irichc     Fecha  17/06/2002 16:25 
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Pensamientos sobre los de Herrnhuter

Las victorias deciden las guerras, pero son muy ambiguas como prueba de la justicia de una causa; mejor dicho, no valen como pruebas.

Las disputas entre estudiosos son también una especie de guerra, igual que los pequeños pequineses son una especie de perros. ¿Qué más da discutir sobre un Imperio o sobre una opinión, que la lucha cueste sangre o tinta? El hecho es que se discute.

Y en este caso, también sucede pocas veces que quien tiene razón y quien debiera tenerla sean una y la misma persona.

Mil pequeñas circunstancias pueden hacer que la victoria se incline hacia ésta o la otra parte. ¡A cuántos habría que tachar de la lista de héroes si los efectos de esas pequeñas circunstancias, o sea la suerte, les retirara la parte que tuvo en sus admirables acciones!

Que nazca en otro siglo tal y cual sabio, quítale algún que otro medio de darse a conocer, dale otros adversarios, sitúalo en otro país, y dudo mucho que siga siendo el mismo que se le considera ahora. Y, si no sigue siendo el mismo, es que lo hizo grande la suerte.

¿Cómo se puede llamar victoria a la obtenida sobre enemigos que no pueden o no quieren defenderse; que, sin ofrecer resistencia, se dejan hacer prisioneros o se dejan matar y que, por lasitud, se caen al suelo llevados del impulso de su propio golpe? Llámesele como se quiera; sólo sé que eso no es una victoria, a no ser en opinión de quienes, para vencer, tienen que vencer sin luchar.

Victorias de ésas se dan también entre los estudiosos. Y mucho me equivocaré, si no son de esa clase las victorias que hasta ahora creyeron alcanzar nuestros teólogos sobre los de Herrnhuter.

Se me ha ocurrido poner por escrito mis pensamientos sobre esa gente. Ya sé que son superfluos, pero no más que su objeto, el cual servirá de bausán al menos donde ejercitarse en los lances de la esgrima un joven y atrevido teólogo. El orden que voy a seguir es el buen orden de los perezosos. Se escribe como se piensa; lo que se omitió en su lugar correspondiente recógese cuando se presenta la ocasión; lo que se repitió por olvido tenga la bondad de saltárselo la segunda vez el lector.

Va a parecer que me remonto mucho. Pero cuando menos se piense, me habré metido en harina.

El hombre fue creado para la acción y no para elucubrar. Pero justo por no haber sido creado para esto, tiende más a ello que a lo primero. Su maldad emprende continuamente lo que no debe hacer, y su audacia, lo que no puede hacer. ¡Él, el hombre, va a dejarse poner barreras!

¡Felices tiempos aquéllos en que el más virtuoso era también el más sabio y en que la Sabiduría toda consistía en breves normas de vida!

Demasiado felices para durar mucho. Creyeron los discípulos de los Siete Sabios poder prescindir pronto de sus maestros. Verdades que cualquiera comprende pero que no puede practicar cualquiera, eran alimento demasiado fácil para su curiosidad. El cielo, que fuera antes objeto de su admiración, se convirtió en campo de sus conjeturas. Los números les iban abriendo un laberinto de misterios que les venían tan bien cuanto menos tenían que ver con la virtud.

El hombre más sabio de todos según una sentencia del Oráculo, en la que éste se parece lo menos posible a sí mismo, se esforzaba en recoger, de esa temeraria bandada, el prurito de saber: “¡Insensatos mortales, lo que está por encima de vosotros no es para vosotros! ¡Volved la mirada hacia vosotros mismos! En vosotros mismos están las profundidades inexploradas en que os podéis perder con provecho! ¡Escrutad ahí los más secretos rincones! ¡Aprended ahí qué es la debilidad y qué es la fuerza, los ocultos vericuetos y la abierta explosión de vuestras pasiones! ¡Levantad ahí el reino en que sois súbditos y reyes! ¡Comprended y dominad ahí lo único que debéis comprender y dominar: a vosotros mismos!”.

Así exhortaba Sócrates, o mejor, Dios por medio de Sócrates.

“¿Cómo?” –exclamó el sofista. “¡Blasfemo de nuestros dioses, seductor del pueblo, peste de la juventud, enemigo de la patria, perseguidor de la Sabiduría, envidioso de nuestro prestigio! ¿Qué pretenden tus fanáticas doctrinas? ¿Robarnos los discípulos? ¿Clausurarnos la cátedra? ¿Entregarnos al desprecio y a la pobreza?”

Pero, ¿qué puede la maldad frente al sabio? ¿Puede obligarlo a cambiar de opinión? ¿A negar la Verdad? ¡Pobre sabio, si el mal fuera capaz de ello! ¡Ridícula la maldad que, incluso propasándose, no puede quitarle al sabio más que la vida! Sus mismos enemigos tenían que atestiguar que Sócrates era un predicador de la Verdad; ¿cómo iban a atestiguarlo, sino matándolo?

Sólo pocos de sus discípulos tomaron el camino que él les mostrara. Platón empezó a soñar y Aristóteles se puso a inferir. A través de una serie de siglos en que prevalecieron ora el uno ora el otro, llegó hasta nosotros la Sabiduría. Platón llegó a ser divino; Aristóteles, infalible. Ya era hora de que saliera Cartesio. En sus manos pareció que la verdad cobraba forma nueva tanto más engañosa cuanto más brillante. A todos abrió Cartesio la entrada al templo de la Verdad, puesta anteriormente bajo la cuidadosa custodia del prestigio de aquellos dos tiranos. Y éste es su mayor mérito.

Poco después aparecieron dos hombres que a pesar de sus celos mutuos tenían idéntica intención. En entrambos era aún la filosofía muy práctica. Les estaba reservado el someterla al cálculo. Una ciencia de la que la Antigüedad conociera apenas las primeras letras, encaminólos con pasos seguros hasta los más ocultos secretos de la Naturaleza. Parecían haberla sorprendido en acción.

Sus discípulos son actualmente loor del género humano y creen tener un muy particular derecho al nombre de filósofos. Son inagotables descubriendo nuevas verdades. Valiéndose de pocos números unidos con signos, pueden aclarar misterios en un mínimo espacio, donde Aristóteles hubiera necesitado una enorme cantidad de volúmenes. Así que llenan la cabeza y dejan vacío el corazón. Dirigen su espíritu hacia los cielos más lejanos, mientras que por las pasiones se pone su ánimo por debajo de los brutos.

Mas, el lector se me estará impacientando. Espera algo muy distinto que una historia de la filosofía in nuce. Tengo que decirle que pongo esto por delante precisamente para poder mostrar con semejante ejemplo cuál ha sido el destino de la religión; lo cual me acerca mucho más a mi propósito.

Tengo para mí que a la religión le ha sucedido como a la filosofía.

Vayámonos a los tiempos más remotos. ¡Qué sencilla, fácil y vital era la religión de Adán! Pero, ¿cuánto tiempo duró? Cada uno de sus descendientes le añadió algo según su dictamen. Lo esencial quedó diluido en un diluvio de afirmaciones arbitrarias. Todos fueron infieles a la Verdad aunque algunos menos que otros; los que menos, los descendientes de Abrahán. Y por eso los juzgó Dios dignos de una especial consideración. Pero también entre ellos aumentó poco a poco la cantidad de prácticas insignificantes y autocomplacientes, tanto que sólo unos pocos conservaron un concepto correcto de Dios, quedando los demás suspendidos de la fantasmagoría exterior y considerando a Dios como un ser que no puede vivir si no le llevan la ofrenda matutina y la vespertina.

¿Quién podía arrancar al mundo de su oscuridad? ¿Quién podía ayudar a que la verdad venciera a la superstición? Ningún mortal. Deus ex machina.

Y vino Cristo. Permítaseme que lo considere ahora solamente en tanto maestro iluminado de Dios. ¿Eran otras sus intenciones sino restaurar la religión en su pureza y mantenerla dentro de los límites en que produce efectos más saludables y generales cuanto más estrechos son esos límites? Dios es espíritu, debéis adorarlo en espíritu. ¿En qué insistió más que en esto? ¿Hay alguna proposición que sea más capaz que ésta de unir todas las clases de religión? Pero justamente esa opinión fue lo que exasperó a los sacerdotes y escribas contra él: “¡Pilatos, éste blasfema contra nuestro Dios: crucifícale!”. Y un ladino Pilatos no niega nada a unos sacerdotes irritados.

Repito, aquí considero a Cristo como a maestro iluminado de Dios solamente. Y rechazo todas las consecuencias que de ahí pueda sacar la malicia.

Bien satisfecho se sentía el siglo primero de ver a unas gentes que caminaban en la más estricta virtud, que alababan a Dios en todas sus acciones, que le estaban agradecidos incluso en la más ignominiosa de las desgracias, que se esforzaban a porfía por sellar con su sangre la Verdad.

Pero apenas se cansaron de perseguirles, se cansaron los cristianos de ser virtuosos. Se impusieron poco a poco y creyeron nada menos que ser automáticos detentadores de su santo modelo de vida primero. Eran como ese vencedor que somete a los pueblos con ciertas máximas atractivas, pero que no bien se le han sometido abandona luego las máximas en propio perjuicio.

En la guerra se emplea la espada y en la paz se lleva de adorno. En la guerra no se procura sino que sea tajante. En la paz se la limpia y se le da, con oro y piedras preciosas, un falso valor.

Mientras tuvo guerra la Iglesia procuró dar a su religión, por medio de una vida intachable y admirable, esa viveza que pocos enemigos son capaces de resistir. Pero apenas tuvo paz, cayó en lo de adornar su religión, poner sus dogmas en un cierto orden y apoyar con pruebas humanas la verdad divina.

En esta tarea fue tan afortunada como pudiera desearse. Roma, que anteriormente dejara sus dioses patrios a todos los pueblos vencidos; que incluso los adoptó como dioses propios, elevándose con tal conducta a una altura superior a la que le dio su poder; esa Roma se convirtió de repente en una aborrecible tirana de conciencias. Y en mi entender ésta fue la causa principal de que el Imperio Romano, de César en César, fuera decayendo cada vez más. Pero esta consideración no forma parte del objetivo que me he propuesto. Sólo intentaba conducir paso a paso a mi lector a través de los siglos y poder mostrarle cómo día tras día fue menguando el cristianismo práctico, mientras que el cristianismo teórico alcanzaba con sus fantásticos caprichos y ampliaciones humanas una cota a la que hasta hoy jamás fue llevada religión alguna en alas de la superstición. Todo dependía de uno, el cual se equivocaba cada vez con mayor frecuencia a medida que podía equivocarse con mayor seguridad.

Se sabe quiénes son los primeros que en esos tiempos indignos quisieron volver a ver con sus propios ojos. Cierto que la inteligencia humana se deja poner yugos; pero cuando aprietan demasiado, se los sacude enseguida. Hus y algunos otros que ponían en duda la autoridad del representante de Cristo, en éste o el otro punto, fueron indiscutiblemente los precursores de los varones que desbaratarían felizmente esa autoridad por entero.

Llegaron. ¿Qué adverso destino hizo que discreparan sobre palabras, sobre una nonada, dos hombres que hubieran sido los más adecuados para restaurar la religión en todo su esplendor? ¡Bienaventurados varones; vuestros ingratos sucesores se ven a vuestra luz y os desprecian! Vosotros sois los que asentasteis sólidamente en las testas de los reyes las vacilantes coronas y se ríen de vosotros teniéndoos por los más pequeños e interesados espíritus.

Mas no ha de sufrir en mi panegírico la Verdad. Con todo, ¿cómo pudo suceder que la virtud y la santidad ganaran tan poco con las mejoras que introdujisteis? ¿De qué aprovecha creer rectamente si se vive mal? ¡Qué suerte, si nos hubierais dejado sucesores tan piadosos como instruidos! La superstición cayó, pero aquello por lo que la derribasteis, la razón, tan difícil de mantener en su esfera, os condujo a otro extravío, el cual no es que alejara de la Verdad por cierto, pero alejaba tanto más de la práctica de los deberes propios de un cristiano.

Y ahora en estos tiempos -¿diré tan felices, o tan desgraciados?- en que se ha hecho un montaje tan primoroso de teología y filosofía, que a duras penas se distingue a una de otra, pues ésta quiere alcanzar la fe con pruebas y aquélla ha de apoyar con la fe a las pruebas; digo que ahora, con este trastornado modo de enseñar el cristianismo, un buen cristiano es cosa más rara que en los tiempos oscuros. En el plano del conocimiento somos ángeles, y en el de la vida, demonios.

Dejo en manos del lector la búsqueda de más paralelos entre la suerte de la religión y la de la filosofía. Se encontrará en general con que los hombres, tanto en una como en otra, no quisieron más que elucubrar, pero nunca quisieron actuar.

Y ahora vengamos a aplicar estas consideraciones al caso de los de Herrnhuter. Resultará fácil. Pero antes quiero dar un salto atrás, a la filosofía.

Imaginemos que apareciera en nuestros tiempos un hombre que, desde la altura de sus sentimientos, pudiera lanzar una mirada despectiva a las actividades más importantes de nuestros eruditos; que supiera descubrir con socrática fuerza los aspectos ridículos de nuestros loados filósofos y osara decir en confiado tono: “Vuestra ciencia es aún la infancia de la Sabiduría, pasatiempo de prudentes, consuelo de orgullosa ceguera”. Supongamos que sus amonestaciones y doctrinas todas se dirigieran a lo único que nos puede proporcionar una vida feliz, a la virtud. Que nos enseñara a prescindir de la riqueza, incluso a rehuirla. Que nos enseñara a ser inexorables con nosotros mismos y pacientes con los demás. Que nos enseñara a apreciar el mérito, aunque estuviera abrumado de desgracia y vergüenza, y a defenderlo contra la poderosa estulticia. Que nos enseñara a sentir vivamente la voz de la Naturaleza en nuestro corazón. Que nos enseñara no sólo a creer en Dios, sino lo que es más noble, a amarlo. Finalmente que nos enseñara a caminar mirando a la muerte de frente impasiblemente y a demostrar, saliendo voluntariamente de este escenario, que se está poseído de la convicción de que no nos mandaría la Sabiduría quitarnos la máscara si no hubiéramos acabado ya nuestro papel. Imaginemos por lo demás que este hombre no poseyera nada de todo ese conocimiento que es tanto más jactancioso cuanto menos sirve. Que no fuera experto ni en historias ni en lenguas. Que conociera las bellezas y las maravillas de la Naturaleza sólo en la medida en que son las pruebas más seguras de su gran Creador. Que hubiera dejado de investigar todo eso sobre lo que se puede decir ante los tontos con tan poca gloria cuanta mayor satisfacción propia: No sé, no lo comprendo. Supongamos que, no obstante, ese hombre pretendiera el título de filósofo, que fuera tan valiente como para disputárselo a gentes cuyos cargos públicos los hacen acreedores de ese título deslumbrador. Y si, además, al arrancar en todas las sociedades la careta de la falsa Verdad, fuera el causante de que sus aulas estuvieran, no diré vacías, pero sí menos llenas; decidme, por favor, amigos, la que armarían contra este hombre. ¿Dirían acaso: “nos hemos equivocado, tiene razón él”? Hace falta no conocer a ningún filósofo para pensar que un filósofo es capaz de retractarse.

“¡Huy!, murmurará un especialista en Álgebra; ¿que usted, amigo, es filósofo? Vamos a ver: ¿Sabe usted cubicar un conoide hiperbólico? O bien otra cosa: ¿Es usted capaz de diferenciar una magnitud exponencial? Esto son pequeñeces; vamos a emplear nuestra fuerza en algo mayor. ¿Mueve usted la cabeza? ¿No? Ya lo tenemos. Hubiera apostado enseguida a que no sabe siquiera lo que es una magnitud irracional. ¿Y te eriges en filósofo? ¡Qué audacia! ¡Qué tiempos! ¡Qué barbarie!”.

“¡Ajá!, le interrumpe el astrónomo; ¿así que también a mí me aguarda una respuesta desacertada? Porque si, como veo, no posee los principios elementales del Álgebra, tampoco podrá tener acerca de la luna una teoría mejor que la mía, a no ser que se la infunda Dios. Vamos a ver qué sabe usted de esto. ¿Se calla? ¿Y además se ríe?”

¡Hagan sitio que vienen un par de metafísicos a romper una lanza con mi héroe! “Así que, grita el uno, ¿cree usted en las mónadas?” “Sí.” “¿De modo que rechaza usted las mónadas?”, clama el otro. “Sí.” “¿Cómo? ¿Cree y no cree en ellas? ¡Primoroso!”

En vano haría como el joven campesino a quien preguntó su cura: “¿Sabes cuál es el séptimo mandamiento?” En lugar de responder, cogió el campesino su propio sombrero, se lo puso en la punta del dedo haciéndolo girar con gran habilidad, y añadió: “¿Usted sabe hacer esto, señor cura?”. Pero quiero hablar más en serio. Digo que en vano propondría a su oponente otras cuestiones importantes. Inútilmente les demostraría que sus cuestiones tienen más importancia que las de ellos. Al primero de ellos le diría: “¿No podría moderar usted su hiperbólico orgullo?”. Y al otro: “¿Sois menos mudables que la luna?”. Y al tercero: “¿No sería posible emplear la propia inteligencia en algo mejor que en cosas inexplorables?”. “¡Usted es un fanático!”, gritarían los tres a una, “¡un loco escapado del manicomio! Habrá que preocuparse de devolverlo a usted a su sitio”.

Gracias a Dios, aún no apareció tan temerario amigo de los laicos ni podría aparecer tampoco en nuestro tiempo, pues los señores que tanto hacer se dan con la realidad de las cosas, ya se cuidarán de que no llegue a ser realidad nunca mi fantasía.

Pero, ¿qué hubiera pasado si nuestros teólogos se hubieran encontrado con tal sino? Voy a explicarme sin rodeos, pues estimo que a un hombre como el que he descrito lo tendrían los filósofos por lo que ahora están tomando los teólogos a los de Herrnhuter. ¿Se ve ya adónde voy a parar?

Una sola pregunta, que no es posible responder afirmativamente si se tiene un mínimo de equidad, mostrará claramente que mi comparación no carece de fundamento. ¿Los de Herrnhuter, o su jefe el conde Von Z., tuvieron alguna vez la intención de cambiar la teoría de nuestro cristianismo? ¿Dijo éste alguna vez: “Mis correligionarios yerran en esta doctrina o en la de más allá?”. ¿O bien, acaso dijo: “Entienden mal tal punto; en eso debieran dejarse corregir de mí?”. Si quieren ser sinceros nuestros teólogos, tendrán que conceder que el conde Von Z. nunca se ha erigido en reformador de la religión. ¿No les dio más de una vez las más claras seguridades de que sus dogmas son en todo concordes con la Confesión de Fe Augustana? “Bueno, contestarán, pero entonces, ¿por qué en sus escritos supone cosas abiertamente contrarias a esas seguridades que dio? ¿No le hemos convencido de los más abominables errores?” Permítaseme que aplace un poco la respuesta a este punto. Basta con su confesión: no pretende cambiar nada de los dogmas de nuestra Iglesia. Pues, ¿qué es lo que quiere?.

Lessing. Escritos.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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