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Volver al foro Responder Leibniz. Razón natural e ideas innatas (Nuevos Ensayos)   Admin: Borrar 	mensaje
 
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Sobre la inexistencia de principios prácticos que sean innatos

Filaletes - La moral es una ciencia demostrativa, y a pesar de ello no tiene principios innatos. Inclusive llegaría a ser muy difícil llegar a enunciar una regla moral que por su propia naturaleza fuese objeto de un consentimiento tan general y tan inmediato como el principio "lo que es, es".

Teófilo - Es absolutamente imposible que haya verdades de razón tan evidentes como las idénticas o inmediatas. Y aunque es posible afirmar en verdad que la moral tiene principios indemostrables, y que uno de los primeros y más practicados es que hay que dejarse guiar por la alegría y evitar la tristeza, sin embargo hay que precisar que ésta no es una verdad conocida por la pura razón, puesto que está fundada en la experiencia interna, o en conocimientos confusos, pues no es fácil distinguir lo que es alegría y tristeza.

Filaletes - No es posible cerciorarse de las verdades prácticas por medio de razonamientos, discursos o cualquier otra forma de actuación del espíritu.

Teófilo - Aunque así fuese, no por ello dejaría de haber principios innatos. Sin embargo, la máxima que acabo de citar parece de naturaleza diferente: no es conocida por la razón sino, por así decirlo, por un instinto. Es un principio innato, pero no pertenece a la luz natural, pues no se le conoce con plena luminosidad. No obstante, sentado ese principio, resulta posible sacar de él consecuencias científicas, y estoy sobremanera de acuerdo con vos en lo que acabáis de decir sobre que la moral es una ciencia demostrativa; pues vemos que enseña verdades tan evidentes que incluso ladrones, piratas y bandidos se ven obligados a observarlas entre ellos.

Filaletes - Pero los bandidos respetan entre sí las reglas de la Justicia sin considerarlas principios innatos.

Teófilo - ¿Y qué importa? ¿Acaso la gente se preocupa de esas cuestiones teóricas?

Filaletes - No respetan los principios de la Justicia más que como reglas de conveniencia, cuya práctica es absolutamente necesaria para la conservación de su sociedad.

Teófilo - Efectivamente. No se puede decir nada más acertado respecto de los hombres en general. Y así es como las leyes están grabadas en el alma, a saber, como consecuencia de nuestro instinto de conservación y de nuestro bienestar. ¿Acaso se piensa que las verdades están en el alma independientemente las unas de las otras, como los edictos del pretor estaban en su pregón o album? Dejemos aparte el instinto que conduce al hombre a amar a sus semejantes, pues de esto hablaré más adelante, y hablemos ahora únicamente de las verdades en tanto nos resultan conocidas por medio de la razón. Reconozco, asimismo, que algunas reglas relativas a la Justicia no pueden ser demostradas en toda su extensión y perfección más que suponiendo la existencia de Dios y la inmortalidad del alma, y aquellas que no se derivan de los instintos humanos están grabadas en el alma como verdades derivadas. Sin embargo, los que fundamentan la Justicia únicamente en las necesidades de esta vida y en las necesidades que tienen, mejor que en el placer que se experimenta al ser justo, que es uno de los mayores cuando tiene a Dios por fundamento, corren el riesgo de parecerse un poco a una sociedad de bandidos.

Filaletes - Reconozco que la Naturaleza ha puesto en todos los hombres el deseo de ser feliz y una fuerte aversión por la miseria. Estos sí son principios prácticos auténticamente innatos y, de acuerdo con el destino de todo principio práctico, tienen una influencia continua en nuestras acciones. Pero se trata de inclinaciones del alma hacia el bien, no ya de impresiones de alguna verdad que esté grabada en nuestro entendimiento.

Teófilo - Me siento encantado de veros admitir efectivamente verdades innatas, como demostré a continuación. Ese principio está bastante de acuerdo con el que acabo de señalar, que nos lleva a perseguir la alegría y a evitar la tristeza. Pues la felicidad no es otra cosa que una alegría duradera. Sin embargo, nuestra inclinación no es propiamente por la felicidad, sino por la alegría, es decir, por el presente; mientras que la razón nos conduce hacia el porvenir y la duración. Ahora bien, la inclinación expresada por medio del entendimiento se transforma en precepto o verdad práctica: y si la inclinación es innata, también la verdad lo es, al no haber nada en el alma que no sea expresado mediante el entendimiento, aunque no siempre mediante una consideración actual distinta, como ya he mostrado suficientemente. Tampoco los instintos son siempre los principios propios de cada ciencia y del razonamiento cuando, sin conocer su razón, los utilizamos por instinto natural. En ese sentido no tenéis posibilidad de negar los principios innatos: aun cuando queráis rechazar que las verdades derivadas sean innatas. Sin embargo, si lo hiciéseis después de cuanto acabo de explicar sobre aquello a lo cual yo denomino innato, sería una pura cuestión nominal. Y si alguno no desea llamar así más que a las verdades que desde el principio son sabidas por instinto, no entraré en discusión con él.

Filaletes - Todo eso está muy bien. Pero si en nuestra alma hubiese algunos caracteres que estuviesen grabados en ella naturalmente, como otros tantos principios del conocimiento, no podríamos conocerlos más que en tanto actuantes en nosotros, al modo en que sentimos la influencia de los dos principios que constantemente actúan en nosotros, a saber, las ganas de ser feliz y el temor de ser miserable.

Teófilo - Hay principios cognoscitivos que influyen en nuestra alma con la misma constancia que los principios prácticos en nuestra voluntad; por ejemplo, todo el mundo utiliza las reglas para deducir consecuencias por lógica natural, sin darse cuenta.

Filaletes - Las reglas morales necesitan ser probadas, y, por tanto, no son innatas, como ocurre con la regla que es el origen de las virtudes referentes a la sociedad: "no hagas a los demás lo que no quisieras que se te hiciese a ti mismo".

Teófilo - Siempre me hacéis la objeción que ya he refutado. Os concedo que hay reglas morales que no son principios innatos, pero eso no impide que sean verdades innatas, pues una verdad derivada sería innata cuando la podamos extraer de nuestro espíritu. Pero existen verdades innatas que aparecen en nosotros de dos maneras, por luz natural y por instinto. Las que acabo de señalar se demuestran por medio de nuestras ideas, lo cual constituye la luz natural, mas existen conclusiones de la luz natural que respecto al instinto resultan principios. Así es como nos vemos conducidos a los actos humanitarios por instinto en tanto eso nos place, y pro razón en tanto es justo. En nosotros existen, por tanto, verdades instintivas que constituyen principios innatos, que se sienten y se ratifican, incluso sin tener ninguna prueba de ellos, la cual, sin embargo, puede ser obtenida si se da razón de dicho instinto. Así, a veces utilizamos las reglas de deducir consecuencias confusamente y como por instinto, pero los lógicos encuentran la razón de ellas, así como también los matemáticos dan razón de cuanto se hace sin darse cuenta al andar y al saltar. En cuanto a la regla referente a que no se debe hacer a los otros lo que no se quisiera que nos hiciesen, no sólo necesita prueba, sino también testimonio. Puesto que si uno es el amo, quiere demasiado; ¿se deduce de ello que también a los demás se les debe demasiado? Se me dirá que esto sólo se entiende en una voluntad justa; pero de esta manera, la regla, lejos de bastarse para servir de medida, a su vez tendría necesidad de ella. El sentido auténtico de dicha regla es que el lugar del otro es el punto de vista verdadero para juzgar equitativamente cuando se pone uno en él.

Filaletes - Muy a menudo se cometen malas acciones sin ningún remordimiento de conciencia: por ejemplo, cuando se toman las ciudades al asalto, los soldados cometen sin escrúpulos las acciones más pérfidas; países civilizados abandonaban a sus niños, y algunos caribes castran a los suyos para engordarlos y comérselos. Garcilaso de la Vega hace referencia a que algunos pueblos del Perú tomaban prisioneras para hacerlas concubinas, y alimentaban a los niños hasta la edad de trece años, después de lo cual se los comían, y hacían otro tanto con las madres cuando ya no tenían niños. En el viaje de Baumgarten, se cuenta que había un santón en Egipto que pasaba por hombre virtuoso, eo quod non foeminarum unquam esset ac puerorum, sed tantum asellarum concubitor atarque mularum.

Teófilo - La ciencia moral (aparte los instintos, como el que nos lleva a buscar la alegría y a alejarnos de la tristeza) depende de demostraciones que nos son suministradas por las luces interiores. Y como tales demostraciones no saltan a la vista desde el primer momento, tampoco es una maravilla increíble que los hombres no se aperciban siempre y desde el principio de todo cuanto poseen en sí, y no lean con suficiente prontitud los caracteres de la ley natural que Dios, según San Pablo, ha grabado en sus espíritus. Sin embargo, como la moral es más importante que la aritmética, Dios ha proporcionado al hombre instintos que conducen de inmediato y sin razonamiento a lo que la razón ordena. Parecidamente, andamos siguiendo las leyes de la mecánica, pero sin pensar en esas leyes, o comemos, no ya sólo porque nos es necesario, sino también, y en mayor medida, porque ello nos produce placer. Pero todos esos instintos no conducen a la acción inevitablemente; nos resistimos a ellos mediante pasiones, los oscurecemos por medio de prejuicios y los alteramos a base de costumbres contrarias. Sin embargo, la mayor parte de las veces actuamos de acuerdo con esos instintos de la conciencia, y los seguimos incluso cuando los superan impresiones más poderosas. La parte mayor y más sana del género humano les rinde testimonio. Los orientales y los griegos o romanos, la Biblia y el Corán, todos coinciden en ello; la policía de los mahometanos acostumbra a castigar lo que Baumgarten cuenta, y para aprobar esas costumbres, que sobrepasan en crueldad a las de las bestias, habría que estar tan embrutecido como los salvajes americanos. Sin embargo, en otras ocasiones esos mismos salvajes sienten a la perfección lo que es justicia; y aun cuando quizás no exista práctica perversa que no esté autorizada en algún lugar y en algunas ocasiones, a pesar de ello pocas son las que no son condenadas la mayor parte de las veces y por la mayor parte de los hombres. Lo cual no sucede sin razón y, al no suceder exclusivamente en virtud del razonamiento, habrá que atribuirselo en parte a los instintos naturales. La costumbre, la tradición y la disciplina intervienen también en ello, pero lo natural es causa de que la costumbre se haya orientado en general hacia el lado bueno en lo que respecta a esos deberes. Asimismo, lo natural es causa también de que exista la tradición de la existencia de Dios. La Naturaleza concede, por otra parte, al hombre e incluso a la mayor parte de los animales afecto y dulzura hacia los de su especie. El tigre mismo parcit cognatis maculis: de ahí proviene la célebre frase de un jurisconsulto romano: "quia inter omnes homines natura cognationem constituit, unde hominem homini insidiari nefas esse" ("como la naturaleza ha establecido entre todos los hombres un parentesco, no debe suceder que un hombre tienda trampas a otro"). Tan sólo las arañas constituyen una excepción, y se comen entre ellas, hasta el punto de que la hembre devora al macho después de haber gozado. Aparte de este instinto sociable universal, que en el hombre puede ser llamado filantropía, hay también instintos particulares, como la atracción entre macho y hembra, el amor que tienen el padre y la madre a sus hijos, al que los griegos denominaban storgén, y otras inclinaciones semejantes, que constituyen el derecho natural, o mejor, una imagen del derecho, que la Naturaleza ha enseñado a los animales, según los jurisconsultos romanos. En el hombre en particular existe una cierta preocupación por la dignidad y la conveniencia, que le lleva a ocultar las cosas que le rebajan, a velar por el pudor, a tener repugnancia por los incestos, sepultar los cadáveres, a no comer nunca hombres ni bestias vivas. También ella nos lleva a cuidar la reputación, incluso más allá de lo necesario, y de la misma vida; a estar sujeto a remordimientos de conciencia y a sentir esos laniatus et ictus, aquellas torturas y mortificaciones a las que alude Tácito, siguiendo a Platón; aparte del temor al futuro y a un poder supremo, que también aparecen de manera bastante natural. Hay mucho de real en todo esto; pero en el fondo esas impresiones naturales, sean cuales sean, sólo son ayudas para la razón e indicios de lo que aconseja la Naturaleza. La costumbre, la educación, la tradición y la razón contribuyen a ello, pero la naturaleza humana también tiene parte. Cierto es que sin la razón todas esas ayudas no bastarían para proporcionar a la moral una certeza completa. Otra cosa que es posible consiste en negar que el hombre se aparte naturalmente de las cosas indecentes, con el pretexto, por ejemplo, de que existen personas que sólo se complacen hablando de inmundicias, e incluso algunas cuya forma de vivir les lleva a manejar excrementos, como los pueblos de Bután, que consideran a los excrementos del rey como algo aromático. Imagino que, en lo que respecta a esos instintos naturales, en el fondo pensáis como yo, aunque quizás afirméis como hicisteis respecto al instinto que nos conduce a la alegría y a la felicidad, que esas impresiones no son verdades innatas. Pero ya he respondido que todo modo de pensar supone la percepción de una verdad, y que el modo natural de pensar lo es de una verdad innata, aunque muy a menudo confusa, como siempre son las experiencias de los sentidos externos: así se pueden distinguir las verdades innatas de la luz natural (que no contiene nada cognoscible distintamente), como también debe distinguirse el género de su especie, puesto que las verdades innatas comprenden tanto los instintos como la luz natural.

Filaletes - Una persona que conozca los límites naturales de lo justo y lo injusto, y que no los confunda, sólo podría ser considerada como el enemigo declarado de la tranquilidad y el bienestar de la cual forma parte. Pero los hombres los confunden en todo momento, por lo cual no los conocen.

Teófilo - Esto es considerar las cosas de modo excesivamente teórico. Ocurre a diario que los hombres actúan contra sus conocimientos, escondiéndolos a sí mismos para poder dirigir su espíritu hacia otras partes y seguir sus pasiones: si así no fuese, no veríamos a las personas comer y beber lo que saben va a causarles enfermedades e incluso la muerte. No descuidarían sus negocios, no harían las cosas que han hecho a veces naciones enteras. El futuro y el razonamiento pocas veces tienen tanto poder como el presente y los sentidos. Esto lo sabía muy bien aquel italiano que, teniendo que ser torturado, se propuso a sí mismo tener continuamente presente el patíbulo durante los tormentos, para así poder resistirlo, y de vez en cuando se le oyó decir: "Io ti vedo", explicándolo todo a continuación cuando quedó libre. A menos que uno tome la firme resolución de considerar siempre el bien y el mal verdaderos, para buscarlo o evitarlo, uno siempre será vencido, y respecto a las necesidades principales de esta vida sucede lo mismo que con el paraíso y el infierno les ocurría precisamente a los que más creían en ello:

Cantantur haec, laudantur haec
Dicuntur, audiuntur
Scribuntur haec, leguntur haec,
Et lecta negliguntur

("Son cosas que se canta, se alaba, se habla, se escribe, se lee y, una vez leídas, se desatienden").

Filaletes - Todo principio que se suponga innato sólo puede ser conocido por cada uno como justo y conveniente.

Teófilo - Esto es volver de nuevo a la suposición que ya he refutado tantas veces, según la cual toda verdad innata es conocida siempre y por todos.

Filaletes - Pero un asentimiento público en la violación de la ley demuestra que dicha ley no es innata: por ejemplo, la ley de amar y conservar a los niños fue violada por los antiguos, ya que consentían en abandonarlos.

Teófilo - Supuesta una violación así, lo único que cabe deducir es que los caracteres de la Naturaleza no han sido bien leídos, pese a estar grabados en nuestras almas, si bien a veces demasiado ocultos por nuestros desórdenes; aparte de que para mostrar de manera irrefutable la necesidad de un deber hay que llegar a su demostración, lo cual no es nada corriente. Si la Geometría se opusiese a nuestras pasiones e intereses tanto como la moral, tampoco dejaríamos de violarla e impugnarla, pese a todas las demostraciones de Euclides y de Arquímedes, que serían consideradas como fantasías llenas de paralogismos; y Joseph Scaliger, Hobbes y algún otro que ha escrito contra Euclides y Arquímedes, no estarían tan poco acompañados como ahora lo están. Solamente la pasión por la gloria, que dichos autores pensaban encontrar en la cuadratura del círculo y en otros difíciles problemas, les ha podido cegar hasta tal punto a personas de tanto mérito. Y si otros estuviesen interesados en lo mismo, procederían igual.

Filaletes - Todo deber comporta la idea de ley, y una ley no puede ser conocida ni supuesta sin un legislador que la haya escrito, como tampoco sin penas ni recompensas.

Teófilo - Aunque no haya legislador, puede haber recompensas y penas naturales; por ejemplo, la intemperancia viene castigada por enfermedades. A pesar de todo, como en principio no alcanza a todos, reconozco que si no existiese un Dios que no dejase crimen sin castigo ni buena acción sin recompensa, apenas podría existir ningún precepto que fuese obligatorio necesariamente.

Filaletes - Por tanto resulta necesario que las ideas de Dios y de vida futura sean innatas.

Teófilo - Estoy de acuerdo en ello, en el sentido en que ya lo he explicado.

Filaletes - Pero esas ideas parecen estar tan lejos de haber sido grabadas naturalmente en el espíritu de los hombres que ni siquiera parecen claras y distintas para muchos hombres de estudio, pese a que hacen profesión de examinar las cosas con exactitud; hasta tal punto distan de ser conocidas por toda criatura humana.

Teófilo - De nuevo es volver a la misma suposición, que pretende que lo que no es conocido no es innato, pese a haberla refutado tantas veces. Lo que en principio es innato no por eso es conocido clara y distintamente: frecuentemente hace falta mucho orden y atención para apercibirse de ello, y si a veces ni siquiera los estudiosos hacen gala de dichas cualidades, mucho menos lo va a lograr cualquier ser humano.

Filaletes - Pero si los hombres pueden ignorar y poner en duda lo que es innato, en vano se nos habla de principios innatos, cuya necesidad se pretende demostrar; en lugar de ayudarnos a saber sobre la verdad y la certeza de las cosas, como se pretende, respecto a esos principios nos encontraríamos en el mismo estado de incertidumbre que si no estuvieran en nosotros.

Teófilo - No se puede poner en duda todos los principios innatos. Os mostrasteis de acuerdo en eso respecto al principio de identidad y al de contradicción, reconociendo que hay principios incontestables, pese a que en aquel momento no reconocisteis que fuesen innatos; pero de ello no se sigue necesariamente que todo cuanto es innato o está ligado a esos principios innatos tenga también una evidencia indudable.

Filaletes - Que yo sepa, todavía nadie ha intentado darnos un catálogo completo de esos principios.

Teófilo - ¿Y acaso nos ha proporcionado alguien un catálogo completo y exacto de los axiomas de la Geometría?

Filaletes - Milord Herbert quiso indicar algunos de esos principios que son: 1. Existe un Dios supremo. 2. A Dios se le debe servicio. 3. La virtud, junto con la piedad, constituyen el mejor culto. 4. Hay que arrepentirse de los pecados propios. 5. Después de esta vida hay premios y castigos. Estoy de acuerdo en que se trata de verdades evidentes y de tal naturaleza que a una criatura razonable no le cabe más que aceptarlas, si le han sido bien explicadas. Pero mis amigos dicen que distan mucho de ser innatas; y que si esas cinco proposiciones son nociones comunes grabadas en nuestras almas por la mano de Dios, existen muchas otras que también deben ser colocadas entre ellas.

Teófilo - Estoy de acuerdo, pues considero como innatas a todas las verdades necesarias, incluyendo también los instintos. Pero reconozco que esas cinco proposiciones no son innatas; pues pienso que se las puede y debe demostrar.

Filaletes - En la proposición tercera, según la cual la virtud es el culto más agradable a Dios, no está claro lo que se entiende por virtud. Si se la entiende en el sentido más usual -me refiero a lo que, de acuerdo con las diferentes opiniones imperantes en los diversos países, es tenido por laudable- tanto hace que esa proposición sea evidente como que ni siquiera sea verdadera. Y si se llama virtud a los actos que son conformes a la voluntad de Dios, entonces la proposición no nos enseña gran cosa, pues prácticamente es ideam eadem idem; pues sólo querrá decir que Dios considera agradable lo que es conforme a su voluntad. Sucede otro tanto respecto a la noción de pecado en la cuarta proposición.

Teófilo - No recuerdo que la virtud sea considerada con frecuencia como dependiente de las opiniones; al menos los filósofos no lo dicen. Es cierto que el nombre de virtud depende de la opinión de aquellos que la atribuyen a diversos hábitos y acciones, según juzguen bien o mal y hagan uso de su razón; pero en cuanto a la noción general de virtud todos se muestran bastante de acuerdo, aun cuando difieran en su aplicación. Según Aristóteles y muchos otros, la virtud es un hábito de moderar las pasiones por medio de la razón, o todavía más fácil, un hábito de obrar según la razón. Y eso no puede dejar de resultarle agradable al que es razón suprema y última de las cosas, al cual nada le es indiferente, y menos que nada las acciones de las criaturas racionales.

Filaletes - Es frecuente decir que la costumbre, la educación y las opiniones generales de aquellos con quienes nos relacionamos pueden oscurecer esos principios morales, supuestamente innatos. Pero si esta observación es válida, echa abajo la prueba que se intenta deducir del consentimiento universal. El modo de razonar de muchas personas se reduce a lo siguiente: los principios que las personas de buen sentido reconocen son innatos; nosotros y los que piensan como nosotros son personas de buen sentido; luego nuestros principios son innatos. ¡Curiosa manera de razonar, que conduce por derecho a la infalibilidad!

Teófilo - Yo no utilizo el consentimiento universal como prueba principal, sino como una confirmación: pues las verdades innatas logradas mediante la luz natural de la razón llevan en sí mismas su caracteres, como la Geometría, pues pertenecen a los principios inmediatos, que vos mismo reconocisteis como indiscutibles. Pero reconozco que resulta todavía más difícil separar los instintos y algunos otros hábitos naturales de las costumbres, aun cuando, según parece, resulta posible hacerlo en la mayoría de los casos. Por lo demás, me parece que los pueblos que han cultivado su espíritu tienen algún motivo para atribuirse el uso del buen sentido mejor que los bárbaros, puesto que, al domarlos con casi tanta facilidad como a las bestias, muestran suficientemente su superioridad. Si no siempre resulta posible lograrlo hasta el final, se debe a que, al igual que las bestias, se esconden en intrincadas selvas, donde es difícil someterles, y tampoco merece la pena. No hay ninguna duda de que cultivar el espíritu supone una ventaja, y si se pudiese hablar en favor de la barbarie y contra la cultura, por lo mismo se tendría el derecho a atacar la razón en nombre de las bestias, y tomarse en serio los arrebatos espirituales del señor Despréaux en una de sus Sátiras, donde, para discutirle a un hombre sus prerrogativas sobre los animales, preguna si

"¿Teme el oso al caminante, o el caminante al oso?
Y si, por un edicto de los pastores de Libia
los leones vaciaran las dehesas de Numidia..."

A pesar de todo, hay que reconocer que en algunos puntos importantes los bárbaros nos aventajan, principalmente en lo referente al vigor del cuerpo; y también en lo referente al alma se puede afirmar que en algunos aspectos su moral práctica es mejor que la nuestra, porque no tienen ni la avaricia de atesorar ni la ambición de dominar. Y es posible añadir, incluso, que el trato con los cristianos les ha hecho peores en muchas cosas: se les ha enseñado a emborracharse (llevándoles aguardiente), juramentos, blasfemias y otros vicios que antes no conocían apenas. Entre nosotros abunda más lo bueno y lo malo que entre ellos: un europeo malvado es más malvado que un salvaje, pues es refinado en el mal. Sin embargo, nada impide que los hombres lleguen a conciliar las ventajas que la Naturaleza concede a esos pueblos con las que nos proporciona la razón.

Filaletes - ¿Y cómo contestáis al dilema de uno de mis amigos?: Mucho me agradaría -dice- que los partidarios de los principios innatos me dijesen si dichos principios pueden ser borrados o no por medio de la educación y la costumbre; si no lo pueden ser, tendremos que encontrarlos en todos los hombres, y será necesario que aparezcan con claridad en el espíritu de cada hombre en particular; y si pueden ser alterados por nociones extrañas, conforme estén más cercanos a su origen deberán aparecer más nítidamente, es decir, en los niños y en los ignorantes, en los cuales las opiniones ajenas tienen una influencia mínima. Tomen el partido que tomen, verán con claridad -concluye- que está desmentido por hechos constantes y por una continua experiencia.

Teófilo - Me asombra que vuestro sabio amigo haya confundido oscurecer y borrar, al igual que se confunde, entre los que pensáis así, no ser y no aparecer. Las ideas y las verdades innatas no pueden borrarse, pero en todos los hombres están oscurecidas (como sucede ahora) por su inclinación hacia las necesidades corporales, y aún más a menudo por las malas costumbres adquiridas. Esos caracteres de luz interna resplandecerían siempre en el entendimiento aportando energía a la voluntad, si las percepciones confusas de nuestros sentidos no se apoderasen de nuestra atención. Es el famoso combate, del cual la Sagrada Escritura nos habla tanto como la filosofía antigua y moderna.

Filaletes - Así, pues, nos encontramos en medio de tinieblas tan espesas y en una incertidumbre tan grande como si no hubiese en absoluto parecidas luces.

Teófilo - No lo quiera así Dios; no tendríamos ni ciencias, ni leyes y ni siquiera la razón.

Filaletes - Confío en que por lo menos estaréis de acuerdo en la fuerza de los prejuicios, que frecuentemente hacen pasar por natural lo que en realidad proviene de las malas enseñanzas que se han proporcionado a los niños, y de las malas costumbres que la educación y la conversación les han imbuido.

Teófilo - Reconozco que el eminente autor al que seguís [Locke] dice cosas magníficas al respecto, y de mucho mérito si se las entiende como es debido, pero no creo que sean contrarias a la adecuada doctrina de lo natural o de las verdades innatas. Espero que no quiera llevar sus observaciones demasiado lejos; pues estoy persuadido igualmente de que muchas opiniones pasan por verdades, y no son más que consecuencias de la costumbre y la credulidad, y que, asimismo, hay otras muchas que algunos filósofos querrían hacer pasar por prejuicios y que, no obstante, están basadas en la recta razón y en la naturaleza. Tanto o más motivo hay para guardarse de aquellos que quieren innovar, lo más a menudo por pura ambición, como para desconfiar de las opiniones antiguas. Y tras haber meditado largamente sobre los antiguos y los modernos, he llegado a la conclusión de que en casi todas las doctrinas puede encontrarse buen sentido. De manera que me agradaría que los hombres de estudio buscasen algo en lo que satisfacer su ambición, ocupándose más bien en construir y avanzar que en retroceder y destruir. Desearía que se pareciesen más bien a los romanos, los cuales hacían hermosas obras públicas, que a aquel rey vándalo al que su madre recomendó que, no pudiendo pretender igualar esas grandes construcciones, buscase el medio de destruirlas.

Filaletes - El objetivo de todos los sabios autores que han combatido las ideas innatas fue precisamente impedir que bajo ese hermoso nombre pudieran introducirse puros prejuicios, para encubrir la propia pereza.

Teófilo - En eso estamos de acuerdo, pues lejos de aprobar que se afirmen principios dudosos, querría por mi parte que se buscase la demostración incluso de los axiomas de Euclides, como algunos antiguos ya hicieron. Y si lo que se exige es el medio de conocer y de examinar los principios innatos, respondo que, de acuerdo con cuanto dije más arriba, si exceptuamos los instintos, cuya razón nos resulta desconocida, hay que tratar de reducir todo a los primeros principios, es decir, a los axiomas idénticos o inmediatos, por medio de definiciones, que no son otra cosa que una exposición distinta de las ideas. No pongo en duda que, incluso vuestros amigos, contrarios hasta ahora a las verdades innatas, aprobarán este método, que parece conforme a su principal objetivo.

Leibniz. Nuevos Ensayos sobre el entendimiento humano.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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