irichc     Fecha  11/02/2003 05:17 
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Volver al foro Responder Los orígenes de la Inquisición. San Agustín contra los donatistas.   Admin: Borrar 	mensaje
 
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1) El cristianismo jamás fue subversivo. La evolución que señalas es, pues, un invento tuyo o de aquellos a quienes sigues.

2) La Inquisición era, al menos durante la época de los Padres, un modo público mediante el que el cristianismo se defendía y defendía a la sociedad civil de las facciones más fanáticas de su confesión. Posteriormente se esclerotizó y devino mera policía ideológica al servicio del poder, algo propio, por lo demás, de todos los regímenes modernos (hoy los llamamos servicios secretos).

No negaré por eso que la Inquisición violaba el derecho natural a la libertad religiosa. Sin embargo, en su tiempo, un reconocimiento generalizado de esa libertad sólo habría favorecido a herejes y confabulados, algo inadmisible desde el punto de vista del orden, de la unidad política y del statu quo.

A continuación te ofrezco textos de San Agustín que, reforzando mi tesis y rebatiendo tus vanas acusaciones, han de hacerte callar. Se trata de la polémica que éste mantuvo con la secta cismática de los donatistas, rigoristas africanos y herejes, verdaderos terroristas de la fe.

Daniel.

* * *

Petiliano: "Si hubiera estado permitido servirse de la coacción legal, aunque fuera para el bien, nosotros deberíamos haberos forzado a vosotros, miserables, a una fe purísima. Pero lejos, lejos de nuestra conciencia el forzar a alguien a abrazar nuestra fe".

Agustín: A nadie se debe obligar a abrazar la fe contra su voluntad; pero la severidad y aun la misericordia del Señor suele castigar la perfidia con el flagelo de la tribulación. Pues qué, si las óptimas costumbres son elección de la libre voluntad, ¿no se han de castigar las malas en plena legalidad? Pero la disciplina que castiga el mal vivir no tiene su momento mas que cuando se posterga la doctrina precedente del vivir bien. Por consiguiente, si se han establecido leyes contra vosotros, no es para forzaros a obrar bien, sino para prohibiros obrar mal. El bien nadie puede hacerlo sin elegir, sin amar, lo que está al alcance de la buena voluntad; en cambio, el temor de las penas, aun sin el deleite de la buena conciencia, al menos refrena el mal deseo dentro de los muros del pensamiento.

Pero ¿quién ha establecido esas leyes que reprimen vuestra audacia? ¿No son aquellos de quienes dice el Apóstol que no llevan sin motivo la espada? Son realmente ministros de Dios que toman venganza del que obra mal. Toda la cuestión, pues, se cifra en ver si no obráis mal vosotros, a quienes reprocha el orbe entero el sacrilegio de un cisma tan grave. Vosotros, pasando por alto la discusión de esta cuestión, habláis de cosas vanas, y llevando una vida de bandidos, os jactáis de morir como mártires. Y como teméis las mismas leyes o la odiosidad, o estáis incapacitados para resistir, no digo frente a tantos hombres, sino frente a tantas naciones católicas, os gloriáis de vuestra mansedumbre, ya que decís no forzáis a nadie a entrar en vuestro partido. Así, ni más ni menos, el milano, no pudiendo por miedo arrebatar los polluelos, se da el nombre de palomo.

Cuando Juliano, aborreciendo la paz de Cristo, os devolvió las basílicas de la unidad, ¿quién puede recordar los estragos que cometisteis, cuando los mismos demonios abrieron sus propios templos y saltaban de gozo con vosotros? ¿Qué no tuvo que sufrir de parte vuestra Rogato Mauro en la guerra de Firmo?: Que se lo pregunten a la misma Mauritania Cesariense. En tiempo de Gildón, siendo un colega vuestro su amigo muy íntimo, bien saben los maximianistas lo que tuvieron que experimentar. El mismo Feliciano, al presente uno de los vuestros, si se le pudiera exigir con juramento si no le había forzado contra su voluntad Optato a tornar a vuestra comunión, no se atrevería a mover los labios, sobre todo si se hallase cara a cara frente al pueblo de Musti, que fue testigo de los hechos.

Pero éstos, como dije, deben saber muy bien lo que tuvieron que sufrir de parte de aquellos con los cuales tan mal trato dieron a Rogato; la misma Iglesia católica, fortalecida por los príncipes católicos que gobiernan, ha sido atacada por mar y tierra con atroz hostilidad por las turbas armadas de Donato. Esta persecución obligó entonces por vez primera a alegar contra vosotros ante el vicario Serno aquella ley de diez libras de oro que hasta ahora no ha pagado ninguno de vosotros, y todavía nos acusáis de crueldad. ¿Qué cosa puede haber más benigna que el que semejantes crímenes vuestros resulten penados con la sola supresión de los perjuicios?

Por otra parte, ¿quién podrá descubrir todos los desmanes que cada uno de vosotros ha cometido con propia autoridad en vuestros lugares, sin amparo alguno de los jueces u otras potestades? ¿Quién de nosotros no ha sabido algo por sus antepasados o no lo ha experimentado en sus comunidades? ¿Acaso en Hipona, donde yo estoy, faltan quienes recuerdan que vuestro Faustino ordenó en el tiempo de su mandato, como había allí pocos católicos, que nadie cociera pan para ellos? Y llegó a tal extremo, que un panadero, inquilino de uno de nuestros diáconos, arrojó el pan sin cocer de su dueño, y sin estar condenado por ley alguna de destierro, le negó todo trato, no sólo en una ciudad romana, sino también en su patria y hasta en la propia casa. Y ¿qué decir de algo tan reciente que todavía lo estoy lamentando? ¿Acaso vuestro Crispín de Calama, habiendo comprado una posesión, y además como enfitéutica, en un dominio de los emperadores católicos, cuyas leyes no os permiten ni existir en las ciudades, en un ataque de furor no dudó en sumergir en las aguas, para rebautizarlas, a unas ochenta personas que se desataban en miserables gemidos? ¿Por qué, si no por hechos como éstos, habéis obligado a que se den esas leyes de que tanto os quejáis y que, aunque sí de cierta importancia, son muy inferiores a lo que merecéis? ¿Acaso las violentas excursiones de vuestros circunceliones, que combaten en bandas furiosas bajo vuestras órdenes, no nos expulsarían por todas partes de los campos si no os tuviéramos como rehenes en las ciudades, ya que no queréis soportar en modo alguno, si no por temor, al menos por pudor, las mismas miradas del pueblo y la reprensión de los hombres de bien?

No digas, pues: "Lejos, lejos de nuestra conciencia forzar a alguno a abrazar nuestra fe". Lo hacéis donde podéis; y donde no lo hacéis es porque no podéis, ya por el temor de las leyes o de la odiosidad, ya por la multitud de los que se os oponen.

Réplica a las cartas de Petiliano (LXXXIII, 184).


A pesar de todo, os preguntamos: ¿Quiénes de los vuestros demostráis haber sido matados por nosotros? No recuerdo haya dado el emperador ley alguna ordenando vuestra muerte. Por lo que respecta a Márculo y Donato, sobre los cuales soléis fomentar vuestro mayor enojo, no se sabe -para hablar con cautela- si se precipitaron ellos mismos, como no cesáis de enseñar en cotidianos ejemplos, o si fueron precipitados por orden de alguna autoridad. Si es increíble que los jefes de los circunceliones se hayan dado a sí mismos unas muertes que les son tan habituales, ¡cuánto más increíble es que las autoridades romanas hayan ordenado unos suplicios tan ajenos a sus costumbres!

Si es verdad lo que decís sobre este asunto, que juzgáis tan odioso, ¿qué tiene que ver con el trigo del Señor? Que acuse la paja que voló fuera a la paja que quedó dentro; sólo en la última limpia podrá ser separada toda. Pero si es falso, ¿qué tiene de sorprendente que la paja llevada por un ligero viento de disensión persiga al trigo del Señor con falsas inculpaciones?

Por todo ello, sobre esas odiosas inculpaciones os responde con voz libre y segura el grano de Cristo que ha recibido la orden de crecer junto con la cizaña por todo el campo, por el mundo entero: "Si no probáis lo que decís, a nadie le afecta esto; pero si lo probáis, personalmente no me afecta". De donde se sigue que cuantos se han separado de esta unidad del grano por las culpas de la cizaña o de la paja, no pueden defenderse, por la misma falta de disensión y el cisma, del crimen de homicidio, ya que dice la Escritura: Quien aborrece a su hermano es homicida.

Réplica a las cartas de Petiliano (XX, 46).


Pero "si vosotros tenéis la inocencia, dices, ¿por qué nos perseguís con la espada?". Observad un poco las bandas de los vuestros, que no se arman sólo con garrotes, según la costumbre de vuestros antepasados, sino que han añadido hachas, lanzas, espadas, y reconoced quiénes pueden exclamar mejor: "¿Por qué nos perseguís con espada? Y si nos llamáis culpables, ¿por qué nos buscáis vosotros, los inocentes?" Respondo brevemente a esto: el motivo de buscaros los inocentes a vosotros los culpables es que dejéis de serlo y comencéis a ser inocentes. Ahí tienes cómo he tomado lo uno y lo otro como nuestro, y respondido a vuestras dos cuestiones.

Ahora te toca a ti elegir una de estas dos cuestiones: ¿sois vosotros inocentes o culpables? No puedes contestar que ambas cosas; bueno, si te place, contesta que las dos. Ciertamente no podéis decir que sois inocentes en la misma causa en que sois culpables. Por tanto, si sois inocentes, no os sorprendáis de que os busquen los hermanos para la paz; y si sois culpables, no os sorprendáis tampoco de que os busquen los reyes para el castigo. Pero de estos dos extremos, uno lo elegís vosotros, el otro lo oís de nosotros: elegís el de la inocencia, y oís de nosotros el que vivís impíamente. Escuchad lo que os digo de nuevo sobre uno y otro extremo. Si sois inocentes, ¿por qué contradecís el testimonio de Cristo? Y si sois culpables, ¿por qué no os acogéis a su misericordia? En efecto, su testimonio se relaciona con la unidad del universo, y su misericordia se realiza en la caridad fraterna.

Réplica a las cartas de Petiliano (XCVI, 222).


Sólo os queda, pues, que, corregido el error, veáis y mantengáis a la Católica como la Iglesia de Cristo, y que no la elijáis por sufrir ella persecución. Si es verdad que dijo el Señor: "Bienaventurados los perseguidos", para no dar lugar a vanagloriarse a los herejes, añadió: "por causa de la justicia".

Conocéis también vosotros todos los horrores que causaron a los nuestros los clérigos y los circunceliones del partido de Donato: incendiaron iglesias, quemaron libros sagrados, arrancaron de su casa a las personas, arrebataron o destruyeron cuanto tenían, y a ellos los golpearon, desgarraron, dejaron ciegos. No se contuvieron ni ante el homicidio, aunque sea más llevadero arrancar a un moribundo de la luz de esta vida, que quitarle a un viviente la luz de los ojos. No se respetó ni a las personas, no precisamente para llevarlas detenidas a alguna parte, sino para hacerlas sufrir esos malos tratos. Nosotros, sin embargo, no tenemos por justos a los nuestros por haber sufrido todo esto, sino porque lo sufrieron por la verdad cristiana, por la paz de Cristo, por la unidad de la Iglesia.

En cambio, ellos, ¿han sufrido algo semejante bajo tantas y tan severas leyes y bajo tan grandes poderes como el Señor ha otorgado a la Iglesia católica? Si alguna vez son castigados con la muerte, es o porque se la dan ellos, o porque mueren cuando se hace frente a su cruel violencia; no precisamente por la comunión del partido de Donato ni por el error de un cisma sacrílego, sino por sus clarísimas atrocidades y crímenes, llevados a cabo según la costumbre de los bandidos con inhumano furor y crueldad. Por pertenecer al partido de Donato apenas si soportan alguna pequeñez, como la que dijeron había soportado Ceciliano a consecuencia de la acusación de Donato.

Mensaje a los donatistas (XVII, 22).                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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