irichc     Fecha  20/07/2002 07:21 
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Volver al foro Responder Maquiavelo. Orden y república.   Admin: Borrar 	mensaje
 
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5. ¿Dónde se resguardará más seguramente la libertad, en el pueblo o entre los grandes, y quiénes tienen mayores motivos para causar tumultos, o quiénes quieren conquistar y quiénes mantener?

Los que organizan prudentemente una república, consideran, entre las cosas más importantes, la institución de una garantía de la libertad, y según sea más o menos acertada, durará más o menos el vivir libre. Y como en todas las repúblicas hay magnates y pueblo, existen dudas acerca de en qué manos estaría mejor colocada esa vigilancia. Los lacedemonios y, en nuestros días, los venecianos, la ponen en manos de los nobles; en cambio los romanos la confiaron a la plebe.

Es necesario, pues, analizar cuál de estas repúblicas hizo mejor elección. Y en cuanto a los motivos, unas y otras los tienen razonables, pero si vemos sólo los resultados, nos inclinaríamos por los nobles, porque la libertad de Esparta y de Venecia tuvo una vida más larga que la de Roma. En cuanto a las razones, colocándome, en primer lugar, del lado de los romanos, creo que se debe poner como guardianes de una cosa a los que tienen menos deseo de usurparla. Y, sin duda, observando los propósitos de los nobles y de los plebeyos, veremos en aquéllos un gran deseo de dominar, y en éstos tan sólo el deseo de no ser dominados, y por consiguiente mayor voluntad de vivir libres, teniendo menos poder que los grandes para usurpar la libertad. De modo que, si ponemos al pueblo como guardián de la libertad, nos veremos razonablemente libres de cuidados, pues, no pudiéndola tomar, no permitirá que otro la tome. Por otro lado, los que defienden el orden espartano y véneto dicen que los que ponen la vigilancia en manos de los poderosos hacen dos cosas buenas: la una satisfacer más la ambición de los nobles, que teniendo más participación en la república, por tener en sus manos ese bastón de mando, tienen más razones para contentarse; la otra, que quitan un cargo de autoridad de los ánimos inquietos de la plebe, que son causas de infinitas disensiones y escándalos en una república y que pueden reducir a la nobleza a una desesperación que tendría efectos muy nocivos. Y ponen como ejemplo a la propia Roma, que por haber puesto esta autoridad en manos de los tribunos de la plebe, no les bastó con tener un cónsul plebeyo, sino que pretendieron que lo fueran dos; luego quisieron que fueran partidarios suyos el censor, el pretor y todas las otras dignidades del gobierno de la ciudad, y no bastándoles esto, llevados por el mismo furor, comenzaron, con el tiempo, a adorar a los hombres que consideraban aptos para derrotar a la nobleza, de donde nació el poder de Mario y la ruina de Roma. Y ciertamente, considerando bien lo uno y lo otro, podríamos dudar al elegir un guardián para la libertad, sin saber qué tipo de hombre es más perjudicial para la república, el que desea mantener el honor ya adquirido o el que quiere adquirir el que no tiene.

Por fin, quien analice todo sutilmente acabará por llegar a esta conclusión: podemos hablar de una república que quiera construir un imperio, como Roma, o de otra a la que le baste con conservarse en su estado. En el primer caso es preciso imitar lo que hizo Roma, y en el segundo se puede copiar a Venecia y Esparta, por los motivos y del modo que se verá en el siguiente capítulo.

Y volviendo a la cuestión de qué hombres son más perjudiciales para la república, si los que quieren adquirir o los que temen perder lo adquirido, digo que, cuando se nombró dictador a Marco Merenio, y jefe de los caballeros a Marco Fulvio (los dos eran plebeyos) para investigar ciertas conjuras que se fragaban en Capua contra Roma, el pueblo les dio también autoridad para perseguir a los que, en la propia Roma, por ambición y haciendo uso de medios excepcionales, se las ingeniasen para alcanzar el consulado y otros honores. La nobleza juzgaba que tal autoridad le había sido otorgada al dictador ilegalmente, y se dedicó a esparcir por la ciudad el rumor de que no eran los nobles los que buscaban los honores por ambición y de forma desacostumbrada, sino los plebeyos, que, como desconfiaban de su sangre y su virtud, buscaban caminos extraordinarios para acceder a aquellos grados, acusando particularmente de ello al dictador. Y tan poderosa fue aquella acusación que Menenio, después de un discurso en el que se dolía de la calumnia difundida por los nobles, depuso la dictadura y se sometió al juicio del pueblo, y, vista su causa, fue absuelto, lo que dio origen a disputas sobre quién es más ambicioso, el que quiere mantener o el que quiere conquistar, pues fácilmente ambos apetitos pueden ser causa de grandísimos tumultos. Éstos, sin embargo, son causados la mayoría de las veces por los que poseen, pues el miedo de perder genera en ellos las mismas ansias que agitan a los que desean adquirir, porque a los hombres no les parece que poseen con seguiridad lo que tienen si no adquieren algo más. A esto se añade que, teniendo mucho, tienen también mayor poder y operatividad para organizar alteraciones. Más aún: sus maneras descorteses y soberbias encienden en el pecho de los desposeídos la ambición de poseer, o para vengarse de ellos despojándolos, o para acceder a esas riquezas y honores que ven mal empleados en los otros.

Maquiavelo. Discursos sobre la primera década de Tito Livio.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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