irichc     Fecha  14/06/2004 02:03 
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Volver al foro Responder Marsilio Ficino. Teología platónica.   Admin: Borrar 	mensaje
 
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Proemio [extracto]

Mi intención principal al escribir este libro ha sido la siguiente: que en la divinidad de la mente creada, como un espejo en el centro de todas las cosas, observemos las obras del Creador, y a raíz de ello contemplemos y adoremos Su mente. Creo -y no es una fe vana- que la divina providencia ha decretado que algunos de los que conciben mal y rehusan someterse a la autoridad de la sola ley divina aceptarán al menos aquellos argumentos de los platónicos que refuerzan grandemente los postulados de la religión; y que esos hombres impíos que separan el estudio de la filosofía de la sagrada religión llegarán a darse cuenta de que están cometiendo la misma clase de error que alguien que separara el amor a la sabiduría del respeto a esa sabiduría, o que aquel que separase el verdadero entendimiento de la voluntad de obrar lo correcto. Finalmente, creo que esos para los que los objetos del pensamiento están confinados a los objetos de la sensación corporal y que, en su miseria, prefieren las sombras de las cosas a las cosas mismas, una vez sean impresionados por los argumentos de Platón, contemplarán los objetos más elevados que trascienden los sentidos, y encontrarán la felicidad en ellos antes que en sus sombras.

* * *

Libro I, Cap. I: Si el alma no fuera inmortal, ninguna criatura sería más desgraciada que el hombre.

Dado que el espíritu del hombre jamás descansa, es frágil su cuerpo y carece completamente de medios propios para la subsistencia, la vida que lleva en la tierra es más árida que la de las bestias. Si la naturaleza hubiera establecido el mismo término para su vida que para el resto de criaturas, ningún animal sería más infeliz que el hombre. Pero el hombre, mediante su adoración de Dios, se aproxima más a Dios que cualquier otro ser mortal, y Dios es el autor de la felicidad. De modo que es completamente imposible que el hombre sea el más infeliz de ellos. Sin embargo, sólo tras la muerte del cuerpo el hombre puede llegar a ser algo más feliz. Parece seguirse necesariamente, pues, que una vez que nuestras almas abandonan esta prisión, otra clase de luz las aguarda. Nuestros humanos espíritus, "confinados en la oscuridad de una ciega mazmorra", buscarán en vano esa luz y a menudo dudaremos de nuestro origen divino. Pero ruego que mientras las almas celestiales permanezcan en su deseo por nuestro celestial hogar podamos sacudirnos las ataduras de estas cadenas terrestres; y sacudírnoslas tan rápido como sea posible, para que, animados por las alas platónicas y con Dios como nuestro guía, podamos volar sin obstáculos hacia nuestra etérea morada, donde miraremos de frente y con felicidad la excelencia de nuestra propia naturaleza humana.

En orden a mostrar claramente de qué mejor manera pueden los espíritus de los hombres franquear los barrotes de la mortalidad, testimoniar su propia inmortalidad y, así, alcanzar el estado de beatitud, debo intentar, lo mejor que pueda, probar en la siguiente discusión: [primero,] que junto a esta masa inerte de nuestros cuerpos, a la que los democriteanos, cirenaicos y epicúreos limitan su consideración, existe una cualidad activa o poder, a la que los estoicos y cínicos dirigen su investigación; y [segundo,] que más allá de la cualidad, que es divisible junto con las dimensiones de la materia y está sujeta a toda clase de cambios, existe otra forma más elevada, la cual, pese a ser en cierto sentido mutable, no admite división en el cuerpo. En dicha forma los antiguos teólogos localizaron el asiento del alma racional. Éste fue el extremo vislumbrado por Heráclito, Marco Varrón y Marco Manilio. Debo intentar también mostrar que más allá del alma racional existe el espíritu angélico, el cual no es sólo indivisible sino también inmutable. Éste es el extremo en el que Anaxágoras y Hermótimo se detuvieron. Pero el ojo del espíritu angélico, que busca y encuentra la luz de la verdad, está gobernado por el mismo Sol divino. Es hacia ese concepto que Platón nos urge, instruye y dirige para fijar la mirada del espíritu, una vez ha sido purificada.

Cuando hayamos ascendido hasta ahí, deberemos asimismo comparar estos cinco niveles del ser: cuerpo (masa corpórea), cualidad, alma, ángel y Dios. Ya que el género del alma racional, que ocupa la mediatriz de estos cinco niveles, parece ser el enlace que mantiene unida a toda la naturaleza -pues controla las cualidades y los cuerpos, al tiempo que se vincula con el ángel y con Dios- debo demostrar: [primero,] que es de hecho completamente indisoluble, dado que mantiene unidos los distintos niveles de la naturaleza; luego, que es preeminente, porque preside el modelo del mundo; y finalmente, que alcanza la mayor bendición cuando se recosta en el pecho de lo divino. Debo procurar establecer que la condición y la naturaleza del alma es tal y como la he descrito, en primer lugar por argumentos generales, en segundo lugar mediante pruebas específicas, en tercer lugar mediante signos, y por último resolviendo cuestiones.

Marsilio Ficino. Teología Platónica [traducido del inglés].                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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