irichc     Fecha  7/07/2003 01:32 
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Volver al foro Responder Filón de Alejandría. Todo hombre bueno es libre.   Admin: Borrar 	mensaje
 
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Y así es: solo es libre aquel que solo a Dios tiene por guía; aunque en mi entender además de libre es guía de los demás, habiendo sido confiadas a su cuidado las cosas terrestres, cual lugarteniente mortal del Gran Rey inmortal. Pero el tema de la soberanía del hombre sabio ha de quedar para más apropiada ocasión, y ahora hemos de de examinar cuidadosamente el de su libertad. Quien se propusiere examinar los asuntos encarándolos a fondo, conocerá claramente que no hay cosas que estén más estrechamente vinculadas entre sí que la independencia en el obrar y la libertad. Muchas son, en efecto, las cosas que obstaculizan al hombre ruin, como el amor al dinero, el ansia de reputación y el afán de placeres, en tanto que nada lo traba en absoluto al hombre superior, quien se mantiene erguido y triunfador sobre el amor, el temor, la cobardía, el dolor y las cosas semejantes a éstas, como el vencedor en una contienda atlética sobre sus vencidos. Ha aprendido, en efecto, a despreciar todos los mandatos e imposiciones de los harto ilegítimos gobernantes del alma, movido por su celo y ardiente amor por la libertad, de la que es patrimonio propio la autodeterminación y el hacer lo que se desea. Algunos elogian al autor de aquel trímetro que dice: "¿Quién es esclavo siendo indiferente ante la muerte?", y lo elogian pues piensan que dicho autor entendió perfectamente la ilación entre ambas cosas, pues sostuvo que cosa alguna es tan apropiada para esclavizar a la inteligencia como el miedo a propósito de la muerte, miedo resultante del vehemente deseo de vivir.

Pero preciso es que reflexionemos que no sólo quien no siente preocupación por la muerte está libre de esclavitud, sino también lo está aquel al que no preocupa el ser pobre, el carecer de reputación, el sufrir dolor ni todas las demás cosas que los más de los hombres tiene por males, aunque el mal reside en ellos mismos y en sus juicios, ya que su concepto de esclavo tiene sólo en cuenta los usos que de él se hacen y los servicios que presta, cuando lo que debería tener presente es la independencia de carácter. Porque esclavo de verdad es aquel que con espíritu mezquino y servil se aplica a mezquinas y serviles acciones que repugnan a su propio juicio; en tanto que aquel que ajusta su propia persona y sus cosas a lo que la ocasión le depara y soporta de buen grado y con paciencia los vaivenes de la suerte; aquel que considera que nada nuevo se da en las cosas humanas, aquel que se ha convencido, tras cuidadoso examen de que, mientras es prerrogativa de las cosas divinas el poseer un orden eterno y la felicidad, las humanas, en cambio, arrastradas todas por el agitado oleaje de las circunstancias, se balancean con desiguales inclinaciones: aquel, en fin, que sobrelleva con dignidad cuanto le sobreviene, ese es, sin lugar a dudas, un filósofo y un hombre libre. Y así, no obedecerá a nadie que le dé órdenes, aunque éste lo amenace con ultrajes, torturas y los males más terribles, sino con juvenil ardor le replicará abiertamente:

"Quémame, consume mis carnes, satúrate de mí bebiendo mi negra sangre; porque descenderán las estrellas bajo la tierra y se elevará la tierra hasta el éter antes de que procedente de mí te llegue una palabra de adulación" (Eurípides, "Heracles").

(...)

También por otras vías se podría aprender en qué consiste la libertad propia de aquél que es bueno. Ningún esclavo es verdaderamente feliz. Porque, ¿qué desdicha mayor que el no ser dueño de nada, ni de sí mismo? Sin embargo, el sabio es realmente feliz, llevando sobre sí el lastre y carga de sus altas cualidades, en las que reside su señorío sobre todas las cosas; de modo que fuera de toda duda y necesariamente el hombre bueno es libre. Además, ¿quién podría decir que los amigos de Dios no son libres? Porque, si con toda justicia reconocemos que los amigos de los reyes poseen no sólo la libertad sino también la autoridad, ya que comparten las funciones de mando y administración; no cabe atribuir la esclavitud a los amigos de los dioses celestiales, siendo así que éstos por su amor a la Divinidad se convierten al punto en amados de Ella, al ser recompensados con el mismo afecto que profesan, y son, de ese modo, a juicio de la verdad misma lo que dicen los poetas, es decir, soberanos de todas las cosas y reyes de reyes.

El legislador de los judíos, con una audacia superior a la de aquellos, va más allá aún, pues cultor de una filosofía desnuda, como suelen decir, se atrevió a decir que aquel que se halla poseído por el amor a la Divinidad y solamente está al servicio del Que Es ya no es un hombre sino un dios, aunque un dios de los hombres, no de las partes de la naturaleza; reservando así para el padre de todas las cosas la condición de Rey y Dios de los dioses. ¿Y no corresponde acaso considerar que quien ha llegado o alcanzado tan grande privilegio no sólo no es un esclavo sino el único libre? Éste, aunque por sus propios merecimientos no es digno de participar de lo que es propio de la Divinidad, con todo debía gozar de la felicidad absoluta porque tiene a Dios como amigo; y tal protector no es de los débiles ni de los que descuidan los justos intereses de los amigos, pues es el Dios de la amistad, que está atento cuando concierne a los mismos. Y más aún, así como ciertos estados dominados por la oligarquía o sometidos a la tiranía soportan la esclavitud pues tienen duros y opresivos amos que les imponen su yugo y poder, en tanto que otros, que tienen por administradores y protectores a las leyes, son libres: así también entre los hombres aquellos en los que domina la cólera, la concupiscencia o alguna otra pasión, o también el insidioso vicio son enteramente esclavos, en tanto que todos aquellos que ajustan sus vidas a las leyes son libres. Y la recta razón es una verídica ley, no una ley perecedera registrada por este o aquel mortal sobre pergaminos o columnas sin alma, u además sin alma ella misma, sino una ley inmortal registrada por la inmortal naturaleza en la imperecedera inteligencia. Por ello bien puede uno admirarse de la ceguera de aquellos que, no alcanzando a ver las características que con tanta claridad distinguen las cosas, afirman que para asegurar la libertad en las más grandes de las repúblicas, Atenas y Esparta, son más que suficientes las leyes de Solón y de Licurgo que las rigen y gobiernan, pues los que participan del derecho de ciudadanía acatan sus mandatos; y en cambio niegan que la recta razón, pese a ser la fuente de las otras leyes, sea capaz de brindar la posesión de la libertad a los hombres sabios que acatan todos sus mandatos y prohibiciones.

(...)

Merecen ser puestos en ridículo los que piensan que, una vez desvinculados del dominio de sus amos han llegado a ser libres. Cierto es que ya no son quizá siervos como antes una vez que han sido manumitidos, pero son todos esclavos de los tratados a latigazos, y obedecen no a otros hombres, lo que haría que el mal fuera menor, sino también a las más viles de las cosas inanimadas, tales como el vino puro, las hortalizas, los pasteles y todos los otros manjares que el refinado arte de los cocineros y reposteros prepara para daño del mísero vientre.

Así, viendo Diógenes cómo uno de esos llamados manumitidos se jactaba de ello y cómo muchos lo congratulaban, asombrado de lo absurdo e insensato de ello, dijo: "Esto es igual que si alguien proclamase que uno de sus sirvientes es a partir de hoy gramático o geómetra o músico, sin que tal sirviente haya aprendido ni en sueños esas especialidades". En efecto, así como la proclama no produce hombres versados, tampoco produce hombres libres, ya que esto es algo envidiable, sino sólo hombres que no son ya siervos.

Despojémonos, pues, de la vacía opinión a la que está aferrada la inmensa turba de los hombres y, convertidos en amantes del más sagrado de los patrimonios, la verdad, no atribuyamos la condición de ciudadano o la libertad a los ciudadanos de nombre solamente, ni la esclavitud a los esclavos, sean nacidos en la casa del amo, sean comprados, sino dejemos de lado los detalles de nacimiento, los certificados que adscriben a un amo, y todo lo que concierne en general al cuerpo, y estudiemos la naturaleza del alma. Porque, si el alma es empujada por la concupiscencia o seducida por el placer o descarriada por el miedo o abatida por el dolor o estrangulada por la ira, se esclaviza a sí misma y torna a quen la posee esclavo de infinitos amos. Mas, si vence la ignorancia con la sensatez, la incontinencia por la templanza, la cobardía con el valor, y la ambicìón con la justicia, agrega a su condición de no esclava la de ser gobernante. En cuanto a las almas que aún no participan ni de uno ni de otro modo de ser, ni del que esclaviza ni de aquel por el que se asegura la libertad, y están desnudas, como las de los que están en la primera infancia, han de ser cuidadas y alimentadas vertiéndose en primer lugar en ellas, en vez de leche, los suaves alimentos que brindan las prescripciones de los estudios de cultura general; y luego los más fuertes, cuyo artífice es la filosofía.

Gracias a tales alimentos esas almas, llegando a la plena virilidad y robustez, alcanzarán la feliz meta señalada por Zenón, o más bien por una oracular revelación, meta que consiste en vivir conforme con la naturaleza.

Filón de Alejandría. Todo hombre bueno es libre.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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