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APOLONIO DE TIANA

[Doctrina sobre el modo de orar. Acción de gracias a Asclepio]

Respecto a que no se excediera la medida al hacer sacrificios y ofrendas, lo razonó de la siguiente forma. Una vez que había acudido bastante gente al templo, recién expulsado el cilicio, le dirigió al sacerdote las siguientes preguntas:

- ¿Son los dioses justos?

- Los más justos, por supuesto -dijo.

- Muy bien, ¿y sabios?

- ¿Qué podría ser más sabio que la divinidad? -contestó.

- ¿Y los asuntos de los hombres? ¿Los conocen o son ignorantes acerca de ellos?

- Precisamente eso -respondió- es en lo que más superan los dioses a los hombres. En que éstos, por su incapacidad, no saben ni siquiera lo que les concierne, mientras que a aquéllos les es dado conocer lo que les concierne a éstos y a sí mismos.

- Todo eso -dijo- es excelente, sacerdote, y muy cierto. Así pues, dado que lo saben todo, me parece que el que llega a la morada del dios y tiene buena conciencia de sí mismo debe dirigirle la siguiente plegaria: "dioses, concededme lo debido", pues debido les es seguramente a las personas puras, lo bueno, sacerdote, y a los malos lo contrario. Y los dioses que, por supuesto, obran con rectitud, al que hallan sano y sin herir por el vicio, lo envían con seguridad por este camino, tras coronarle, no con coronas de oro, sino con todos los bienes, pero al que ven manchado y corrompido por completo, lo abandonan a su suerte, demostrándoles su irritación en tanto en cuanto se atrevieron incluso a frecuentar los templos sin estar puros.

Y mientras dirigía su mirada a Asclepio añadió:

- Practicas, Asclepio, una filosofía secreta y congénita contigo, al no permitirles a los malvados que llegen hasta aquí, ni aunque te traigan todo lo de la India y Sardes. Pues no hacen esos sacrificios ni cuelgan sus exvotos por honrar a la divinidad, sino por comprar un castigo del que no les dispensaréis, puesto que sois los más justos.

Muchas cosas de este estilo filosofaba en el templo aún en su primera juventud.

[Tentación de Apolonio]

También esto es de su estancia en Egas. Gobernaba a los cilicios un hombre soberbio y pervertido en lo amoroso. Hasta él llegó la fama de la juvenil belleza de Apolonio, y mandando a paseo los asuntos en los que se ocupaba -estaba presidiendo una audiencia en Tarso-, se puso en camino hacia Egas, diciendo que estaba enfermo y que necesitaba a Asclepio. Así que llegándose junto a Apolonio, cuando paseaba solo, le dijo:

- Recomiéndame al dios.

Y él le dijo, como contestación:

- ¿Por qué necesitas de alguien que te recomiende, si eres un hombre de bien? Pues a las personas virtuosas las aprecian los dioses, incluso sin intercesores.

- ¡Por Zeus, Apolonio! -dijo-. Porque el dios te ha hecho su huésped, pero a mí todavía no.

- Pero a mí -contestó- la hombría de bien me sirvió de intercesora y, practicándola en la medida en que le es posible a un joven, soy servidor de Asclepio y su compañero. Si a ti también te preocupa la hombría de bien, ve animoso junto al dios y pídele lo que quieras.

-Sí, por Zeus -contestó-, si te pido a ti primero una cosa.

- ¿Y qué podrías pedirme? -le dijo.

- Lo que debe pedírseles a los muchachos hermosos -contestó-. Les pedimos que nos dejen participar de su hermosura y no nieguen su juvenil belleza -dijo, poniéndose lánguido y con mirada húmeda y el contorneo propio de las personas tan lascivas e infames como él.

Pero Apolonio, mirándolo torvamente, le dijo:

- Estás loco, basura.

Y cuando el otro no solamente se encolerizó al oírlo, sino que incluso lo amenazó con cortarle la cabeza, Apolonio le gritó, echándose a reír:

- ¡Eso será tal día! -era precisamente tres días después de aquél en que los esclavos públicos ejecutaron junto al camino a aquel soberbio, por haber conspirado con Arquelao, el rey de Capadocia, contra los romanos.

Esas y muchas cosas por el estilo han quedado narradas por Máximo de Egas, que fue juzgado digno de ser uno de los secretarios del emperador, prestigioso como era en la oratoria.

(...)

[Ascesis y moral sexual de Apolonio]

Decía que verdaderamente, cuando Anaxágoras de Clazómenas les dejó sus bienes a los bueyes y carneros, había practicado una filosofía para animales más que para hombres, y que Crates de Tebas, al echar su fortuna al mar, no había resultado provechoso ni a los hombres ni al ganado. Y como se elogiaba a Pitágoras por la frase que decía acerca de que no se debían tener relaciones con otra mujer que la propia, afirmaba que eso lo había dicho Pitágoras para otros, porque él ni se casaría ni entablaría relaciones sexuales, aventajando también al ejemplo de Sófocles. Porque éste dijo que se había librado al llegar a la vejez de un amo enloquecido y salvaje, pero él, por su virtud y moderación, ni siquiera en la adolescencia se había dejado someter por él, sino que, incluso cuando era joven y pleno de vigor, su cuerpo vencía y dominaba la locura.

(...)

Preguntándole una vez Éuxeno a Apolonio por qué no escribía, con opiniones tan nobles como las que tenía y con el uso que hacía de una forma de expresión estimable y vigorosa, dijo:

- Porque todavía no he guardado silencio.

Y a partir de entonces consieró que debía guardar silencio y abstenerse de hablar, pero sus ojos y su mente tomaban nota de muchísimas cosas y muchísimas las almacenaba en su memoria.

(...)

Dice que esta manera de vivir, que practicó cinco años enteros, fue la más penosa para él; porque, teniendo muchas cosas que decir, no las dijo, y habiendo oído muchas cosas como para irritarse, se vio obligado a no oírlas y que, al verse impulsado a increpar a muchos, se decía a sí mismo "resiste, corazón y lengua". Cuando los razonamientos estaban en desacuerdo con él, entonces posponía las refutaciones.

(...)

[Rescate del gobernador. Reprensión de los ricos y fin de la hambruna]

Refrenar a quienes han iniciado una revuelta por bailarines o caballos no es, en efecto, gran cosa, pues los que se sublevan por tales motivos, si ven a un hombre de verdad, se ruborizan, recuperan el control de sí mismos y se avienen a razones con la mayor facilidad; pero a una ciudad atormentada por el hambre no es cosa fácil volverla al buen camino con palabras dóciles y persuasivas y hacerla cesar en su furia. Sin embargo, a Apolonio incluso el silencio le era suficiente con los que se hallaban en tal situación.

En efecto, llegó a Aspendo de Panfilia -junto al río Eurimedonte se asienta esa ciudad, la tercera de las de allí-. Había algarrobas a la venta y era forzosamente lo único que se les daba de comer, pues el grano lo retenían los poderosos, que lo habían almacenado para venderlo fuera de la región. Naturalmente se había soliviantado por ello contra el gobernador la gente de todas las edades y habían encendido un fuego destinado a él, aunque se hallaba postrado junto a las estatuas del emperador, que eran entonces más temidas que las de Zeus en Olimpia y más inviolables, pues eran de Tiberio, a propósito del cual se dice que alguien fue considerado sacrílego porque golpeó a un esclavo suyo que llevaba un dracma de plata acuñado con la imagen de Tiberio.

Así pues, presentándose ante el gobernador le preguntó con la mano qué era aquello, y cuando éste le dijo que no había cometido ninguna injusticia, sino que era objeto de ella junto con el pueblo, y que si no se le permitía hablar perecería con el pueblo, se volvió Apolonio hacia los que le rodeaban y les indicó con la cabeza que debían escucharlo. Y ellos, no sólo guardaron silencio por perplejidad ante él, sino que dejaron el fuego sobre los altares que allí había. Cobrando ánimo, el gobernador dijo:

- Fulano y Mengano -y citó a bastantes- son los responsables del hambre que ahora reina, pues ellos, que se han apoderado del grano, lo guardan, cada uno en un lugar de la región.

Cuando se urgían los de Aspendo unos a otros a marchar hacia las fincas, Apolonio les indicó con la cabeza que no lo hicieran, sino que, mejor que eso, mandaran llamar a los inculpados y consiguieran el trigo de ellos sin coacciones.

Al llegar éstos, poco le faltó para romper a hablar contra ellos, por lo que había sufrido por las lágrimas de la gente -pues se habían congregado los niños y las mujeres y gemían los viejos, como si estuvieran a punto de morir de hambre-; pero en honor a la decisión del silencio, escribe una acusación en una tablilla y se la entrega al gobernador para que la lea. Y la acusación era en estos términos:

"Apolonio a los mercaderes de trigo de Aspendo.

La tierra es madre de todos, pues es justa. Pero vosotros, como injustos que sois, la habéis hecho madre de vosotros solos y si no cejáis, no os dejaré sostener sobre ella".

Por temor a esto, llenaron el mercado de grano y la ciudad volvió a la vida.

[Crítica al viejo culto. Reprensión de los moradores ociosos del templo]

Visitó también Antioquía la Grande cuando había dejado de guardar silencio y llegó al santuario de Apolo Dafneo, con el que los asirios ponen en relación la leyenda arcadia. Dicen, en efecto, que Dafne, la hija de Ladón, se metamorfoseó allí. Incluso les fluye un río, el Ladón, y se honra entre ellos un árbol del laurel, resultado, por supuesto, de la transformación de la muchacha. Las desmesuradas alturas de unos cipreses rodean el santuario en círculo, y la tierra hace brotar veneros abundantes y plácidos con los que dicen que Apolo se rocía. Allí la tierra hizo brotar un retoño de ciprés, dicen que como sustitución de Cipariso, un efebo asirio, y hace verosímil la metamorfosis la belleza del retoño. Quizá podría parecer que trato el asunto de manera demasiado pueril al narrar mitos como éste, pero no es por mitología. ¿Qué se propone mi relato? Apolonio, cuando vio un santuario encantador, pero sin ninguna seriedad en él, sino a unos hombres semibárbaros e incultos, dijo:

- Apolo transforma a los mudos en árboles para que, al menos, como cipreses, produzcan algún ruido.

Y al observar las fuentes, qué placidez tenían y que ninguna de ellas murmuraba, añadió:

- La mudez de aquí ni siquiera a las fuentes les permite hacer ruido.

Y al ver a Ladón, dijo:

- No fue tu hija la única en metamorfosearse, sino también tú, al ganarte fama de bárbaro, de griego y de arcadio que eras.

Filóstrato. Vida de Apolonio de Tiana.

* * *

JESÚS DE NAZARET.

[Ascesis de Jesús. La tentación en el desierto]

Jesús, lleno del Espíritu Santo, se volvió del Jordán, y fue llevado por el Espíritu al desierto y tentado allí por el diablo durante cuarenta días. No comió nada en aquellos días, y pasados, tuvo hambre. Díjole el diablo: Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan. Jesús le respondió: "No de sólo pan vive el hombre".

Llevándole a una altura, le mostró desde allí, en un instante, todos los reinos del mundo, y le dijo el diablo: Todo este poder y su gloria te daré, pues a mí me ha sido entregado, y a quien quiero se lo doy; si, pues, te postras delante de mí, todo será tuyo. Jesús, respondiendo, le dijo: Escrito está: "Al Señor tu Dios adorarás y a Él solo servirás". Le condujo luego a Jerusalén y le puso sobre el pináculo del templo, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, échate de aquí abajo; porque escrito está: "A sus ángeles ha mandado sobre ti que te guarden y te tomen en las manos para que no tropiece tu pie contra las piedras". Respondiendo, díjole Jesús: Dicho está: "No tentarás al Señor tu Dios". Acabado todo género de tentaciones, el diablo se retiró de Él hasta el tiempo determinado.

[Moral sexual de Jesús]

Habéis oído que fue dicho: No adulterarás. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón. Si, pues, tu ojo derecho te escandaliza, sácatelo y arrójalo de ti, porque mejor te es que perezca uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado a la gehenna. Y si tu mano derecha te escandaliza, córtatela y arrójala de ti, porque mejor te es que uno de tus miembros perezca que no que todo el cuerpo sea arrojado a la gehenna. También se ha dicho: El que repudiare a su mujer déla libelo de repudio. Pero yo os digo que quien repudia a su mujer -excepto el caso de fornicación- la expone al adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio.

[Método de hacer oración]

Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en pie en las sinagogas y en los ángulos de las plazas, para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, cuando ores, entra en tu cámara y, cerrada la puerta, ora a tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará. Y orando, no seáis habladores, como los gentiles, que piensan ser escuchados por su mucho hablar. No os asemejéis, pues, a ellos, porque vuestro Padre conoce las cosas de que tenéis necesidad antes que se las pidáis. Así, pues, habéis de orar: Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu nombre; venga tu reino, hágase tu voluntad, como en el cielo, así en la tierra. El pan nuestro de cada día dánosle hoy, y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores, y no nos pongas en tentación, mas líbranos del mal.

[Acción de gracias al Padre]

Por aquel tiempo tomó Jesús la palabra y dijo: Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y discretos y las revelaste a los pequeñuelos. Sí, Padre, porque así te plugo. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiere revelárselo. Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, que yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas, pues mi yugo es blando y mi carga ligera.

[Primera multiplicación de los panes]

Jesús se alejó de alli en una barca a un lugar desierto y apartado, y habiéndolo oído las muchedumbres, le siguieron a pie desde las ciudades. Al desembarcar vio una gran muchedumbre, y se compadeció de ella, y curó a todos sus enfermos. Llegada la tarde, se le acercaron los discípulos, diciéndole: El lugar es desierto y es ya tarde; despide, pues, a la muchedumbre para que vayan a las aldeas y se compren alimentos. Jesús les dijo: no tienen necesidad de ir; dádles vosotros de comer. Pero ellos le respondieron: No tenemos aquí sino cinco panes y dos peces. Él les dijo: Traédmelos acá. Y mandando a la muchedumbre que se recostara sobre la hierba, tomó los cinco panes y los dos peces y, alzando los ojos al cielo, bendijo y partió los panes y se los dio a los discípulos y éstos a la muchedumbre. Y comieron todos y se saciaron, y recogieron de los fragmentos sobrantes doce cestos llenos, siendo los que habían comido unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños.

[La mujer adúltera]

Se fue Jesús al monte de los Olivos, pero de mañana volvió otra vez al templo, y todo el pueblo venía a Él, y sentado, les enseñaba. Los escribas y fariseos trajeron a una mujer sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante delito de adulterio. En la Ley nos ordena Moisés apedrear a éstas; tú, ¿qué dices? Esto lo decían tentándole, para tener de qué acusarle. Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en tierra. Como ellos insistieran en preguntarle, se incorporó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado, arrójele la piedra el primero. E inclinándose de nuevo, escribía en tierra. Ellos que le oyeron, fueron saliéndose uno a uno, comenzando por los más ancianos, y quedó Él solo y la mujer en medio. Incorporándole Jesús, le dijo: Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado? Dijo ella: Nadie, Señor. Jesús dijo: Ni yo te condeno tampoco; vete y no peques más.


[La purificación del templo]

Entró Jesús en el templo de Dios y arrojó de allí a cuantos vendían y compraban en él, y derribó las mesas de los cambistas y los asientos de los vendedores de palomas, diciéndoles: Escrito está: "Mi casa será llamada casa de oración", pero vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones. Llegáronse a Él ciegos y cojos en el templo y los sanó. Viendo los príncipes de los sacerdotes y los escribas las maravillas que hacía y a los niños que gritaban en el templo y decían: ¡Hosanna al Hijo de David!, se indignaron y le dijeron ¿Oyes lo que estos dicen? Respondióles Jesús: Sí. ¿No habéis leído jamás: "De la boca de los niños y de los que maman has hecho brotar la alabanza"? Y dejándolos, salió de la ciudad en dirección a Betania, donde pasó la noche.

Sagrados Evangelios.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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