irichc     Fecha  17/06/2002 15:54 
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Volver al foro Responder Microcosmos y macrocosmos en Paracelso   Admin: Borrar 	mensaje
 
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La creación del mundo

Dios es admirable en sus obras...

Cuando el mundo aún no era nada más que agua, y el espíritu del Señor flotaba sobre el agua, del agua se hizo el mundo; fue la “Matrix” del mundo y de todas sus criaturas. Y todo esto se convirtió en Matrix del hombre; en ella creó Dios al hombre, para que su espíritu se hiciera un albergue de carne.

La Matrix es invisible, y nadie puede ver su materia originaria porque ¿quién podría ver lo que ha sido antes que él? Todos venimos de la Matrix, pero nadie la ha visto nunca, porque ha sido antes que los hombres. Y aunque el hombre proviene de ella y de ella siguen naciendo los hombres, nadie la ha visto aún. El mundo ha nacido de la Matrix, como también el hombre y todas las demás criaturas vivientes: todo ha salido de la Matrix... Antes de que se crearan el cielo y la Tierra, el espíritu de Dios flotaba sobre las aguas y era sostenido por ellas. Esta agua era Matrix; porque en el agua fueron creados cielo y tierra, y en ninguna otra Matrix. Ella sostenía el espíritu de Dios, aquel espíritu que vive en el hombre y que no poseen las demás criaturas. Por voluntad de este espíritu fue creado el hombre; el espíritu del Señor vive en él, para que no esté solo. Por eso el espíritu de Dios entra en el hombre y es de Dios y torna a él.

El mundo es como Dios lo ha creado. En principio lo convirtió en un cuerpo, consistente en los cuatro elementos. Hizo este cuerpo originario con la trinidad de mercurio, azufre y sal, de forma que son tres sustancias las que dan el cuerpo completo. Porque ellas representan todo lo que hay en los cuatro elementos, tienen en sí toda la fuerza y el poder de las cosas perecederas. En ellas están día y noche, frío y caliente, piedra y fruto y todo lo demás aún sin formar. En un trozo de madera... yace oculta la forma de los animales, la forma de toda clase de criaturas, la forma de todos los instrumentos; y si uno es capaz de tallarla, la encontrará. Así también aquel primer cuerpo, el “Iliastro”, no era más que un bloque en el que yacían todo el caos, todas las aguas, todos los minerales, todas las hierbas, todas las piedras, todas las gemas. Sólo el Maestro supremo pudo liberarlas y darles forma delicadamente, de manera que incluso con el resto se pudo formar otra cosa.

Un alfarero que tiene ante sí su barro, en el que por así decirlo están contenidas toda clase de herramientas y recipientes, puede hacer mil cosas con él; o un tallista puede hacer de la madera lo que le plazca, si sabe quitar lo que no corresponde a ello. También Dios sacó de una masa y materia a todas las criaturas, las extrajo y separó sin hacer virutas, y puso en su “materia última” todo lo que se había propuesto crear en seis días. Extrajo lo que corresponde a las estrellas y las hizo estrellas, tomó de las tinieblas lo que pertenece a la luz y lo hizo luz, y así cada cosa según su propia especie y en su particular lugar. Y así no quedó a nadie nada que crear, porque todo está creado a satisfacción y cumple el número de todas las criaturas, estirpes y seres... La tierra es negra, marrón y sucia, nada hay en ella hermoso ni agradable; pero en ella se ocultan los colores todos: verde, azul, blanco, rojo. No hay ninguno que no tenga. Cuando llegan la primavera y el verano, afloran todos los colores que –si no lo atestiguara la tierra misma- nadie hubiera supuesto en ella. Igual que de tal tierra negra y sucia surgen los colores más nobles y finos, así algunas criaturas han salido de la “materia originaria”, que en su falta de separación sólo era suciedad al principio. ¡Mirad el elemento agua, cuando está sin separar! Y después, ved cómo de ella surgen todos los metales, todas las rocas, los brillantes rubís, los relucientes granates, los cristales, el oro y la plata; ¿pero quién los hubiera advertido en el agua... excepto Aquel que los engendró en ella? Así que Dios sacó de las materias básicas lo que había metido en ellas, y puso todo lo creado en su destino y en su sitio.

Al principio de todo nacimiento estaba la paridora y engendradora: la separación. Es el mayor milagro de las filosofías... Cuando el “Mysterium Magnum” estuvo, en su esencia y divinidad, lleno de la máxima eternidad, puso la separatio al principio de toda creación. Y cuando esto hubo ocurrido, fue creada toda criatura en su majestad, poder y libre voluntad. Y así seguirá siendo hasta el final, hasta la gran cosecha, cuando las cosas den fruto y estén listas para ser cortadas. Porque la cosecha es el fin de todo crecimiento... Y tan maravilloso como el Mysterium Magnum es al comienzo, así de maravillosa es también la cosecha al final de todas las cosas.

La materia estaba al comienzo de todas las cosas, y sólo tras su creación se le dio el espíritu vital, para que pudiera desarrollarse en los cuerpos y por ellos en su acción, como Dios lo ha establecido. Y así terminaron los días de la Creación y el ordenamiento de todas las criaturas. Sólo en último lugar se creó entonces al hombre a imagen de Dios, y se le dio su espíritu.

La creación del hombre

El hombre no surgió de la nada, sino que está hecho de una materia... La Escritura dice que Dios tomó el limus terrae, la materia primigenia de la tierra, como una masa, y formó de ella al hombre. Además, dice también que el hombre es ceniza y polvo, arena y tierra, lo que demuestra ya suficientemente que procede de esa materia primigenia... Pero limus terrae es también y al tiempo el Gran Mundo, y así el hombre está hecho de cielo y tierra. El limus terrae es un extracto del firmamento, del Universo, y a un tiempo de todos los elementos...

El “Limbus” es la materia primigenia del hombre... Lo que el Limbus es, también lo es el hombre. Quien conozca al primero sabrá también lo que es el hombre... Ahora bien, el Limbus es cielo y tierra, la esfera superior y la inferior del Cosmos, los cuatro elementos y todo lo que en sí comprenden; por eso, es razonable equipararlo a un Microcosmos, porque también lo es el mundo entero.

(...)

La estructura del hombre

¡Deteneos a pensar con cuánta grandeza y nobleza ha sido creado el hombre, y en qué magnitudes ha de abarcarse su estructura! No hay mente que pueda imaginar la construcción de su cuerpo y la medida de sus virtudes; sólo puede ser comprendido como imagen del Macrocosmos, de la “Gran criatura”. Sólo entonces se pone de manifiesto lo que hay en él. Porque como por fuera, así por dentro; lo que no está fuera, tampoco está dentro del hombre. Lo exterior y lo interior son una sola cosa, una constelación, una influencia, una concordancia, una duración... un fruto. Porque éste es el Limbus, la materia primigenia en la que todas las criaturas yacen cobijadas como el hombre en el Limbus paterno. El Limbus de Adán ha sido cielo y tierra, agua y aire; y así el hombre sigue siendo igual al Limbus y tiene cielo y tierra, agua y aire también en sí mismo; incluso no es otra cosa que éstas.

El cielo no nos inculca nada; es la mano de Dios la que nos hizo a su imagen. Seamos como seamos, en todos nuestros miembros ha trabajado directamente la mano de Dios. Nuestras inclinaciones, cualidades y costumbres nos han sido dadas por Dios junto con la vida.

La creación de la mujer

Dios quiere al hombre como hombre
y a la mujer como mujer, y quiere
que cada uno de ellos sea humano.

Dios hizo al hombre directamente de la Matrix. Lo tomó de la Matrix e hizo de ella un hombre... Y después le dio su propia Matrix: la mujer... Para que en adelante fueran dos, pero sólo uno; dos carnes, pero una, no dos. Esto es tanto como decir que ninguno está completo por sí solo, sino que sólo juntos dan como resultado un hombre íntegro... Así que el hijo es creado del Limbus –el padre-, pero es formado en la Matrix, hecho y enderezado conforme a la Naturaleza... igual que el primer hombre del Macrocosmos, el Gran Mundo.

(...)

El hombre en el Cosmos

El hombre es el centro de todas las cosas,
él es el centro de cielo y tierra.

El mundo entero rodea al hombre como el círculo rodea a un punto. De ello se desprende que todas las cosas están referidas a este punto, de forma no diversa a la del corazón de una manzana, que está rodeado y mantenido por el fruto y obtiene de él su alimento... Así el hombre es también un corazón y el mundo su manzana, así le sucede al hombre en el mundo que le rodea... Cada cosa tiene su propio origen: por una parte en lo eterno, por otra en lo temporal. Y la sabiduría –ya sea la del cielo o la de la tierra- sólo se puede alcanzar mediante la fuerza de atracción del centro y del círculo.

Que piense el hombre quién es y lo que tiene y ha de ser de él. Porque la compositio humana es poderosa y forma una unidad desde la pluralidad... El hombre necesita más que su entendimiento cotidiano para saber lo que él mismo es; sólo quien aprende a conocerse a sí mismo y sabe de dónde viene y quién es prestará más profunda atención a lo eterno.

Hombre y cielo

Lo que viene de la carne es todo animal y se rige por la naturaleza animal; el cielo tiene poca influencia en eso. Sólo lo que viene del “astro” es lo humano en nosotros; está abandonado a su acción. Pero lo que procede del espíritu, lo divino en el hombre, fue modelado en nosotros a imagen de Dios, y sobre esto no tienen influencia ni la tierra ni el cielo.

Debes contemplar al hombre como un trozo de Naturaleza encerrado en el cielo. Éste te lo muestra pieza a pieza; porque de él está hecho el hombre, y la materia con la que fue creado te mostrará también a qué imagen está hecho... La naturaleza exterior marca la figura de la interior, y si la exterior desaparece, pierde también la interior, porque el exterior es la madre del interior. Así el hombre es como el retrato de los cuatro elementos en un espejo; si se disgregan los cuatro elementos, el hombre se hunde. Si aquello que se encuentra ante el espejo está quieto, descansa también la imagen del espejo. Y así la Filosofía no es otra cosa que tan sólo el saber y el conocimiento de aquello que tiene su reflejo en el espejo. E igual que la imagen del espejo no da a nadie la clave de su ser y a nadie puede darse a conocer, sino que es tan sólo un retrato muerto, así es también el hombre en sí: no sabrá nada de sí mismo. Porque el conocimiento procede tan sólo de ese ser exterior cuyo retrato en el espejo es.

El cielo es el hombre, y el hombre es el cielo, y todos los hombres juntos son el cielo, y el cielo no es más que un hombre. Hay que saber eso para entender por qué las cosas son así en un lugar y en otro de otro modo, por qué aquí hay un nuevo, allá un viejo y en todas partes tantas cosas distintas. Pero todo esto no... se ve en el cielo, sino en la distribución de las fuerzas actuantes en él... Nosotros los hombres tenemos un cielo, y éste está también en cada uno de nosotros en toda su plenitud, indiviso y correspondiente a la naturaleza de cada cual. Por eso cada vida humana sigue su propio curso, por eso fallecimiento, muerte y enfermedad están desigualmente repartidas, según la acción de cada cielo. Porque si el mismo cielo estuviera en todos nosotros, todos los hombres tendrían que estar enfermos al mismo tiempo y sanos al mismo tiempo. No obstante no es así, porque la unidad del Gran Cielo se disolvió en nuestra multiplicidad en los instantes del parto. En cuanto un hijo es concebido, recibe su propio cielo. Si todos los niños fueran dados a luz en el mismo instante, todos llevarían el mismo cielo en sí, y su vida seguiría el mismo curso. Así pues, según como se encuentre la bóveda estelar, así se inculcará “el cielo interior” del hombre. ¡Un milagro sin igual!

Igual que el firmamento con todas sus constelaciones forma un todo en sí mismo, así también el hombre es en sí un firmamento poderoso y libre. E igual que el firmamento descansa en sí mismo y no es regido por ninguna criatura, tampoco el firmamento del hombre es regido por otras criaturas, sino que es por sí solo, y sin atadura de ninguna clase. Porque hay dos clases de lo creado: cielo y tierra son una, el hombre la otra... Todo lo que la ciencia astronómica ha averiguado profunda y ponderadamente mediante la contemplación de los aspectos y de las estrellas... puede ser para vosotros una enseñanza y una ciencia para el “firmamento corporal”.

Hombre y cielo en equilibrio

La luz de la naturaleza en el hombre viene del astro, y la carne y sangre del hombre forman parte de los elementos materiales. Así que hay dos influencias en el hombre: la una de la luz del firmamento; de ella forman parte sabiduría, arte, razón. Todas son hijas de este padre... La segunda influencia proviene de la materia; de ella forman parte la concupiscencia, la comida, la bebida y todo lo que afecta a la carne y la sangre. Y lo que procede de la carne y la sangre no debe ser atribuido al “astro”. Porque el cielo no da ni concupiscencia ni codicia... Del cielo sólo vienen sabiduría, arte y razón.

Tan grande como la diferencia entre los dos cuerpos –el visible y el invisible, el material y el etéreo- en forma y figura es la que distingue su esencia entre sí... Son como un matrimonio, que es uno en la carne, pero doble en su esencia... Y como esto es así, en el hombre habita una contradicción... A saber, que el astro en él tiene otra índole, otro ánimo, otra intención que los elementos inferiores; y por otra parte estos elementos tienen a su vez otra sabiduría y otra índole que el astro del hombre. De ello se sigue que sean contrapuestos entre sí. Por ejemplo: el cuerpo elemental, material, quiere exuberancia, concupiscencia; el astro, el cuerpo etéreo, como contrafigura interior de la esfera superior quiere en cambio estudiar, aprender, practicar las artes, etc. De ahí surge una contradicción en el hombre mismo. El cuerpo visible, material, quiere lo uno, el invisible, etéreo, lo otro, y ninguno quiere lo mismo... Por eso en cada uno de estos cuerpos vive el impulso de superar lo que le ha sido dado, y ninguno quiere mantenerse en el centro y actuar con medida. Ambos quieren desbordar sus límites, y el uno quiere desplazar al otro; así surge la enemistad entre ellos. Porque todo lo que supera su medida trae la perdición.

Todo lo que el hombre hace o ejecuta, enseña o pretende aprender, tiene que tener su simetría; tiene que seguir su propia línea y mantenerse dentro de su círculo para que todo conserve su equilibrio y no haya nada torcido y nada que supere el círculo.

Feliz y más que feliz será aquel que camine en la medida correcta y no necesite ayuda imaginada por hombres, sino que se rija por el camino que Dios le ha prescrito.

De la esencia del hombre

Dios bien hubiera podido crear al hombre de la nada, simplemente con la palabra “¡Sé!”. Pero no lo ha hecho, sino que le ha tomado de la Naturaleza, le ha puesto en la Naturaleza, ha puesto en sus manos a la Naturaleza y le ha subordinado a ella como hijo suyo. Pero también ha sometido la Naturaleza al hombre, en todo caso como a un padre... Así que la Naturaleza está subordinada al hombre, le pertenece como a una de sus flores, como a su hijo, a su fruto, convertido viniendo de ella en cuerpo de los elementos... y en cuerpo etéreo.

En la Naturaleza hallamos una luz que nos ilumina como no pueden hacerlo el Sol y la Luna. Porque está hecha de tal modo que sólo a medias vemos a los hombres y a todas las demás criaturas, y por eso tenemos que seguir investigando... No debemos ahogarnos en nuestra labor diaria, porque quien busca... encuentra... Y si seguimos la luz de la Naturaleza resultará que también está ahí la otra mitad del hombre, y que el hombre no está hecho sólo de carne y sangre... sino también de un cuerpo invisible para nuestro burdo ojo.

La Luna emite una luz, pero a ella no se advierten los colores; pero en cuanto se alza el Sol es posible distinguirlos a todos entre sí. Así pues, la Naturaleza tiene una luz que brilla como el Sol; e igual que la luz del Sol respecto a la de la Luna, así la luz de la Naturaleza brilla más allá de la fuerza de los ojos. A su luz se hace visible lo invisible; por ello, tened siempre presente que una luz eclipsa a la otra.

Sabed que nuestro mundo y todo lo que vemos y podemos tocar en nuestro entorno no son más que la mitad del Cosmos. Aquel mundo que no vemos es igual al nuestro en peso y medida, en esencia y condición. De donde se sigue que también hay otra mitad del hombre que actúa en ese mundo invisible. Cuando sabemos de la existencia de ambos mundos, entendemos que sólo las dos mitades forman un hombre completo; porque son por así decirlo como dos hombres unidos en un cuerpo.

Como el Sol puede brillar a través de un cristal y el fuego irradia calor de las estufas, aunque no atraviesen ambos cuerpos, así el cuerpo humano puede hacer que su fuerza actúe a lo lejos y seguir quieto en su sitio, como el Sol que brilla a través del cristal y sin embargo no lo atraviesa. Por eso no se puede atribuir nada al cuerpo mismo, sino sólo a las fuerzas que brotan de él, igual que el olor del almizcle, aunque su cuerpo pueda estar quieto.

La Naturaleza emite una luz por cuyo propio brillo puede reconocérsela. Pero en el hombre hay también una luz además de la innata de la Naturaleza. Es la luz a través de la cual el hombre experimenta, aprende e investiga lo sobrenatural. Aquellos que buscan a la luz de la Naturaleza hablan de un conocimiento de la sobrenaturaleza. Porque el hombre es más que la Naturaleza; es la Naturaleza, pero es también un espíritu, es también un ángel y tiene las propiedades de los tres. Cuando se transforma en Naturaleza sirve a la Naturaleza, cuando se transforma en espíritu sirve al espíritu, cuando se transforma en ángel sirve como un ángel. Al primero se le ha dado el cuerpo, a los otros se les ha dado el alma y son su alhaja.

De la dignidad del hombre

El libro en el que las letras de los secretos están escritas de manera visible, reconocible, aprehensible y legible, de forma que todo lo que se desee saber se encuentra precisamente en ese libro, grabado por el dedo de Dios, y frente al cual, si se lee correctamente, todos los demás libros no son más que letra muerta, este libro no debe ser entendido por otro y no ha de ser buscado en ningún otro sitio que tan sólo en el hombre. El hombre solamente es el libro en el que están escritos todos los secretos; pero este libro es interpretado por: Dios.

Si quieres hallar la comprensión del entero tesoro que las letras encierran, poseen y comprenden, tienes que traerla desde muy lejos, de Aquel que ha enseñado a juntar las letras... Porque la comprensión no la encontrarás en el papel, sino en Aquel que la ha puesto en el papel.

El hombre está hecho de tierra, por eso tiene también en sí la naturaleza de la tierra. Pero después, en el “nuevo nacimiento”, está hecho de Dios, y recibe en tal figura la naturaleza divina. Igual que el hombre es iluminado en la Naturaleza por la “luz sideral” para conocerla, también es iluminado por el Espíritu Santo para conocer a Dios en su esencia. Porque nadie puede conocer a Dios mas que aquel que es de la esencia divina, nadie a la Naturaleza mas que aquel que es de su índole. Cada cual tiene adherido aquello de lo que procede y a lo que algún día regresará.

De la nobleza del hombre

Qué maravillosamente ha sido creado y configurado el hombre, cuando se penetra en su verdadero ser... y es una grandeza –pensad en esto- que no haya nada en el cielo ni en la tierra que no se encuentre también en el hombre... En él está Dios, que también está en el cielo, y todas las fuerzas del cielo se reflejan también en el hombre. ¿En qué otro sitio puede hallarse el cielo si no es en el hombre? Dado que actúa desde nosotros, sin duda tiene que estar también en nosotros. Por eso conoce nuestro ruego antes de que lo formulemos, porque está más cercano a nuestro corazón que a nuestra palabra... Dios ha construido su cielo en el hombre, hermoso y grande, noble y bueno; porque Dios está en su cielo, es decir, en el hombre. Él mismo dice que Él está en nosotros, y nosotros somos su templo.

Los pensamientos son libres y nada los domina. En ellos reposa la libertad del hombre, y ellos aventajan la luz de la Naturaleza. Porque de los pensamientos nace una fuerza creadora que no es ni elemental ni sideral... Los pensamientos crean un nuevo cielo, un nuevo firmamento, una nueva fuente de energía de la que fluyen nuevas artes... Si uno se propone crear algo, crea por así decirlo un nuevo cielo, y del mismo afluye a él la obra que quiere crear... Porque tan poderoso es el hombre, que es más que cielo y tierra.

Paracelso.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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