irichc     Fecha  17/06/2002 16:15 
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Volver al foro Responder Pascal. Raíces del existencialismo.   Admin: Borrar 	mensaje
 
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I. ORDEN

1. Los salmos son cantados por toda la tierra. ¿Quién rinde testimonio de Mahoma? Él mismo.

J.C. desea que su testimonio no sea nada. [...]

2. Orden por diálogos.

¿Qué debo hacer? Por todas partes veo oscuridad.
¿Creeré yo que no soy nada? ¿Creeré que soy Dios?

10. Las miserias de la vida humana han dado fundamento a todo eso. Como ellos lo vieron prefirieron la diversión.

II. VANIDAD

21. [...] Como los cuadros vistos desde muy lejos o desde muy cerca. Y sólo hay un punto indivisible que es el verdadero lugar. Los demás están muy cerca, muy lejos, muy altos o muy bajos. La perspectiva lo señala en el arte de la pintura; pero en la verdad y en la moral, ¿quién lo señalará?

22. El poderío de las moscas: ganan batallas, impiden obrar a nuestras almas, comen nuestros cuerpos.

23. Vanidad de las ciencias.

La ciencia de las cosas exteriores no me consolará de la ignorancia de la moral en tiempos de aflicción, mas la ciencia de las costumbres me consolará siempre de las ciencias exteriores.

24. Condición del hombre.

Inconstancia, aburrimiento, inquietud.

40. ¡Qué vanidad la de la pintura, que atrae la admiración por su semejanza con cosas cuyos originales no son admirados!

44. Imaginación.

Es esta parte dominante en el hombre, esta maestra de error y falsedad, y tanto más pérfida en cuanto que no lo es en todo momento, pues sería regla infalible de verdad, si lo fuera de mentira.

[...] Ella no puede restituir la cordura a los locos, pero les hace felices, al contrario que la razón, que no puede convertir a sus amigos más que en miserables, la una los cubre de gloria, la otra de vergüenza.
[...] Quien no siga más que la razón será un loco probado.

[...] Jamás la razón sobrepasa totalmente a la imaginación, pero lo contrario es frecuente.

[...] La imaginación dispone de todo: hace la belleza, la justicia y la felicidad, que es el todo del mundo.

45. El hombre no es más que un sujeto lleno de error natural, e inefable sin la gracia. Nada le muestra la verdad. Todo lo engaña. Estos dos principios de verdad, la razón y los sentidos, además de que a cada uno de ellos les falta sinceridad, se engañan recíprocamente el uno al otro; los sentidos engañan a la razón con falsas apariencias. Y esta misma fullería que ellos traen en el alma, la reciben de ella a su vez; en revancha. Las pasiones del alma los enturbian y les entregan impresiones falsas. Ellos mienten y se engañan a porfía. [...]

47. [...] El pasado y el presente son nuestros medios. Solamente el futuro es nuestro fin. De ese modo, no vivimos jamás, pero esperamos vivir, y nos disponemos siempre a ser felices, aunque es inevitable que no lo seamos nunca.

III. MISERIA

54. Las cosas tienen diversas cualidades y el alma diversas inclinaciones, pues no es simple nada de lo que se ofrece al alma, y el alma nunca se ofrece simple a ningún objeto. De allí viene que por una misma cosa se llore y se ría.

56. Somos tan desdichados que no podemos sentir placer en una cosa sino a condición de enfadarnos si resulta mal, lo que mil cosas pueden hacer y hacen en todo momento. Quien hubiera hallado el secreto de alegrarse del bien sin enfadarse del mal contrario, habría hallado el punto. Es el movimiento perpetuo.

68. Cuando considero la breve duración de mi vida, absorbida en la eternidad precedente y siguiente –la memoria de un huésped, que, alojado por un día, se queda otro más-, el pequeño espacio que lleno y que veo, abismado en la infinita inmensidad de los espacios que ignoro y que me ignoran, me espanto y me asombro de verme aquí antes que allá, pues no hay razón para estar aquí antes que allá, porque el presente es antes que el entonces. ¿Quién me ha puesto aquí? ¿Por orden y manejo de quién este lugar y este tiempo me han sido destinados?

V. RAZÓN DE LOS EFECTOS

81. [...] Sin duda, la igualdad de los bienes es justa, pero al no poder hacer que a la justicia se le obedezca por la fuerza, se ha hecho que sea justo obedecer a la fuerza. No pudiendo hacer fuerte a la justicia, se ha hecho justa a la fuerza, con el propósito de que el justo y el fuerte se uniesen y que reine la paz, que es el soberano bien.

85. Summum ius, summa injuria

La mayoría se impone más fácilmente porque es visible y tiene fuerza para hacer que se le obedezca. Sin embargo, es el parecer de los menos inteligentes.

Si se hubiera podido, se hubiera puesto a la fuerza en manos de la justicia, pero como la fuerza no se deja manejar según el parecer de cada uno, porque es una cualidad palpable, en tanto que la justicia es una cualidad espiritual de la que cada quien dispone como quiere, se la ha puesto en las manos de la fuerza, y de este modo se considera justo a lo que forzosamente hemos de obedecer.

VI. GRANDEZA

110. Conocemos la verdad no solamente por la razón, sino también por el corazón. Es de esta manera última como conocemos los primeros principios y es vano que el razonamiento, que no toma parte en esto, intente combatirlos. Los pirronianos que no tienen más objeto que ése trabajan inútilmente. Sabemos que no soñamos. Cualquier impotencia que tengamos para probarlo por la razón, es una impotencia que no concluye otra cosa que la debilidad de nuestra razón, pero no la incertidumbre de todos nuestros conocimientos, como ellos pretenden. Pues los conocimientos de los primeros principios: espacio, tiempo, movimiento, números, son tan firmes como los que nos dan nuestros razonamientos, y sobre esos conocimientos del corazón y los instintos es preciso que se apoye la razón y que fundamente todo su discurso. El corazón siente que hay tres dimensiones en el espacio y que los números son infinitos y la razón demuestra después que no hay dos números cuadrados de los cuales uno sea el doble del otro. Los principios se sienten, las proposiciones se concluyen, y todo con certeza, aunque por diferentes vías –y es también inútil y también ridículo que la razón exija al corazón pruebas de sus primeros principios, para quererlos y consentirlos, como sería ridículo que el corazón exigiera a la razón un sentimiento de todas las proposiciones que ella demuestra, para quererlas recibir.

Esta impotencia, pues, no debe servir más que para humillar a la razón –que quisiera juzgarlo todo-, pero no para combatir nuestra certeza. ¡Como si únicamente la razón fuera capaz de instruirnos! Plugo a Dios que, por el contrario, nunca la necesitemos y que podamos conocer todas las cosas por instinto y por sentimiento. Pero la naturaleza nos ha negado ese bien; ella, al contrario, no nos ha otorgado más que unos pocos conocimientos de este tipo; a todos los otros sólo se tiene acceso a través del razonamiento.

Y por esto que aquellos a quienes Dios ha otorgado la religión por sentimiento del corazón, son felices y están legítimamente persuadidos. Pero aquellos que no la obtienen de este modo, no podemos dársela más que por el razonamiento, esperando que Dios se las otorgue por sentimiento del corazón, sin lo cual la fe no es más que humana e inútil para la salvación.

112. Instinto y razón, señales de dos naturalezas.

113. Caña pensante.

No es en el espacio donde yo debo buscar mi dignidad, sino en el reglamento de mi pensamiento. No obtendría ninguna ventaja si poseyera tierras. Por el espacio el universo me incluye y me consume como si yo no fuera más que un punto: por el pensamiento, yo lo comprendo.

114. La grandeza del hombre es grande cuando él se conoce miserable. Un árbol no se conoce miserable. Saberse miserable es, pues, ser miserable, pero es grande saber que se es miserable.

115. Inmaterialidad del alma.

Hay filósofos que han domado sus pasiones; ¿qué materia lo ha logrado?

116. Todas estas miserias prueban al mismo tiempo su grandeza. Son miserias de gran señor. Miserias de un rey desposeído.

117. La grandeza del hombre.

La grandeza del hombre es tan visible que se infiere al mismo tiempo de su miseria, pues lo que es naturaleza en los animales, lo llamamos, en el hombre, miseria; por donde reconocemos que su naturaleza, que es hoy semejante a la de los animales, ha decaído de otra naturaleza mejor, que fue la suya en otra época.

Porque, ¿quién sino un rey despojado se siente desdichado por no ser rey? ¿Se sentía Pablo Emilio desdichado por no ser cónsul? Por el contrario, todo el mundo encontraba que era feliz de haberlo sido, porque su condición no era serlo siempre. Sin embargo, Perseo sí era desgraciado de no ser rey ya porque su condición era la de serlo siempre, y se consideraba extraño que pudiera soportar la vida. ¿Quién se siente desgraciado por no tener más que una boca? ¿Y quién no se sentiría desgraciado de no tener más que un ojo? No se puede uno afligir nunca si no tiene tres ojos, pero no podemos consolarnos si no tenemos ninguno.

106. Grandeza.

Las razones de los efectos muestran la grandeza del hombre, el haber sacado de la concupiscencia un orden tan hermoso.

VII. CONTRARIEDADES

120. Somos tan presuntuosos que quisiéramos que nos conocieran en toda la tierra, incluso por los que vendrán cuando ya no estemos. Y somos tan vanos que la estima de 5 o 6 personas que nos rodean nos agrada y nos contenta.

121. Es muy peligroso hacer ver al hombre cuán idéntico es a las bestias, sin mostrarle su grandeza. Y también demasiado peligroso hacerle ver su grandeza sin su miseria. Y es todavía más peligroso dejarle ignorar lo uno y lo otro, pero es muy provechoso representarle ambas cosas. [...]

122. Grandeza y miseria

La miseria se infiere de la grandeza y la grandeza de la miseria; unos han inferido la miseria tanto más cuanto que han tomado como prueba la grandeza; los otros infieren la grandeza con tanta más fuerza cuanto que la han inferido de la miseria misma. Todo esto que los unos han podido decir para mostrar la grandeza, no ha servido más que de argumento para que los otros infieran la miseria, puesto que se es tanto más miserable cuanto mayor es la altura de la que se ha caído, y viceversa. Se han ido llevando los unos a los otros en un círculo sin fin, y resulta cierto que, a medida que los hombres se sienten iluminados, encuentran grandeza y miseria en el hombre. En una palabra, el hombre sabe que es miserable. Es, pues, miserable por lo que es, pero es grande porque lo sabe.

126. [...] La costumbre es una segunda naturaleza que destruye la primera. Pero ¿qué es la naturaleza? ¿Por qué la costumbre no es natural? Me temo que la naturaleza no sea más que una primera costumbre, como la costumbre es una segunda naturaleza.

130. Si él se alaba, yo lo humillo / Si él se humilla, yo lo alabo / Y lo contradigo siempre / Hasta que él comprenda / Que es un monstruo incomprensible.

Pascal. Pensamientos.
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                               
 

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