irichc     Fecha  17/06/2002 15:39 
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Volver al foro Responder Luciano de Samosata. El Hades cínico.   Admin: Borrar 	mensaje
 
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Deliciosos diálogos de Luciano de Samosata (siglo II d.C), máximo representante de la llamada segunda sofística. El Hades cínico, representado en los Diálogos de los muertos, se caracteriza por la absoluta igualdad y ausencia de necesidades de todos los que lo habitan, esqueletos descarnados que en nada (excepto por sus penas) se diferencian el uno del otro. De este modo el cínico anima a sus correligionarios a vivir austeramente, pues ese es el modelo que nos impone el Hades por toda la eternidad. Los otrora andrajosos Diógenes y Menipo son, por su actitud de desprecio hacia los bienes mundanos, los verdaderos aristócratas de la morada de Plutón, prestos a burlarse de los que han hecho de la molicie y no de la renuncia su forma de vida.

* * *

Diógenes y Polideuces

DIÓGENES- Polideuces, quiero encargarte que, apenas subas a la tierra (es a ti a quien corresponde, según creo, volver mañana a la vida), si ves en alguna parte a Menipo, el cínico (podrás encontrarlo en el Craneo de Corinto, o en el Liceo, riéndose de las disputas que tienen los filósofos unos con otros), le digas estas palabras: “Menipo, si te has reído bastante de las cosas de la tierra, Diógenes te invita a que vayas a la morada de Hades, a reírte mucho más. Aquí tu risa no puede ser todavía una risa franca, y es frecuente preguntarse: ‘¿Quién conoce bien el más allá?’. En el Hades, en cambio, no cesarás de reír a carcajadas, como hago yo, sobre todo cuando veas a los ricos, sátrapas y tiranos, tan oscuros e insignificantes, diferenciándose de los demás tan sólo por sus gemidos, y adviertas que su escasa hombría y su vileza les hace recordar los bienes de arriba”. Esto quiero que le digas. Y añade que, antes de venir, llene la alforja de abundantes altramuces y ponga en ella también comida de Hécate, si encuentra en el suelo en alguna encrucijada, o un huevo procedente de sacrificio expiatorio, o algo semejante.

[...]

* * *

Diógenes y Heracles

DIÓGENES- ¿No es este Heracles? Desde luego, no es otro, por Heracles: el arco, la porra, la piel de león, la estatura; es el propio Heracles. Y, a pesar de ser hijo de Zeus, ¿ha muerto? Dime, glorioso campeón, ¿eres un muerto? Te lo pregunto porque yo hacía en la tierra sacrificios en tu honor, considerándote un dios.

HERACLES- Rectamente obrabas, pues el auténtico Heracles se encuentra en el cielo en compañía de los dioses, y “Hebe es su esposa, la de pies hermosos”. Yo soy un espectro de él.

DIÓGENES- ¿Cómo dices? ¿Un espectro del dios? ¿Puede una mitad de alguien ser un dios y la otra mitad mortal?

HERACLES- Ciertamente, puesto que aquél no ha muerto, sino yo, su espectro.

DIÓGENES- Ya entiendo: te entregó a Plutón como sustituto suyo, y tú, por tanto, estás muerto en lugar de él.

HERACLES- Algo así.

DIÓGENES- ¿Y cómo Eaco, siendo tan minucioso, no advirtió que tú no eras aquél, sino que admitió a un falso Heracles llegado a su mansión?

HERACLES- Porque me parecía extraordinariamente a él.

DIÓGENES- Verdad dices. Tan extraordinariamente, que puedes ser él mismo. Ten cuidado, pues, no sea que la realidad sea al revés y tú seas Heracles y tu espectro esté desposado con Hebe en la morada de los dioses.

HERACLES- Atrevido y charlatán eres, y si no cesas de hacer de mí un objeto de tus burlas, al punto sabrás de qué dios soy el espectro.

DIÓGENES- Dispuesto está tu arco y en tus manos, pero, una vez muerto, ¿qué miedo puedo tener de ti? Y ahora dime, por tu Heracles: cuando aquél estaba en la tierra, ¿le acompañabas tú en calidad de espectro también entonces? ¿O erais uno solo durante la vida terrena y, al morir, os separasteis, para volar él junto a los dioses y venir al Hades tú, su espectro, como era justo?

HERACLES- Ni siquiera debía responder a un hombre que habla tan socarronamente como tú. No obstante, también te digo esto: cuanto de Anfitrión había en Heracles, ha muerto, y todo eso soy yo, y lo que había de Zeus está en el cielo en compañía de los dioses.

DIÓGENES- Ahora lo entiendo claramente: según tus palabras, Alcmena trajo al mundo dos Heracles a un tiempo, el uno de Anfitrión y el otro de Zeus, de suerte que, sin que se supiera, erais hermanos gemelos nacidos de una misma madre.

HERACLES- No, necio, que ambos éramos uno mismo.

DIÓGENES- No es posible comprender fácilmente la existencia de dos Heracles fundidos en uno, a no ser que los dos, hombre y dios, desde vuestro nacimiento hayáis estado íntimamente soldados al modo de un centauro.

HERACLES- ¿No te parece que es un hecho general que entren en composición dos elementos, el alma y el cuerpo? En consecuencia, ¿qué cosa puede impedir que el alma, que procedía de Zeus, esté en el cielo, y que la parte portal, que soy yo, se encuentre entre los muertos?

DIÓGENES- Pero, querido hijo de Anfitrión, estaría bien dicho lo que dices si fueras un cuerpo. Pero la verdad es que eres un espectro y no tienes cuerpo. Por tanto, tengo la impresión de que a Heracles lo haces ya triple.

HERACLES- ¿Cómo triple?

DIÓGENES- Veamos: si hay uno en el cielo; otro, simulacro de aquél, que eres tú, junto a nosotros, y si además hay un cuerpo, que quedó libre y se convirtió en polvo, me parece que suman tres. Y ahora piensa qué padre, que será el número tres, vas a inventar para el cuerpo.

HERACLES- Atrevido eres y sofista. ¿Quién eres tú?

DIÓGENES- El espectro de Diógenes de Sinope, pero a la vez soy el auténtico Diógenes. Mas no me hallo, por Zeus, “entre los dioses inmortales”, sino con la flor y nata de los muertos, riéndome de Homero y de tanta tontería.

* * *

Menipo y Tántalo.

MENIPO- ¿Por qué lloras, Tántalo? ¿Por qué te lamentas, detenido junto al lago?

TÁNTALO- Porque estoy muerto de sed, Menipo.

MENIPO- ¿Y eres tan perezoso como para no agacharte a beber, o coger el agua –también así podrías, por Zeus- con el hueco de la mano?

TÁNTALO- De nada serviría que me agachase; el agua huye en cuanto advierte que yo me acerco. Y si alguna vez tomo agua y la llevo a mi boca, no he hecho más que humedecer la parte extrema de los labios, cuando se escapa, no sé cómo, a través de los dedos, y me deja otra vez la mano seca.

MENIPO- Prodigioso es lo que te pasa, Tántalo. Y ahora dime: ¿cómo es que tienes necesidad de beber? Te pregunto esto, porque no tienes cuerpo, sino que enterrado está en un lugar de Lidia. Él sí podría tener hambre y sed, pero tú, el alma, ¿podrías aún tener sed o hambre?

TÁNTALO- En eso consiste el castigo precisamente, en que el alma tenga sed como si fuese cuerpo.

MENIPO- Ya que lo dices, lo creeremos. Mas, sea como fuere, ¿qué daño te va a sobrevenir? ¿Acaso temes morir por falta de bebida? Yo no veo que exista otro Hades después de este.

TÁNTALO- Verdad es lo que dices. Pero también esto forma parte de la condena, el desear beber, aun sin tener necesidad ninguna.

MENIPO- Tú desvarías, Tántalo, y, en realidad, la bebida que pareces necesitar es eléboro puro, por Zeus, ya que te ocurre lo contrario que a los mordidos por los perros rabiosos: no temes el agua, sino la sed.

TÁNTALO- Tampoco el eléboro rehúso beber, Menipo. Pero necesito tenerlo: ahí está la única dificultad.

MENIPO- Ten buen ánimo. Tántalo; ni tú ni ningún otro muerto beberá. Es imposible. Claro que no todos, como tú, tienen en virtud de una condena, sed de un agua que no los aguarda.

Luciano de Samosata. Diálogos de los muertos.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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