irichc     Fecha  5/02/2003 18:57 
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Del destino

Que todo es producido por un destino fijo es tan cierto como que tres por tres son nueve. Pues el destino consiste en que todo está mutuamente entrelazado como en una cadena, y es tan infalible lo que ocurrirá, antes de que ocurra, como es infalible lo que ha ocurrido, una vez que ha ocurrido.

Los antiguos poetas, como es el caso de Homero y algunos otros, la han llamado la cadena áurea, que Júpiter deja caer del cielo sin que pueda romperse, aunque se cuelgue de ella lo que se quiera. Y esta cadena consiste en la sucesión de las causas y los efectos.

Pues cada causa tiene su efecto determinado, que sería llevado a cabo por ella si estuviera sola; pero, como no está sola, de la cooperación de las causas surge un cierto efecto o resultante infalible, según la magnitud de las fuerzas en juego, y esto es así cuando cooperan no sólo dos o diez o mil, sino hasta infinitas cosas, como en verdad ocurre en el mundo.

La matemática es capaz de explicar bellamente estas cosas, pues todo en la naturaleza está, por así decir, circunscrito con número, medida, peso o fuerza. Cuando, por ejemplo, una esfera choca con otra en el aire y se conocen sus dimensiones y su trayectoria y su curso antes de la colisión, se puede predecir y calcular cómo rebotarán la una contra la otra y qué curso tomarán después del choque. Lo cual tiene reglas muy hermosas, que también se cumplen si uno considera cualquier número de esferas, u otras figuras que no sean esferas.

De esto se desprende entonces que todo acaece matemáticamente, esto es, infaliblemente, en todo el ancho mundo, de suerte que, si alguien pudiese tener una percepción suficiente de las partes inferiores de las cosas y tuviese bastante memoria y entendimiento para captar todas las circunstancias y tenerlas en cuenta, sería un profeta y vería lo futuro en lo presente, como en un espejo.

Pues así como las flores y los animales mismos ya tienen su formación en la simiente, aunque ésta puede modificarse algo por accidentes que sobrevengan, así cabe decir que el mundo futuro está contenido y perfectamente preformado en el mundo presente, por cuanto ningún accidente puede sobrevenirle desde fuera, ya que no hay nada fuera de él.

Pero es imposible que un entendimiento limitado prevea las cosas futuras circunstanciadamente, pues el mundo consta de infinitas cosas que cooperan, de modo que nada hay tan pequeño ni tan remoto que no contribuya algo en su medida. Y tales cosas pequeñas suelen efectuar cambios enormes. Acostumbro a decir que una mosca puede cambiar todo el Estado si zumba ante la nariz de un gran rey mientras está sumido en importantes deliberaciones; pues, como puede suceder que su entendimiento, por así decir, se halle en la balanza, porque hay razones igualmente fuertes del lado de ambas alternativas consideradas, puede también pasar que prevalezcan aquellas propuestas a las que atiende más detenidamente; y esto puede ocasionarlo la mosca, estorbándolo y distrayéndolo cuando quiera examinar bien algo diferente, y esto no le venga luego a la mente de la misma manera.

etc.


* * *

En torno a la libertad y la necesidad

En Dios todo es espontaneidad.

En el hombre se da, sin duda, la libertad de hacer aquello que quiere.

La voluntad supone un conato de acción del que somos conscientes.

De la voluntad y la capacidad, se sigue necesariamente el acto.

No se da voluntad alguna allí donde todos los requisitos para querer y no querer son idénticos. Sí cabe, sin embargo, la indiferencia en tanto que, aun supuestos todos los requisitos para actuar, la acción puede verse impedida merced a la existencia de las condiciones opuestas. El ser humano sólo se hace impermeable a las razones echándolas en el olvido, no prestándoles atención. Esa es la única forma en que puede sustraerse a las razones.

Salvo que se admita este aserto: nada existe sin razón, es decir, no hay proposición alguna en la que no exista una conexión del predicado con el sujeto, esto es, que no pueda probarse a priori.

Dos son las proposiciones primarias, la una dice: cuanto implica contradicción es falso, y la otra: aquello que es más perfecto, esto es, que tiene mayor razón de ser, es verdadero. Sobre la primera se fundamentan todas las verdades metafísicas absolutamente necesarias cuales son las de la lógica, la aritmética, la geometría y similares, cupiendo siempre demostrar a quienes las nieguen que lo contrario implica contradicción. Sobre la segunda descansan todas las verdades de naturaleza contingente y que sólo son necesarias bajo la hipótesis de la voluntad divina o de algún otro.

De este modo todas las verdades relativas a los posibles o esencias, así como a la imposibilidad y a la necesidad o imposibilidad de lo opuesto, se basan en el principio de contradicción; en tanto que todas las verdades relativas a los contingentes, a la existencia de las cosas, se basan en el principio de perfección. Toda existencia, exceptuándose únicamente la de Dios, es contingente. Y la causa de que cierta cosa contingente exista en lugar de otra no se deduce sin más de su mera definición, sino de la comparación con otras cosas; pues, habiendo como hay infinitos posibles que, sin embargo, no existen, no se debe buscar la razón de que existan éstos en vez de aquéllos a partir de su definición (dado que su no existencia implicaría una contradicción y los otros no serían posibles, en contra de la propia hipótesis), sino a partir de un principio extrínseco, cual es el de ser más perfectos que los demás.

Ante todo asumo una noción tal de posibilidad y necesidad merced a la cual sea posible aquello que no es necesario ni tampoco va a existir realmente. De donde se sigue que la razón en virtud de la cual existe una cosa en lugar de otra no conlleva necesidad y que la razón merced a la cual el ánimo libre elige un término en lugar de otro (bien provenga de la perfección de la cosa, como ocurre en Dios, bien de nuestra imperfección) no suprime nuestra libertad.

Esto mismo también se pone de manifiesto en el hecho de que se distinga entre las acciones libres y necesarias de Dios. Así, que Dios se ame es algo necesario, como cabe demostrar a partir de su propia definición. Sin embargo, no cabe demostrar que Dios haga lo más perfecto, ya que lo contrario no implica contradicción; de otra forma lo contrario no sería posible, en contra de la hipótesis. Esa acción tiene su origen en la noción de existencia, puesto que no existe sino lo más perfecto.

Sean dos posibles, A y B, de los cuales uno deba existir necesariamente, y supongamos que hay más perfección en A que en B; entonces es posible dar razón de por qué exista A más bien que B y cabe prever cuál de ellos haya de existir, siendo posible además demostrar su certeza sobre la base de la naturaleza misma de la cosa. Y, si lo cierto es idéntico a lo necesario, habré de reconocer asimismo como necesario el hecho de que exista A. Sin embargo, he dado en calificar de hipotética a semejante necesidad, pues, de ser absolutamente necesaria la existencia de A, entonces B implicaría contradicción en contra de la hipótesis. Así pues, habremos de admitir como posible todo cuanto incluya cierto grado de perfección, acaeciendo aquel posible más perfecto que su opuesto, no en virtud de su naturaleza, sino merced al decreto divino de producir en general lo más perfecto. La perfección relativa a la esencia consiste en exigir la existencia, exigencia de la que se sigue intrínsecamente la existencia, pero no de modo necesario, sino evitando que algo más perfecto se interponga. Y de esta índole son todas las verdades físicas, como cuando aseveramos que un cuerpo mantiene la aceleración emprendida, a condición de que nada se lo impida.

Dios no actúa óptimamente por necesidad, sino porque quiere. A quien me planteara la cuestión de si Dios quiere necesariamente, habría de explicar previamente a qué tipo de necesidad se refiere o plantear la cuestión cumplidamente, preguntando, por ejemplo, si Dios quiere necesaria o libremente, esto es, en virtud de su naturaleza o de su voluntad. A mi modo de ver, Dios no puede querer voluntariamente, pues de otro modo se daría voluntad de querer hasta el infinito. Por el contrario se ha de afirmar que Dios quiere lo mejor merced a su propia naturaleza. Luego quiere necesariamente, se apostillará. Se trata de una feliz necesidad, habrá que afirmar con San Agustín. De ahí se deducirá que las cosas existen de modo necesario. ¿Por qué? ¿Porque el hecho de que no exista cuando Dios quiere entraña una contradicción? Niego que esta proposición sea absolutamente verdadera. De otra manera todo aquello cuya existencia no es deseada por Dios no sería posible. Cuando en realidad continúa siendo posible de suyo, aunque no sea elegido por Dios. Pues posible es todo aquello que podría existir en virtud de su naturaleza, con tal de que Dios así lo quisiera, a pesar de que efectivamente no lo quiera. Bien, pero supongamos que Dios no puede querer su existencia. Pese a todo, seguirá siendo intrínsecamente posible, aun cuando no lo sea con respecto a la voluntad divina. Puesto que hemos definido como intrínsecamente posible a todo cuanto no entrañe contradicción en sí mismo, aun cuando su coexistencia con Dios sí pudiera implicar alguna suerte de contradicción. Desde luego, resultaría harto conveniente asignar significaciones constantes a los términos, para evitar todo tipo de malentendidos.

Así pues, afirmo que es posible aquello de lo cual sea propio tener alguna esencia, esto es, una realidad, es decir, que se pueda entender distintamente. Así, por ejemplo, aun cuando supongamos que nunca se ha dado ni se va a dar en la naturaleza un pentágono exacto, dicho pentágono sigue siendo posible pese a todo. Sin embargo, debe darse alguna razón de por qué semejante pentágono no ha existido ni existirá jamás. Y esta razón no es otra sino que el mencionado pentágono resulta incompatible con otras cosas donde se incluye una mayor perfección, esto es, que encierran más realidad, y que le llevan la delantera en lo relativo a la existencia. Ahora bien, si alguien infiriera de aquí que resulta necesaria su inexistencia, habría que matizar este aserto y ceñir su sentido a que sólo es necesaria la proposición: no existe ni existirá un pentágono semejante, mas no esta otra: no existe pentágono alguno (al margen del tiempo). Niego que se pueda demostrar esta última proposición, dado que el pentágono no es algo absolutamente imposible, al no implicar contradicción alguna, aun cuando de la armonía de las cosas existentes se siga que no es capaz de hallar un lugar entre ellas. Esto queda perfectamente ilustrado con el ejemplo de las raíces imaginarias del álgebra, ya que la raíz cuadrada de –1 envuelve una noción aun cuando no pueda ser mostrada –pues si alguien pretende mostrarla en una circunferencia, descubrirá que la recta requerida no es tangente a la misma-. Media, sin embargo, una enorme diferencia entre las cuestiones que son insolubles en virtud de las raíces imaginarias y aquellas que lo son merced al absurdo, como sería el caso de buscar un número cuya elevación al cuadrado diera nueve y arrojase idéntico resultado mediante la adición del cinco; tal número implica una contradicción, dado que debe ser a la vez tres y cuatro, es decir, que el tres y el cuatro habrían de ser idénticos, como si la parte fuese igual al todo. Ahora bien, si alguien quiere hallar un número cuyo cuadrado adicionado a nueve sea igual a su triple, nunca logrará mostrar con esa indagación cómo el todo es mayor a su parte, sino únicamente que no cabe designar tal número. Si conforme a un decreto divino no debe hallarse ninguna otra línea real que sea inconmensurable con respecto a otras líneas reales (entendiendo por línea real aquella que delimita realmente a un cuerpo), no se seguiría de ello que la existencia de algo inconmensurable implique contradicción; aun cuando Dios no haya podido dejar de establecerlo así de acuerdo con el principio de perfección.

Con estas bases quedan solventadas las dificultades relativas a la presciencia de los futuros contingentes. Dios, en efecto, al prever las razones futuras merced a las cuales habrán de existir ciertos entes en lugar de otros, las prevé conociendo sus causas de un modo tan cierto como infalible. Y, aprovechando este conocimiento cierto de las mismas, configura proposiciones respecto al orden del mundo o la armonía de las cosas, que entrañan una necesidad matemática, aunque no absoluta.

Únicamente la proposición “Dios existe” es necesaria.

Si el pentágono existiera, ello significaría que sería más perfecto que otras figuras; pero no lo es. Luego no existe. Sin embargo, de aquí no se deduce que sea imposible su existencia. Cabe aducir entonces la posibilidad de que exista algo imperfecto en lugar de lo más perfecto, y se forja esta respuesta para ello: “Es imposible que exista aquello cuya existencia no es querida por Dios”. Ahora bien, a mi modo de ver, el hecho de que no haya de existir jamás no lo convierte en algo intrínsecamente imposible. Así pues, cabe decir que no existe aquello cuya existencia no es querida por Dios. Pero despojando a tal aserto de su carga necesitarista.

Leibniz. Escritos sobre el albedrío.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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