irichc     Fecha  27/08/2002 11:30 
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CARTA DE MARX A P. V. ANNENKOV

Mi querido Annenkov:

Hace ya mucho que hubiera recibido usted la respuesta a la suya del 1º de noviembre si mi librero me hubiese enviado antes de la semana pasada la obra de Proudhon: Filosofía de la miseria. La he leído en dos días, a fin de comunicarle a usted, sin pérdida de tiempo, mi opinión. Por haberlo hecho muy apresuradamente no puedo entrar en detalle, y me limito a hablarle de la impresión general que me ha producido. Si usted lo desea, podré extenderme sobre el particular en otra carta.

Le confieso francamente que, en general, el libro me ha parecido malo, muy malo. Usted mismo ironiza en su carta refiriéndose al “jirón de la filosofía alemana” de que alardea Proudhon en esta obra informe y presuntuosa, pero usted supone que el veneno de la filosofía no ha afectado a su argumentación económica. Yo también estoy muy lejos de imputar a la filosofía de Proudhon los errores de su argumentación económica. Proudhon no nos ofrece una crítica falsa de la economía política porque sea la suya una filosofía ridícula; nos ofrece una filosofía ridícula porque no ha comprendido la situación social de nuestros días en su engranaje (engrenement), si usamos esta palabra que, al igual que muchas otras, Proudhon ha tomado de Fourier.

¿Por qué Proudhon habla de Dios, de la razón universal, de la razón impersonal de la humanidad, razón que nunca se equivoca, que siempre es igual a sí misma y de la que basta tener clara conciencia para ser dueño de la verdad? ¿Por qué Proudhon recurre a un hegelianismo superficial para darse tono de pensador profundo?

El mismo Proudhon nos da la clave del enigma. Para Proudhon la historia es una determinada serie de desarrollos sociales; ve en la historia la realización del progreso; estima, finalmente, que los hombres, en tanto que individuos, no sabían lo que se hacían, que se imaginaban de modo erróneo su propio movimiento, es decir, que su desarrollo social parece, a primera vista, una cosa distinta, separada, independiente de su desarrollo individual. Proudhon no puede explicar estos hechos y recurre entonces a su hipótesis –verdadero hallazgo- de la razón universal que se manifiesta. Nada más fácil que inventar causas místicas, es decir, frases, cuando se carece de sentido común.

Pero cuando Proudhon reconoce que no comprende en absoluto el desarrollo histórico de la humanidad –como lo hace al emplear las palabras rimbombantes de razón universal, Dios, etc.-, ¿no reconoce también implícita y necesariamente que es incapaz de comprender el desarrollo económico?

¿Qué es la sociedad, cualquiera que sea su forma, sino el producto de la acción recíproca de los hombres? ¿Pueden los hombres elegir libremente esta o aquella forma social? Nada de eso. A un determinado nivel de desarrollo de las fuerzas productivas de los hombres, corresponde una determinada forma de comercio y de consumo. A determinadas fases de desarrollo de la producción, del comercio y del consumo, corresponden determinadas formas de constitución social, una determinada organización de la familia, de los estamentos o de las clases; en una palabra, una determinada sociedad civil. A una determinada sociedad civil corresponde un determinado régimen político, que no es más que la expresión oficial de la sociedad civil.

Es innecesario añadir que los hombres no son libres de escoger sus fuerzas productivas –base de toda su historia-, pues toda fuerza productiva es una fuerza adquirida, producto de una actividad anterior. Por lo tanto, las fuerzas productivas son el resultado de la energía práctica de los hombres, pero esta misma energía se halla determinada por las condiciones en que los hombres se encuentran colocados, por las fuerzas productivas ya adquiridas, por la forma social anterior a ellos, que ellos no han creado y que es producto de las generaciones anteriores. El simple hecho de que cada generación posterior se encuentre con fuerzas productivas adquiridas por las generaciones precedentes, que le sirven de materia prima para la nueva producción, crea en la historia de los hombres una conexión, crea una historia de la humanidad, que es tanto más la historia de la humanidad por cuanto las fuerzas productivas de los hombres y, por consiguiente sus relaciones sociales, han adquirido mayor desarrollo. La consecuencia obligada de lo anterior es que la historia social de los hombres es nada más que la historia de su desarrollo individual, tengan o no ellos mismos la conciencia de esto. Estas relaciones materiales no son más que las formas necesarias bajo las cuales se realiza su actividad material e individual.

Proudhon confunde las ideas y las cosas. Los hombres jamás renuncian a lo que han conquistado, pero esto no quiere decir que no renuncien nunca a la forma social bajo la cual han adquirido determinadas fuerzas productivas, por el contrario. Para no verse privados del resultado obtenido, para no perder los frutos de la civilización, los hombres se ven constreñidos, desde el momento en que el tipo de su comercio no corresponde ya a las fuerzas productivas adquiridas, a cambiar todas sus formas sociales tradicionales. Utilizo aquí la palabra comercio en su sentido más amplio, del mismo modo que empleamos en alemán el vocablo Verkehr. Por ejemplo, los privilegios, la institución de gremios y corporaciones, el régimen reglamentado de la Edad Media, eran relaciones sociales que sólo correspondían a las fuerzas productivas adquiridas y al estado social anterior, de donde habían surgido aquellas instituciones. Bajo la tutela del régimen de las corporaciones y de las ordenanzas, se acumularon capitales, se desarrolló el tráfico marítimo, se fundaron colonias; los hombres habrían perdido estos frutos de su actividad si se hubiesen empeñado en conservar las formas a la sombra de las cuales habían madurado aquellos frutos. Por eso estallaron dos truenos: la revolución de 1640 y la de 1688. En Inglaterra fueron destruidas todas las viejas formas económicas, las relaciones sociales congruentes con ella y el régimen político que era la expresión oficial de la vieja sociedad civil. Por lo tanto, las formas de la economía bajo las que los hombres producen, consumen e intercambian, son transitorias e históricas. Al adquirir nuevas fuerzas productivas, los hombres cambian su modo de producción, y con el modo de producción cambian las relaciones económicas, que no eran más que las relaciones necesarias de aquel modo concreto de producción.

Esto es lo que Proudhon no ha sabido comprender y menos aún demostrar. Incapaz de seguir el movimiento real de la historia, Proudhon nos ofrece una fantasmagoría con pretensiones de dialéctica. No siente la necesidad de hablar de los siglos XVII, XVIII y XIX, porque su historia discurre en el reino nebuloso de la imaginación y se remonta muy por encima del tiempo y del espacio. En una palabra, eso no es historia, sino antigualla hegeliana, no es historia profana –la historia de los hombres-, sino historia sagrada: la historia de las ideas. Según su parecer, el hombre no es más que un instrumento del que se vale la idea o la razón eterna para desarrollarse. Las evoluciones de las que habla Proudhon son concebidas como evoluciones que operan dentro de la mística entraña de la idea absoluta. Si rasgamos el velo que envuelve este lenguaje místico, resulta que Proudhon nos ofrece el orden en que las categorías económicas se hallan alineadas en su cabeza. No será necesario que me esfuerce mucho para probarle que éste es el orden de una cabeza muy desordenada.

(...)

La serie de evoluciones de la razón eterna comienza con la división del trabajo. Para Proudhon, la división del trabajo es una cosa muy simple. Pero ¿no fue el régimen de castas una determinada división del trabajo? ¿No fue el régimen de las corporaciones otra división del trabajo? Y la división del trabajo del régimen de la manufactura, que comenzó a mediados del siglo XVII y terminó a fines del XVIII en Inglaterra, ¿no difiere, acaso, totalmente de la división del trabajo de la gran industria, de la industria moderna?

Proudhon se halla tan lejos de la verdad, que omite lo que ni siquiera los economistas profanos dejan de considerar. Cuando habla de la división del trabajo no siente la necesidad de hablar del mercado mundial. Pues bien, ¿acaso la división del trabajo en los siglos XIV y XV, cuando aún no había colonias, cuando América todavía no existía para Europa y al Asia Oriental sólo se podía llegar a través de Constantinopla, acaso la división del trabajo no debía distinguirse esencialmente de lo que era en el siglo XVII, cuando las colonias se hallaban ya desarrolladas?

Pero esto no es todo. Toda organización interior de los pueblos, todas sus relaciones internacionales, ¿no son acaso la expresión de cierta división del trabajo?, ¿no deben cambiar con los cambios de la división del trabajo?

(...)

Señalaré también, de paso, que si Proudhon no ha alcanzado a comprender el origen histórico de las máquinas, ha comprendido peor su desarrollo. Puede decirse que hasta 1825 –período de la primera crisis universal- las necesidades del consumo, en general, crecieron más rápidamente que la producción, y el desarrollo de las máquinas fue una consecuencia forzada de las necesidades del mercado. A partir de 1825, la invención y la aplicación de las máquinas no ha sido más que un resultado de la guerra entre patronos y obreros. Pero esto sólo puede decirse de Inglaterra. En cuanto a las naciones europeas, se vieron obligadas a emplear las máquinas por la competencia que les hacían los ingleses tanto en sus propios mercados como en el mercado mundial. Por último, en Norteamérica la introducción de la maquinaria se debió tanto a la competencia con otros países como a la escasez de mano de obra, es decir, a la desproporción entre la población del país y sus necesidades industriales. Por estos hechos puede usted ver qué sagacidad pone de manifiesto Proudhon cuando conjura el fantasma de la competencia como tercera evolución, ¡como antítesis de las máquinas!.

Finalmente, es en general un absurdo hacer de las máquinas una categoría económica al lado de la división del trabajo, de la competencia, del crédito, etcétera.

La máquina tiene tanto de categoría económica como el buey que tira del arado. La aplicación actual de las máquinas es una de las relaciones de nuestro régimen económico presente, pero el modo de explotar las máquinas es una cosa totalmente distinta de las propias máquinas. La pólvora continúa siendo pólvora, ya se emplee para causar heridas o bien para restañarlas.

Proudhon se supera a sí mismo cuando permite que la competencia, el monopolio, los impuestos o la policía, la balanza comercial, el crédito y la propiedad se desarrollen en el interior de su cabeza precisamente en el orden de mi enumeración. Casi todas las instituciones de crédito se habían desarrollado ya en Inglaterra a comienzos del siglo XVIII, antes de la invención de las máquinas. El crédito público no era más que una nueva manera de elevar los impuestos y de satisfacer las nuevas demandas originadas por la llegada de la burguesía al poder. Finalmente, la propiedad constituye la última categoría en el sistema de Proudhon. En el mundo real, por el contrario, la división del trabajo y todas las demás categorías de Proudhon son las relaciones sociales que en su conjunto forman lo que actualmente se llama propiedad; fuera de esas relaciones, la propiedad burguesa no es sino una ilusión metafísica o jurídica. La propiedad de otra época, la propiedad feudal, se desarrolla en una serie de relaciones sociales completamente distintas. Cuando establece la propiedad como una relación independiente, Proudhon comete algo más que un error de método: prueba claramente que no ha aprehendido el vínculo que liga todas las formas de la producción burguesa, que no ha comprendido el carácter histórico y transitorio de las formas de la producción en una época determinada. Proudhon sólo puede hacer una crítica dogmática, pues no concibe nuestras instituciones como productos históricos y no comprende ni su origen ni su desarrollo.

Así, Proudhon se ve obligado a recurrir a una ficción para explicar el desarrollo. Se imagina que la división del trabajo, el crédito, las máquinas, etc., han sido inventadas para servir a su idea fija, a la idea de la igualdad. Su explicación es de una ingenuidad increíble. Esas cosas han sido inventadas para la igualdad, pero, desgraciadamente, se han vuelto contra ella. Éste es todo su argumento. Con otras palabras, hace una suposición gratuita, y como el desarrollo real y su ficción se contradicen a cada paso, concluye que hay una contradicción. Oculta que la contradicción únicamente existe entre sus ideas fijas y el movimiento real.

Debido principalmente a su falta de conocimientos históricos, Proudhon no ha visto que los hombres, al desarrollar sus fuerzas productivas, es decir, al vivir, desarrollan ciertas relaciones entre sí, y que el carácter de estas relaciones cambia necesariamente con la modificación y el desarrollo de estas fuerzas productivas. No ha visto que las categorías económicas no son más que abstracciones de estas relaciones reales y que únicamente son verdades mientras estas relaciones subsisten. Por consiguiente, incurre en el error de los economistas burgueses, que ven en esas categorías económicas leyes eternas y no leyes históricas, que lo son únicamente para cierto desarrollo histórico, para un desarrollo determinado de las fuerzas productivas. Así, pues, en vez de considerar las categorías político-económicas como abstracciones de relaciones sociales reales, transitorias, históricas, Proudhon, debido a una inversión mística, sólo ve en las relaciones reales encarnaciones de esas abstracciones. Esas abstracciones son ellas mismas fórmulas que han estado dormitando en el seno de Dios Padre desde el principio del mundo.

Pero, al llegar a este punto, nuestro buen Proudhon se siente acometido de graves convulsiones intelectuales. Si todas esas categorías económicas son emanaciones del corazón de Dios, si constituyen la oculta y eterna existencia de los hombres, ¿cómo puede haber ocurrido, primero, que se hayan desarrollado, y segundo, que Proudhon no sea conservador? Proudhon explica estas contradicciones evidentes valiéndose de todo un sistema de antagonismos.

Para establecer este sistema de antagonismos, tomemos un ejemplo.

El monopolio es bueno, porque es una categoría económica. Pero lo que no es bueno es la realidad del monopolio y la realidad de la competencia. Y aún es peor que el monopolio y la competencia se devoren mutuamente. ¿Qué debe hacerse? Como estos dos pensamientos eternos de Dios se contradicen, a Proudhon le parece evidente que también en el seno de Dios hay una síntesis de ambos pensamientos, en la que los males del monopolio se ven equilibrados por la competencia y viceversa. Como resultado de la lucha entre las dos ideas, sólo puede exteriorizarse su lado bueno. Hay que arrancar a Dios esta idea secreta, luego aplicarla y todo marchará a pedir de boca; hay que revelar la fórmula sintética oculta en la noche de la razón impersonal de la humanidad. Proudhon se ofrece como revelador sin titubeo alguno.

Pero mire usted por un segundo la vida real. En la vida económica de nuestros días no sólo verá la competencia y el monopolio, sino su síntesis, que no es una fórmula sino un movimiento. El monopolio engendra la competencia, la competencia engendra el monopolio. Por lo tanto, esta ecuación, lejos de eliminar las dificultades de la situación presente como se lo imaginan los economistas burgueses, tiene por resultado una situación aún más difícil y más embrollada. Así, al cambiar la base sobre la que descansan las relaciones económicas actuales, al aniquilar el modo actual de producción se aniquila no sólo la competencia, el monopolio y su antagonismo, sino también su unidad, su síntesis, el movimiento que es el equilibrio real de la competencia y del monopolio.

(...)

Por lo tanto, estas categorías son tan poco eternas como las relaciones a las que sirven de expresión. Son productos históricos y transitorios. Para Proudhon, en cambio, las abstracciones, las categorías son la causa primaria. A su juicio, son ellas y no los hombres quienes hacen la historia. La abstracción, la categoría considerada como tal, es decir, separada de los hombres y de su acción material, es naturalmente inmortal, inalterable, impasible; no es más que una modalidad de la razón pura, lo cual quiere decir simplemente que la abstracción, considerada como tal, es abstracta; ¡admirable tautología!

Por eso, las relaciones económicas, vistas en forma de categorías, son para Proudhon fórmulas eternas que no conocen principio ni progreso.

En otros términos, Proudhon no afirma directamente que la vida burguesa sea para él una verdad eterna; eso lo dice indirectamente al divinizar las categorías que expresan en forma de ideas las relaciones burguesas. Toma los productos de la sociedad burguesa por seres eternos surgidos espontáneamente y dotados de vida propia, tan pronto como se los presenta en forma de categorías, en forma de ideas. No ve, por lo tanto, más allá del horizonte burgués. Como opera con ideas burguesas, suponiéndolas eternamente verdaderas, pugna por encontrar la síntesis de estas ideas, su equilibrio, y no ve que su modo actual de equilibrarse es el único posible.

En realidad, hace lo que hacen todos los buenos burgueses. Todos ellos nos dicen que la competencia, el monopolio, etc., en principio, es decir, considerados como ideas abstractas, son los únicos fundamentos de la vida, aunque en la práctica dejen mucho que desear. Todos ellos quieren la competencia, sin sus funestos efectos. Todos ellos quieren lo imposible: las condiciones burguesas de vida, sin las consecuencias necesarias de estas condiciones. Ninguno de ellos comprende que la forma burguesa de producción es una forma histórica y transitoria, como lo era la forma feudal. Este error proviene de que, para ellos, el hombre burgués es la única base posible de toda sociedad, de que no pueden imaginarse un estado social en que el hombre haya dejado de ser burgués.

Proudhon es, pues, necesariamente, un doctrinario. El movimiento histórico que está revolucionando el mundo actual se reduce, para él, al problema de encontrar el verdadero equilibrio, la síntesis de dos ideas burguesas. Así, el hábil mozo descubre, a fuerza de sutileza, el recóndito pensamiento de Dios, la unidad de dos ideas aisladas, que sólo lo están porque Proudhon las ha aislado de la vida práctica, de la producción actual, que es la combinación de las realidades que aquellas ideas expresan. En lugar del gran movimiento histórico que brota del conflicto entre las fuerzas productivas ya alcanzadas por los hombres y sus relaciones sociales, que ya no corresponden a esas relaciones productivas; en lugar de las terribles guerras que se preparan entre las distintas clases de una nación y entre las diferentes naciones; en lugar de la acción política y violenta de las masas, la única que puede resolver estos conflictos; en lugar de este vasto, prolongado y complicado movimiento, Proudhon pone el fantástico movimiento de su cabeza. De este modo, son los sabios, los hombres capaces de arrancar a Dios sus recónditos pensamientos, los que hacen la historia. A la plebe sola le queda la tarea de poner en práctica las revelaciones de los hombres de ciencia. Ahora comprenderá usted por qué Proudhon es enemigo declarado de todo movimiento político. Para él, la solución de los problemas actuales no consiste en la acción pública, sino en las rotaciones dialécticas de su cabeza. Como las categorías son para él las fuerzas motrices, para cambiar las categorías no hace falta cambiar la vida práctica. Muy por el contrario, hay que cambiar las categorías, y en consecuencia cambiará la sociedad existente.

En su deseo de conciliar las contradicciones, Proudhon elude la pregunta de si no deberá ser derrocada la base misma de estas contradicciones. Se parece en todo al político doctrinario, para quien el rey y la Cámara de los diputados y el Senado son como partes integrantes de la vida social, como categorías eternas. Sólo que él busca una nueva fórmula para equilibrar estos poderes cuyo equilibrio consiste precisamente en el movimiento actual, en el que uno de estos poderes tan pronto es vencedor como esclavo del otro. Así en el siglo XVIII, una multitud de cabezas mediocres se dedicaron a buscar la verdadera fórmula para equilibrar los estamentos sociales, la nobleza, el rey, los parlamentos, etc., y un buen día se encontraron con que ya no había ni rey ni parlamento ni nobleza. El verdadero equilibrio en este antagonismo era el derrocamiento de todas las relaciones sociales que servían de base a esas instituciones feudales y el antagonismo existente entre ellas.

Como Proudhon pone de un lado las ideas eternas, las categorías de la razón pura, y del otro lado a los hombres y su vida práctica que es, según dice, la aplicación de estas categorías, se encuentra en él desde el primer momento un dualismo entre la vida y las ideas, entre el alma y el cuerpo, dualismo que se repite bajo muchas formas. Ahora se dará cuenta usted de que este antagonismo no es más que la incapacidad de Proudhon para comprender el origen profano y la historia profana de las categorías que él diviniza.

Me he extendido ya demasiado y no puedo detenerme en las absurdas acusaciones que Proudhon lanza contra el comunismo. Por el momento, convendrá usted conmigo en que un hombre que no ha comprendido el actual estado de la sociedad, menos aún comprenderá el movimiento que tiende a derrocarle y las expresiones literarias de ese movimiento revolucionario.

(...)

Karl Marx                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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