irichc     Fecha  17/06/2004 03:31 
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Volver al foro Responder Nicolás de Cusa. Intención, movimiento perpetuo e inmortalidad del alma.   Admin: Borrar 	mensaje
 
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Es necesario que digamos que el alma se mueve y no cambia, como lo dijo Aristóteles al señalar que Dios mueve las cosas conforme Él lo desea. Porque ese bien deseado por todas las cosas permanece fijo en sí mismo y mueve hacia él a aquellas cosas que desean el bien. El alma racional intenta funcionar según este tipo de operación. El escultor mueve su mano y sus instrumentos cuando da forma a la piedra en tanto que su intención permanece firme. Parece que la intención persiste inmutable en el alma y que mueve al cuerpo y a sus instrumentos. Así es como la naturaleza, a la cual algunos llaman el alma del mundo, permaneciendo inmóvil y con la intención estable de llevar a cabo las órdenes del creador, mueve todas las cosas. Y el creador crea todas las cosas en tanto que su intención permanece eterna, inmóvil e inmutable. ¿Y qué es la intención si no el concepto racional o palabra a los que corresponden los modelos [ejemplares] de todas las cosas? Ella [la intención] es el límite fijado que determina la infinitud de todo posible llegar a ser. Por lo tanto la eterna y más simple intención de Dios es la causa establecida y permanente de todas las cosas. De este modo en el alma racional existe la intención perpetua y última de adquirir el conocimiento acerca de Dios, es decir, tener en sí misma este bien que todas las cosas desean. El alma racional, por ser racional, nunca cambia dicha intención. Existen otras intenciones secundarias, las cuales cambian cuando se desvían de esa primera intención; el primer deseo, por su parte, permanece firme. Y el alma racional no cambia debido al cambio de tales intenciones secundarias, dado que persiste en la primera intención ya fijada. Y la inmutabilidad de esa primera intención es la causa de la mutación de tales intenciones secundarias.

(...)

No es posible que la más perfecta esfera se desplace del punto A al punto C en línea recta, aun cuando el pavimento fuera perfectamente plano y la bola redondísima. Y esto porque tal bola no tocaría el suelo sino en un átomo. En su movimiento la bola sólo describiría una línea invisible y no la línea más recta entre los puntos A y C y nunca llegaría a detenerse en el punto C. ¿Cómo podría detenerse en un átomo?

Dado que la cima de un objeto perfectamente redondo también sería su cima, y dado que una vez puesto en movimiento sería un átomo, su movimiento nunca cesaría por sí mismo ya que no puede variar. Pero aquéllo que es movido se detiene siempre que es puesto en movimiento debido a que su movimiento cambia de un tiempo a otro. Por esta razón, la esfera, que yace sobre una superficie plana y pareja [plana & aequali], permanecería en movimiento perpetuo una vez puesta en movimiento. Por consiguiente la forma redonda es la más adecuada para el movimiento perfecto. Si de manera natural llega a tener dicho movimiento, nunca lo abandonará. Por esta razón si se le mueve sobre sí misma de manera que constituya el centro de su movimiento, entonces su movimiento es perpetuo y éste es el movimiento natural mediante el cual se mueve la última esfera sin violencia ni fatiga. Todas las cosas que tienen movimiento natural participan de este movimiento.

(...)

Dése cuenta de que el movimiento de la bola decrece y cesa, dejando a la bola sana e íntegra, ya que el movimiento de la bola no es natural, sino accidental y violento. Por ello cesa el movimiento cuando el ímpetu que le ha sido impuesto se agota. Pero si, como ya se ha dicho, la bola fuera perfectamente redonda su movimiento sería redondo. Dicho movimiento sería natural y de ninguna manera violento y nunca cesaría. Y así el movimiento que da vida al animal nunca cesa de dar vida al cuerpo en tanto que se mantiene sano y capaz de albergar vida, dado que es natural. Y aun cuando el movimiento que imparte vida al animal fenece con el decaimiento de la salud del cuerpo, a pesar de ello no cesa el movimiento intelectual del alma humana, ya que existe y funciona sin el cuerpo. Por esta razón dicho movimiento, que intelectualmente se mueve a sí mismo, es autosostenido y substancial. El movimiento que no se mueve a sí mismo es un accidente, y el que se mueve a sí mismo es una substancia. El movimiento no le ocurre a aquello cuya naturaleza es el movimiento, como sucede con la naturaleza del intelecto que no puede ser intelecto sin el movimiento intelectual mediante el cual es en acto. Por esta razón el movimiento intelectual es substancial y se mueve a sí mismo. Por consiguiente nunca cesa. La vivificación es el movimiento de la vida que le ocurre al cuerpo que no está vivo por su propia naturaleza. El cuerpo sin vida es un cuerpo verdadero. Por lo tanto el movimiento que le ocurre a un cuerpo puede cesar, pero esta suspensión del movimiento corporal no conlleva una suspensión del movimiento substancial que se mueve a sí mismo. Dicho poder o virtud, el automovimiento substancial, también llamado mente, abandona el cuerpo cuando deja de aportar vida, de sentir y de imaginar en él [el cuerpo], ya que dicho poder [la mente] sitúa estas operaciones en el cuerpo. Cuando no las ejerce, aun así la mente persiste a perpetuidad, aun cuando también está localmente separada del cuerpo. Porque a pesar de que dicho poder [la mente] está circunscrito dentro de un lugar, de manera que no sería si no estuviera ahí, sin embargo no ocupa un sitio en vista de ser un espíritu. Por la presencia del alma no se distiende el aire ni se ocupa un sitio, en tanto que fuera del cuerpo ocupa menos espacio del que ocupaba antes.

(...)

El propósito de lo que es manifiesto y extrínseco es lo que está oculto y es intrínseco. Pieles y cortezas existen gracias a la carne y a la médula, y la carne y la médula existen debido al poder vital, que es invisible e intrínseco. El poder elemental está oculto en el caos y el poder sensible está oculto en el poder vegetativo; y en ese poder vegetativo, el poder imaginativo; y en el poder imaginativo, el lógico o racional, en el racional el intelectivo, en el intelectivo el inteligible, y en el inteligible, el poder de poderes. Puedes leer esto místicamente en la figura de círculos. El círculo extrínseco y que engloba a los demás representa un caos confuso. El segundo círculo representa el poder elemental más cercano al caos mismo. El tercer círculo representa el poder mineral. Y estos tres círculos terminan en un cuarto círculo que representa lo vegetativo. Después viene el quinto círculo, que representa lo sensible. A continuación está el sexto círculo, representando el poder imaginativo o de fantasear. Y esos tres círculos, es decir, cuarto, quinto y sexto, terminan en un cuarto círculo que representa lo lógico o racional; este círculo es el séptimo. El siguiente es el octavo círculo que representa lo intelectivo, y luego viene el noveno, representando lo inteligible. Y estos tres, es decir, séptimo, octavo y noveno, terminan en el cuarto círculo, que también es el décimo círculo.

Nicolás de Cusa. El juego de las esferas.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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