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Volver al foro Responder Leibniz. Debate con Bayle en torno al deísmo (Ensayos de Teodicea, 2)   Admin: Borrar 	mensaje
 
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Sobre si la razón puede ser contraria a la fe:

23. La distinción que es costumbre hacer entre lo que es superior a la razón y lo que es contrario a ella, concuerda perfectamente con la que acabamos de hacer entre las dos especies de necesidad. Porque lo que es contrario a la razón, lo es a las verdades absolutamente ciertas e indispensables; y lo que es superior a la razón, es contrario sólo a lo que acostumbramos a experimentar y comprender. Por este motivo me sorprende que haya personas de claro entendimiento que combatan esta distinción, y que M. Bayle sea una de ellas. No cabe duda alguna de que está bien fundada. Una verdad es superior a la razón, cuando nuestro espíritu (y aún todo espíritu creado) no la puede comprender; como sucede, a mi parecer, con la Santa Trinidad; con los milagros reservados sólo a Dios, como por ejemplo, la creación; con la elección del orden del universo que depende de la armonía universal y del conocimiento distinto de una infinidad de cosas a la vez. Pero una verdad no puede nunca ser contraria a la verdad, y lejos de ser incomprensible un dogma combatido y vencido por la razón, puede decirse que nada es más fácil de comprender ni más manifiesto que el absurdo que él encierra. Porque ya he observado al principio, que por razón no entendemos aquí las opiniones y los discursos de los hombres, ni tampoco el hábito que han tomado de juzgar las cosas según el curso ordinario de la naturaleza, sino el encadenamiento inviolable entre las verdades.

24. Pasemos ahora a la gran cuestión que M. Bayle ha suscitado recientemente, a saber, si una verdad, sobre todo una verdad de fe, podrá estar sujeta a objeciones insolubles. Este excelente autor sostiene resueltamente la afirmativa, citando teólogos importantes de su secta, y también de la de Roma, que al parecer dicen lo que él pretende; y filósofos que han creído que hay también verdades filosóficas cuyos defensores no pueden responder a las objeciones que se hacen a las mismas. Cree que son de esta naturaleza la doctrina de la predestinación en teología, y la de la composición del continuum en filosofía. Son estos, en efecto, dos laberintos que han ocupado mucho en todo tiempo a teólogos y a filósofos. Liberto Fromondus, teólogo de Lovaina (gran amigo de Jansenio, como que fue el que publicó el libro póstumo de éste titulado Augustinus), que escribió mucho sobre la gracia y expresamente un libro titulado: Labyrinthus de compositione continui, expuso con acierto las dificultades de ambos puntos; y el famoso Ochin ha mostrado muy bien lo que él llama los laberintos de la predestinación.

25. Pero estos autores no han negado la posibilidad de hallar un hilo en este laberinto, y si han reconocido la dificultad, no han pasado de lo difícil para ir hasta declararlo imposible. Por mi parte, sostengo que no puedo seguir la opinión de los que mantienen que a una verdad pueden hacerse objeciones invencibles; porque ¿son éstas otra cosa que argumentos cuya conclusión contradice nuestra tesis? Un argumento invencible ¿no es una demostración? Pues, ¿cómo puede conocerse la certeza de las demostraciones, sino examinando el argumento al pormenor, la forma y la materia, a fin de ver si la forma es buena, y después si cada premisa es reconocida o probada por otro argumento de igual fuerza hasta que no haya ya necesidad más que de premisas aceptadas? Ahora bien: si se puede hacer una objeción semejante a nuestra tesis, es preciso decir que la falsedad de ésta queda demostrada, y que es imposible que podamos tener razones suficientes para probarla; de otra manera, dos proposiciones contradictorias serían verdaderas a la vez. Es preciso ceder siempre ante las demostraciones, ya se propongan para afirmar, ya se las presente en forma de objeciones. Y es injusto e inútil querer debilitar las pruebas del adversario, so pretexto de que no son más que objeciones; puesto que aquél, en uso del mismo derecho, puede cambiar las denominaciones, honrando sus argumentos con el nombre de pruebas, y dando a los nuestros para rebajarlos el despreciativo de objeciones.

28. No es lo mismo cuando se trata sólo de probabilidades, porque el arte de juzgar por razones probables no está aún formado; de suerte que nuestra lógica, en este punto, es todavía muy imperfecta, y hasta ahora sólo tenemos el arte de juzgar por demostración. Pero esto basta, porque cuando se trata de oponer la razón a un artículo de fe, nadie fija la atención en las objeciones que sólo conducen a lo probable, puesto que todo el mundo conviene en que los misterios son contra las apariencias, y que nada tienen de probable cuando sólo se los mira por el lado de la razón; pero basta que no haya en ellos nada de absurdo. Y así, para refutarlos, se necesitan demostraciones.

29. De este modo, sin duda, debe entenderse el pasaje de la Sagrada Escritura en que se dice que la sabiduría de Dios es una locura a los ojos de los hombres, así como cuando San Pablo observa que el Evangelio de Jesucristo es una locura para los griegos y un escándalo para los judíos; porque en el fondo una verdad no puede estar en contradicción con otra, y la luz de la razón no es menos un don de Dios que lo es la revelación. Y así es cosa corriente entre los teólogos que saben lo que traen entre manos, que los motivos de credibilidad justifican, de una vez para siempre, la autoridad de la Sagrada Escritura delante del tribunal de la razón, a fin de que ésta ceda ante aquélla, como ante una luz nueva, sacrificando todas las apariencias o probabilidades; del mismo modo, más o menos, que un nuevo delegado enviado por su príncipe debe mostrar su despacho o nombramiento a la Asamblea que debe presidir después. A esto tienden muchos y muy buenos libros que tenemos sobre la verdad de la religión, tales como los de Agustín Steuchus, de Du-Plessis-Mornay o de Grocio, pues es preciso que nuestra religión tenga los caracteres de que las falsas carecen; porque de otra manera Zoroastro, Brahma, So-monacodom y Mahoma serían tan dignos de crédito como Moisés y Jesucristo. Sin embargo, la misma fe divina, cuando se mantiene viva en el alma, es algo más que una opinión, y no depende de las ocasiones o motivos que la han hecho nacer, como que va más allá del entendimiento, y se apodera de la voluntad y del corazón, para hacernos obrar con calor y con gusto, como la ley de Dios lo exige, sin que haya ya necesidad de pensar en las razones, ni de detenerse en las dificultades de razonamiento que el espíritu pueda entrever.

30. Y así lo que acabamos de decir sobre la razón humana, que unos exaltan y otros rebajan, muchas veces sin regla ni medida, puede hacernos ver cuán poca es nuestra exactitud, y cómo somos cómplices de nuestros errores. Sería cosa facilísima terminar estas disputas sobre los derechos de la fe y de la razón, si los hombres quisieran someterse a las reglas más vulgares de la lógica y razonaran con atención por escasa que fuera. En vez de esto, se enredan empleando expresiones oscuras y ambiguas, que les dan campo ancho para declamar y hacer valer su ingenio y su doctrina; de suerte que, al parecer, no sienten el deseo de ver la verdad pura y desnuda, quizá porque temen que les sea más desagradable que el error, todo por desconocer la belleza del autor de todas las cosas, que es la fuente misma de la verdad.

32. Una de las cosas que más han debido contribuir a que M. Bayle creyera que no se puede satisfacer a las dificultades que la razón opone contra la fe, es que, al parecer, exige este escritor que Dios se justifique de una manera igual a la que emplea ordinariamente el abogado que defiende al que es acusado ante un juez. Pero no tiene en cuenta que en los tribunales de los hombres, que no siempre pueden llegar al conocimiento de la verdad, se ve el juez muchas veces obligado a atenerse a indicios y probabilidades, y sobre todo a presunciones o prejuicios; mientras que todos convienen –como ya hemos observado- en que los misterios no son verosímiles. Por ejemplo, M. Bayle no cree que se pueda justificar la bondad de Dios en lo referente al permiso del pecado, porque la probabilidad sería contraria a un hombre que se hallase en un caso que nos pareciera igual a éste. Dios prevé que la serpiente engañará a Eva, si se coloca a ésta en las circunstancias en que se halló después, y, sin embargo, la colocó en ellas. Ahora bien, si un padre o un tutor hicieran otro tanto respecto del hijo o del pupilo, o un amigo respecto de un joven que se le encomendara, el juez no se satisfaría con las excusas que alegara el abogado, diciendo que sólo habían permitido el mal, pero sin hacerlo ni quererlo; sino que tomaría este permiso mismo por una señal de mala voluntad, y lo consideraría como un pecado de omisión que le haría cómplice del pecado por comisión cometido por el otro.

33. Pero es preciso tener en cuenta que cuando se ha previsto el mal y no se le ha impedido, aunque parezca que se ha podido evitar fácilmente, y se han ejecutado cosas que lo han facilitado, no por eso se sigue de aquí necesariamente que sea uno cómplice; no es más que una presunción muy fuerte que ocupa de ordinario el lugar de la verdad en las cosas humanas, pero que se destruiría sometiendo el hecho a un examen exacto, si fuéramos capaces de hacerlo con relación a Dios; porque llaman presunción los jurisconsultos a lo que debe tenerse por verdad provisionalmente, mientras no se pruebe lo contrario; y significa más que conjetura, aunque el Diccionario de la Academia no haya aclarado la diferencia. Ahora bien, da lugar a creer indudablemente que se sabría por medio de este examen, si se pudiera hacer, que razones muy justas y más fuertes que las que aparecen en contrario, han obligado al ser más sabio a permitir el mal y hasta hacer cosas que lo han facilitado. Más adelante volveremos sobre este punto.

34. Reconozco que no es muy fácil que un padre, un tutor o un amigo puedan tener tales razones en el caso de que se trata. Sin embargo, la cosa no es absolutamente imposible, y un novelista de ingenio podría quizás encontrar un caso extraordinario, en que quedara hasta justificado un hombre en las circunstancias que acabo de expresar; pero, respecto de Dios, no hay necesidad de imaginarse o valerse de razones particulares, que pudieran inclinarle a permitir el mal, pues bastan las razones generales. Es sabido que Dios cuida de todo el universo, cuyas partes están perfectamente enlazadas, y de esto debe inferirse que ha tenido una infinidad de consideraciones, cuyo resultado le ha hecho estimar conveniente no impedir ciertos males.

35. (...) No es, por tanto, que tengamos nosotros alguna noción de la justicia en general que no pueda convenir también a la de Dios; ni tampoco que la justicia de Dios tenga otras reglas que la conocida entre los hombres, sino que lo que sucede es que el caso de que se trata es absolutamente diferente de los que son comunes entre aquéllos. El derecho universal es el mismo para Dios y para los hombres; pero el hecho es absolutamente diferente en el caso en cuestión.

37. Puesto que es permitido inventar ficciones posibles, ¿no podremos imaginarnos que un hombre incomparable es poseedor de la bendita piedra que puede por sí sola enriquecer a todos los reyes de la tierra, y que hace todos los días gastos prodigiosos para alimentar y sacar de la miseria a una infinidad de pobres? Ahora bien, si hubiera todos los testigos y todas las apariencias que se quiera, que tendiesen a probar que este ilustre bienhechor del género humano acababa de cometer un robo, ¿no es cierto que todo el mundo se burlaría de la acusación, por especiosa que pudiera ser? Pues bien, Dios es infinitamente superior en bondad y en poder a este hombre, y, por consiguiente, no hay razones, por aparentes que sean, que puedan ir contra la fe, es decir, contra aquella seguridad y aquella confianza en Dios con que podemos y debemos decir que Él ha hecho todo como es debido. Por lo tanto, las objeciones no son insolubles. Se fundan sólo en prejuicios y en apariencias de verdad, pero que son arruinadas por razones incomparablemente más fuertes. (...)

56. Lo mismo sucede con los demás misterios, con respecto a los cuales los espíritus moderados y prudentes encontrarán siempre una explicación suficiente para creer, pero jamás la que se necesita para comprender. Nos basta con saber, así, de un cierto modo, lo que es (tí ésti), pero el cómo (pôs) sobrepuja a nuestros medios, y no nos es tampoco necesario. Puede decirse de las explicaciones de los misterios que ocurren por ahí, lo que la reina de Suecia hizo escribir en una medalla, puesta sobre la corona que había renunciado: non mi bisogna, e non mi basta.

Tampoco tenemos necesidad (según he observado ya) de probar los misterios a priori, o de dar razón de ellos; nos basta con que la cosa sea así (tò öti) sin saber el porqué (tò dióti), que Dios se ha reservado. José Escalígero compuso sobre eso estos preciosos y célebres versos:

No indagues curioso la causa de todas las cosas,
Que en los libros escribiera la virtud de los profetas
Inspirada por el cielo, saturada por la veracidad de Dios;
Ni las cosas cubiertas por el velo del silencio sagrado
Te atrevas a penetrar, sino modestamente pásalas por alto.
Querer ignorar las cosas que el mejor Maestro
No quiere enseñar, es sabia ignorancia.

(...)

63. Veamos ahora lo que M. Bayle manifiesta sobre la distinción de que se trata. “Me parece, dice, que se ha deslizado un equívoco en la famosa distinción que se hace entre las cosas que son superiores a la razón y las que son contrarias a ella. Los misterios del Evangelio son superiores, suele decirse, pero no contrarios a la razón. Creo que no se da a la palabra razón en el mismo sentido en la primera parte de este axioma que en la segunda; y que se entiende, en aquélla, la razón del hombre o la razón in concreto, y en la segunda, la razón general o la razón in abstracto. Porque, suponiendo que se entienda siempre la razón en general o la razón suprema, la razón universal que se da en Dios, es igualmente cierto que los misterios evangélicos no son superiores a la razón, y que no son contrarios a la razón. Pero si se entiende en ambas partes del axioma la razón humana, no veo ciertamente la solidez de la distinción, porque los más ortodoxos confiesan que no conocemos la conformidad de los misterios con las máximas de la filosofía. Así nos parece que no son conformes con nuestra razón. Ahora bien, lo que nos parece que no es conforme con nuestra razón, lo creemos contrario a ella; en la misma forma que lo que no nos parece conforme a la verdad, lo creemos contrario a la misma; ¿por qué entonces no ha de poder decirse de igual modo que los misterios son contra nuestra débil razón y que están por encima del frágil razonamiento humano?” Respondo, como ya lo hice antes, que la razón es aquí el encadenamiento de las verdades que conocemos por la luz natural, y en este sentido el axioma recibido es verdadero, sin que contenga ningún equívoco. Los misterios son superiores a nuestra razón, porque contienen verdades que no están comprendidas en este encadenamiento; pero no son contrarias a nuestra razón, ni contradicen ninguna de las verdades a que este encadenamiento puede conducirnos. No se trata, por lo tanto, aquí de la razón universal que reside en Dios, sino de la nuestra. Y con respecto a la cuestión de si conocemos la conformidad de los misterios con nuestra razón, respondo que, por lo menos, jamás conocemos que haya disconformidad ni oposición alguna entre los misterios y la razón; y como podemos siempre salvar esta supuesta oposición, es preciso decir que podemos conocer esta conformidad y este acuerdo. Mas si la conformidad consiste en una explicación racional del cómo, no podremos nosotros conocerla.

64. M. Bayle hace una objeción ingeniosa, tomando un ejemplo del sentido de la vista. “Cuando una torre cuadrada, dice, nos parece redonda desde lejos, nuestros ojos no sólo deponen muy claramente que nada cuadrado perciben en esta torre, sino también que descubren una figura redonda, incompatible con la figura cuadrada. Puede, por tanto, decirse que la verdad, que es la figura cuadrada, no sólo es superior, sino también contraria al testimonio de nuestra débil vista.” Es preciso reconocer que esta observación es exacta, y aunque sea cierto que la apariencia de la redondez nace sólo de no aparecer los ángulos a causa del alejamiento, no por eso deja de ser cierto que lo redondo y lo cuadrado son cosas opuestas. Respondo, pues, a esta objeción, que la representación de los sentidos, aun cuando hagan estos todo lo que de ellos depende, es muchas veces contraria a la verdad; pero no sucede lo mismo con la facultad de razonar, cuando cumple su cometido, puesto que un razonamiento exacto no es otra cosa que un encadenamiento de verdades. Y en cuanto al sentido de la vista en particular, es bueno considerar que hay también otras apariciones, que no proceden de la debilidad de nuestros ojos, ni de lo que desaparece a causa del alejamiento, sino de la naturaleza de la visión misma por perfecta que ella sea. Así, por ejemplo, el círculo visto de lado se cambia en una especie de óvalo que los geómetras llaman elipse, y algunas veces en parábola o en hipérbole, y hasta en línea recta, como sucede con el anillo de Saturno.

65. Los sentidos externos, hablando con propiedad, no nos engañan. Nuestro sentido interno es el que nos hace caminar demasiado deprisa, y esto se observa igualmente en las bestias, como cuando un perro ladra a su imagen representada en un espejo; porque los animales tienen hechos enlazados de percepción que imitan al razonamiento, y que se encuentran también en el sentido interno de los hombres, cuando éstos obran sólo como empíricos. Pero las bestias nada hacen que obligue a creer que tengan lo que puede llamarse un razonamiento, como ya he demostrado en otra parte. Ahora bien, cuando el entendimiento emplea y sigue la falsa determinación del sentido interno (como cuando el célebre Galileo creyó que Saturno tenía dos asas), se engaña a causa del juicio que forma del efecto de las apariencias, e infiere de ellas más de lo que realmente llevan consigo; porque las apariencias de los sentidos no nos presentan absolutamente la verdad de las cosas, como no nos la presentan los ensueños. Nosotros somos los que nos engañamos por el uso que de ella hacemos; es decir, por las consecuencias que sacamos. Esto consiste en que nos dejamos llevar de argumentos probables, y nos sentimos inclinados a creer que los fenómenos que hemos visto muchas veces ligados, lo están siempre. Y así, como que sucede de ordinario que lo que nos aparece sin ángulos no los tiene, creemos fácilmente que siempre es así. Semejante error es perdonable, y a veces inevitable, cuando hay que obrar con prontitud y escoger lo más aparente; pero cuando tenemos tiempo bastante para recogernos, cometemos una falta si tomamos por cierto lo que no es. Así, pues, es cierto que las apariencias son muchas veces contrarias a la verdad; pero nuestro razonamiento no lo es nunca cuando es exacto y conforme a las reglas del arte de razonar. Si por razón se entiende, en general, la facultad de razonar bien o mal, reconozco que nos puede engañar y, en efecto, nos engaña, y que las apariencias de nuestro entendimiento son muchas veces tan engañosas como las de los sentidos; pero aquí se trata del encadenamiento de las verdades y de las objeciones hechas en debida forma, y en este sentido es imposible que la razón nos engañe.

68. Es cierto, sin embargo, que M. Bayle encuentra algunas autoridades que le son favorables, y una de las principales es la de M. Descartes. Este hombre ilustre dice terminantemente (Parte 1ª de sus Principios, artículo 41), que ningún trabajo nos cuesta resolver la dificultad (la de conciliar la libertad de nuestra voluntad con el orden de la Providencia eterna de Dios) “si observamos que nuestro pensamiento es finito, mientras que la ciencia y la omnipotencia de Dios, por virtud de las que, no sólo ha conocido desde toda la eternidad todo lo que ha sido y lo que es, sino también lo que ha querido, son infinitas, lo cual hace que tengamos suficiente inteligencia para conocer clara y distintamente que esta ciencia y este poder se dan en Dios; pero no tenemos la que se necesita para comprender su extensión de tal manera que podamos saber cómo tales atributos dejan las acciones de los hombres enteramente libres e indeterminadas. Sin embargo, el poder y la ciencia de Dios no nos impiden creer que tenemos una voluntad libre, puesto que haríamos mal en dudar de lo que percibimos interiormente y conocemos por experiencia que existe en nosotros mismos, porque no comprendamos otra cosa que sabemos que es incomprensible por su naturaleza.”

69. Este pasaje de M. Descartes, cuyo contenido han adoptado sus sectarios (a los cuales raras veces se les ocurre dudar de lo que él afirma), me ha parecido siempre extraño. No contentándose con decir que no ve el medio de conciliar los dos dogmas, pone a todo el género humano, y hasta a las criaturas racionales todas, en el mismo caso. Sin embargo, ¿es posible que haya una objeción invencible contra la verdad? Semejante objeción no puede ser más que un encadenamiento necesario de otras verdades, cuyo resultado sería contrario a la verdad que se sostiene, y, por consiguiente, habría contradicción entre las verdades, lo cual es grandemente absurdo. Por otra parte, aunque nuestro espíritu sea finito y no pueda comprender lo infinito, no deja por eso de haber demostraciones sobre lo infinito, cuya fuerza o debilidad comprende; pues, ¿por qué no ha de poder comprender la de las objeciones? Y puesto que la sabiduría y el poder de Dios son infinitos y lo comprenden todo, no es posible dudar de su extensión. Además, M. Descartes pide una libertad de que no hay necesidad, al pretender que las acciones de la voluntad de los hombres son enteramente indeterminadas, cosa que no sucede jamás. Por último, M. Bayle sostiene que de esta experiencia o sentimiento interior de nuestra independencia, sobre el cual funda M. Descartes la prueba de nuestra libertad, no constituye tal prueba, puesto que del hecho de no percibir nosotros las causas de que dependemos, no se sigue que seamos independientes. Pero este punto lo trataremos en otro lugar.

72. [Bayle] “Es evidente que la razón no puede alcanzar nunca lo que está por encima de ella. Ahora bien: si pudiera dar respuesta a las objeciones que se oponen al dogma de la Trinidad y al de la unión hipostática, penetraría estos dos misterios, los dominaría y los sometería a todo género de confrontación con sus primeros principios o con los aforismos que nacen de las nociones comunes, hasta que llegase por fin a concluir que concuerdan con la luz natural. Haría, pues, la razón lo que supera a sus fuerzas, y se saldría de sus límites, lo cual es manifiestamente contradictorio. Por consiguiente, es preciso decir que no podrá responder a sus propias objeciones, las cuales, por tanto, quedan victoriosas mientras no se recurra a la autoridad de Dios y a la necesidad de hacer cautivo al entendimiento en obsequio de la fe”. No veo que este razonamiento tenga fuerza alguna. Nosotros podemos llegar a alcanzar lo que está por encima de nosotros, no para penetrarlo, sino para sostenerlo; al modo que podemos llegar al cielo con la vista y no con el tacto. Tampoco es necesario que para responder a las objeciones que se hacen contra los misterios, se dominen estos misterios, y que se los someta a la confrontación con los primeros principios que nacen de las nociones comunes; porque si el que responde a las objeciones debiera ir tan lejos, sería preciso que el que propone las objeciones fuese el primero en hacerlo; ya que al que objeta es al que toca plantear la cuestión, y al que responde le basta decir sí o no, tanto más cuanto que en lugar de distinguir, es suficiente en rigor con que niegue la universalidad de cualquiera de las proposiciones sentadas o combata su forma; y una y otra cosa puede hacerlas sin penetrar más allá de la objeción. Cuando alguno me propone un argumento que supone invencible, yo puedo callar obligándole sólo a probar en debida forma todos los enunciados que él hace y que me parecen un tanto dudosos; y tratándose sólo de dudar, no tengo necesidad de penetrar en el interior de la cosa; antes, por el contrario, cuanto más ignorante sea yo, tanto más derecho tengo para dudar. M. Bayle continúa de esta manera:

73. “Tratemos de hacer esto más claro. Si algunas doctrinas son superiores a la razón, están fuera de su alcance, y la razón no puede llegar a ellas, y si no puede llegar, no puede comprenderlas.” (Podía comenzar aquí por el comprender, diciendo que la razón no puede comprender lo que está por encima de ella). “Si no puede comprenderlas, no puede encontrar en ellas ninguna idea;” (non valet consequentia, porque para comprender una cosa, no basta tener algunas ideas de ella; es preciso tener todas las de todo lo que entra en la misma, y que todas estas ideas sean claras, distintas y adecuadas. Hay en la Naturaleza mil objetos, de los que conocemos algo, pero no a pesar de eso los comprendemos. Tenemos algunas ideas de lo que son los rayos de la luz, y hacemos con ellas demostraciones hasta cierto punto; pero siempre falta algo que nos hace confesar que no comprendemos aún toda la naturaleza de la luz); “ni principio alguno que sea origen de la solución.” (¿Por qué no se han de encontrar principios evidentes, mezclados con conocimientos oscuros y confusos?). “Y por consiguiente, las objeciones que la razón haya hecho quedarán sin respuesta.” (Nada de eso; la dificultad está más bien del lado del argumentante, a quien corresponde buscar un principio evidente que sea origen de la objeción; y tanto más trabajo le costará hallar semejante principio, cuanto más oscura sea la materia; y cuando lo haya encontrado, le será más difícil todavía el mostrar la oposición entre el principio y el misterio; porque si resultara que el misterio era manifiestamente contrario a un principio evidente, sería, no un misterio oscuro, sino un absurdo manifiesto); “o, lo que es lo mismo, se responderá a las objeciones, haciendo una distinción que sea tan oscura como la tesis misma atacada.” (Pueden evitarse las distinciones rigurosas negando alguna premisa o alguna consecuencia; y cuando se duda del sentido de un término empleado por el argumentante, se le puede exigir que dé la definición del mismo. De manera que el sustentante no tiene necesidad de poner nada de su cosecha, cuando se trata de responder a un adversario que pretende presentar un argumento invencible. Pero si el actuante, por pura complacencia, o por abreviar, quisiera tomar a su cargo mostrar la equivocación oculta en la objeción y desvanecerla haciendo alguna distinción, ninguna necesidad hay de que ésta conduzca a algo que sea más claro que la primera tesis, puesto que el actuante no está obligado a aclarar el misterio mismo.)

74. Ahora bien: “lo cierto (continúa diciendo M. Bayle), que una objeción que se funda sobre objeciones distintas y claras subsiste igualmente victoriosa, lo mismo cuando no respondéis nada de ella, que si dais una contestación que nadie comprende. ¿Puede ser igual la lucha entre un hombre que os objeta lo que vos y él concebís claramente, y vos que sólo podéis defenderos con respuestas que ni él ni vos comprendéis?” No basta que la objeción esté fundada en nociones bien distintas; es preciso además que se haga la aplicación de las mismas contra la tesis. Cuando yo respondo a uno negándole cualquier premisa, para obligarle a probarla, o alguna consecuencia, para precisarle a que presente en la debida forma, no puede decirse que no respondo, o que respondo una cosa que no es inteligible. Porque como la premisa dudosa del adversario es la que yo niego, mi negación será tan inteligible como su afirmación. Por último, cuando tengo a bien explicarme valiéndome de alguna distinción, basta que los términos de que me sirvo tengan algún sentido, como en el misterio mismo, con lo cual se comprenderá algo de mi respuesta; pero no hay necesidad de que se comprenda todo lo que ella envuelve, porque entonces se comprenderá también el misterio.

80. Hay pasajes en la respuesta póstuma que M. Bayle ha dado a M. Jaquelot que me parecen también dignos de ser examinados: “M. Bayle, se dice, sienta constantemente en su Diccionario, siempre que el asunto lo consiente, que nuestra razón es más capaz de refutar y de destruir, que de probar y de construir; y que no hay apenas materia filosófica o teológica sobre la que no ponga grandes dificultades; de manera que si se quisiera seguirla con un espíritu de oposición todo lo lejos que puede ir, nos encontraríamos muchas veces envueltos en lamentables embarazos; y, finalmente, que hay doctrinas ciertamente verdaderas que la razón combate con objeciones insolubles.” Creo que lo que aquí se dice contra la razón se vuelve en su pro. Cuando ella destruye una tesis, edifica la tesis opuesta. Y cuando parece que destruye al mismo tiempo las dos tesis opuestas, entonces es cuando os promete algo que es profundo, con tal que la sigamos todo lo lejos que ella pueda ir, no con un espíritu de oposición y para prolongar la disputa, sino con un deseo ardiente de buscar y distinguir la verdad, el cual será siempre recompensado con la consecución en gran parte de nuestro propósito.

81. M. Bayle prosigue diciendo: “Es preciso entonces burlarse de estas objeciones, reconociendo los límites estrechos del espíritu humano.” Y yo creo, por el contrario, que es preciso ver en esto las señales de la fuerza del espíritu humano, que permite a éste penetrar en el interior de las cosas. Son nuevos caminos y, por decirlo así, rayos de la aurora que nos prometen una luz más grande. Así lo entiendo respecto de las materias filosóficas o de teología natural; pero cuando estas objeciones se hacen contra la fe revelada, basta con que se las pueda rechazar, con tal que se haga con un espíritu de sumisión y celo, y con el designio de mantener y exaltar la gloria de Dios. Y cuando se consiga esto respecto de su justicia, se sentirá uno igualmente impresionado por su grandeza y encantado con su bondad, las cuales aparecerán a través de las nubes de una razón aparente, alucinada por lo que ve, a medida que el espíritu se vaya elevando por la verdadera razón a lo que es para nosotros invisible y que no es menos cierto.

Leibniz. Ensayos de Teodicea.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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