irichc     Fecha  28/01/2003 18:01 
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Volver al foro Responder Nicolás de Cusa. Teología negativa y mística.   Admin: Borrar 	mensaje
 
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La sabiduría

Libro primero

Un idiota, hombre pobre, encontró en el Foro romano un orador riquísimo y, sonriéndole amigablemente, le interpeló de esta manera:

Me asombra tu soberbia, es decir, que no hayas llegado todavía a la humildad, a pesar de haberte fatigado en la asidua lectura de innumerables libros; esto, ciertamente, acontece porque "la ciencia de este mundo", en la que piensas que superas a todos los demás, es "estulticia delante de Dios", y por ello "infla". La verdadera ciencia, en cambio, lleva a la humildad. A esta ciencia desearía que llegases, puesto que ahí se encuentra el tesoro de la sabiduría.

ORADOR. ¿Qué presunción es la tuya, pobre idiota, completamente ignorante, que te lleva a estimar en tan poco el estudio de las letras, sin el cual nadie puede avanzar?

IDIOTA. No es la presunción, gran orador, la que no me permite callar, sino la caridad. Te veo completamente embebido en buscar la sabiduría con mucha fatiga inútil; y si de ella pudiese liberarte, de tal modo que tú mismo comprendieses tu error, pienso que, deshecho el lazo, te alegrarías de haberte evadido. Creer en la autoridad te ha llevado a ser como un caballo, que siendo libre por naturaleza, está sin embargo amarrado por la habilidad del hombre a un pesebre, donde solamente come lo que se le suministra. Tu intelecto, encadenado a la autoridad de los escritores, se alimenta con un alimento ajeno y no natural.

ORADOR. Si el alimento de la sabiduría no se encuentra en los libros de los sabios, ¿dónde está entonces?

IDIOTA. No digo que no esté allí, sino que afirmo que el alimento que se encuentra hí no es natural. Los que en primer lugar se dedicaron a escribir sobre la sabiduría no progresaron con el alimento de los libros, que todavía no existían, sino que llegaron "a la perfección humana" por medio de un alimento natural. Y éstos son muy superiores en sabiduría a aquellos otros que creyeron haber hecho grandes progresos por medio de los libros.

ORADOR. Aunque quizá se pueden obtener algunos conocimientos sin el estudio de las letras, sin embargo las cosas grandes y difíciles no se pueden conocer jamás, puesto que las ciencias han aumentado por medio de sucesivos añadidos.

IDIOTA. Esto es lo que yo decía, a saber, que te dejas guiar y engañar por la autoridad. Alguien ha escrito la palabra en la que crees. Y yo te digo por el contrario que "la sabiduría" grita "fuera", "en las plazas", y su clamor resuena, porque habita "en las regiones altísimas".

ORADOR. Por lo que oigo, siendo tú un profano, te consideras un sabio.

IDIOTA. Esta es quizá la diferencia entre tú y yo: tú piensas que eres sabio, no siéndolo, y por ello eres soberbio. Yo, en cambio, sé que soy un idiota, y por eso soy más humilde. En esto quizá soy yo más docto.

ORADOR. ¿Cómo puedes haber llegado a la ciencia de tu ignorancia, siendo idiota?

IDIOTA. No por tus libros, sino por los libros de Dios.

ORADOR. ¿Cuáles libros?

IDIOTA. Los que ha escrito con su dedo.

ORADOR. ¿Dónde se encuentran?

IDIOTA. Por todas partes.

ORADOR. ¿También, por tanto, en este Foro?

IDIOTA. Por supuesto. Afirmé ya que la sabiduría grita "por las plazas".

ORADOR. Me gustaría oír de qué modo.

IDIOTA. Si me percatase de que estás desprovisto de la curiosidad de saber, te enseñaría grandes cosas.

ORADOR. ¿Podrías hacerme degustar en un tiempo breve lo que tú quieres?

IDIOTA. Puedo.

ORADOR. Vayamos, pues, te lo ruego, a esta vecina estancia de barbero, para que, sentados, puedas hablar más tranquilamente.

Le pareció bien al idiota. Y entrando en la estancia, puestos con la vista hacia el foro, el IDIOTA comenzó su discurso de la siguiente manera:

Ya que te dije que la sabiduría "grita en las plazas", y su clamor manifiesta que habita en "las altísimas regiones", me esforzaré en mostrártelo. Y en primer lugar, querría que me dijeses: ¿qué ves que se hace aquí en el foro?

ORADOR. Veo allí que se cuentan los dineros; en otro lado, se pesan mercancías, en la parte opuesta se pesa el aceite y otros productos.

IDIOTA. Estas son operaciones de aquella razón por la cual los hombres son superiores a las bestias; los brutos no son capaces de contar, pesar y medir. Considera, pues, orador, con qué, por qué y de qué se producen estas cosas, y dímelo.

ORADOR. Por medio de la distinción.

IDIOTA. Correcto. ¿Y por medio de qué se hace la distinción? ¿Acaso no se cuenta por medio del uno?

ORADOR. ¿Cómo?

IDIOTA. ¿Acaso el uno no es el uno una vez, y el dos no es el uno dos veces, y el tres el uno tres veces, y así sucesivamente?

ORADOR. Así es.

IDIOTA. ¿Todo número resulta, pues, por medio del uno?

ORADOR. Así parece.

IDIOTA. Por tanto, lo mismo que el uno es el principio del número, así el peso mínimo es el principio del pesar y la medida mínima es el principio del medir. En consecuencia, llamemos onza a ese peso y poco a esa medida. ¿Acaso del mismo modo que se numera con el uno, no se pesa con la onza y se mide con el poco? Así, la numeración es a partir del uno, el pesar a partir de la onza y la medición desde el poco. Por tanto, la numeración está en el uno, el pesar en la onza, la medida en el poco. ¿No es así?

ORADOR. Ciertamente.

IDIOTA. ¿Por medio de qué se aferra la unidad, con qué se alcanza la onza, a través de qué el poco?

ORADOR. No lo sé. Sé, sin embargo, que la unidad no es aferrada con el número, ya que el número es posterior al uno, y del mismo modo tampoco la onza se alcanza con el peso, ni el poco con la medida.

IDIOTA. Dices muy bien, orador. Lo mismo que lo simple es por naturaleza anterior a lo compuesto, así lo compuesto es por naturaleza posterior; por tanto, lo compuesto no puede medir lo simple, sino al revés. De donde resulta que aquello por medio de lo cual, desde lo cual y en lo cual toda cosa que puede contarse es contada, no es alcanzable con el número, y aquello por lo que, a partir de lo que y en lo que se pesa toda cosa que puede ser pesada, no es alcanzable por el peso. Igualmente también aquello con lo que, por lo que y en lo que es medido todo lo que puede ser medido, no es alcanzable por la medida.

ORADOR. Esto lo veo claramente.

IDIOTA. Ese clamor de la sabiduría que está en las plazas, trasládalo a la altísima región en donde habita la sabiduría, y encontrarás cosas mucho más deleitables que aquéllas que encuentras en todos tus adornadísimos libros.

ORADOR. A no ser que expliques lo que quieres decir, no lo entiendo.

IDIOTA. Me estaría prohibido hacerlo, a no ser que lo desees sinceramente, ya que los secretos de la sabiduría no son desvelables a todos por doquier.

ORADOR. Deseo muchísimo oírte, y estoy ya inflamado con estas pocas palabras. Las que ya has dicho preanuncian algo grande. Te ruego, pues, que prosigas lo iniciado.

IDIOTA. No sé si está permitido revelar secretos tan grandes y si es fácil desvelar profundidades tan altas. No quiero, sin embargo, contenerme, con el fin de complacerte. He aquí, hermano: la suma sabiduría es ésta, saber de qué modo en los ejemplos señalados se alcanza, de manera inalcanzable, lo inalcanzable.

ORADOR. Afirmas cosas admirables y extrañas.

IDIOTA. El motivo por el que las cosas ocultas no deben comunicarse a todos es éste: porque cuando se manifiestan les parecen extrañas. Te admiras de que yo haya afirmado cosas que se contradicen entre sí. Escucharás y gustarás la verdad. Lo que he afirmado antes sobre la unidad, la onza y el poco, digo ahora que debe ser afirmado de todas las cosas respecto de su principio. En efecto, el principio de todo es aquello con el cual, en el cual y por el cual todo lo que puede ser principiado tiene principio, y no es, sin embargo, alcanzable por nada principiado. Es aquello con el cual, en el cual y por el cual se comprende todo inteligible, y sin embargo es inalcanzable con el intelecto. Es igualmente aquello con el que, en el que y por el que toda cosa expresable es expresada, y sin embargo no es alcanzable con la palabra. Es también aquello con lo que, en lo que y por lo que toda cosa limitable está limitada y todo lo finible es finito, y sin embargo es indeterminable por un término e ilimitable por un límite. Podrás formular innumerables proposiciones, plenas de verdad, similares a éstas y llenar con ellas todos tus volúmenes de oratoria y añadirles otras innumerables, para ver cómo la sabiduría habita en las regiones altísimas.

Altísimo es lo que no puede ser más alto. Solamente la infinitud es esta altitud. Por ello, sobre la sabiduría, que todos los hombres, puesto que desean por naturaleza saber, buscan con gran sinceridad de mente, no se sabe otra cosa que que es más alta que cualquier ciencia y que es incognoscible, que no es expresable en ningún discurso, que no es inteligible por ningún intelecto, que no es mensurable por ninguna medida, que no es limitable por ningún límite, no determinable por ningún término, no proporcionable por ninguna proporción, no comparable por ninguna comparación, no figurable por ninguna figura y no representable por cualquier representación, inmóvil en todo movimiento, inimaginable con cualquier imaginación, insensible con cualquier sensación, no atraíble por cualquier atracción, no gustable por ningún gusto, no audible por ningún oído, no visible por ninguna vista, inaprehensible por cualquier aprensión, inafirmable con cualquier afirmación, innegable en toda negación, indudable en cualquier duda, inopinable en toda opinión. Y como la sabiduría no puede expresarse en ningún discurso, no se puede pensar un final de estos discursos, ya que es impensable en todo pensamiento, puesto que todas las cosas son por ella, en ella y de ella.

ORADOR. Estas palabras son indudablemente más altas que lo que esperaba oír de ti. No dejes, te lo ruego, de conducirme allí donde pueda gustar junto contigo, de una manera dulce y suave, alguna cosa de tales altísimas teorías. Veo, en efecto, que no te sacias nunca de hablar de esta sabiduría. Es la máxima dulzura, pienso, la que obra esto, dulzura que no te incitaría tanto si no la gustases con gusto interior.

IDIOTA. Es la sabiduría, que tiene sabor, más dulce que la cual no hay nada para el intelecto. No han de considerarse sabios quienes hablan sólo con la palabra y no con el gusto. Hablan de la sabiduría con el gusto aquellos que a través de ella saben todas las cosas de tal modo que se percatan de no saber nada de todas ellas. Todo sabor interior se posee gracias a la sabiduría, por ella y en ella. Y como habita en las cumbres más altas, no es gustable con ningún sabor. Por consiguiente, es gustada de modo ingustable, ya que es superior a cualquier cosa capaz de ser gustada, sensible, racional e intelectual. Eso es gustar de modo ingustable. Lo mismo que un olor propagado por algo oloroso percibido en otro, nos incita a movernos de modo que corramos desde el olor de los perfumes hasta el perfume, de la misma manera la sabiduría eterna e infinita, al resplandecer en todas las cosas, nos incita a partir de una cierta pregustación de los efectos a ir hacia ella con un asombroso deseo.

Ella es la misma vida espiritual del intelecto, el cual posee en sí mismo una cierta connatural pregustación, gracias a la cual el intelecto busca con gran afán la fuente de su vida, que sin esa pregustación no gustaría y si la encontrase no sabría que la ha encontrado; por ello, el intelecto se mueve hacia la sabiduría como hacia su propia vida. Para todo espíritu es agradable ascender sin fin al principio de la vida, aunque sea inaccesible. En efecto, vivir progresivamente cada vez más feliz consiste en esto: ascender hacia la vida. Y cuando, en la búsqueda de la propia vida, el intelecto es conducido allí donde ve esa vida infinita, tanto más goza cuanto más se percata de que su vida es más inmortal. Acontece así que la inaccesibilidad o la incomprehensibilidad de la infinitud de su vida es la comprehensión que más desea. Lo mismo que si alguien poseyese el tesoro de su propia vida y llegara a percatarse de que ese tesoro suyo es innumerable, imponderable e inconmensurable, de la misma manera esta ciencia de la incomprehensibilidad es una comprehensión gozosa y deseadísima, no respecto a quien comprende, sino en relación al tesoro amadísimo de la vida. Del mismo modo que si alguien ama algo porque es amable, se alegra al encontrar en la cosa amable causas infinitas e inexpresables de amor. La comprensión más gozosa en el amante se produce cuando comprende la incomprensible amabilidad del amado. De ninguna manera se alegraría de amar al amado según algo que es comprensible, por cuanto le consta que la amabilidad del amado es absolutamente inconmensurable, ilimitable, interminable e incomprehensible. Ésta es la comprehensibilidad gozosísima de la incomprehensibilidad.

(...)

Nicolás de Cusa. Diálogos del idiota.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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