irichc     Fecha  14/02/2003 10:16 
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Volver al foro Responder Lukács. Irracionalismo en el ateísmo metafísico.   Admin: Borrar 	mensaje
 
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El marxismo no es ateo por convicción metafísica, sino por tradición jacobina. Más claro: el marxismo no es metafísica, sino una filosofía para la acción, ocupada en comprender el mundo desde lo real-efectivo. La pregunta es, entonces, qué podemos esperar del ateísmo metafísico en vistas a una reforma de la sociedad. Y a ello viene a responder indirectamente el texto de Lukács que aquí presento. Esto es: hasta qué punto el ateo metafísico (con Nietzsche como paradigma) es ajeno a la razón y está movido por un imperativo ético que no dista mucho de la fe del carbonero o de la obediencia a oscuros intereses de clase.

El cristianismo, no obstante las manidas críticas de los pseudomaterialistas, tiene características exclusivas que lo apartan de cualquier ideología al uso:

1) Universalismo e interclasismo: dota a la humanidad de un destino común, así como de una unidad de sentido.

2) Influencia estable: capta lo invariable o duradero de la evolución social y formula de un modo definitivo las más hondas aspiraciones del individuo.

3) Inalterabilidad ideológica en lo esencial (a pesar del devenir de las relaciones Iglesia-Estado): la adaptación del cristianismo a su entorno no ha variado el contenido dogmático, soteriológico y moral de la doctrina que profesa.

4) Permeación en la infraestructura mediante revoluciones sociales: Carta Magna, Reforma, jansenismo, Ilustración, socialismo, etc.

5) Compatibilidad del humanismo cristiano con la intelectualidad progresiva: Pedro Abelardo, Joaquín de Fiore, Pico della Mirandola, Thomas Müntzer, Tomás Moro, Etienne de la Boëtie, Ludwig Wittgenstein, Ernst Bloch, etc.

Daniel.

* * *

Nietzsche, fundador del irracionalismo.

(...)

En estas circunstancias, ¿con qué derecho podemos afirmar que toda la obra de Nietzsche es una polémica constante contra el marxismo, contra el socialismo, cuando es claro y evidente que no llegó a leer nunca una sola línea de Marx o de Engels? Nos creemos, sin embargo, autorizados a hacer aquella afirmación, por la sencilla razón de que toda filosofía está determinada, en cuanto a su contenido y a su método, por las luchas de clases de su tiempo. Y, aunque los filósofos -lo mismo que los sabios y los artistas y otros ideólogos- ignoren en mayor o menor medida esta circunstancia y no tengan, a veces, la menor conciencia de ella, este criterio determinante de su actitud entre los llamados "problemas finales", se impone, a pesar de todo. Lo que Engels dice de los juristas es aplicable en grado todavía mayor a la filosofía: "El reflejo de las condiciones económicas en forma de principios jurídicos... se opera sin que los sujetos agentes tengan conciencia de ello; el jurista cree manejar normas apriorísticas, sin darse cuenta de que estas normas no son más que simples reflejos económicos... De aquí que toda ideología se enlace conscientemente a 'un determinado material de pensamientos, que no le ha sido transmitido por sus predecesores'". Lo que no impide, ni mucho menos, que la selección de estas tradiciones, la actitud adoptada ante ellas, el método de su elaboración, las consecuencias extraídas de su crítica, etc., vengan determinadas, en última instancia, por las condiciones económicas y por las luchas de clases que surgen sobre esta base. Los filósofos saben instintivamente lo que tienen que defender y dónde está el enemigo. Se percatan instintivamente de las tendencias "peligrosas" de su tiempo, e intentan darles batalla en el terreno de la filosofía.

(...)

Este carácter de clase responde desde tres puntos de vista al ser social y, por tanto, al mundo de los pensamientos y los sentimientos de este sector. En primer lugar, la vacilación entre el más fino sentido del matiz, la escogida supersensibilidad y los arranques súbitos y, no pocas veces, histéricos de la brutalidad, es el signo característico esencial de toda decadencia. Y, en estrecha relación con esto, se halla, en segundo lugar, un profundo descontento con la cultura del presente, ese "desasosiego de la cultura" de que habla Freud, la rebeldía en contra de ella, pero una rebeldía en que el "rebelde" no quiere en modo alguno que se toque a los propios privilegios parasitarios ni a su base social, y acoge, por tanto, con entusiasmo el que el carácter revolucionario de este descontento reciba una sanción filosófica, aunque convirtiéndose al mismo tiempo, en cuanto a su contenido social, en una defensa contra la democracia y el socialismo. Finalmente, y en tercer lugar, es cabalmente en la época de la influencia de Nietzsche cuando el declive de la clase, la decadencia, alcanza un grado tal, que también su valoración subjetiva dentro de la clase burguesa sufre un cambio importante: mientras que, durante largo tiempo, sólo los críticos de la oposición progresiva descubren y fustigan los síntomas de la decadencia y la gran mayoría de los intelectuales burgueses se aferra a la ilusión de seguir viviendo en el "mejor de los mundos" y defiende la ilusoria "reciedumbre" de su ideología, su carácter progresivo, la visión de la decadencia, la conciencia del decadentismo, va convirtiéndose, ahora, cada vez más, en el centro del conocimiento que de sí misma tiene esta intelectualidad. Y este cambio se manifiesta, ante todo, en un relativismo, un pesimismo, un nihilismo, etc., que parece complacerse consigo mismo, en que se refleja su propia mentalidad, que juega ligeramente con las cosas, pero que, no pocas veces -en los intelectuales honrados-, se trueca en un sincero estado de desesperación y, como consecuencia de ello, en una tónica de rebeldía (mesianismo, etcétera).

(...)

El "encargo social" que la filosofía de Nietzsche viene a cumplir consiste en "salvar", en "rescatar" a este tipo de intelectual burgués, en señalarle un camino que haga innecesaria su ruptura y hasta todo conflicto serio con la burguesía; camino en el que pueda seguir abrigando, e incluso se acentúe en él, el agradable sentimiento de ser un rebelde, al contraponerse, tentadoramente, a la revolución social "superficial" y "puramente externa" otra revolución "más profunda", de carácter "cósmico-biológico". Una "revolución", además, que deja en pie, íntegros, los privilegios de la burguesía y que defiende, sobre todo, apasionadamente, la situación de privilegio de la intelectualidad burguesa, imperialista y parasitaria, una "revolución" dirigida contra las masas y que da al miedo que los privilegiados económicos y culturales tienen a perder sus privilegios una expresión patético-agresiva en que se disfraza su temor y su egoísmo.

(...)

Cierto es que todo esto aparece envuelto, en Nietzsche, como ya hemos dicho, bajo la forma del mito. Sólo esta hizo posible la captación y la determinación de las tendencias de su época para un hombre como Nietzsche, que no entendía absolutamente nada de la economía del capitalismo y sólo podía ser capaz, por tanto, de observar, describir y expresar los síntomas de la supraestructura. Pero la forma del mito proviene, además, del hecho de que Nietzsche, el filósofo más descollante de la reacción imperialista, no llegó a vivir personalmente el imperialismo. Actuó -lo mismo que Schopenhauer como filósofo de la reacción burguesa después de 1.848- en una época en que sólo apuntaban los brotes y los conatos del futuro. Y, para un pensador como él, incapaz de descubrir las verdaderas fuerzas propulsoras, estos gérmenes sólo podían representarse bajo una forma utópico-mítica.

La significación filosófica de Nietzsche descansa sobre el hecho de que, a pesar de todo, supo retener determinados rasgos de carácter permanente. No cabe duda, ciertamente, de que a ello contribuyeron también tanto el tipo de expresión del mito como su forma aforística, que en seguida trataremos de caracterizar, por cuanto que estos mitos y estos aforismos podían agruparse e interpretarse de modos muy distintos y hasta opuestos, según los intereses momentáneos de la burguesía y las aspiraciones de sus ideólogos. Sin embargo, se recurría constantemente a Nietzsche, cada vez a un "nuevo" Nietzsche, lo que demuestra que por debajo de estos cambios había, a pesar de todo, una cierta continuidad: la continuidad de los problemas fundamentales del imperialismo como un periodo completo desde el punto de vista de los intereses permanentes de la burguesía reaccionaria, enfocados e interpretados a través del espíritu de las necesidades permanentes de la intelectualidad burguesa parasitaria.

(...)

Sin embargo, no cabe duda de que Nietzsche toma de Schopenhauer, para aplicarlo a su propia construcción discursiva, el principio de la cohesión metodológica, principio que luego modifica y desarrolla a tono con la época y con el enemigo al que se trata de combatir: es el principio que en el capítulo II llamábamos la apologética indirecta del capitalismo. Como es natural, este principio fundamental va cobrando, parcialmente, nuevas formas concretas, en virtud de las condiciones de la lucha de clases, a medida que ésta se desarrolla y se agudiza. La lucha de Schopenhauer contra la idea del progreso imperante en su tiempo podía resumirse todavía diciendo que este filósofo difama como algo inferior en el plano de los valores espirituales y morales, todo lo que sea acción. Nietzsche, por el contrario, llama a la lucha activa en pro de la reacción y del imperialismo. De donde se sigue, sin ir más allá, que Nietzsche se ve obligado a descartar todo el dualismo schopenhaueriano entre la voluntad y la representación y a sustituir el mito budista de la voluntad por el mito de la voluntad de poder. Como se sigue también de aquí el que Nietzsche no sepa tampoco qué hacer con la repudiación general-abstracta de la historia en Schopenhauer. Claro está que tampoco para Nietzsche existe, como no existe para Schopenhauer, una historia real. Sin embargo, su apologética del imperialismo agresivo adopta la forma de una historia envuelta en la forma del mito. Finalmente, y limitándonos a destacar aquí muy concisamente los rasgos más esenciales, aunque la apologética de Schopenhauer sea, en cuanto a su forma, una apologética indirecta, este pensador expresa de modo franco y abierto y hasta retadoramente cínico sus simpatías reaccionarias en el campo de la política social. En Nietzsche, por el contrario, vemos que el principio de la apología indirecta se refleja también en el tipo de exposición: su posición reaccionaria agresiva en favor del imperialismo se expresa bajo la forma del gesto hiperrevolucionario. La lucha contra la democracia y el imperialismo, el mito del imperialismo y el llamamiento a una acción bárbara se presentan bajo el ropaje de una transformación nunca vista, de la "transmutación de todos los valores", del "ocaso de los ídolos": es la apologética indirecta del imperialismo, disfrazada con el manto demagógico muy eficaz de la seudorevolución.

Y el contenido y método de la filosofía nietzscheana guardan la más íntima relación con el modo de expresión literaria: con el estilo aforístico. Esta forma literaria hace posible, ante todo, los cambios operados a lo largo de la influencia permanente de Nietzsche. Si las circunstancias sociales hacen necesario un viraje en la interpretación -como ocurrió, por ejemplo, en el período de preparación inmediata del hitlerismo y ocurre en la actualidad, después del derrocamiento de Hitler-, la reelaboración del contenido permanente no tropieza aquí con obstáculos como los que ofrecen otros pensadores, preocupados de exponer en forma sistemática la cohesión de sus pensamientos. (Aunque es cierto que la suerte que en la época imperialista han corrido un Descartes, un Kant y un Hegel revela que la reacción se las arregla para saltar también por sobre esta clase de obstáculos.) Sin embargo, en el caso de Nietzsche el problema es mucho más fácil de resolver: basta con destacar en primer plano, relacionándolos entre sí, aquellos aforismos que mejor correspondan a las necesidades momentáneas de cada etapa.

(...)

La aversión de Nietzsche por todo lo que sea sistema responde a las tendencias relativistas y agnosticistas de su tiempo. Fue él, como más tarde analizaremos, el primero y más influyente de los pensadores que trocaron el agnosticismo en mito.

Lukács. El asalto a la razón.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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