irichc     Fecha  24/06/2004 02:10 
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Volver al foro Responder Leibniz y la posmodernidad, sobre la guerra. Un combate desigual.   Admin: Borrar 	mensaje
 
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<< Lo característico es el Estado. La guerra es política por naturaleza, es característica y propia de la civilización. Contraponer guerra y paz como si se contrapusiese lo salvaje y lo civilizado es un error. En el mundo salvaje no hay guerra >>.

<< La justicia supone el derecho. Sin ordenamiento jurídico no hay justicia. Supone unas reglas históricas establecidas, racionales, pero fundadas sobre los principios del esclavismo: dar a cada uno lo suyo, al amo lo suyo y al esclavo lo suyo. La justicia supone un derecho. Es injusto, por ejemplo, que los esclavos asalten los latifundios, así que con toda justicia viene la legión de Pompeyo y los pasa por las armas. No hay Estado sin derecho. Todo Estado es de derecho >>.

<< Eso es derecho internacional, que no es nada. Es una invención de los catedráticos de Derecho Internacional. Y de los diplomáticos. Una invención completa. Una ficción jurídica. Supone el derecho natural, el ius naturalismo. Lo que está escrito en el corazón de los hombres honrados, que decía Rousseau. Nada >>.

<< El fin de la guerra es la paz. Lo dicen Aristóteles y Cervantes. La paz es la paz de la victoria. La pax romana y la cristiana y la que se quiera. La paz supone la victoria, el orden establecido por la victoria. Y ese orden no está siempre vinculado al orden del vencido. Pero el vencido se pliega si su prudencia política le aconseja eso. La paz es la victoria, lo demás es metafísica >>.

(G. Bueno)

http://www.fgbueno.es/hem/2004f12.htm

* * *

<< Cuando se pregunta si hay cosas eternas, lo que se pregunta no es si existen, sino si tienen esencia; es decir, no se pregunta si existen, sino si son posibles, si tienen una idea verdadera o una definición real; es la cuestión de si se da algo verdaderamente o bien si es cuestión de opinión. Y en este sentido, la primera de todas es la cuestión de si se da la cosa, porque de lo imposible no hay conocimiento y en vano se buscará su definición.

El Derecho procede de la Naturaleza, no de la opinión, y por eso es más fácil la ciencia del verdadero Derecho que las artes, las cuales hay que aprenderlas en la práctica y se basan en las opiniones y costumbres de los hombres.

Las leyes que no son contrarias al Derecho natural, cambian también dando lugar con ello a la equidad. Persas y macedonios permitían la acción contra los ingratos. A veces pueden las leyes negar también una acción que es natural, como el permiso que existía en Lacedemonia de hurtar alimentos; cosa que, si sucede, habrá que pensar haber derogado la República el dominio supremo sobre las cosas de los súbditos, la cual tomó ejemplo de Dios, Señor de todas las cosas, que, al mandar o permitir se tomase los vasos de los egipcios, hizo que la acción no fuese hurto, al menos hurto criminal.

La música que nos gusta a nosotros no les gusta a los asiáticos, y la fruta que saborean ellos en sus comidas, dice La Loubière que a él no le gustó. Y es que las cosas que constan de sensaciones carecen de una ley cierta y no se prueban siempre del mismo modo por una y la misma persona. Mas, las cosas que se comprueban con la razón, son eternas, y así no cabe pensar que los teoremas de la geometría o de la aritmética que tenemos nosotros por verdaderos, puedan ser falsos para Dios o para los ángeles. Eso mismo creo del Derecho, pues que no se le prueba por la sensación sino por la razón.

Dos son las fuentes de la diversidad de las leyes: la diversidad de circunstancias en las ciudades y la diversidad de ingenio de los legisladores.

Cuando la ley establece algo inicuo, o el juez juzga mal, hace Derecho: por una cierta ficción, es decir, hace algo que tiene efectos jurídicos y que debe tolerarse porque de lo contrario quedaría abatido el Derecho ocasionándose un mal público mayor.

(...)

Por lo demás, como la mona, aunque se vista de seda, mona se queda, según el proverbio, lo que es inicuo sigue siendo inicuo por más que lo establezca la ley.

(...)

Niegan algunos que el Derecho sea una ciencia porque, dicen, no trata de cosas de carácter necesario sino de cosas que suceden de ordinario (plerumque), siendo así que la ciencia lo es de cosas eternas. Yo creo que las razones del Derecho son también eternas y que se da ciencia de la verdad eterna en las cosas que suceden de ordinario si se conoce la razón de las mismas y el grado de probabilidad, como nos han enseñado los matemáticos con sus demostraciones sobre la suerte.

No basta con decir que el Derecho es el precepto relativo a lo que pertenece a los otros. Porque también la ciencia de la utilidad privada o de aquello que nos interesa, nos manda cómo portarnos con los demás, mirando por nosotros. Mas, cuando se pregunta sobre el Derecho y sobre lo justo, se hace para mostrar que el procurar el bien ajeno en la mayor medida posible, dejando a salvo el nuestro, es precisamente nuestro bien. O sea que se pregunta acerca de la caridad del sabio >>.

(G. W. Leibniz. ¿Hay un Derecho natural eterno?).

<< Si vuestro Hobbes hubiera añadido la rectitud de juicio a la agudeza del pensar y a la fuerza del decir, hubiera podido aportar algo egregio. Pero su primer engaño (prôton pseudos) consistió en buscar las fuentes del Derecho en el miedo al mal en vez de buscarlas en el cuidado del bien, como si fuese necesario haber hombres malvados para que los haya justos >>.

(G. W. Leibniz. Correspondencia).                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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