irichc     Fecha  14/02/2003 10:18 
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La educación del género humano

1.

Lo que es la educación para el individuo, es la revelación para el género humano.

2.

La educación es una revelación que acontece al individuo, y la revelación es una educación que aconteció y acontece todavía al género humano.

3.

Éste no es el lugar de entrar en averiguaciones sobre lo útil que pueda ser en pedagogía considerar la educación desde este punto de vista. Pero en teología es seguro que puede ser de gran utilidad y resolver muchas dificultades el concebir la revelación como educación del género humano.

4.

La educación no le da al hombre nada que no pueda alcanzar éste por sí mismo; le da lo que podría alcanzar por sí, sólo que lo tiene más fácil y rápidamente. Igualmente, la revelación no le da al género humano nada que no pueda alcanzar también la inteligencia humana librada a sí misma; al contrario, le dio y le da las más importantes de esas cosas, sólo que con anticipación.

5.

Y así como no es pedagógicamente indiferente el orden en que se desarrollan las fuerzas del hombre, así como la educación no puede dárselo todo de una vez al hombre, del mismo modo tuvo que guardar Dios en su revelación un orden, una cierta medida.

6.

Por más que se proveyera enseguida al primer hombre con el concepto de un Dios único, fue no obstante imposible que este concepto participado y no adquirido permaneciera mucho tiempo en su pureza. No bien empezó a elaborarlo la razón humana librada a sí misma, partió al Único Inconmensurable en diversas partes más mensurables, caracterizando de diversa manera a cada una de esas partes.

7.

Así surgieron, naturalmente, el politeismo y la idolatría. Y a pesar de que siempre y en todas partes hubo algunos hombres sabedores de que se trataba de extravíos, ¡quién sabe los millones de años que hubiera errado por esos senderos la razón humana si no pluguiera a Dios reorientarla con un nuevo golpe de timón!

8.

Pero como ya no podía ni quería revelarse a cada individuo, se escogió un pueblo para darle una educación particular. Y escogió precisamente al pueblo más grosero, al más indisciplinado, para poder empezar con él desde el principio.

9.

Y ese pueblo fue el israelita, de quien se ignora completamente qué clase de culto practicara en Egipto. Pues tan despreciables esclavos no podían tomar parte en el culto de los Egipcios, y el Dios de sus padres había llegado a serles por entero desconocido.

10.

Quizá le habían prohibido expresamente los egipcios tener algún dios o algunos dioses; quizá lo habían arrojado a la creencia de que no hay dios, de que no hay dioses, de que tener dios, tener dioses es un privilegio de los mejores, de los egipcios, y ello para poderles tiranizar con tanta mayor apariencia de equidad. -¿Actúan de manera muy diferente los cristianos, aun hoy, con sus esclavos?

11.

Así, pues; al principio diose a conocer Dios a este pueblo meramente como el dios de sus padres, no más que por darles a entender y acostumbrarles a la idea de que también les correspondía tener un dios.

12.

Enseguida, mediante los milagros con que los sacó de Egipto y los estableció en Caná, se les mostró como un dios que es más poderoso que cualquier otro dios.

13.

Y como continuaba manifestándose como el dios más poderoso de todos –cosa que solamente puede serlo uno-, los fue acostumbrando poco a poco al concepto de único.

14.

Pero, ¡qué lejos quedaba todavía este concepto de único, del verdadero concepto trascendental de único, que tanto tardaría la razón en inferir con seguridad del concepto de infinito!

15.

Aunque los mejores del pueblo pudieron aproximarse más o menos al verdadero concepto de único, durante mucho tiempo no pudo el pueblo elevarse hasta ahí. Y éste fue el único verdadero motivo de que el pueblo abandonara tan a menudo al Dios único y creyera haber encontrado al único, es decir, al más poderoso, en cualquier otro dios de algún otro pueblo.

16.

Mas pueblo tan rudo, tan torpe para pensamientos abstractos, tan sumido aún en la infancia, ¿de qué clase de educación moral iba a ser capaz? De ninguna más que de la propia de la infancia: educación mediante castigos y premios sensibles e inmediatos.

17.

Y aquí convergen otra vez educación y revelación. No podía Dios darle todavía a su pueblo otra religión, otra ley que una de cuya observancia o inobservancia esperara o temiera, respectivamente, ser feliz o desgraciado aquí en la tierra, pues sus miras todavía no iban más allá de esta vida. No sabía de la inmortalidad del alma, no anhelaba ninguna vida futura. Revelarle ya ahora estas cosas a las que tan poco avezada estaba su razón, ¿qué otra cosa hubiera sido más que incurrir Dios en el defecto del apresurado pedagogo que prefiere hacer adelantar al niño y vanagloriarse de él, en lugar de darle una sólida enseñanza?

18.

Pero, preguntará alguien, ¿para qué educar a tan rudo pueblo, un pueblo con el que tenía que empezar Dios de tan abajo? Contesto: para poder utilizar luego en el decurso del tiempo con tanta mayor seguridad como educadores de todos los demás pueblos a algunos miembros de ese pueblo. En él educó a los futuros educadores del género humano. Eso vinieron a ser los judíos; sólo judíos podían llegar a serlo, sólo varones de un pueblo educado así.

19.

Pues, sigamos. Cuando, hecho a golpes y caricias, creció el crío y llegó a los años de la discreción, arrojólo de pronto su padre al extranjero, donde al cabo se enteró del bien que tuviera en casa de su padre sin saberlo.

20.

Mientras conducía Dios a su pueblo elegido por todos los grados de la educación infantil, habían proseguido los demás pueblos del orbe su camino a la luz de la razón. Los más de ellos se habían quedado muy por detrás del pueblo elegido; sólo algunos se le habían adelantado. Es lo que sucede también con los niños a quienes se deja crecer por sí mismos: muchos se quedan en estado completamente tosco y unos cuantos se autoforman maravillosamente.

21.

E igual que estos pocos afortunados no constituyen prueba alguna contra la utilidad y necesidad de la educación, tampoco la constituyen contra la revelación los pocos pueblos paganos que, incluso en el conocimiento de Dios, parecieron aventajar hasta el día de hoy al pueblo elegido. El niño que recibe educación empieza con pasos lentos pero seguros; alcanza tarde al niño bien dotado de la Naturaleza, pero le alcanza, y en lo sucesivo ya no es alcanzado de él.

22.

De modo semejante. Dejando aparte la doctrina de la unidad de Dios, que se encuentra y no se encuentra en los libros del Antiguo Testamento; -digo que el hecho de que en éstos falten completamente, como poco, la doctrina de la inmortalidad del alma y la doctrina, relacionada con ésta, del castigo y del premio en la vida futura, no constituye tampoco prueba alguna contra el origen divino de dichos libros. A pesar de ello, con todos los milagros y profecías ahí contenidos, puede explicarse la cosa. Pues, suponiendo que no sólo se hubiera echado de menos en ellos esas doctrinas, suponiendo incluso que no hubieran sido siquiera verdaderas, suponiendo que todo se acabara para los hombres en esta vida; ¿estaría por ello menos demostrada la existencia de Dios? ¿Sería por ello Dios menos libre, sería menos conveniente que se encargara Dios por sí mismo del destino temporal de algún pueblo de esa Humanidad pasajera? Los milagros que hizo en favor de los judíos, las profecías que les hizo poner por escrito, no las habría hecho sólo en favor de los pocos mortales judíos en cuyo tiempo acaecieron y fueron recogidas por escrito, sino también en favor de todo el pueblo judío, de todo el género humano, que perduraría tal vez eternamente aquí en la tierra, aunque el individuo, judío o no judío, muriera aquí definitivamente.

32.

Reconozcamos que es heroica la obediencia que observa los mandamientos de Dios sencillamente porque son mandamientos de Dios y no porque Dios haya prometido recompensar en esta vida y en la otra a quienes los cumplen; es heroico cumplirlos aun desesperando completamente de la recompensa futura y sin estar seguro del todo de la recompensa temporal.

34.

Hasta entonces había adorado el pueblo judío en su Jehová al Dios de mayor poder más bien que al Dios de mayor sabiduría entre los dioses; como a Dios celoso, le había temido más que amado: prueba también de que los conceptos que tenía sobre su Dios altísimo y único no eran los conceptos correctos que hemos de tener sobre Dios. Mas, había llegado el tiempo de que se ampliaran y perfeccionaran, de que se rectificaran esos conceptos; para lo que se sirvió Dios de un medio completamente natural, de una medida más justa y mejor, conforme a la cual tuvo ocasión el pueblo de valorar a Dios.

35.

En vez de compararle, como hiciera hasta ahora, con los ídolos miserables de las rudas pequeñas tribus vecinas con las que vivió en rivalidad permanente, empezó a confrontarle, durante el cautiverio bajo el poder del sabio persa, con la esencia de todas las esencias tal cual la conociera y venerara una razón más ejercitada.

36.

La revelación había dirigido a su razón y ahora era la razón la que iluminaba a su revelación.

37.

Éste fue el primer servicio recíproco que se prestaron la una a la otra. Y al autor de entrambas le resulta tan poco deshonrosa semejante recíproca influencia, que sin ella vendría a ser superflua una de las dos.

38.

El hijo enviado a tierras extrañas vio a otros hijos que sabían más, que vivían más decorosamente, y se preguntó avergonzado: ¿por qué no sé yo también eso?, ¿por qué no vivo así yo también? ¿No seberían haberme enseñado esto también en mi casa paterna y, además, no deberían haberme retenido allí? Se pone entonces a rebuscar otra vez en sus libros elementales, que durante largo tiempo le dieran la impresión de ser una porquería, con la intención de echarles las culpas. Pero, mira por dónde, advierte que no se les puede echar las culpas, que la culpa de no saber eso y de no vivir así, es solamente suya.

40.

Talmente ilustrados acerca de sus propios desconocidos tesoros, retornaron y fueron un pueblo completamente distinto, cuyo primer cuidado fue perpetuar entre ellos esta iluminación. Pronto hubo que dejar de pensar en caídas e idolatrías entre ellos. Pues se puede ser infiel a un Dios nacional, pero nunca a Dios, una vez se le ha conocido.

41.

Los teólogos intentaron explicar de diversos modos este completo cambio del pueblo judío. Y uno de ellos, que ha demostrado muy bien la insuficiencia de todas esas diversas explicaciones, quiso recientemente dar como verdadera causa del cambio “el manifiesto cumplimiento de las profecías orales y escritas acerca del cautiverio de Babilonia y la restauración”. Pero ésta puede ser la verdadera causa sólo en cuanto presupone los conceptos ya mejorados sobre Dios. Los judíos habían tenido que aprender que el hacer milagros y la predicción del futuro es cosa de solo Dios, que ellos habían atribuido también a los falsos dioses, razón por la cual milagros y profecías habíanlos impresionado hasta ahora tan poco y tan fugazmente.


42.

No cabe duda de que, la doctrina de la inmortalidad del alma, la conocieron los judíos también durante su estancia entre los caldeos y los persas. Luego, en Egipto, se familiarizaron más con ella en las escuelas de los filósofos griegos.

43.

Pero como, considerando sus Sagradas Escrituras, la doctrina de la inmortalidad del alma no era un caso como el de la doctrina de la unidad y propiedades de Dios; como ésta se la pasó toscamente por alto en las Escrituras un pueblo sensual, y la otra en cambio había que buscarla; como para ésta se requerían aún ejercicios preliminares y no se habían producido más que alusiones e indicios, la consecuencia fue naturalmente que la fe en la inmortalidad del alma no llegara a ser nunca la de todo el pueblo. Fue y acabó por ser solamente la fe de una cierta secta del mismo.

44.

Llamo ejercicio preliminar con vistas a la inmortalidad del alma, por ejemplo, a la amenaza divina de castigar en los hijos, hasta la tercera y cuarta generación, un desmán del padre. Esto habituaba a los padres a vivir teniendo presente a su descendencia más remota y a sentir de antemano la desgracia que hubieran acarreado a esos inocentes.

45.

Llamo alusión a lo que tenía que picar la curiosidad y dar pie a una pregunta. Tal, esa expresión que se repite a menudo para hablar de la muerte: “se reunió con sus padres”.

46.

Y llamo indicio a lo que contiene ya un inicio a partir del cual se desarrollará la verdad aún no manifiesta. Así, la conclusión de Cristo tocante a la denominación Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob. Por lo demás, me parece que el indicio puede formularse como una verdadera prueba.

47.

La perfección positiva de un libro elemental consiste en tales ejercicios preliminares, alusiones e indicios, así como en la propiedad susodicha de que no dificulte ni ataje el camino que lleva a las verdades aún no manifiestas, cosa que constituiría la perfección negativa del mismo.

48.

A lo que hay que añadir todavía el revestimiento y el estilo.

(1) El revestimiento de las verdades abstractas no postergables, en alegorías y en aleccionadores casos concretos narrados como realmente sucedidos. Tales son la Creación, narrada mediante la imagen del día que va viniendo; la fuente del mal moral, mediante un relato del árbol prohibido; el origen de la multiplicación de las lenguas, con la historia de la edificación de la torre de Babel, etc.

49.

(2) Y el estilo –ya llano y sencillo, ya poético, completamente lleno de tautologías, pero de las que ejercitan la perceptiva por cuanto de pronto parecen decir otra cosa y en el fondo significan o pueden significar otra cosa.

50.

Y ahí tenéis todas las propiedades buenas de un libro elemental tanto para niños como para un pueblo infantil.

51.

Pero, todo libro elemental sirve sólo para una cierta edad. Entretener al niño con el libro elemental más tiempo del que se tenía pensado, le resulta perjudicial. Pues, para entretenerle con él útilmente, en cierta medida siquiera, hay que poner en el libro elemental más de lo que en él se encuentra, hay que meter más de lo que allí cabe. Hay que buscar y poner demasiadas cosas en las alusiones e indicios, apurar con exceso las alegorías, interpretar los ejemplos demasiado circunstanciadamente, exprimir las palabras en demasía. Esto confiere al niño una inteligencia mezquina, torcida, meticulosa; le hace ser misterioso, supersticioso, lleno de desprecio por lo que es comprensible y fácil.

52.

¡Justo lo que hacían los rabinos con sus libros! ¡Justo el carácter que infundían así en el espíritu de su pueblo!

53.

Lo que hace falta es que venga un pedagogo mejor y que le quite de las manos al niño ese libro elemental ya exhausto. –Y vino Cristo.

54.

Ya estaba madura para dar el segundo gran paso en su educación aquella parte del género humano a la que encuadrara Dios en un plan pedagógico –y había querido encuadrar solamente la parte ya en sí unida por la lengua, la actividad, el gobierno y demás circunstancias naturales y políticas.

55.

Es decir: había llegado en el ejercicio de su razón tan adelante esta parte del género humano, que para sus acciones morales necesitaba y era capaz de servirse de motivaciones más nobles y dignas que los premios y castigos con que hasta entonces fuera orientada. El niño se hace adolescente. Golosinas y juguetes ceden ante el deseo incipiente de ser tan libre, tan honrado, tan feliz como ve que es su hermano mayor.

56.

Hacía ya tiempo que los mejores de entre aquella parte del género humano se habían acostumbrado a guiarse por una sombra de esas elevadas motivaciones. Griegos y romanos lo hicieron todo por perdurar, después de esta vida, siquiera en el recuerdo de sus conciudadanos.

57.

Ya era hora de que una vida otra, verdadera, esperada para después de ésta, cobrara influencia sobre sus actos.

58.

Y así se convirtió Cristo en el primer maestro auténtico, práctico, de la inmortalidad del alma.

59.

El primer maestro auténtico. –Auténtico por las profecías que en él se cumplieron; auténtico por los milagros que realizó; auténtico por su propia revivificación después de la muerte, con que selló su doctrina. Dejo en el aire la cuestión de si hoy podemos demostrar esa vuelta a la vida; ese milagro. Igual que dejo en el aire quién fue la persona de este Cristo. Todo esto pudo ser entonces importante para la aceptación de su doctrina, mas ahora ya no lo es tanto en orden al conocimiento de la verdad de esa doctrina.

60.

El primer maestro práctico. –Porque una cosa es sospechar, desear, creer en la inmortalidad del alma como en una especulación filosófica, y otra cosa es orientarse en la actividad interior y exterior según esa doctrina.

61.

Y esto por lo menos fue Cristo el primero que lo enseñó. Pues aunque con anterioridad a Cristo se había implantado en muchos pueblos la fe en el castigo reservado en la otra vida a las malas obras, sin embargo sólo se castigaba las malas obras que resultaban perjudiciales para la sociedad civil, y por eso encontraban su castigo también en esta vida. Mas estaba reservada a solo Cristo la exigencia de una interior pureza del corazón con vistas a la otra vida.

62.

Sus discípulos transmitieron fielmente esta doctrina. Y aunque no tuvieran otro mérito que el de haber dado curso general entre diversos pueblos a una verdad que parecía destinada por Cristo sólo a los judíos, ya por eso habría que contarles entre los favorecedores y bienhechores del género humano.

63.

Que mezclaran esta gran doctrina con otras menos convincentes y de utilidad menos considerable, ¿podría suceder de otro modo? No se lo reprochemos, sino inquiramos con seriedad si lo que pasa no es que esa mezcla de doctrinas se convirtió, precisamente, en un nuevo golpe de timón para la razón humana.

64.

Por lo menos, ya se ha visto por experiencia que los escritos del Nuevo Testamento en que se recogieron poco después esas doctrinas, llegaron a ser y siguen siendo el otro gran libro elemental del género humano.

65.

Hace mil setecientos años que la razón humana se ocupa en ellos más que en todos los demás libros y que recibe de ellos más luz que de todos los otros libros, aunque se trate solamente de una luz que pone en ellos la inteligencia humana misma.

66.

Es imposible que otro libro llegara a ser tan conocido de pueblos tan diversos; y es completamente indiscutible que el que se ocuparan de ese libro estilos del pensar tan dispares prestó a la inteligencia humana una ayuda mayor que si cada pueblo hubiera tenido su propio y particular libro elemental.

67.

También fue sumamente necesario que todos los pueblos tuvieran este libro durante un tiempo como el Non plus ultra de sus conocimientos. Pues el muchacho tiene que poner por encima de todo a su libro elemental ya sólo por una razón, a saber, para que la impaciencia de acabarlo no le arrastre a cosas para las que carece aún de base.

70.

Ya se vio con ocasión de la doctrina sobre la unidad de Dios, que, en la infancia del género humano, también revela Dios directamente verdades meramente racionales, o que permite y hace que, durante un tiempo, se enseñen verdades meramente racionales como si fueran verdades directamente reveladas, para su más rápida difusión y sólida fundamentación.

71.

Lo mismo cabe advertir en la adolescencia del género humano tocante a la doctrina de la inmortalidad del alma. En el segundo gran libro elemental, se la predica como verdad revelada, no se la enseña como resultado de humanas conclusiones.

72.

Así como con relación a la doctrina de la unidad de Dios ya podemos ahora prescindir del Antiguo Testamento; así como, poco a poco, con relación a la doctrina de la inmortalidad del alma empezamos a poder prescindir también del Nuevo Testamento, ¿no cabría la posibilidad de que en éste se simularan aún otras verdades del tipo de ésas que hemos de considerar con asombro como reveladas hasta que la razón aprenda a deducirlas de sus otras verdades ya digeridas, y a relacionarlas con ellas?

74.

Y la doctrina del pecado original. -¿Qué pasaría en fin de cuentas si todo nos llevara a la persuasión de que el hombre, en el primero e ínfimo de los peldaños de su humanidad, no es en absoluto señor de sus actos talmente que pueda seguir preceptos morales?

78.

No es verdad que las especulaciones sobre estas cosas hayan producido desdichas alguna vez y hayan resultado perjudiciales para la sociedad civil. –Este reproche no hay que hacérselo a las especulaciones, sino al absurdo, a la tiranía de impedir esas especulaciones, y a los hombres que, teniendo especulaciones que hacer, no se las permitan a sí mismos.

79.

Más bien hay que decir que estas especulaciones –salgan como salgan en un caso aislado- son, sin duda, los ejercicios más convenientes en que pueda emplearse la inteligencia humana, mientras el corazón humano no sea capaz de amar la virtud más que por sus eternas consecuencias dichosas.

80.

Con ese egoísmo propio del corazón humano que tampoco quiere dar a la inteligencia otro empleo que el referente a las humanas necesidades corporales, resulta que a la inteligencia la mandaron más veces a embotarse que a afinarse. Cuando la inteligencia llega a su completa ilustración y alumbra esa pureza de corazón que nos permite amar a la virtud por sí misma, entonces lo que quiere es emplearse ni más ni menos que en objetos espirituales.

81.

¿O es que el género humano no llegará nunca a los más altos grados de la ilustración y la pureza? ¿Nunca?

82.

¿Nunca? ¡Lejos de mí pensar semejante blasfemia, Dios bondadosísimo! –La educación tiene su meta, tanto la educación del género humano como la del individuo. Lo que se educa, para algo se educa.

84.

¿Apunta a ello la educación humana y no va a llegar hasta ahí la educación divina? ¿Lo que consigue el arte con el individuo, no va a conseguirlo la Naturaleza con la totalidad? ¡Blasfemia, blasfemia!

85.

No, no; llegará, seguro que llegará el tiempo del cumplimiento, cuando el hombre, a medida que su inteligencia se vaya convenciendo de que el futuro será mejor cada vez, no tenga ya necesidad de recabar de ese mismo futuro motivos para sus acciones; el tiempo en que el hombre hará el bien porque es el bien y no porque se establezcan premios arbitrarios con el fin, propiamente, de fijar y robustecer su voluble mirada para que sepa ver los premios interiores del bien, que son mejores.

86.

Llegará ese tiempo de cierto, el tiempo de un nuevo Evangelio eterno, que se nos promete a nosotros en los libros elementales del Nuevo Testamento.

87.

Algunos fanáticos de los siglos XIII y XIV tal vez captaron una ráfaga de ese nuevo Evangelio eterno y se equivocaron solamente al anunciar tan próxima su irrupción.

88.

Quizá no fuera una ocurrencia vana su tercera edad del mundo, y ciertamente no tenían ningún mal propósito cuando enseñaban que la Nueva Alianza quedaría anticuada igual que lo quedó el Antiguo Testamento. Ellos mantenían una misma Economía de un mismo Dios: siempre –para decirlo con mi lenguaje- el mismo plan de la educación general del género humano.

89.

Sólo que lo precipitaron, sólo que creyeron poder convertir de golpe a sus contemporáneos, salidos apenas de la niñez, sin ilustración ni preparación, en varones dignos de esa tercera edad.

90.

Y eso es lo que los convertía en fanáticos. El fanático obtiene a menudo muy justas visiones del futuro, pero es incapaz de esperar ese futuro. Desea su pronta llegada y ser él mismo quien lo adelante. Lo que cuesta a la Naturaleza mil años ha de cumplirse en el instante de la existencia del fanático. Pues, ¿qué va a tener él de eso, si lo que considera lo mejor no se convierte ya en lo mejor durante el tiempo de su vida? ¿Volverá él? ¿Cree él que volverá? -¡Qué extraño! ¡Sólo entre los fanáticos no se pone de moda este fanatismo!

91.

¡Sigue tu marcha imperceptible, Providencia eterna! Mas, no dejes que dude de ti precisamente por esa imperceptibilidad tuya. -¡No dejes que dude de ti aunque llegara a parecerme que tus pasos vuelven atrás! –No es cierto que la línea recta sea siempre la más corta.

97.

Y ¿por qué no dar en otra ocasión todos los pasos que las perspectivas de los premios eternos tan poderosamente nos ayudan a dar?

98.

¿Por qué no he de poder volver al mundo mientras sea capaz de adquirir nuevos conocimientos, nuevas aptitudes? ¿Hago acaso tanto camino de una vez que no valga la pena volver?

99.

¿Por eso no he de volver? -¿O porque me olvido de que ya estuve aquí? Mejor para mí si lo olvido. El recuerdo de las anteriores situaciones no haría más que facilitarme el mal uso de la situación actual. Y lo que tengo que olvidar ahora, ¿lo he olvidado acaso por toda la eternidad?

100.

¿O bien es que se perdería mucho tiempo conmigo? -¿Se perdería? -¿Tengo otra cosa que atender? ¿No es mía toda la eternidad?

Lessing. Escritos.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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