irichc     Fecha  17/06/2002 16:05 
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Volver al foro Responder Milenarismo en Thomas Müntzer   Admin: Borrar 	mensaje
 
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Müntzer fue decapitado por los príncipes alemanes en el año en que escribía estas líneas, 1.525. Lutero se refería a él como "el demonio de Allstedt”, se le consideraba una amenaza para el Estado incluso en el seno de la revolución protestante. Era, por decirlo así, su ala izquierda y ultrarrevolucionaria, pneumatológica, en oposición a la cristología luterana.

Para Müntzer la mejora de las condiciones materiales en las clases pobres ("el pobre pueblo") era sólo un medio para llegar al reino de Dios. Así interpretaba el Evangelio y la Carta de Pablo a los romanos. Bajo esas premisas, envió a morir a miles de campesinos ante las tropas mucho mejor armadas de los príncipes. Les decía: "la historia ya está escrita, Dios os precede". El pueblo cantaba salmos antes de entrar en combate, esperaban que las balas de cañón entrarían sus bolsillos sin herirles. Hubo una matanza. Sin embargo, fue uno de aquellos momentos apocalípticos de la historia tan pocas veces repetido.

El siguiente manifiesto nos plantea la pregunta: ¿puede darse una liberación social si no está precedida por una transformación interior? ¿Es posible una revolución sin revolucionarlo TODO?.

* * *

Proclama a los ciudadanos de Allstedt

Sobre todo y por encima de todo, queridos amigos, el temor de Dios. ¿Hasta cuándo dormiréis, hasta cuándo no reconoceréis la voluntad de Dios que, de acuerdo con vuestra opinión, os habría abandonado? Cuántas y cuántas veces os he explicado lo que sucederá: Dios no puede revelarse de otro modo. Tenéis que tener confianza. Pero si no hacéis nada, el sacrificio, vuestra inmensa aflicción, serán cosa vana, y volveréis a sufrir indeciblemente. Os digo eso: si no queréis sufrir a causa de Dios, entonces acabaréis siendo mártires del diablo. Por ello conviene que estéis en guardia, no seáis pasivos u ociosos, no os dejéis seducir por más tiempo por fantasmas absurdos, por pérfidos impíos. Sin demora, ¡iniciad, combatid la batalla del Señor! Ahora es el tiempo oportuno. Sostened a todos los hermanos para que no escarnezcan el testimonio divino. De otro modo, todos, sin remisión, pereceréis. Alemania, Francia, Italia ya han despertado. El Maestro quiere divertirse: ahora les toca a los impíos. Durante la semana de Pascua, en Fulda, han sido destruidas cuatro iglesias. Los campesinos de Klettgau y Hegau, en la Selva Negra, disponen ahora de una fuerza de tres mil hombres y, cada día que pasa, el grupo se fortifica y engrandece más y más. Sólo tengo una preocupación y es que, a causa del desconocimiento de la perfidia de los príncipes, los ingenuos campesinos lleguen a establecer con ellos un pacto engañoso.

Aunque seáis sólo tres, pero confiados en Dios y buscando exclusivamente su nombre y su gloria, no temáis ni a cien mil enemigos. Y ahora, ánimo, ánimo, ánimo, porque ahora es el tiempo propicio, y los impíos tiemblan como perros. Animad a los hermanos a hacer la paz entre ellos para que vuestro movimiento adquiera consistencia. Eso es, desde cualquier punto de vista, sumamente necesario. Ánimo, ánimo, ánimo, no os dejéis enternecer, aunque Esaú os aconseje una buena palabra [Gén 3, 3-4]. No hagáis caso de los lamentos de los impíos. Ciertamente os rogarán con gran educación, lloriquearán y suplicarán como niños. No os dejéis apiadar, porque, tal como Dios lo exigió por mediación de Moisés [Dt 7, 1-5], también nos lo ordena ahora a nosotros. Excitad a la rebelión a pueblos y ciudades y, sobre todo, a los compañeros mineros juntamente con los restantes compañeros que pueden ayudaros. No permanezcáis por más tiempo mano sobre mano.

Mientras os escribo, me ha llegado una noticia procedente de Salza: el pueblo está asediando en el castillo al consejero del duque Jorge, que quería matar en secreto a tres personas. Los campesinos de Eichsfeld se burlan sin rebozo de sus señores, y no quieren aprovecharse de su clemencia. Hacedles caso y que os sirva de ejemplo. Ánimo, ánimo, ánimo, ahora es vuestro turno, es el momento adecuado, Balthasar y Bertel Krump, Valentin y Bischof os preceden en la danza. Pasad esta carta a los compañeros mineros. Mi impresor llegará en unos pocos días; ya ha recibido mi mensaje. Por ahora no estoy en disposición de hacer otra cosa, ya que, de otro modo, hubiera dado suficientes instrucciones a los hermanos a fin de que su corazón se engrandeciese más que todas las fortificaciones y armamentos de los impíos malvados de esta tierra. ¡Ánimo, ánimo, ánimo, hasta que arda el fuego! ¡No dejéis enfriar vuestra espada! ¡No vaciléis! ¡Martillead, pink, pank, pink, pank, sobre el yunque de Nemrod! ¡Destruid sus defensas! No os podréis librar del temor humano mientras ellos [los príncipes] vivan. No podréis hablar de Dios mientras ellos, impunemente, señoreen sobre vosotros. ¡Ánimo, ánimo, ánimo mientras os acompaña la luz, Dios os precede: seguidle, seguidle! La historia ya se encuentra escrita (Mateo 24, Ezequiel 34, Daniel 74, Esdras 16, Apocalipsis 6, todos ellos pasajes que explican Romanos 13).

No os dejéis asustar: Dios está con vosotros, tal como se encuentra escrito en el segundo libro de las Crónicas, en el capítulo segundo. Así habla Dios: “No temáis ni perdáis el ánimo a causa de esta gran multitud, porque no se trata de vuestro combate, sino del de Dios. Este combate no tendréis que combatirlo vosotros, sino que, más bien, os mantendréis a salvo de todo peligro y veréis claramente la ayuda que os dará el Señor” (2 Crón 20, 15-18). Cuando Josafat oyó estas palabras, se prosternó hasta el suelo. Vosotros, haced lo mismo, para que, de esta manera, Dios os fortifique en la fe, de tal manera que no temáis a los hombres. Amén. Dado en Mühlhausen, en el año 1.525.

Thomas Müntzer,
siervo de Dios contra los impíos

* * *

[...]

Para ello, Dios quiere prepararlo convenientemente en estos últimos días, porque su nombre ha de ser ensalzado de manera conveniente. Quiere despojarlo de su vergüenza y verter su Espíritu sobre toda criatura, y, además, nuestros hijos y nuestras hijas han de profetizar y tener visiones, etc. Porque si la cristiandad no debe llegar a ser apostólica siguiendo los trazos del profeta Joel, ¿por qué alguien debería continuar predicando? Entonces, ¿para qué servirían las narraciones consignadas en la Biblia? Es verdad, y yo lo tengo por cierto, que el Espíritu de Dios se revela ahora mismo a muchos hombres piadosos elegidos, por lo cual resulta comprensible que sea urgente y necesaria una futura reforma que sea invencible.

Opóngase quien quiera, pero aunque nadie quiera creer en ella, la profecía de Daniel continúa manteniendo todo su vigor, tal como dice Pablo a los Romanos [3, 3]. De hecho, ese texto de Daniel es claro como el sol diáfano, y la obra se encamina ahora con toda decisión hacia el final del quinto imperio del mundo. Este hecho puede explicarse por mediación de la cabeza de oro, que era el imperio de Babilonia; después por el segundo que tenía el pecho y los brazos de plata, que era el imperio de medos y persas; el tercer imperio era el de los griegos, que se distinguió por su inteligencia, y se indica por medio del bronce; el cuarto era el imperio romano, que se estableció con el concurso de la espada y ha sido el imperio de la coacción. El quinto es el imperio que tenemos ante nuestros ojos, que es de hierro, y con sumo gusto también desearía ejercer la coacción, pero se halla conjuntado con fango, tal como podemos comprobar con nuestros propios ojos. Con intenciones hipócritas serpentea y se enrosca como una anguila por toda la superficie de la tierra. Porque quien no sabe engañar, a la fuerza debe ser loco. En nuestros días, puede comprobarse cómo las anguilas y las serpientes cometen a la una las más bajas impudicias. Los curas y los eclesiásticos indignos son serpientes, tal como los llama Juan, el que confirmó el bautismo a Cristo, y los señores seculares y los gobernantes son anguilas, tal como simbólicamente se dice en el Levítico [11, 9-12] en relación con los peces, etc. De esta manera, el imperio del diablo se ha embadurnado con la arcilla. ¡Ah amados señores, qué golpes más fuertes lanzará el Señor con mazo de hierro a las vasijas viejas! Por todo ello es necesario, altísimos y estimadísimos gobernantes, que aprendáis el conocimiento cabal de la misma boca de Dios, y ni os dejéis seducir ni dejéis que os traten con su paciencia y bondad fingidas. Porque la piedra lanzada, arrancada de la montaña sin el concurso de la mano, ha alcanzado un tamaño enorme. Los pobres laicos y labriegos lo ven mucho más claramente que vosotros los príncipes. Sí, loado sea Dios, la piedra se ha hecho tan grande que si algunos señores o vecinos se propusieran perseguirla diciendo que lo hacen a causa del Evangelio, serían ahuyentados por su mismo pueblo. Eso, yo lo sé con absoluta certeza. Sí, la piedra se ha hecho enorme, y el mundo insensato la teme. ¿Qué debemos hacer ahora, pues, que ha llegado a ser tan grande y poderosa? ¿Y qué conviene hacer en este momento en que la piedra ha chocado con inusitada fuerza con la columna y ha hecho añicos las vasijas de fango? Por ello es preciso que vosotros, nobilísimos gobernantes de Sajonia, entréis en contacto con coraje con la piedra angular, como hace san Pedro [Mt 16, 18]: buscad la solidez que otorga la voluntad divina. Sólo ella os mantendrá inconmovibles sobre la piedra.

Entonces vuestros pasos serán justos. Sin tardanza, buscad únicamente la justicia de Dios y adoptad con valor la causa del Evangelio, porque Dios está mucho más cerca de vosotros de lo que os pensáis. ¿Por qué os tendrían que asustar los fantasmas del hombre? Considerad de cerca este texto. El rey Nabucodonosor quería matar a los sabios que no eran capaces de explicarle su sueño. Era la remuneración que se merecían, ya que ellos pretendían regir todo el imperio del rey con su sola inteligencia, aunque, en realidad, eran incapaces de llevar a buen puerto su propósito. Ahora, nuestros eclesiásticos se hallan en una situación muy parecida. Y yo os digo que si de verdad fueseis capaces de daros cuenta de la penosa situación de la cristiandad y la consideraseis seriamente, entonces adquiriríais el mismo celo de que dieron muestras el rey Jehú en el libro de los Reyes [2 Re 9 y 10] y todo el libro del Apocalipsis. Y yo sé de cierto que cuando lleguéis a esta comprensión, os abstendréis con un gran esfuerzo de hacer uso de la espada. Porque la penosa situación de la santa cristiandad ha llegado a ser tan grande que ahora mismo ninguna lengua es capaz de expresarla. Por eso ha de surgir un nuevo Daniel, que interprete las revelaciones, y que él mismo, tal como enseña Moisés con el Deuteronomio [20, 2], ha de ponerse al frente y haga de guía. Ha de ser capaz de integrar la ira de los príncipes y el furor del pueblo. Sólo entonces os daréis cuenta de verdad de cuál es la penosa situación y la fraudulencia de los falsos eclesiásticos y de los impíos criminales; sólo entonces os enfureceréis contra ellos de una guisa tal que nadie es capaz de imaginar. Porque no cabe la menor duda de que os enojará y os tocará el corazón el hecho de que hayáis mostrado tanta bondad y que ellos, en cambio, os hayan enredado con sus palabras acarameladas, pero repletas de los juicios más nefastos contra la verdad. Porque se han burlado de vosotros cuando juraron sobre los santos que los príncipes son paganos como consecuencia de su cargo, y que deben limitarse a mantener la concordia civil. Ah, amados, sí, aquí cae la gran piedra y rápidamente golpea y derriba por los suelos a los complots cuando dice: “No he venido a traer la paz, sino la espada” (Mt 10, 34). ¿Qué debe hacerse con ella? Debe limitarse a apartar y eliminar a los perversos que obstaculizan el Evangelio, a no ser que realmente queráis convertiros en sirvientes del diablo en lugar de serlo de Dios, tal como os designa Pablo escribiendo a los Romanos [13, 4]. No podéis dudar: Dios apaleará a vuestros enemigos como si fueran tambores, porque su mano no se ha encogido, tal como dice Isaías [59, 1]. Por eso, él aún puede ayudaros, y quiere hacerlo de la misma manera que asistió al elegido rey Josías [2 Re 22, 1-23] y a todos cuantos defendieron el nombre de Dios.

Por lo tanto, si queréis actuar rectamente, debéis convertiros en su ángel, tal como lo dice Pedro [2 Pe 1, 4]. Cristo lo prescribió con gran seriedad y dijo: “¡Apresad a mis enemigos y degolladlos ante mis ojos!” (Lc 19, 27). ¿Por qué? Observa: porque ellos han pervertido la señoría de Cristo y, además, quieren defender su socarronería bajo la apariencia de fe cristiana y, de esta manera, escandalizan a todo el mundo con su ignominia y perfidia. Por ello, resulta comprensible que Cristo, nuestro Señor, diga: “Quien escandalice a uno de estos pequeños, le sería más conveniente que le colgaran una piedra de molino en el cuello y lo arrojaran al fondo del mar” (Mt 18, 6). ¡Que quien lo quiera, aquí y allá, glose esta afirmación! Son las palabras de Cristo. Si Cristo, en aquel momento, pudo decir: “quien escandalice a uno de estos pequeños”, ¿qué diría si se escandalizara en la fe a una gran multitud? Pero eso es lo que hacen estos archimalvados, que escandalizan a todo el mundo y le hacen renegar de la recta fe cristiana, y aun osan decir que nadie puede conocer el misterio de Dios. Es preciso acomodarse a sus palabras, pero en ningún caso a sus obras [Mt 23, 3]. Afirman que no es necesario que la fe sea probada como el oro por mediación del fuego [1 Pe 1, 7; Sal 140 (139), 11]. Pero, si fuera así, la fe de los cristianos sería peor que la fe de un perro, que espera recibir un pedazo de pan cuando la mesa está dispuesta. Una tal fe es simulación por parte de los falsos sabios ante el pobre mundo ciego. Así no resulta difícil comprender, teniendo en cuenta que predican exclusivamente a causa del vientre. No pueden manifestarse de manera distinta respecto del corazón [Mt 12, 34]. Si vosotros deseáis ser gobernantes justos, habéis de comenzar vuestro gobierno yendo a las raíces, tal como lo mandó Cristo. Expulsad a sus enemigos de entre los elegidos, porque vosotros sois los encargados para hacerlo. Amados míos, no pretendáis con banales bufonadas que la fuerza de Dios puede hacerlo sin el concurso de vuestra espada, ya que de esta manera se os podría oxidar en la vaina. ¡Que Dios os conceda este favor! Digan lo que quieran este o aquel sabio, Cristo se expresa con suficiente claridad: “Todo árbol que no dé frutos convenientes, ha de ser extirpado y echado al fuego” (Mt 7, 19). Ahora, debéis despojaros de la máscara del mundo, y al instante reconoceréis los malvados por mediación de un juicio justo [Jn 7, 24]. ¡Haced un juicio justo: Dios os lo manda! Tenéis ayudas suficientes para hacerlo, porque Cristo es vuestro maestro. Es por ello que no debéis dejar vivir por más tiempo a los que obran el mal, a los que se apartan de Dios, ya que el impío, si constituye un impedimento para los piadosos, no tiene derecho a vivir. En el libro del Éxodo Dios dice: “No debes dejar con vida a quienes obran el mal” (Éx 22, 2). Lo mismo piensa San Pablo cuando, refiriéndose a la espada de los gobernantes, afirma que les ha sido prestada para ejercer la venganza sobre los malvados y la defensa de los piadosos [Rom 13, 4]. Dios es vuestra protección y os enseñará a combatir contra vuestros enemigos. Él hará que vuestras manos sean hábiles para el combate y, al propio tiempo, os mantendrá inconmovibles. Pero tendréis que soportar una gran cruz y una gran contradicción por esta causa, con la finalidad de que se manifieste el temor de Dios. Eso no puede suceder sin dolor, pero el hecho de haberos arriesgado en el peligro a causa de Dios no os costará más esfuerzo que la renuncia a la vana palabrería de los enemigos. Aunque el piadoso David fuera alejado de su castillo por Absalón [2 Sam 15, 18], sin embargo, a la postre, retornó a él, y Absalón fue colgado y acuchillado.

[...]

Ya que con nosotros confiesan el nombre de Dios, han de escoger una de estas dos cosas: o renegar absolutamente de la fe cristiana o desechar a los ídolos. Que se nos acerquen nuestros sabios y, a su manera impía y furtiva, digan con Daniel que es preciso aniquilar al Anticristo sin hacer uso de la fuerza. Eso es, no cabe ningún género de duda, demasiado. Él ya fue aniquilado de la misma manera que lo fue el pueblo de los cananeos, cuando los elegidos querían entrar en la tierra prometida, tal como lo escribió Josué [5, 1]. Pero éste no se privó de la espada para destruirlos. Ved el salmo 43 y el primer libro de las Crónicas [Sal 44 (43), 4; 1 Crón 14, 11], en donde encontraréis la explicación de todo eso. Ellos, sin embargo, no conquistaron la tierra por mediación de la espada, sino con la ayuda de Dios. Ahora bien, la espada era el medio, de la misma manera que la comida y la bebida son para nosotros medios para continuar viviendo. Por lo tanto, la espada también es necesaria para aniquilar a los impíos. Pero, para que todo esto se lleve a efecto de manera justa y conveniente, deben ejecutarlo nuestros queridos padres, los príncipes, los cuales confiesan a Cristo con nosotros. En el bien entendido de que si ellos no lo hacen, les será arrebatada la espada [cf. Dn 7, 27], ya que le confesarían de palabra y le negarían con los hechos. Es de esta manera, pues, como han de ofrecer la paz a los enemigos [cf. Dt 2, 26-30]. Si quisieran ser espirituales, pero no diesen razón del conocimiento de Dios, entonces sería necesario deshacerse de ellos [1 Cor 5, 13]. Yo, sin embargo, con el piadoso Daniel, ruego por ellos, para que no se opongan a la revelación de Dios. Pero si se diera el caso de que actuaran en sentido contrario a ella, entonces, sin ningún tipo de piedad, que sean estrangulados, de la misma manera que Ezequías, Josías, Ciro, Daniel, Elías [2 Re 18, 22] aniquilaron a los curas de Baal. Si no se actúa de esta manera, la Iglesia cristiana no podrá retornar a sus orígenes. Deben arrancarse las malas hierbas de los viñedos de Dios en tiempos de la cosecha. Entonces, el bello trigo maduro adquirirá raíces muy profundas y crecerá con gran vigor. Los ángeles que afilan sus hoces para esta tarea, son los verdaderos servidores de Dios, que llevan a cabo el celo de la sabiduría divina.

Nabucodonosor se hizo cargo de la sabiduría divina por mediación de Daniel. Se prosternó ante él, después de que le hubo vencido por la verdad poderosa, pero continuó moviéndose como una caña agitada por el viento, tal como lo pone de manifiesto el capítulo tercero. En este momento también, son muchos los hombres que aceptan el Evangelio con grandes muestras de alegría, sobre todo si se manifiesta de manera cordial y amorosa [cf. Lc 8, 48]. Pero si Dios quiere poner a esta gente en el crisol o en el fuego de la prueba, ah amigos míos, entonces se escandalizan de pronto a causa de la palabrita más insignificante, tal como anunció Cristo en el Evangelio [Mc 4, 17]. Sin duda de la misma manera, muchos hombres inexperimentados se escandalizan a causa de lo que digo, ya que a la una con Cristo y Pablo y con las enseñanzas de toda ley divina, afirmo que debe matarse a los gobernantes impíos y, más especialmente aún, a los curas y monjes, que tildan de herejía al santo Evangelio y pretenden, al propio tiempo, ser los mejores cristianos. A causa de esta afirmación, la bondad hipócrita y fingida de estos tales se encolerizará e irritará de manera desbordante, y conducirá a los impíos a defenderse y decir que Cristo nunca mató a nadie, etc. Y ya que los amigos de Dios son tan dolorosamente abandonados a todas las tempestades, debe cumplirse la profecía de Pablo: “Los últimos días, los amantes de los placeres tendrán el aspecto de la piedad, pero renegarán de lo que constituye de verdad su fuerza” (2 Ti 3, 1-5). Nada sobre la faz de la tierra posee una figura y una máscara más bellas que la piedad fingida. Por ello puede encontrarse en todos los rincones una gran cantidad de hipócritas vanidosos, de entre los cuales ninguno es tan osado que sea capaz de proclamar la justa verdad. A fin de que la verdad pueda manifestarse a la luz del día, es preciso que vosotros, gobernantes (es igual que Dios os dé de hacerlo a gusto o a disgusto), os mantengáis de acuerdo con la conclusión de este capítulo de Daniel [2, 48-49], en el cual Nabucodonosor colocó a Daniel en la función de poder pronunciar juicios justos, tal como los dicta el Espíritu Santo [cf. Sal 58 (57), 11-12]. Porque los impíos no tienen ningún derecho de continuar viviendo; sólo poseen aquel que los elegidos quieran otorgarles, tal como se encuentra escrito en el libro del Éxodo [23, 29-33].

[Dirigiéndose al pueblo] ¡Alegraos, vosotros, que sois verdaderos amigos de Dios, porque los enemigos de la cruz se han precipitado con el corazón deshecho! Tendréis que actuar rectamente, aunque eso nunca os hubiera pasado por la imaginación. Porque, si tememos a Dios, ¿por qué deberíamos acongojarnos ante unos hombres licenciosos e inútiles? ¡Sed valientes! Aquel que quiere para sí mismo el poder, que ha recibido todo el poder en el cielo y en la tierra [Mt 28, 18], os guarde, amadísimos míos, para siempre. Amén.

Thomas Müntzer. Tratados y sermones.
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                               
 

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