irichc     Fecha  17/06/2002 16:53 
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Volver al foro Responder Nietzsche: la realidad como metáfora del dolor   Admin: Borrar 	mensaje
 
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Alegatos contra el positivismo y el romanticismo. Entre dos fuegos.

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Lo que conserva a la especie

Hasta ahora, los espíritus más fuertes y malos han sido los que más han contribuido a la evolución de la humanidad: encendieron una y otra vez las pasiones a punto de adormecerse –toda sociedad ordenada adormece las pasiones-, despertaron una y otra vez el sentido de la comparación, de la contradicción, el deleite de lo nuevo, de lo aventurado y jamás ensayado forzando a los hombres a oponer opiniones a opiniones, paradigmas a paradigmas. Con las armas, derribando los mojones, sobre todo, ultrajando las piedades: ¡pero también mediante nuevas religiones y morales! En cada apóstol y predicador de lo nuevo está la misma “maldad” que desacredita al conquistador, -aun cuando aquella se manifiesta de modo más sutil, no acciona enseguida los músculos y, por esta razón no desacredita tanto. Bajo todas las circunstancias lo nuevo es lo malo, en cuanto es lo que se quiere conquistar, derribar los antiguos mojones y las viejas piedades; ¡y sólo lo viejo es lo bueno! En todo tiempo los hombres buenos son los que ahondan los viejos pensamientos y con ellos rinden frutos; los agricultores del espíritu. Pero toda tierra termina tarde o temprano por quedar agotada, y siempre de nuevo tiene que pasar la reja del arado del mal. – Existe hoy en día una doctrina moral fundamentalmente errónea que sobre todo en Inglaterra es celebrada mucho: según ella, los juicios “bueno” y “malo” son la acumulación de las experiencias de “adecuado” e “inadecuado”; según ella lo que se denomina “malo” es lo que perjudica a la especie. En realidad, empero, los impulsos malos son en un grado igualmente alto útiles para conservar a la especie y tan imprescindibles como los buenos – sólo que su función es diferente.

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Algo para los laboriosos

Quien hoy día quiere hacer de las cosas morales un estudio, se abre a un inmenso campo de trabajo. Toda clase de pasiones tienen que ser analizadas por separado y consideradas por separado a través de tiempos, pueblos e individuos grandes y pequeños; ¡toda su razón y todas sus valoraciones y enfoques de las cosas deben salir a la luz! Hasta ahora, todo lo que ha prestado color a la existencia carece de historia: ¿dónde hay una historia del amor, de la codicia, de la envidia, de la conciencia, de la piedad y de la crueldad? Hoy por hoy falta por completo incluso una historia comparada del derecho, o siquiera del castigo. ¿Ya se han hecho objeto de investigación las distintas divisiones de la jornada, las consecuencias de una norma fija respecto a trabajo, fiesta y descanso? ¿Se conocen los efectos morales de los alimentos? ¿Existe una filosofía de la alimentación? (¡La agitación siempre renovada en pro y en contra del vegetarianismo demuestra que no existe aún tal filosofía!). ¿Se han compendiado ya las experiencias relativas a la convivencia, por ejemplo las experiencias de los conventos? ¿Ha sido expuesta ya la dialéctica del matrimonio y de la amistad? Las costumbres de los eruditos, los comerciantes, los artistas, los artesanos -¿han encontrado ya a sus pensadores? ¡Hay en ellas tanto que pensar! Todo lo que los hombres han considerado como sus “condiciones de existencia”, y toda la razón, pasión y superstición inherente a esta consideración -¿ya se ha agotado el estudio de este material? Solamente la observación del diferente desarrollo que los impulsos humanos han tenido y podrían aún tener respecto a los diferentes climas morales involucra ya demasiado trabajo para los más laboriosos; son menester generaciones enteras, generaciones de eruditos colaborando sistemáticamente, para investigar a fondo los puntos de vista y el material correspondiente. Lo mismo reza para la dilucidación de las causas de la diferencia de clima moral (“¿por qué brilla aquí este sol de un juicio moral básico y criterio de valor fundamental y allá aquél?”). Otro trabajo que aún queda por realizar es el de establecer el error de todas esas causas y toda la esencia del juicio moral tal como hasta ahora ha sido practicado. Suponiendo que se hubiera cumplido toda esta labor, se plantearía la más espinosa de las cuestiones: la de si la ciencia está en condiciones de fijar metas de la actividad humana, tras haber demostrado que las puede quitar y destruir, -y entonces habría llegado la hora de una experimentación susceptible de satisfacer todo tipo de heroísmo, de una experimentación que abarcaría muchos siglos, y que podría eclipsar todas las grandes realizaciones, y sacrificios de la historia hasta ahora. La ciencia no ha levantado aún sus monumentos ciclópeos: ¡también le llegará su tiempo!

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Del objetivo de la ciencia

¿Cómo? ¿el objetivo último de la ciencia sería proporcionar al hombre la mayor cantidad posible de placer y la menor cantidad posible de desplacer? Pero ¿y si el placer y el desplacer se hallan atados juntos de tal modo que quien quiere la mayor cantidad posible de uno tiene que aceptar también la mayor cantidad posible del otro – que quien quiere aprender la jubilosa exultación tiene que prepararse también para la extrema desesperación? ¡Así es tal vez, en efecto! Los estoicos, por lo menos, creían que así era y eran consecuentes apeteciendo la menor cantidad posible de placer para tener la menor cantidad posible de desplacer de la vida. (Cuando se esgrimía el dicho: “el hombre virtuoso es el más feliz”, se empleaba como rótulo de la escuela para la gran masa y también como sutileza casuística para los sutiles). También hoy día tenéis que elegir entre la menor cantidad posible de desplacer, vale decir, ausencia de dolor –y, en el fondo, los socialistas y los políticos, de cualquier filiación, no debieran, en rigor, prometer más a sus gentes- y la mayor cantidad posible de desplacer como precio por el crecimiento de una plétora de goces y placeres sutiles hasta ahora rara vez saboreados. Si optáis por lo primero, si queréis reducir y disminuir la sensibilidad de los hombres al dolor, tenéis que reducir y disminuir también su capacidad de alegría. ¡En efecto, mediante la ciencia puede promoverse tanto un objetivo como el otro! Tal vez se la conozca hoy día más aún por el poder que tiene de privar al hombre de sus alegrías y volverlo más frío, más rígido, más estoico. Pero podría también ser descubierta algún día en calidad de gran generatriz de dolor - ¡y entonces se descubrirá quizá también su contra-poder, su tremendo poder de dejar esclarecer nuevos mundos estelares de la alegría!

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Fuera del aula

“Para demostrar a ustedes que el hombre pertenece, en el fondo, a los animales benignos, les recordaré cuán crédulo ha sido durante tan largo tiempo. Sólo ahora, muy tarde, y tras tremenda lucha consigo mismo, se ha convertido en un animal desconfiado - ¡sí!, el hombre es ahora más malo que nunca”. – No lo comprendo: ¿por qué el hombre sería ahora más desconfiado y malo? – “¡Porque ahora tiene, necesita, una ciencia!”.

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Por tres errores

En estos últimos siglos, se ha promovido la ciencia, en parte porque por medio y a través de ella se esperaba comprender lo mejor posible la bondad y sabiduría de Dios – el motivo principal en el alma de los grandes ingleses (como Newton)-, en parte porque se creía en la utilidad absoluta del conocimiento, en particular en la íntima conexión entre moral, saber y felicidad – el motivo principal en el alma de los grandes franceses (como Voltaire)-, en parte porque en la ciencia se creía poseer y amar algo abnegado, inofensivo, autosuficiente, verdaderamente inocente en donde los malos impulsos del hombre no tenían ninguna participación, - el motivo principal en el alma de Spinoza, quien como cognoscente se sentía divino: - ¡luego, por tres errores!.

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Veracidad

Aplaudo cualquier escepticismo al que me sea permitido replicar: "¡hagamos la prueba!". Pero no quiero saber nada más con las cosas y cuestiones que no admiten el experimento. Ése es el límite de mi veracidad: pues ahí la valentía ha perdido sus derechos.

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¡Sólo como creadores!

Lo que más me ha costado, y me cuesta todavía: comprender que infinitamente más importante que lo que las cosas son es cómo se llaman. Reputación, nombre y apariencia, el valor, la medida y el peso corrientes de una cosa – originados por lo común en un error y una arbitrariedad, echados encima de las cosas como una vestidura y absolutamente extraños a su esencia e incluso a su piel – todo esto, conforme era creído y transmitido de generación en generación, paulatinamente se adhirió a la cosa y se enquistó en ella, quedando al fin convertido en su substancia misma, - ¡La apariencia originaria termina casi siempre por tornarse en la esencia, y obra como esencia! ¡Loco sería, en verdad, quien creyese que basta con señalar este origen y esta envoltura nebulosa de la ilusión para destruir el mundo tenido por esencial, la llamada “realidad”! ¡Sólo como creadores podemos destruir! - Mas no olvidemos tampoco esto: ¡basta crear nuevos nombres, valoraciones y probabilidades para crear a la larga nuevas “cosas”!

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Sobre la doctrina de la voluntad de poder

Haciendo bien y haciendo mal ejercemos nuestro poder sobre los otros - ¡y esto es todo lo que queremos! Haciendo mal a aquellos a los que sólo hemos de hacer sentir nuestro poder; pues el dolor es para tal fin un medio mucho más penetrante que el placer – el dolor siempre indaga la causa, en tanto que el placer propende a detenerse en sí mismo y no mira hacia atrás. Haciendo bien y queriendo bien a los que ya de uno u otro modo dependen de nosotros (quiere decir, que están acostumbrados a buscar sus causas en nosotros) queremos acrecentar su poder, porque de esta manera acrecentamos el nuestro, o bien queremos mostrarles la ventaja que comporta el estar sometido a nuestro poder, - así estarán más conformes con su situación y más hostiles y dispuestos a luchar contra los enemigos de nuestro poder. Si al hacer bien o mal hacemos sacrificios, esto no cambia el valor último de nuestros actos; incluso cuando sacrificamos nuestra vida, como el mártir por su iglesia, - es un sacrificio que hacemos por nuestra ansia de poder o con objeto de conservar nuestra voluntad de poder. Quien siente: “Yo soy dueño de la verdad”, ¡a cuántos bienes no renuncia con tal de salvaguardar este sentimiento! ¡Cuántas cosas no echa por la borda por mantenerse “arriba” – es decir, por encima de los otros que no poseen la “verdad”! Por cierto que la situación en que hacemos mal rara vez es tan grata, tan absolutamente grata, como aquella en que hacemos bien – es un signo de que nos falta todavía poder, o traduce el disgusto de esta penuria, acarrea nuevos peligros e incertidumbres para el poder que ya poseemos y ensombrece nuestro horizonte por la perspectiva de venganza, escarnio, castigo, fracaso. Sólo los hombres más susceptibles y deseosos de la voluntad de poder experimentan acaso más placer en imprimir al recalcitrante el sello del poder; aquellos a los que molesta y aburre la vista del ya sometido (que es objeto de benevolencia). Todo depende de cómo uno está acostumbrado a condimentar su vida; es cuestión de gusto preferir el aumento de poder lento o el brusco, el seguro o el peligroso y audaz – se busca un condimento u otro siempre según el temperamento. Una presa fácil es algo despreciable para las naturalezas orgullosas, que sólo experimentan placer ante hombres cabales que podrían convertirse en enemigos suyos, como también ante cualquier bien difícilmente accesible; son con frecuencia duros con el que sufre, pues no es digno de su afán y orgullo – tanto más deferentes se muestran hacia sus iguales, con los que sería de todos modos honroso luchar y forcejear, en caso de ofrecerse la ocasión. A impulso de placer de esta perspectiva, los miembros de la casta caballeresca se han acostumbrado a una cortesía exquisita mutua. – La compasión es el sentimiento más agradable a aquellos que tienen escaso orgullo y no tienen perspectivas de hacer grandes conquistas: a ellos les encanta la presa fácil – y ésta es todo el que sufre. Se ensalza la compasión como la virtud de las mujeres de la vida.

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Virtudes inconscientes

Todas las cualidades de una persona de las que ésta tiene conciencia -en particular cuando da por supuesto que son visibles y evidentes también para todo el que tiene trato con ella- se rigen por leyes evolutivas muy diferentes de las cualidades que le son desconocidas o mal conocidas y que, por su sutilidad, escapan incluso al ojo observador sutil, sabiendo ocultarse como tras la nada. Así es el caso de los finos dibujos que lucen las escamas de los reptiles: sería un error tenerlos por un adorno o un arma –pues se ven sólo al microscopio, vale decir, por un ojo tan aguzado artificialmente como no lo poseen animales parecidos para los cuales acaso debieran significar adorno o arma. Nuestras cualidades morales visibles, y en particular aquellas que creemos visibles, siguen su camino –y las invisibles de idéntico nombre, que no son para nosotros ni adorno ni arma con respecto a nuestros semejantes, siguen a su vez su camino: probablemente un camino totalmente distinto, y con líneas y sutilidades y dibujos que podrían tal vez deleitar a un dios con un microscopio divino. Tenemos por ejemplo nuestra inteligencia, nuestra ambición, nuestra sagacidad: todo el mundo lo sabe -, y además tenemos probablemente también NUESTRA diligencia, NUESTRA ambición, NUESTRA sagacidad: ¡pero para estas escamas nuestras de reptil no se ha inventado todavía el microscopio! – Y en este punto dirán los amigos de la moralidad instintiva: “¡Bravo! ¡Él admite, al menos, la posibilidad de virtudes inconscientes – con eso nos basta!” - ¡Oh, qué contentadizos sois!

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Dónde empieza el bien

Allí donde la vista débil ya no puede percibir el impulso malo como tal a causa de su refinamiento, establece el hombre el reino del bien, y el sentimiento de haber entrado desde ahora en el reino del bien excita todos los impulsos que estaban amenazados y limitados por el impulso malo, como el sentimiento de seguridad, de bienestar, de benevolencia. Entonces: ¡cuanto más roma es la vista, tanto más lejos se extiende el bien! ¡De ahí la perenne alegría del pueblo y de los niños! ¡De ahí la lobreguez de los grandes pensadores y su pesadumbre afín a la mala conciencia!

Nietzsche. La Gaya Ciencia.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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