Templo junto con los profetas que allí se encontraban presentes y en pie y después de los abrazos y del recibimiento tan honroso que me tributaron, como ya habéis comprendido, Gabriel, tomándome de la mano, me condujo fuera del Templo y me mostró una escala que llegaba desde el primer cielo hasta la Tierra, donde me encontraba. En verdad, era la escala más bella que jamás había visto; sus pies se apoyaban en la piedra, sobre la que yo me había apeado. Sus peldaños eran de la siguiente manera: el primero era de rubí; el segundo, de esmeralda; el tercero, de una perla blanquísima y todos los demás peldaños eran de piedras preciosas, cada uno de distinta clase y recubiertos de perlas y oro purísimo de tanto valor que jamás el corazón del hombre pudiera imaginarlo; asimismo, la escala quedaba envuelta con un xamed verde más brillante que la esmeralda; toda la escala estaba rodeada de ángeles que la protegían. Su resplandor era tan vivo que con mucha dificultad se la podía mirar. Gabriel me tomó de la mano y, levantándome, me colocó sobre el primer peldaño, diciéndome: “Sube, Mahoma”. Subí y Gabriel subía conmigo; todos los ángeles que estaban destinados a la protección de la escala se unieron a nosotros y Gabriel me iba contando las buenas nuevas del bien supremo que Dios me había preparado.

Capítulo VI: Muestra el gran ángel que vio Mahoma en el aire cuando iba subiendo por la escala, también lo que le dijo el ángel sobre él y sobre su pueblo.

Mientras yo, Mahoma, iba subiendo con Gabriel por la escala, mirando con atención vi en el aire un ángel muy grande, que estaba sentado en una silla y que sujetaba en su mano una tabla que se extendía de oriente a occidente. A su derecha había también muchos ángeles cuyos rostros resplandecían como la luna cuando aparece llena; todo este esplendor era la gloria de Dios. Todos los ángeles estaban cubiertos con vestiduras verdes, más claras que la esmeralda y exhalaban un perfume más suave que el almizcle y el ámbar. A su izquierda había asimismo numerosos ángeles, todos ellos más negros que la tinta, con unos ojos rojos como el fuego y despedían un olor muy fétido; poseían unas voces más potentes que el trueno y todos ofrecían un aspecto espantoso. Me dijo Gabriel: “Mahoma, continúa y saluda a aquel gran ángel; has de saber que él ocupa un lugar importante ante Dios”. Lo saludé y él me devolvió el saludo moviendo la cabeza, mas no dijo palabra alguna. Observé con atención y vi que ora miraba la tabla, ora miraba el mundo y me quedé maravillado de cómo obedecía al Señor, su Dios. Gabriel, entonces, se dirigió hacia el ángel diciendo: “¿Cómo es que no has saludado al mejor hombre del mundo?”. El ángel preguntó a Gabriel: “¿Quién, pues, es éste?”. Contestó Gabriel: “Es Mahoma, mensajero de nuestro Dios”. A su vez preguntó el ángel a Gabriel: “¿Ha sido ya enviado?”. Contestó Gabriel: “Así es, sin ninguna duda”. Al punto, me saludó el ángel comunicándome las buenas nuevas del bien supremo que Dios había dispuesto concederme pródigamente. Añadió el ángel que yo era el más grande y el más honorable de todos los mensajeros y que, por derecho, yo era el señor de todos los pueblos; invitándome a que rezara con él, yo me adelanté un poco y recé de rodillas dos breves oraciones. Después, me levanté sobre mis pies y el ángel junto con los demás ángeles que estaban con él me saludaron. Terminando su saludo, me dijo el ángel grande: “Has de saber, Mahoma, que tu pueblo será el que permanecerá más tiempo en este mundo y perdurará más que ningún otro pueblo, porque Dios ama sobremanera a los hombres de tu pueblo, ya que evitan el mal y únicamente practican el bien”.

Capítulo VII: Indica de qué forma comprendió Mahoma que aquel ángel era el ángel de la muerte, así como la respuesta sobre las cuestiones que le preguntó Mahoma.

Cuando comprendí lo que el ángel grande había dicho sobre mí y sobre mi pueblo, como habéis escuchado en líneas precedentes, pregunté a Gabriel quién era aquel ángel. Contestándome, Gabriel me dijo que era el ángel de la muerte. Al oír estas palabras, me dirigí hacia el ángel y le pregunté: “¿Eres tú el ángel de la muerte?”. Me contestó: “Así es”. Le pregunté y le supliqué que me dijera cómo sacaba las almas de los cuerpos de los hombres cuando sobrevenía su muerte. Me respondió diciendo: “Has de saber, Mahoma, que desde el momento en que Adán, que fue el primer hombre, fue creado por Dios y fue colocado sobre la Tierra, Dios me encargó esta obligación, es decir, que saque las almas de los cuerpos de los hombres hasta el gran día del juicio, de modo que nadie permanezca con vida, salvo Dios y yo junto con Él; después Dios sacará también mi alma y permanecerá Él solo vivo, con una vida eterna y sin fin”. Dicho esto, le pregunté: “Cuando mueren a la vez dos hombres, uno en oriente y otro en occidente, ¿cómo sacas sus almas al mismo tiempo?”. Me contestó: “Mahoma, ¿es que no ves que el mundo entero es para mí como un solo denario y que nada puede quedarme oculto pues veo todo el mundo a la vez? Además, el mundo en su totalidad es delante de mí muy pequeño y no me resulta gravoso sacar al mismo tiempo las almas, una de aquí y la otra de allá”. De nuevo le pregunté y le dije: “Cuando acaecen importantes batallas y mueren muchos hombres en ellas, ¿cómo te las arreglas para sacar a la vez las almas de tantos muertos?”. Me contestó: “Has de saber, Mahoma, que en cuanto a lo que me has preguntado así sucede y en esas circunstancias doy un gran grito, llamo a la vez a todas las almas, hago que vengan hacia mí y las acojo a todas”. Después de ofrecerme esta respuesta, seguí preguntándole: “Dime, ángel de la muerte, cuando las almas están en tu presencia, ¿cómo conoces las almas que van a ir al paraíso y las que van a ir al infierno?”. Me contestó así: “Mahoma, ¿es que no ves tú mismo que los nombres de todos los hombres, los que han existido, los que existen ahora y los que existirán hasta el final del presente siglo, están escritos todos ellos en esta tabla?; ¿y no ves incluso la muerte que va a tener cada uno de ellos, así como el destino bueno o malo que Dios les tiene preparado, conforme a sus propios merecimientos? Por tanto, sé perfectamente quiénes van a ir al paraíso y quiénes van a ir al infierno”.

Capítulo VIII: Indica cómo el ángel de la muerte realiza su peculiar función sobre las almas buenas y sobre las almas malas.

Después que el ángel grande contestó las cosas que yo, Mahoma, le había preguntado adecuadamente y que habéis oído en las líneas precedentes, él me habló así: “Has de saber, Mahoma, que, cuando el hombre que va a ir al paraíso se acerca a su muerte, yo le envío entonces algunos ángeles de los que están a mi derecha, que son muy bellos y que exhalan un gratísimo perfume y le susurran al moribundo dulces palabras, contándole las buenas nuevas del infinito amor filial de nuestro Dios; así, con estas palabras sacan su alma con toda suavidad y me la traen a mí. Cuando los ángeles que llevan su alma están ante mí, se adelanta uno de ellos y me lo hace saber; una vez que yo me he enterado, extiendo mi mano derecha y le entrego el alma al ángel más hermoso de cuantos me rodean y que exhala un perfume aún más agradable; éste, recogiendo el alma, la lleva de uno a otro cielo hasta presentarse ante Dios; al punto, Dios ordena a un ángel de claridad que acoja el alma y la introduzca en la garganta de un ave completamente verde, para conducirla hasta el paraíso; como te he ido contando, así viene a mí el alma de un hombre justo. Pero cuando va a morir un pecador, has de saber que le envío algunos ángeles de cuantos están a mi izquierda, repugnantes y con aspecto horriblemente feo; estos ángeles le hablan al pecador con severas palabras y le comunican castigos muy terribles; hablándole así, sacan su alma de modo muy cruel y me la presentan a mí, una vez sacada. Yo, extendiendo mi mano izquierda, recibo el alma con mucho desagrado y se la entrego al más horrible, repugnante y maloliente de los ángeles que me rodean. El ángel, después de recibir el alma, la conduce hasta el cielo; mas, cuando llega allí, se le cierran las puertas del cielo y se niegan a recibirla, tal como Dios dijo en el Alcorán: “Que no se abran las puertas del cielo a los pecadores”.

Capítulo IX: Muestra la visión que tuvo Mahoma de un ángel que tenía forma de gallo, y también de otro ángel, mitad fuego mitad nieve, así como las funciones de cada uno de ellos.

Una vez explicado con todo detalle cuanto se narra en líneas anteriores, yo, Mahoma, continué mi camino; un poco más adelante, vi un ángel tan grande que su cabeza sobresalía por encima del cielo y sus pies reposaban en el abismo. El ángel tenía unos cabellos muy largos, que descansaban sobre sus hombros; poseía unas alas de todos los colores más bellos que jamás hombre alguno haya visto. Su aspecto era como el de un gallo y Dios le había indicado todas las horas en las que se debían rezar las oraciones. Así es, cuando llegaba el momento de orar, del cielo provenía una voz que decía: “Tú, criatura, que obedeces a Dios, te ordeno que alabes a Dios”. Al punto, el ángel decía con voz muy alta: “Sea bendito Dios, rey santísimo de los ángeles, de todas las almas y de todas las criaturas”. Terminada su oración, los gallos que están en la tierra, al escuchar lo que el ángel había dicho, iniciaban todos al instante un cántico a Dios y lo alababan cantando: “Vosotros, hombres que obedecéis a Dios, levantaos y alabadle porque Él es poderoso por encima de todo, Él ha formado y creado todas las cosas”. Concluida la oración, avancé un poco y vi otro ángel mitad fuego mitad nieve, pero de manera que el fuego no fundía la nieve ni la nieve apagaba el fuego. Alabando a Dios decía el ángel: “Bendito seas, Dios, tú que has unido de esta manera el fuego y la nieve; así como los has unido entre sí, te suplico que te dignes a unir los corazones de los pueblos que te son obedientes”. Mientras estaba rezando esta oración, vi un tercer ángel, tan prodigiosamente grande que no me atrevo a expresar sus enormes dimensiones: su grandeza provenía del poder de Dios. Acercándome a él, le dirigí mi saludo; él no me respondió, pues estaba orando. Le dijo entonces Gabriel: “¿Cómo no has saludado al hombre más bueno del mundo?”. Preguntó el ángel, diciendo: “¿Quién es este del que me hablas?”. Contestó Gabriel: “Es Mahoma, que lo estáis viendo aquí”. Preguntó el ángel: “¿Acaso ha sido ya enviado?”. Contestó Gabriel: “Así es, ciertamente”. Al instante, el ángel y otros muchos ángeles que yo había visto me saludaron todos y me comunicaron muy buenas nuevas del bien supremo que para mí había dispuesto Dios.

Capítulo X: Muestra cómo Mahoma vio al tesorero del infierno y lo que le dijo el tesorero a Mahoma acerca de su pueblo.

Después de separarnos de estos ángeles Gabriel y yo, Mahoma, seguimos avanzando; en nuestra marcha, fijándome bien, vi otro ángel maravillosamente grande que estaba sentado en una silla y que tenía entre sus manos una enorme clava, con la que era capaz de destruir el cielo y la Tierra, simplemente de un solo golpe. Al contemplar Gabriel aquella clava, comenzó a llorar. Yo le pregunté: “¿Por qué lloras?”. Contestándome, me dijo: “Mahoma, ¿sabes tú quién es este ángel?”. Le dije: “No, pero Dios sí lo sabe”. Él me contestó: “Has de saber, Mahoma, que este ángel es el tesorero del infierno”. Al escuchar su respuesta, me dirigí hacia él y lo saludé; él no me contestó. Entonces, le dijo Gabriel: “¿Cómo es que no contestas al hombre más bueno que jamás ha sido enviado?”. El ángel le preguntó, diciendo: “¿Quién, pues, es éste?”. Contestó Gabriel: “Éste es Mahoma, el gran mensajero de Dios”. Le preguntó el ángel: “¿Ha sido ya enviado?”. Gabriel le dijo que sí. El ángel, entonces, acercándose a mí me saludó y me dijo que quienes de mi pueblo vayan a ir al infierno tendrán menos castigos que los demás.

Capítulo XI: Señala las preguntas de Mahoma al tesorero sobre diversas cuestiones, también las respuestas adecuadas del tesorero.

Después que el tesorero del infierno me informó a mí, Mahoma, sobre mi pueblo, como acabáis de escuchar, fijándome bien en su rostro vi que mostraba un semblante de una gran tristeza. Le pregunté por qué estaba tan triste; contestándome, me dijo: “Has de saber, Mahoma, que tengo un gran sufrimiento por los pueblos que no obedecen a Dios, porque si ellos quisieran yo no estaría triste”. Le contesté: “Dices la verdad, pero te suplico que me digas una cosa que te voy a preguntar”. Me contestó que lo haría con mucho gusto. “Así pues, dime, ¿cómo fue creado el infierno, cómo fueron creados los ángeles que allí moran y qué clase de vida llevan?”. Al punto, me contestó: “Has de saber, Mahoma, que, cuando el infierno fue creado al principio, Dios hizo prender fuego sobre él durante setenta mil años, hasta que todo el infierno, en su totalidad, estuviera al rojo vivo. A continuación, sobre este fuego prendió otro durante el mismo tiempo, hasta que todo él se hizo blanco. Sobre este fuego prendió otro más durante setenta mil años, de modo que quedó todo completamente negro y más tenebroso que ninguna cosa. Es un fuego que siempre permanece ardiendo intensamente en sí mismo, y de modo admirable no produce llama alguna. Sobre los ángeles del infierno que me preguntas, has de saber que Dios los creó del fuego, se alimentan del fuego y, si salieran simplemente un solo momento del fuego, morirían al instante, ya que no pueden vivir sin el fuego como los peces no pueden vivir sin el agua. Dios los creó igualmente sordos y mudos e infundió en su corazón tanta insensibilidad y tanta crueldad que nadie podría expresarlo; no saben hacer otra cosa que no sea torturar y atormentar con crueldad a los pecadores; mudos y sordos los creó Dios para que no oigan los lamentos y gemidos de los pecadores, cuando son atormentados. Por la misma razón, Dios los creó muy crueles, pues si, por casualidad, ven que los pecadores muestran algún síntoma de humildad, ellos no manifiestan el más mínimo interés ni ninguna piedad por los pecadores ni por su humildad. Al castigo del fuego del infierno que sufren los pecadores, hay que añadir este otro castigo muy cruel y es que los ángeles que allí moran los atormentan con enormes mazos de hierro y los golpean con fuerza, por la extremada crueldad que ellos poseen, según las palabras de Dios en el Alcorán: ‘En verdad hemos enviado al infierno a nuestros ángeles fuertes, insensibles y crueles para que cumplan y respeten nuestras órdenes y nos obedezcan en todo lo que les mandamos’”. Después que el tesorero de infierno me refirió estos pormenores, Gabriel y yo nos apartamos de él, llenos de pavor. Seguimos avanzando hasta que alcanzamos el primer cielo, que se denomina “el cielo de la luna”.

El libro de la escala de Mahoma.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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