irichc     Fecha  27/12/2002 01:41 
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Volver al foro Responder Luciano de Samosata. Destino, Providencia y libertad.   Admin: Borrar 	mensaje
 
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Luciano desmonta en este divertido diálogo los argumentos en favor de la Providencia divina, cara a los estoicos. Al estar todo sometido al destino, siendo parte integrante de ese todo los dioses y el propio Zeus, que no carecen de forma ni se ven libres del deseo, no tiene sentido presuponer en ellos una voluntad autónoma. En ese caso no pueden tampoco gobernar todas las cosas, pues, en tanto que se mueven y padecen, es obvio que se da en ellos cierto grado de privación y necesitación. Ni siquiera las Moiras, al ser muchas y no una sola, serían libres en su proceder. ¿Qué devoción merece una Providencia ahistórica y arbitraria, si todo es inflexible hado?.

Mortífero alegato, pues, contra el sincretismo monoteísta y el politeísmo mitológico (Confrontar con el texto de Plutarco publicado hace unos días).

* * *

CINISCO.- Zeus, no voy a importunarte pidiendo favores tales como riqueza, oro o poder, que son los más deseados por la mayoría, aunque para ti no muy fáciles de conceder; pues veo que generalmente prestas oídos sordos cuando te los piden. Una sola cosa, y bien sencilla, sí quisiera obtener de ti.

ZEUS.- ¿De qué se trata, Cinisco? No quedarás defraudado, sobre todo si son modestas, como afirmas, tus pretensiones.

CINISCO.- Respóndeme a una pregunta nada difícil.

ZEUS.- Pequeña es, en verdad, tu súplica, y al alcance de la mano; bien: pregunta cuanto quieras.

CINISCO.- Se trata de eso, Zeus: has leído tú también, obviamente, los poemas de Homero y Hesíodo; dime, por tanto, si es cierto lo que acerca del Destino y de las Moiras han cantado aquellos poetas. ¿Es inevitable todo cuanto éstas hilan para cada persona al nacer?

ZEUS.- Ello es rigurosamente cierto: nada hay que las Moiras no hayan dispuesto; antes bien, al estar todo cuanto ocurre dirigido por su huso, cada evento desde su origen remoto tiene hilada su resolución, y no es lícito que ocurra de otro modo.

CINISCO.- Entonces, cuando el propio Homero dice en otro pasaje de su obra:

"no sea que, a pesar de tu Moira, llegues a la mansión del Hades" (Ilíada XX 336)

o cosas por el estilo, debemos entender sin duda que habla absurdamente.

ZEUS.- Así es. Nada podría ocurrir ni fuera de la ley de las Moiras ni a pesar del hilo. En lo tocante a los poetas, cuando cantan inspirados por las Musas es cierto; mas, cuando los abandonan las diosas y componen por sí mismos, entonces se equivocan y contradicen con lo anterior. Merecen, no obstante, el perdón por ser hombres y desconocer la verdad en cuanto desaparece aquel numen que, mientras se hallaba presente, cantaba por sus bocas.

CINISCO.- Bien, aceptémoslo. Respóndeme también a esta pregunta. ¿No son tres las Moiras -Cloto, Láquesis, creo, y Átropo?

ZEUS.- En efecto.

CINISCO.- Entonces ¿qué ocurre con el Destino y Tique?. Se ha hablado mucho también de ellos. ¿Qué son y qué poderes tiene cada cual? ¿Son iguales a las Moiras o superiores en algo a ellas? Pues oigo decir a todo el mundo que nada hay más poderoso que Tique y el Destino.

ZEUS.- No te es dado saberlo todo, Cinisco. Pero ¿por qué me has preguntado lo de las Moiras?

CINISCO.- Dime primero, Zeus, si también ellas mandan sobre vosotros y estáis necesariamente en dependencia de su hilo.

ZEUS.- Así es necesariamente, Cinisco. Mas ¿por qué has sonreído?

CINISCO.- He recordado aquellos versos de Homero en los que te describe perorando en la asamblea de los dioses, cuando los amenazabas con suspender de una cadena de oro todo cuando existe. Decías tú que dejarías descender la cadena desde el firmamento, y que todos los dioses juntos, si quisieran, podrían colgarse de ella y tratar de arrastrarte, mas no lo conseguirían jamás; mientras que tú, siempre que lo desearas, fácilmente podrías

"con la propia tierra alzarlos, y con el mar" (Ilíada VIII 24)

Entonces tu poder me parecía maravilloso, y me estremecía mientras escuchaba esos versos; pero ahora te veo, con tu cadena y tus amenazas, pendiente, como dices, de un tenue hilo. A mi parecer al menos, Cloto podría envanecerse con mayor motivo, dado que te sostiene pendiente de su huso como los pescadores sostienen a los peces de su caña.

ZEUS.- No sé qué pretendes con esas preguntas.

CINISCO.- Esto, Zeus. Y, por las Moiras y el Destino, no me escuches exasperado ni te encolerices conmigo por decirte la verdad con franqueza. Si ello es así, si las Moiras lo dominan todo y nadie podría cambiar nada de cuanto ellas una vez decidieron, ¿por qué razón los hombres os hacemos sacrificios y consagramos hecatombes, invocando que nos alcancen los beneficios de vuestra mano? No veo, en realidad, qué beneficio podemos obtener de esa práctica, si nosotros no podemos lograr librarnos de los males mediante las plegarias ni alcanzar bien alguno de los dioses.

ZEUS.- Sé de dónde proceden tus ingeniosas preguntas: de los malditos sofistas, quienes afirman que nosotros no ejercemos nuestra providencia sobre los hombres. Ellos, ciertamente, formulan tales preguntas por impiedad, intentando apartar también a los demás de los sacrificios y plegarias, como si fueran práctica vulgar; pues dicen que nosotros no nos preocupamos de vuestros problemas, ni siquiera tenemos poder alguno sobre los asuntos de la tierra. Pero no van a pasarlo bien de hablar en ese tono.

CINISCO.- No. Te juro por el huso de Cloto, Zeus, que ellos no me han persuadido a hacerte esas preguntas: nuestra conversación, por sí misma, sin saber cómo, ha derivado hasta concluir en que los sacrificios son inútiles. Una vez más, si te parece bien, deseo formularte una breve pregunta. Tú no vaciles en responder, y procura hacerlo con la mayor firmeza.

ZEUS.- Pregunta, si te recreas en semejantes necedades.

CINISCO.- ¿Afirmas que todo evento proviene de las Moiras?

ZEUS.- Sí, lo afirmo.

CINISCO.- ¿Y vosotros no podéis cambiarlo y deshacer la madeja?

ZEUS.- No, en modo alguno.

CINISCO.- ¿Quieres, pues, que extraiga las consecuencias, o es evidente, aunque no lo diga de modo expreso?

ZEUS.- Es evidente, en efecto, pero quienes sacrifican no lo hacen por el provecho, ofreciendo una compensación y como si compraran los beneficios de nuestra parte, sino honrando, sencillamente, a seres superiores.

CINISCO.- Basta con eso, si tú mismo reconoces que los sacrificios no responden a provecho alguno, sino a la benevolencia de los hombres, que honran a los seres superiores. Aunque, de hallarse presente alguno de esos famosos sofistas, te preguntarían en qué fundas la superioridad de los dioses, si son compañeros de esclavitud de los hombres y sometidos a las mismas soberanas, las Moiras. Pues no bastará el hecho de que seáis inmortales para estimar por ello que sois superiores, dado que es una gran desventaja, si consideramos que la muerte rescata a los hombres para la libertad, mientras para vosotros la situación se prolonga hasta el infinito y la esclavitud es eterna, dirigida por un largo hilo.

ZEUS.- Sin embargo, Cinisco, esa eternidad e infinito son dichosos para nosotros, y vivimos rodeados de todos los bienes.

CINISCO.- No todos, Zeus: también entre vosotros hay distintas situaciones y se da una gran confusión. Tú, por ejemplo, eres dichoso como rey, y puedes elevar de un tirón la tierra y el mar, cual si manejaras la cuerda de un pozo, mientras Hefesto es cojo, y un simple obrero que trabaja en la fragua. En cuanto a Prometeo, fue crucificado tiempo atrás. ¿Y qué decir de tu propio padre, aún con grilletes en el Tártaro? Dicen también de vosotros que os enamoráis, que sois heridos, y algunas veces hasta sufrís esclavitud en las moradas de los hombres, como, por ejemplo, tu hermano en la de Laomedonte y Apolo en la de Admeto. Estas circunstancias no me parecen muy felices; algunos de vosotros, sin duda, gozáis de buena Tique y buena Moira, mientras que a otros les ocurre lo contrario. Omito decir que sois presa de piratas como nosotros, y sois asaltados por ladrones sacrílegos, con lo que, de ser los más ricos, os convertís en los más pobres en un instante; muchos, incluso, han sido fundidos siendo de oro o plata; pero ése era su destino, sin duda.

ZEUS.- ¿Ves? Lo que acabas de decir es ya ofensivo, Cinisco, y tal vez pronto te arrepientas de todo ello.

CINISCO.- Ahórrate las amenazas, Zeus. Sabes que nada puede ocurrirme que la Moira no haya decretado antes que tú, pues ni siquiera en el caso de los propios ladrones sacrílegos a que me refería veo que éstos sufran castigo, sino que la mayoría se os escapan. No sería su destino, supongo, que fueran apresados.

ZEUS.- ¿No decía que eras uno de esos que intentan suprimir la providencia con su argumentación?

CINISCO.- Mucho los temes, Zeus; no sé por qué. Todo cuanto te digo sospechas que proviene de sus enseñanzas.

Yo, sin embargo -¿de quién voy a aprender la verdad sino de ti?-, tendría el placer de preguntarte qué es esa Providencia vuestra: ¿una Moira, o una diosa superior a éstas, sobre las que extiende su mando?

ZEUS.- Ya te advertí al comienzo que no te es lícito saberlo todo. Tú dijiste de entrada que querías formular una sola pregunta, y no cesas de atacarme con tus sutilezas lógicas; ya veo que el punto capital de tu conversación es demostrar que nosotros no somos providentes en los problemas humanos.

CINISCO.- No es mío este aserto: tú mismo, hace un instante, decías que las Moiras son quienes todo lo realizan; a no ser que te arrepientas de ello, te retractes de lo dicho, y reclaméis el cuidado del mundo, desplazando al Destino.

ZEUS.- De ningún modo. Es la Moira quien, con nuestro concurso, realiza todo.

CINISCO.- Comprendo. Afirmáis ser auxiliares y siervos de las Moiras. En este supuesto, ellas serían las providentes, y vosotros algo así como sus instrumentos y herramientas.

ZEUS.- ¿Qué quieres decir?

CINISCO.- Sois lo mismo, creo, que la azuela y el taladro para el carpintero, que le ayudan algo en su trabajo, mas nadie osaría decir que ellos son el artesano, ni que la nave es obra de la azuela o del taladro, sino de su constructor. De modo análogo, el Destino es el constructor de todos los acontecimientos, y vosotros a lo sumo sois taladros y azuelas de las Moiras; a mi parecer, deberían los hombres sacrificar al Destino y pedirle los beneficios; y, en cambio, acuden a vosotros, honrándoos con procesiones y sacrificios. O tal vez tampoco actuarían debidamente al honrar al Destino, pues no creo que sea posible, ni siquiera para las propias Moiras, cambiar y rectificar algo de cuanto en un principio han decretado para cada uno. Sin duda, Átropo no toleraría que alguien girase al revés el huso, deshaciendo la obra de Cloto.

ZEUS.- ¿Entonces tú estimas que ni siquiera las Moiras deben ser honradas por los hombres? Me parece que has decidido demolerlo todo. En cuanto a nosotros, aunque no fuera por ningún otro motivo, sólo por profetizar y predecir cuanto las Moiras han sancionado, mereceríamos en justicia los honores.

CINISCO.- En definitiva es inútil, Zeus, que conozcan el porvenir unos seres totalmente incapacitados para guardarse de éste, a no ser que me asegures al respecto que quien sabe de antemano que va a morir a punta de arma de acero puede escapar de la muerte ocultándose. Pero es imposible, pues le hará salir la Moira a cazar y lo entregará a la punta del arma. Cuando Adrasto arroje su lanza contra el jabalí, errará el tiro, y matará al hijo de Creso, cual si la jabalina hubiese sido guiada por fuerte impulso de las Moiras contra el joven.

Por eso el oráculo de Layo es ciertamente ridículo:

"No fecundes el surco de la vida a despecho de los dioses: si un hijo engendras -dice-, esa prole ha de matarte" (Eurípides, Fenicias 18 s.)

Era ociosa, creo, la advertencia frente a lo que así iba, de todos modos, a ocurrir. Por consiguiente, tras el oráculo, fecundó y su prole le dio muerte; de ahí que no vea en virtud de qué reclamáis vuestra recompensa por la profecía.

Y omito decir que acostumbráis a dar respuestas equívocas y ambiguas a la mayoría de la gente, sin aclarar bien si quien cruce el Halis destruirá su propio imperio o el de Ciro, que en ambos sentidos puede entenderse el oráculo.

ZEUS.- ¡Cinisco! Apolo tenía un motivo de enojo contra Creso, porque éste le probó al hervir juntas carnes de cordero y tortuga.

CINISCO.- No debería haberse enojado, siendo dios. No obstante, estaba predeterminado que el lidio cayera en el engaño, creo, y en todo caso la incertidumbre en la información sobre el futuro urdióla el Destino; en definitiva, vuestra ciencia profética forma parte de aquél.

ZEUS.- ¿Para nosotros no dejas nada? ¿En vano somos dioses, sin aportar providencia alguna a los acontecimientos, ni ser dignos de los sacrificios, como auténticos taladros o azuelas? Aunque creo que me desprecias con razón, porque teniendo un rayo, como ves, entrelazado en mi mano soporto que digas tantos despropósitos contra mí.

CINISCO.- Arrójalo, Zeus, si es mi destino que caiga abatido por un rayo, y no te culparé a ti por el golpe, sino a Cloto, que por tu mano me hiere; ni siquiera diría que el rayo mismo era la causa de mi herida. Pero hay otra pregunta que deseo haceros, a ti y al Destino; respóndeme tú en su nombre (me lo has recordado al amenazarme).

¿Por qué razón, mientras dejáis en paz a los ladrones sacrílegos, a los piratas, y a tantos insolentes, violentos y perjuros, fulmináis con frecuencia una encina, una piedra o el mástil de una nave, que nada malo ha hecho, y en ocasiones a un honrado y devoto caminante?. ¿Por qué callas, Zeus? ¿Acaso tampoco esto me es lícito saberlo?

ZEUS.- No, Cinisco. Tú eres un intrigante, y no sé de dónde me has venido con toda esta monserga.

CINISCO.- Entonces no voy a preguntaros a ti, a la Providencia y al Destino por qué motivo el honrado Foción y -antes que él- Arístides murieron en tan lamentable pobreza y miseria, mientras Calias y Alcibíades, jóvenes libertinos, nadaban en riquezas, al igual que Midias el insolente y Cárope de Egina, el depravado, que mató a su madre de hambre; asimismo, ¿por qué Sócrates fue entregado a los Once y no lo fue Meleto? ¿Y por qué fue rey Sardanápalo pese a ser un afeminado, mientras Goges, un hombre de bien, fue crucificado por aquél porque no se adaptó a las circunstancias?

Tampoco voy a referiros la situación actual en detalle: los inicuos y egoístas prosperan, mientras los hombres de bien son arrastrados y zarandeados, oprimidos en medio de la pobreza, la enfermedad y otros males sin número.

ZEUS.- ¿Acaso ignoras, Cinisco, cuántos castigos aguardan a los inicuos tras esta vida, y en cuánta felicidad se encuentran los buenos?

CINISCO.- Me hablas de Hades y de los Ticios y Tántalos. En cuanto a mí, si ello es así, ya conoceré la verdad cuando muera, pero en el presente querría vivir feliz el tiempo que me quede, aunque dieciséis buitres me royeran el hígado tras mi muerte, pero no pasar sed como Tántalo aquí y luego beber en las Islas de los Dichosos con los héroes, reclinado en el Prado Elisio.

ZEUS.- ¿Qué dices? ¿Dudas de que haya castigos y recompensas, y un tribunal en que se examina la vida de cada uno?

CINISCO.- Oigo referir que un tal Minos, un cretense, juzga allí abajo tales cuestiones. Respóndeme, por cierto, a alguna cuestión acerca de él. Dícese que es hijo tuyo.

ZEUS.- ¿Qué tienes que preguntarle, Cinisco?

CINISCO.- ¿A quiénes castiga con mayor frecuencia?

ZEUS.- A los inicuos evidentemente, tales como asesinos y ladrones sacrílegos.

CINISCO.- ¿Y a quiénes envía junto a los héroes?

ZEUS.- A los buenos y piadosos y a quienes han vivido según la virtud.

CINISCO.- ¿Por qué motivo, Zeus?

ZEUS.- Porque éstos son dignos de premio, y aquéllos de castigo.

CINISCO.- Y, si un hombre comete involuntariamente un crimen espantoso, ¿considera justo castigarlo?

ZEUS.- De ninguna manera.

CINISCO.- De igual suerte, si alguien realizara sin pretenderlo una buena acción, tampoco estimaría procedente recompensarlo.

ZEUS.- No, por supuesto.

CINISCO.- En tal caso, Zeus, no debe ni premiar ni castigar a nadie.

ZEUS.- ¿Cómo a nadie?

CINISCO.- Porque los hombres no hacemos nada voluntariamente, sino a instancias de una necesidad inevitable, si es cierto aquello que en un principio aceptaste, que la Moira es causa de todo. Si un hombre mata, ella es la asesina; y, si roba un templo, cumple con lo mandado. En consecuencia, si Minos sentenciara justamente, castigaría al Destino, y no a Sísifo; y a la Moira, y no a Tántalo. Pues ¿qué injusticia han cometido ésos al cumplir órdenes?

ZEUS.- Tampoco mereces una respuesta a semejantes preguntas. Eres un osado y un sofista; y ahora me voy y te abandono.

CINISCO.- Me quedaba aún esta pregunta por hacer: ¿dónde viven las Moiras, y cómo atienden al cuidado de tantos asuntos tan minuciosamente, pese a ser sólo tres? Me parece que viven una existencia agotadora y no muy afortunada, al abarcar tantos acontecimientos; a primera vista, ellas no nacieron tampoco con muy buen Destino. Yo, al menos, si se me diera a elegir, no cambiaría mi existencia por la suya; antes bien, preferiría vivir aún más pobre a estar sentado hilando con un huso cargado de tantos acontecimientos, mientras observaba cada uno. Si no es fácil para ti responder a estas cuestiones, Zeus, me conformo con las respuestas que me has dado, suficientes para aclarar la teoría del Destino y la Providencia. Lo demás tal vez no era mi destino escucharlo.

Luciano de Samosata. Zeus confundido.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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