irichc     Fecha  14/12/2003 17:03 
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Ciertamente, es mucha verdad que coincidimos en una misma meta: que el conocimiento de la Naturaleza se encamine al conocimiento del Autor de la Naturaleza. Y doy las gracias a tan docto varón por haber hecho algún caso a mis recomendaciones. Mas, como a mi juicio son muchas aún nuestras diferencias respecto al camino y razón mismos por donde alcanzar el objetivo que nos hemos fijado, y como la cosa misma es de gran importancia, tal vez vale la pena de adelantar lo que dije sobre la naturaleza de la extensión y de la materia [que nos servirá para entender] que lo meramente pasivo en el cuerpo o en la materia no puede tomarse en modo alguno como sustancia y que no es posible concebir la sustancia corporal o material de modo meramente pasivo, ni que, por tanto, solo Dios obra, aunque, ciertamente, sólo Él ofrece fuerza para obrar. Pues una cosa es que los cuerpos sólo actúen actuados, y otra, que no actúen de ninguna manera. Y una cosa es que la materia y las cosas materiales no puedan moverse más que por virtud divina, y otra, que no reciban fuerza alguna en su movimiento.

(...)

Mas, vuelvo a la fuerza de actuación o a la realidad absoluta que hay en el sujeto que se va a mover. La cual es conforme el entender que es doble: primitiva y derivativa, y que la derivativa no es más que una modificación de la primitiva, así como los afectos son modificaciones del alma y las figuras son modificaciones de la extensión. La fuerza primitiva de actuación que persiste siempre la misma, a su vez, creo que es una forma, o también, que constituye el alma. Igual que la fuerza primitiva de padecer o resistir constituye la materia prima, como se explicó en otro sitio.

(...)

Y en verdad, quien quiera llevar a cabo un análisis de las nociones vulgares sobre la materia, no encontrará nada más que algo relativo a lo dicho. Pues la extensión es la repetición o difusión de algo que se presupone, y lo mismo hay que decir de la divisibilidad. La noción de impenetrabilidad es meramente negativa, de manera que al cabo hay que recurrir al esfuerzo y resistencia o fuerza de actuar y padecer, en lo cual habrá que entender algo positivo y primitivo que hay en el cuerpo. En todos los cuerpos es la misma la resistencia según el tamaño, ni aumenta ni disminuye, por lo que se dice que la materia de todos los cuerpos es la misma; el esfuerzo, en cambio, aunque no puede dejar de estar inserto en todo cuerpo, no puede recibir su determinación de la sola suposición de la materia o de la resistencia, sino que requiere la impresión diversa de una causa superior. Y así como la resistencia constituye la materia general del cuerpo, así el esfuerzo constituye la forma peculiar o actividad primera (como entelékian tón prótes, en interpretación mía) de todo cuerpo; dado que cuando la misma se extiende en partes, la división se origina del mismo esfuerzo, y, de ese modo, la figura. Y la resistencia no hace solamente la impenetrabilidad de los cuerpos, sino también otra cosa menos expresada de ordinario, es a saber, la que llamó Kepler inercia natural, la cual hace que la materia no sea (como piensan muchos) indiferente al movimiento y al reposo, sino que más bien se resiste a un nuevo movimiento en proporción a su mole, tal como vemos que una nave más cargada navega más lentamente con el mismo viento, de cuya inercia ciertamente no es posible dar razón con la noción vulgar de cuerpo, pues tampoco se origina de la gravedad, (aunque a ésta se corresponde en proporción), o bien de la resistencia del medio; sino que se ha de explicar únicamente a partir de los principios dinámicos insertos en el cuerpo.

En su lugar mostraremos que la fuerza primitiva de la sustancia corpórea está juntada con algo análogo a la percepción y a la vida. Y como el Filósofo no tuvo nada más fastidioso que la controversia sobre el origen del alma y las formas sustanciales, se verá que de todas habrá que decir lo que de sus átomos establecen los Democríticos: que sólo se originan por creación, y que, una vez originados, no pueden perecer naturalmente. Y que sin embargo no hay metempsícosis alguna de las formas o de las almas, sino que en la misma sustancia corpórea, permaneciendo la misma alma o forma y un cierto grado de vida, no tiene lugar, en vez de una verdadera generación y corrupción, más que el mero aumento o disminución y metamorfosis.

(...)

Los filósofos materiarios opinan que no es explicable nada que no sea corpóreo; no creían que fuese bello lo formal no explicable. Una vez se haga un pacto, cuando reconozcan que en los dos sitios hay claridad y belleza, gozarán de la sabiduría unos y otros. En el mundo sensible se presentan todas las cosas como en un teatro siempre fluyente de fenómenos, como si no interviniesen ningunas almas; y, sin embargo, al mismo tiempo se hacen vitalmente las cosas en cierto mundo inteligible cual si los cuerpos no fuesen más que sueños. Pues que ese mundo inteligible es el solo subsistente, eso ya lo reconoció Platón; al primero de esos mundos se lo toma como una imaginación que emana de los sentidos, y la verdad del otro conócela la mente con la razón, con la cual prodúcese también la contemplación de las cosas, de suerte que puedan explicarse distintamente, todas las cosas, no menos recurriendo a la sabiduría y a las causas finales que a la potencia y a los movimientos eficientes, siendo así que Dios no es menos rey de las mentes que causa de las cosas.

(...)

Es cierto que las Escuelas reconocieron correctamente que las acciones son de los supuestos, o sea que todo agente es una sustancia singular. Pero tal vez no vieron con claridad que, e converso, es necesario también que toda sustancia singular actúe continuamente; no alcanzaron a ver por qué es tan poco posible un cuerpo inerte como un lugar vacío, un cuerpo sin vida y movimiento como un espacio sin materia, o el vacío de formas como el vacío de cuerpos. Quienes carecen de la demostración de estas cosas, tampoco penetraron bastante en los interiores de la filosofía primera. De suerte que, así, resulta menos de extrañar que Espinosa, tras otros antiguos y medios, llega hasta el punto de hacer a solo Dios la sustancia de todas las cosas, y a todas las demás cosas transitorias las hace modificaciones de Dios. Los autores de las causas ocasionales, al no percibir en qué consiste el comercio de las sustancias, volvieron a creer que solo Dios actúa en los cuerpos, más aún, que Dios, en una suerte de innovación perpetua, imprime a las cosas, al margen de la naturaleza de las mismas, algo mediante lo cual se acomodan a las otras cosas; de manera que Dios, con algún decreto suyo, mueve mi brazo con ocasión de la voluntad existente en mi mente y, al revés, hace en mi mente la sensación de luz y de colores cada vez que los objetos están a punto, con lo cual Dios ejercería siempre una violencia perpetua en las cosas y reformaría su obra, cosa que no es digna de Dios, según que ni en el automatopoieto se prueba. La verdad es que las cosas dependen de Dios y son producidas por Él, pero sus modificaciones nacen naturalmente de las propias leyes de las mismas, dadas de una vez y suficientes. De suerte que el comercio de las sustancias y la unión del alma y el cuerpo (que hasta hoy se consideraba un enigma) puede y debe explicarse de muy distinta manera, que ha de ser al mismo tiempo dignísima de Dios e inteligible para nuestra mente de modo muy distinto y más claro de lo que pueda pensar alguien.

Leibniz. Continuación de las consideraciones sobre Dinámica.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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