irichc     Fecha  2/10/2005 01:10 
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Volver al foro Responder Leibniz. La fuerza de la razón, o el derecho natural   Admin: Borrar 	mensaje
 
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No veo cómo el autor, aun siendo muy agudo, puede librarse de incurrir en contradicción, cuando deriva toda la obligatoriedad del derecho, del mandato de un superior (...), pero, después (...) dice que se requiere para que haya un verdadero superior, no sólo que éste tenga la capacidad para obligar por la fuerza, sino también motivos justos para poder atribuirse ese poder respecto a mí. De este modo, por lo que se ve, la justicia de los motivos es anterior al propio superior, cosa que es justo la contraria de lo que antes afirmaba. En efecto, si para que haya derecho es necesaria la existencia de un superior, y, a su vez, para el establecimiento de un superior son necesarios motivos que se apoyan sobre el derecho, de ello se origina un círculo vicioso de los más evidentes.

¿A partir de qué títulos será patente que los motivos son justos, si todavía no existe ningún superior? Según el autor, es a partir de la existencia de éste como tiene lugar el origen mismo del derecho. Y sería sorprendente que un hombre perspicaz pudiera contradecirse hasta ese punto, si no supusiésemos que con facilidad surgen paradojas cuando se oculta tras los dogmas el sentido común, que es lo que normalmente prevalece.

(...)

Efectivamente, si no es suficiente la coacción cuando no hay razones para exigir la obediencia, ni tampoco bastan las razones cuando no van apoyadas por la fuerza, ¿por qué, pregunto, una vez que ha cesado la fuerza y sólo quedan las razones, no vuelvo a tener la libertad que afirmo haber tenido cuando sólo existían las razones y la fuerza aún no había sido empleada?

Ciertamente, eso que dice el autor de que cuando ha cesado el miedo ya nada impide que haga mejor mi voluntad que la del otro, se mantendrá, aunque haya razones para lo contrario.

En cambio, si ya las solas razones son el impedimento de que yo haga mi voluntad y no la del otro, ¿por qué no constituyeron por sí solas un impedimento antes del miedo?, y ¿qué fuerza, pregunto, dará el miedo a las razones más allá de sí mismo, que, sin razones, no se da a sí mismo?; ¿acaso este sentimiento poco duradero imprime en el alma, contra su voluntad, una marca indeleble?

Imaginemos que un hombre, que debe obediencia a otro únicamente por razones, posteriormente es obligado a obedecerle a la fuerza, pero se mantiene en el propósito de no obedecerle más allá de lo que dure la coacción; en este caso no está claro el que quede sometido perpetuamente por el hecho de que se haya visto obligado a hacerlo una vez.

(...)

Una de dos: o las razones obligan antes de que haya fuerza que las apoye, o dejan de obligar cuando esa fuerza cesa.


Leibniz. Algunas observaciones sobre las ideas fundamentales de Samuel Pufendorf.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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