irichc     Fecha  11/06/2003 01:37 
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Volver al foro Responder Novaciano. La divinidad de Cristo contra los herejes adopcionistas.   Admin: Borrar 	mensaje
 
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Y si Pablo llama a Cristo "primogénito de toda criatura" (Col. 1,15), ¿cómo pudo ser el primogénito de toda criatura sino porque el Verbo en cuanto a su divinidad procedió de Dios Padre antes que toda criatura? Y si los herejes no lo interpretan así, se verán obligados a probar que Cristo en cuanto hombre es el primogénito de toda creación, cosa que no podrán conseguir. Así pues, o bien existe antes que toda criatura, para ser el primogénito de toda la creación y no es sólo un hombre, porque un hombre es posterior a toda criatura, o es solamente un hombre y existe después de toda criatura. Y ¿cómo es primogénito de toda la creación, sino porque aquel Verbo que existe antes que toda criatura y es por tanto primogénito de toda criatura, se hace carne y habita entre nosotros, es decir, asume este hombre, cuya existencia es posterior a toda criatura, y así habita con él y en él entre nosotros, de modo que a Cristo no se le sustraiga la humanidad ni se le niegue la divinidad? En efecto, si existe sólo antes que toda criatura, se le ha sustraído la humanidad; pero si es sólo hombre, se elimina la divinidad que es anterior a toda criatura. Por tanto, ambas cosas están confederadas en Cristo, y ambas cosas están unidas, y ambas cosas están entrelazadas y con razón cuando hay en él algo que supera a la criatura, parece que la armonía de la divinidad y de la humildad está en él garantizada. Por esto, aquel del que se dice que ha sido hecho "mediador de Dios y de los hombres" (1 Tim. 2,5) aparece como habiendo unido en sí a Dios y al hombre.

Y si el mismo apóstol dice de Cristo que "habiéndose despojado de la carne humilló las potestades, después que ellas habían claramente vencido sobre él" (Col. 2,15), no en vano lo presentó despojado de la carne, sino porque quiso dar a entender que de nuevo se había revestido de ella en la resurrección. ¿Quién es, por tanto, este que se despoja y se reviste de nuevo? ¡Que lo investiguen los herejes! En efecto, nosotros sabemos que el Verbo de Dios se ha revestido de la sustancia de la carne y que el mismo se ha despojado nuevamente de la misma materia de su cuerpo, la que otra vez tomó en la resurrección y la volvió a tomar como si se tratara de un vestido. Ahora bien, Cristo no se habría despojado ni revestido de la naturaleza humana, si hubiese sido sólo un hombre. En efecto, nunca nadie se despoja o se reviste de sí mismo. Es, pues, necesario que sea otra cosa distinta, sea lo que sea, de lo que uno se despoja o se reviste. Por esto, con razón fue el Verbo de Dios el que se despojó de la carne y se revisitió nuevamente de ella en la resurrección. Y se despojó porque la había vestido en su nacimiento. Así pues, en Cristo es Dios el que se reviste y conviene también que sea el que se despoja, ya que aquel que se reviste es necesario que también se despoje. Y se viste y se despoja de la humanidad como de una especie de túnica que es el tejido de su cuerpo. Y consiguientemente, como hemos dicho, fue el Verbo de Dios el que aparece que una vez se vistió y otra vez se despojó.

Esto mismo también se predijo en las bendiciones: "Lavará su túnica en vino y en la sangre su vestido" (Gen. 49,11). Si en Cristo la túnica es la carne y su vestido es el cuerpo, hay que investigar quién es aquél cuyo cuerpo es un vestido y su carne una túnica -para nosotros es claro que la carne fue la túnica y el cuerpo el vestido del Verbo-, y quién lavó la sustancia de su cuerpo y la materia de su carne en la sangre, es decir "en vino", purificando en su pasión la humanidad asumida. Por lo cual, en cuanto que es lavado es hombre, ya que el vestido que se lava es la carne. Pero el que lava es el Verbo de Dios, que, para lavar el vestido, se hizo asumente del vestido. Consiguientemente, con aquella sustancia que fue tomada para ser lavada se expresa al hombre, como con la autoridad del Verbo, que fue el que lavó, se muestra que es Dios.

(...)

Dice: "El cual existiendo en la forma de Dios" (Phil. 2,6). Si Cristo fuese sólo un hombre, se hubiese dicho que existía en la imagen de Dios, pero no en la forma de Dios. En efecto, sabemos que el hombre fue hecho según la imagen, no según la forma de Dios. ¿Quién es, pues, éste que, como hemos dicho, fue hecho según la forma de Dios? ¿Un ángel? Pero no leemos en la Escritura que la forma de Dios se encuentre ni siquiera en los ángeles, salvo de éste que es el principal y más noble que todos los demás, el Hijo de Dios, el Verbo de Dios, el imitador de todas las obras paternas, y en tanto que él actúa como también lo hace su Padre, es, según hemos dicho, la forma de Dios Padre. Y con razón se ha dicho que existe en la forma de Dios, ya que él está por encima de todas las cosas y posee el poder divino sobre todas las criaturas y es Dios según el paradigma del Padre, habiendo obtenido de su propio Padre esto mismo, a saber, el ser Dios y Señor de todas las cosas, y es Dios según la forma de Dios Padre habiendo sido engendrado y proferido de él mismo.

(...)

En esta ocasión también se anonadó, ya que no rehusó asumir la fragilidad humana de nuestra condición. Porque si sólo fuera un hombre el que nació, en ese caso no se habría anonadado. En efecto, el que nace se desarrolla, pero no se anonada, pues en la medida en que comienza a existir, lo que no podía tener cuando no existía, según hemos dicho, no se anonada, sino que más bien se desarrolla y enriquece. Y si Cristo se anonada por el hecho de nacer, al tomar la forma de siervo, ¿cómo puede ser sólo un hombre, del cual se había dicho más exactamente que se había enriquecido al nacer, no que se había anonadado? Pero la majestad del Verbo divino, hallándose provisionalmente en estado de reposo y no ejerciendo su poder al asumir la humanidad, se humilló y abajó temporalmente, mientras porta consigo la humanidad que asumió. Se anonada cuando se somete a las injurias y afrentas, cuando oye cosas nefandas y padece cosas indignas.

Pero de esta humildad hay rápidamente una recompensa extraordinaria. Pues recibió "un nombre que está sobre todo nombre" (Phil. 2,9), que entendemos no ser otro sino el nombre de Dios. Pues siendo sólo propio de Dios estar sobre todas las cosas, se sigue que el nombre que está sobre todas las cosas es aquel que es propio del que está sobre todas las cosas, a saber, el de Dios.Por tanto, se trata de aquel nombre que está sobre todo nombre y ese nombre, por consiguiente, es ciertamente el de quien habiendo existido en la forma de Dios "no consideró rapiña ser igual a Dios" (Phil 2,10). Y si Cristo no fuese también Dios, no se arrodillaría a su nombre toda rodilla en los cielos, en la tierra y en los infiernos, ni estarían sujetas y sometidas a un hombre las cosas visibles e invisibles ni todas las criaturas, pues serían conscientes de existir antes que el hombre.

Por consiguiente, al decirse que Cristo existía en la forma de Dios y al mostrarse que se anonadó en su nacimiento según la carne y al proclamarse que recibió del Padre este nombre que está por encima de todo nombre, y al revelarse que a su nombre se postra y dobla toda rodilla en los cielos, en la tierra y en los infiernos, y al afirmarse que esto mismo redunda en gloria de Dios Padre, consiguientemente no sólo es hombre por aquello de que "se hizo obediente" al Padre "hasta la muerte y muerte de cruz" (Phil. 2,10), sino que también por todas aquellas cosas anteriores que cantan la divinidad de Cristo se demuestra que Jesucristo es también Dios. Los herejes no admiten esto.

Novaciano. La Trinidad.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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