irichc     Fecha  22/05/2003 01:35 
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Volver al foro Responder Leibniz. Diálogo entre un teólogo y un misósofo.   Admin: Borrar 	mensaje
 
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M. Entender mediante la fe tendría que ser lo propio de ustedes, los teólogos. ¿Cuándo terminarán de delirar con la razón?

T. Dejaremos de emplear la razón cuando Dios deje de ser sabio o el hombre de ser racional.

M. La sabiduría del hombre es necedad ante Dios y en los asuntos divinos la razón humana es un instrumento de error antes que de saber.

T. La sabiduría orgullosa es una necedad ante Dios, pues Él, que humilla a los soberbios, la reduce a confusión. Quien pretenda escudriñar los misterios con la razón se verá aplastado por su gloria y cegado por su extraordinario esplendor. Ahora bien, Él ilumina la razón de todo aquel que lo busca con un corazón sincero para que contemple el tesoro de sus maravillas. Y así como no miramos directamente al sol sino reflejado en la superficie del agua o mediante un cristal oscurecido, de igual modo quien es llamado por un sentimiento piadoso o por la necesidad de defender la fe a una contemplación más profunda de las cosas divinas, no cerrará los ojos de su razón, pues de esa forma no podrá ver nada, sino que penetrará como a través de un velo en el santo de los santos mediante la Sagrada Escritura (cuya interposición acomoda a nuestra debilidad la excesiva fuerza de los rayos celestes). Pero este velo sólo podrá descorrerse finalmente cuando ya no contemplemos a Dios en un espejo u oscuramente sino cara a cara.

M. ¿Piensas por consiguiente que se debe unir la razón con la fe?

T. ¿Por qué no se ha de unir si la razón misma nos persuade de la fe? En efecto, ¿por qué otro privilegio somos superiores a los mahometanos?

M. Porque nosotros tenemos milagros auténticos, ellos no.

T. Se requieren muchos razonamientos para probar los milagros que no hemos visto. Incluso, aunque los veamos con nuestros propios ojos, necesitamos, sin embargo, de un amplio examen para no engañarnos. Además sabes por la Escritura que los milagros mismos necesitan a su vez otro criterio, a saber, de la doctrina, pues el Anticristo también obrará señales milagrosas para inducir a engaño, incluso a los elegidos. Moisés dijo que no se debía creer al profeta que enseñara algo contrario a la ley aunque realizara señales.

M. Admito que los milagros se deben juzgar según la norma establecida por la doctrina. Pero una doctrina, digo, revelada, no natural.

T. ¿Acaso la misma revelación primera no depende de milagros?

M. Lo admito.

T. Por tanto, aquellos primeros milagros al menos, no se deben juzgar según otra revelación anterior... ¿Qué respondes a esto? ¿Por qué vacilas?

M. No sé cómo has podido engañarme y traerme a esta posición difícil.

T. Serás aun más ingenuo si no reconoces que el responsable del engaño has sido tú mismo, no yo.

M. Tus razones son tan sólidas que me sería forzoso estar de acuerdo contigo si no supiera que en los asuntos divinos todo razonamiento debe ser sospechoso.

T. Incluso en los asuntos humanos todo razonamiento es sospechoso, esto es, no se lo debe admitir antes de un examen concienzudo, especialmente en casos importantes.

M. Aunque ahora no se me ocurre nada que oponer a tu anterior razonamiento, al menos tú tampoco tendrás nada que oponer al mío.

T. ¿A cuál?

M. A éste: que si admitimos que el análisis de la fe remite a la razón, la fe será entonces humana, no divina.

T. Autores muy importantes que han escrito sobre el análisis de la fe, propusieron para esta dificultad una solución excelente. Pues una cosa es el análisis humano de la fe, en cuanto produce credibilidad, análisis que remite en definitiva a la historia y a la razón que examina y confirma la historia. Otra cosa es el análisis divino de la fe que remite a la operación del Espíritu Santo que tiene lugar en nuestros corazones.

M. Pero aquella conversación íntima con Dios sin razones, es suficiente, pues muchos creen con sencillez de corazón aunque no conozcan ninguna razón para creer.

T. Reconozco que muchos, por singular benevolencia de Dios, que se acomoda a la capacidad de todos, poseen verdadera fe sin razón alguna que los persuada y reconozco que pueden salvarse. Pero nuestra religión sería lamentable si no tuviera argumentos y no pudiera aventajar a la mahometana o a la pagana; pues de esa manera no se podría dar razón a los que la piden, ni se podría defender la fe contra la impiedad ni tampoco contra los escrúpulos que a menudo colman de angustia a las personas piadosas.

M. Hay algo de lo que dices. Yo, sin embargo, pensaba que en la teología era más seguro renunciar a todo razonamiento, pues creía que los principios humanos no prueban nada con certeza en lo que se refiere a las cosas divinas.

T. Si así fuera, tampoco la existencia de Dios se probaría con razones.

M. También la existencia de Dios se debe probar con revelaciones y milagros.

T. Pero acabo de decirte que revelaciones y milagros deben ser examinados por la razón.

M. Pero ¿qué respondes al argumento de que "los principios humanos no se acomodan a las cosas divinas"?

T. Respondo que existen principios que son comunes a las cosas divinas y a las humanas y esto lo han observado muy bien los teólogos. En verdad los principios físicos, lo reconozco, son solamente humanos: por ejemplo que el hierro no flota en el agua, que una virgen no da a luz, pues el poder absoluto de Dios que está por encima de la naturaleza puede hacer que suceda lo contrario. Pero los principios lógicos y metafísicos son comunes a las cosas divinas y humanas porque rigen en la esfera de la verdad y del ser en general, que es común a Dios y a las criaturas. Tal principio metafísico es: lo mismo no puede simultáneamente ser y no ser, el todo es mayor que la parte, igualmente los principios lógicos o sea las formas silogísticas, que incluso Dios y los ángeles han de admitir como verdaderos.

M. Pero Dios y los ángeles no necesitan de la lógica.

T. Dios, sin duda, no emplea la lógica. Quizás los ángeles no necesitan de los silogismos, pero no por eso han de rechazarlos. En aritmética no empleo guijarros porque sé que las operaciones se pueden resolver mejor con la pluma. Pero no por ello rechazo los guijarros ni considero que sean un procedimiento erróneo.

M. Jamás te concederé que nuestros principios metafísicos son verdaderos ante Dios.

T. Por lo tanto, aquel principio (que lo mismo no puede ser y no ser simultáneamente), ¿no tiene validez ante Dios o en las cosas divinas?

M. Absolutamente ninguna.

T. Ningún santo padre, ningún teólogo erudito estará de acuerdo contigo.

M. Si los eruditos no están de mi parte, por lo menos lo estarán las personas piadosas.

T. Observa qué piadoso es todo lo que dices. Si se elimina de las cosas divinas aquel principio (de no admitir lo que es al mismo tiempo contradictorio), entonces podríamos admitir y rechazar al mismo tiempo la Divinidad o sea la Trinidad. Podríamos al mismo tiempo y en el mismo respecto ser piadosos y ateos, católicos y arrianos.

M. Yo creía que para Dios no había palabra imposible, por ende ni lo contradictorio sería imposible para Él.

T. Si para Dios ninguna palabra es imposible, también le será posible autodestruirse y otras cosas por el estilo.

M. Para Dios todo es posible, excepto lo que es contrario a su perfección.

T. Perfectamente, muy bien. Pero todo lo contradictorio también es contrario a su perfección, pues convertiría a Dios en un inepto que simultáneamente sería veraz y diría mentiras y simultáneamente seguiría su plan y se apartaría de él.

M. Admitiré (puesto que me apremias de este modo) el principio de contradicción también en las cosas divinas. Pero no admitiré que podamos juzgar correctamente en las cosas divinas acerca de cuáles son contradictorias.

T. Si poseemos ojos y memoria, podemos juzgar también acerca de la contradicción. Pues por lo menos se requiere que el sujeto y el predicado de una proposición contradictoria sean iguales a los de la otra, esto es, que las palabras de una proposición y las de la correspondiente proposición contradictoria sean las mismas y, por lo menos, igual en el sentido de las palabras. Los ojos juzgarán si las palabras de una y otra proposición son las mismas. Nuestra memoria, esto es, nuestra conciencia nos dirá si con las palabras entendemos lo mismo en una y otra proposición. De modo que lo único que se requiere es atención.

M. Quizás admita tal cosa en los razonamientos muy fáciles en que inmediatamente salta a la vista la contradicción, pero no lo admito en los razonamientos más difíciles.

T. En los razonamientos más difíciles se requiere más atención y se puede examinar una larga cadena de silogismos con tanta certeza como un argumento breve. Pues lo único necesario es examinar cada silogismo, especialmente en lo que respecta a la materia y a la forma. De tal modo que cuando los silogismos son numerosos sólo se necesita más tiempo y paciencia que cuando son pocos.

M. Pero me parece indigno que la lógica pueda tener tanto poder en las cosas divinas.

T. ¿Piensas que la gramática tiene mayor dignidad que la lógica? Y sin embargo nos consta cuánta es la utilidad de la gramática en la exégesis del texto sagrado. Y en verdad si rechazas los silogismos, rechazas todas las razones. Pues todas las razones son siempre silogismos por lo menos imperfectos, como los entimemas, en los cuales se subentiende alguna proposición, es decir, un signo. Pero los silogismos imperfectos no pueden ser más ciertos que los silogismos perfectos. Por último, las formas de los silogismos se demuestran con certeza completamente matemática a partir de aquel principio de contradicción que has admitido.

M. Podemos alcanzar la salvación sin lógica.

T. Lo reconozco, pues también podemos alcanzar la salvación sin razones y también podemos razonar sin silogismos. Pero sin razones no podemos poseer y defender los fundamentos de la fe, ni podemos sin las artes lógicas advertir fácilmente la verdad en cuestiones difíciles o convencer a un adversario obstinado.

M. Los santos padres desdeñaron en las cuestiones teológicas aquel sutil método de disputa.

T. Algunos, no todos. Pues san Agustín puede ser llamado legítimamente padre de la teología escolástica y de él bebieron abundantemente el Maestro de las Sentencias y Tomás.

M. Quienes más razonan, más se apartan de la fe.

T. A veces ocurre eso con quienes razonan más, pero jamás con quienes razonan mejor.

M. Lo más seguro es creer sencillamente lo que la Iglesia cree. Conoces la anécdota de Belarmino sobre aquel moribundo que en su agonía sostuvo una disputa con el demonio.

T. Pienso que bromeas. Esa historieta es ridícula. Y no creo que tú fueras a emplear el mismo círculo que él: creo lo que la Iglesia cree y la Iglesia cree lo que oyo creo. Es necesario además que la Iglesia haya disputado con el diablo.

M. Siempre me ha gustado la modestia de los que creen humildemente sin ningún examen.

T. Créeme que quienes hablan en serio de ese modo o son muy simples (Dios puede haberles concedido, empero, una fe verdadera pues han hecho lo que está dentro de sus posibilidades), o son meros hipócritas y ateos encubiertos. Así solían hablar Pomponazi y Vanini que con semejante subterfugio eludían responder a las objeciones y traicionaban la causa de Dios. En efecto, habiendo llegado a serias dificultades, fingían ceder ante la Iglesia con el recurso de no oponerse. No existe mayor enemigo de la religión y de la piedad que quien sostenga que la fe es contraria a la razón, afirmación que equivale a prostituirla ante los espíritus sensatos. También los sumos pontífices, los concilios, las facultades de teología, después de haber caído en la cuenta de la falsedad de los simuladores prohibieron que se establecieran verdades dobles, unas divinas, otras humanas, que pugnaran entre sí.

M. Casi me convences de que crea que la razón humana afirmada debidamente jamás entra en pugna con la divina fe revelada ni que la palabra de Dios fijada por escrito o transmitida por tradición se halla en desacuerdo con la ley natural (Pablo es testigo de ello) grabada en nuestros corazones al nacer.

T. como veo que ahora haces afirmaciones más prudentes, yo, a mi vez, te concederé algo para que más fácilmente nos demos las manos con amistoso acuerdo. Considero que los espíritus nacidos para la meditación y que experimentan el ardor del auténtico celo de la piedad de ningún modo deben ser alejados de la contemplación de las cosas divinas. En efecto, pueden obtener admirables resultados que sirvan para estimular la piedad, defender y propagar la fe y aumentar la gloria de Dios. A mi vez, no me gustan esos razonadores áridos y esos mezquinos argumentantes sin hondura ni solidez que disputan por minucias triviales y cuestiones insensatas y que no sólo dejan de lado la verdad sino que llegan a ofender la caridad misma. Sería preferible alcanzar la salvación mediante una fe ingenua que condenarnos por seguir una teología ambiciosa pero hueca y altisonante.

Por cierto, quienes con razones verdaderas y a través de una contemplación profunda han llegado al puro conocimiento de la verdad poseen una fe que descansa no sólo en un firme fundamento sino que resplandece con una caridad intensa y eficaz. Así pues, no prescindamos en lo sucesivo de la razón sólida sino de la vana sofística y creamos con seguridad que nadie en la tierra está más cerca del cielo que aquel que imbuido de las verdades profundas de la teología mística goza con el sentimiento del amor divino, especialmente si difunde su propia felicidad en otros. En efecto, se debe considerar como cierto y demostrado lo siguiente: cuanto más profundamente haya penetrado cada uno en el conocimiento y amor de Dios (que se sigue con certeza del conocimiento verdadero) y se haya elevado a la causa del bien supremo, tanto más grande será la gloria con que perdurará en la otra vida.

Leibniz. Antología.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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