irichc     Fecha  18/09/2003 05:28 
Host: dom6-23.menta.net    IP: 212.78.157.23    Sistema: Windows XP


Volver al foro Responder Pedro Abelardo. Distinción entre vicio y pecado.   Admin: Borrar 	mensaje
 
Mensaje
¿Hay diferencia entre el pecado y el vicio que inclina al mal?

Nótese, sin embargo, que el vicio del alma no se identifica con el pecado. Ni éste se identifica tampoco con la acción mala. Ser iracundo, por ejemplo, o sea, propenso o proclive a la alteración por la ira, es un vicio que inclina a la mente a ejecutar algo de forma violenta e irracional, cosa totalmente impropia. Ahora bien, este vicio se asienta en el alma para excitarla a la ira, aunque de hecho no se sienta movida a ello.

Sucede lo mismo con la cojera, por la que llamamos cojo a un hombre. La cojera está en éste aun cuando no camine cojeando, pues el vicio está presente a pesar de que no se dé la acción. La misma naturaleza o constitución corporal hace a unos más proclives a la injuria, lo mismo que a la ira. Y sin embargo, esta su constitución no les hace pecadores. Más bien esto les da ocasión de luchar, permitiéndoles triunfar de sí mismos por medio de la templanza y recibir así la corona, según las palabras de Salomón: "Más vale el hombre paciente que el héroe, el dueño de sí que el conquistador de ciudades".

(...)

En consecuencia, nuestro pecado es desprecio del Creador. Y pecar es despreciar al Creador, es decir, no hacer por Él lo que creemos que debemos hacer. O bien no dejar de hacer lo que estamos convencidos de que debemos dejar de hacer por Él. Al definir de forma negativa el pecado, por ejemplo, "no hacer" o "no dejar de hacer lo que hay que hacer", estamos dando a entender claramente que el pecado carece de sustancia, que consiste más en el "no ser" que en el "ser". Es como si al definir la oscuridad o tinieblas decimos que son ausencia de luz allí donde no debió haberla.

Podrás decir, quizás, que, de la misma manera que la voluntad de realizar una obra mala es pecado que nos hace reos ante Dios, así la voluntad de acometer una buena obra nos hace justos. Pues, como la virtud radica en la buena voluntad, así el pecado consiste en la voluntad mala. El pecado, entonces, es no sólo un "no ser", sino también un "ser", al igual que la virtud. Cuando queremos hacer lo que creemos que a Dios agrada, le agradamos. De la misma manera, cuando queremos hacer lo que creemos que le desagrada, le desagradamos, pareciendo que le ofendemos y despreciamos.

Te respondo diciendo que, si examinamos el problema con más detenimiento, la solución es muy diferente de la que tú presentas. Digo, pues, que a veces pecamos sin mala voluntad alguna. Y sostengo además que esta mala voluntad refrenada, no extinguida, proporciona la palma a los que se le resisten, siendo así la ocasión de la lucha y la corona de la gloria. Por eso pienso que se la ha de llamar no tanto "pecado" como "debilidad de alguna manera necesaria".

(...)

Es claro, pues, que a veces se comete el pecado sin una voluntad realmente mala. Por tanto, el pecado no se identifica con la voluntad. Ciertamente -dirás- esto es así cuando pecamos obligados, pero no cuando lo hacemos de grado. Tal es el caso en que queremos ejecutar algo a sabiendas de que no debemos realizarlo de ningún modo. Cuando pecamos queriendo, en efecto, la mala voluntad parece identificarse con el pecado. Sea el siguiente ejemplo: Uno ve a una mujer y es presa de la concupiscencia, quedando afectada su mente por la delectación carnal. El resultado es que queda devorado por las llamas de la desordenada posesión carnal. ¿Qué es sino pecado -dices tú- esta voluntad y deshonesto deseo?

Te respondo, preguntando yo a mi vez: ¿Qué pasa cuando esta voluntad queda dominada por la virtud de la templanza, sin llegar por ello a extinguirla? ¿Qué, cuando se mantiene para que haya lucha, cuando persiste para enfrentarse a ella, si bien no desaparece una vez vencida? ¿Es que podría haber pelea sin ocasión de pelear? ¿O podría ser grande el premio si no hubiera algo pesado que sobrellevar?

Cuando se ha acabado el combate, no cabe ya luchar, sino recibir el premio. Nosotros luchamos aquí para recibir la corona del combate en otro lugar como vencedores. Para que haya lucha, sin embargo, se precisa un enemigo que nos haga frente y que no falte. Ahora bien, este enemigo es nuestra mala voluntad, de la que salimos victoriosos cuando la sometemos a la divina. Con todo, nunca la extinguimos de cuajo para poder tener siempre con quien luchar. Si no toleramos nada que contraríe nuestra voluntad y, en cambio, saciamos nuestros deseos, ¿qué hacemos por Dios? ¿Quién nos lo agradecerá si en aquello que decimos hacer por Él satisfacemos nuestra propia voluntad?

(...)

¿Y por qué digo todo esto? Para aclarar de una vez por todas que bajo ningún concepto se ha de llamar pecado a la voluntad o deseo de hacer lo que no es lícito. El pecado -como ya dijimos- radica más bien en el consentimiento. Y consentimos en lo ilícito cuando no nos retraemos de su ejecución y estamos interiormente dispuestos a realizarlo si fuera posible. Quien, pues, se ve sorprendido ejecutando tal propósito añade un agravante a su culpa. Pero, ante Dios, todo aquel que trata de realizarlo -y lo realiza en la medida de sus posibilidades- es tan culpable, como observa San Agustín, como si hubiese sido cogido in fraganti.

Pedro Abelardo. Ética o Conócete a ti mismo.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

Respuestas (2)
 


Volver Responder
 
Nombre
E-Mail
Asunto
Web
Enlace a una
imagen

Mensaje