irichc     Fecha  31/10/2003 14:10 
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Volver al foro Responder Pedro Abelardo. De la verdadera y la falsa penitencia.   Admin: Borrar 	mensaje
 
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Tememos ofender a los hombres y por vergüenza evitamos ofender a aquellos a quienes no nos impide hacerlo el temor. Cuando fornicamos buscamos sitios ocultos para no ser vistos por los hombres, pues en tal trance no podemos soportar la vista de un hombre. Sabemos que Dios está presente y que nada se le puede ocultar. No nos avergonzamos de ser vistos por Él y por toda la corte celestial en este acto de torpeza, que nos confundiría por la simple vista de un hombrecillo cualquiera. Nos aterra tener que presentarnos ante un simple juez terreno de quien sabemos que sólo puede imponernos una pena temporal no eterna. El afecto carnal nos obliga a hacer o tolerar muchas cosas; el espiritual, muy pocas. Ojalá hiciéramos tantas cosas por Dios -a quien debemos todo- como hacemos o toleramos por la mujer y los hijos e incluso por una meretriz cualquiera.

Os pido, por favor, que me digáis con qué pena se ha de castigar una injuria por la que hasta anteponemos una meretriz a Dios. Él mismo se queja por el profeta de que no se le manifieste un amor como a Padre, ni un temor debido como a Señor. "El hijo -dice- honra a su padre, el siervo a su señor. Pues si yo soy Padre, ¿dónde está mi honra? Y si Señor, ¿dónde mi temor?" (Mal. 1, 6).

Dios se queja de que el padre y el señor son preferidos a Él. Piensa, entonces, cuál será su indignación al verse pospuesto a una meretriz y al sentirse más despreciado por la suma paciencia de su bondad, por donde más se le debió amar. Los verdaderos penitentes se mueven a compunción no tanto por el temor de las penas, cuanto llevados por el amor de Dios, atendiendo precisamente a su bondad y a su extremada paciencia. Así lo dice la exhortación del Apóstol antes citada, donde se describe detalladamente la penitencia saludable. Dice, en cambio, al que no lo experimenta: "desprecias las riquezas de su bondad", es decir, su rica y copiosa bondad o la abundante benignidad de su longánime paciencia por la que ha tanto tiempo que te tolera. Y las desprecias porque no te castiga enseguida ya que ignoras o no tienes en cuenta que te empuja su gran benignidad al arrepentimiento en cuanto está de su parte. Trata, en una palabra, de que consideras y sepas los motivos por los que deberías empezar a arrepentirte por haber menospreciado a un ser tan bueno. Y ésta es, en verdad, la penitencia saludable. En ella el dolor y la contrición nacen del amor de Dios -a quien sabemos tan bueno- más que del temor a sus castigos.

(...)

¡A cuántos vemos todos los días morir entre amargos gemidos! Se acusan de usura grave, de rapiña, de opresión a los pobres o de cualquiera otra injusticia cometida. Y finalmente consultan al sacerdote para reparar todos estos pecados. Si a éstos se les aconseja -como debe hacerse- que vendan todo lo que tienen y lo restituyan a los que se lo quitaron -conforme a aquello de San Agustín: "cuando pudiendo devolverse lo ajeno no se devuelve, no hay penitencia, se finge"-, su respuesta manifiesta a las claras lo vana que es su penitencia. "¿De qué vivirá mi familia?", dicen. "¿Qué habré de dejar a mis hijos y a mi mujer? ¿Cómo se mantendrán?".

Contra estos va dirigida en primer lugar la increpación del Señor: "¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?" (Lc. 12, 20). ¡Desdichado de ti, cualquiera que seas, si eres así! Te diré más: ¡Eres el más desdichado de todos los desdichados y el más necio de todos los necios! ¿De manera que no te preocupas de salvarte a ti, sino en qué habrás de dejar a los otros? ¿Con qué presunción te enfrentas a Dios -a cuyo temible juicio serás traído- para hacerte grato a los tuyos, a los que enriqueces con lo robado a los pobres? ¿Quién no se reirá de ti al oír que esperas que los otros serán más propicios contigo que tú mismo? Confías en las limosnas de los tuyos y -como crees que tienes en ellos tus sucesores- los haces herederos de tu maldad, pues les dejas unos bienes ajenos que les hacen posesores con rapiña. Arrebatas la vida a los pobres, robándoles lo que es suyo y de lo que han de vivir. Y además maquinas matar en ellos a Cristo, según lo que Él mismo dijo: "En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños a mí me lo hicisteis" (Mt. 25, 40).

¿Qué esperas, pues, del justo juez, tú que eres perversamente piadoso con los tuyos y, al mismo tiempo, cruel contigo y con Dios? Quieras o no, te estás acercando al juicio de Dios, que no sólo pedirá cuenta de los robos, sino hasta de una palabra ociosa. El castigo infligido a los primeros padres puso enseguida de manifiesto la severidad de su venganza. Adán pecó una vez, y -como recuerda San Jerónimo- su pecado, en comparación de los nuestros, fue levísimo. No oprimió a nadie con violencia ni quitó nada a nadie. Por una sola vez gustó de un fruto que se podía reponer. Y en tan grave transgresión -cuyo castigo se extendió a toda la posteridad- el Señor quiso demostrar de antemano lo que había de hacer con las culpas más graves. El rico de quien dice el Señor que descendió a los infiernos -no por haber robado lo ajeno, sino por no haber compartido con Lázaro los bienes propios, de los que vivía lícitamente- está demostrando a las claras con qué penas serán heridos los que se apropian de bienes ajenos. ¡Así fue condenado y sepultado en los infiernos quien no repartió sus bienes! Tu recuerdo irá al sepulcro contigo. Pronto se secarán las lágrimas de los que te acompañaron en el duelo, según aquello del retórico Apolonio:

"Lacryma nihil citius arescit" (Nada se seca más rápido que las lágrimas)


Pedro Abelardo. Ética o conócete a ti mismo.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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