irichc     Fecha  18/09/2003 05:29 
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Volver al foro Responder Pedro Abelardo. El bien supremo o la moral inmanente.   Admin: Borrar 	mensaje
 
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Limpia refutación del inmanentismo ético de estoicos, epicúreos, musulmanes, panteístas y libertinos, a cargo del hombre genial que fue Pedro Abelardo.

* * *

EL FILÓSOFO.- Los nuestros definieron el bien supremo o su fin, es decir, su consumación o perfección, como muchos de los vuestros recuerdan, de este modo: aquello que, una vez alcanzado, hace a uno feliz, mientras que el mal supremo sería, por el contrario, aquello cuya consecución hace a uno desdichado, siendo la distinta conducta moral la que hace merecedor de uno u otro. Ahora bien, es bien sabido que la conducta moral buena se llama virtud y la contraria vicio. Sin embargo, algunos de los nuestros, como recuerda Agustín en el Libro VIII de la Ciudad de Dios, llamaron bien supremo a la virtud misma y otros al placer.

EL CRISTIANO.- ¿Y qué entendieron, te pregunto, por placer?

EL FILÓSOFO.- No, como muchos creen, la delectación baja y deshonesta de los goces carnales, sino cierta paz interior del alma por la que aquélla permanece en quietud y satisfecha con sus propios bienes, tanto frente a la adversidad como frente a la prosperidad, en tanto no le remuerda ninguna conciencia de pecado. Pues es impensable que filósofos que despreciaron al máximo la felicidad terrenal y refrenaban ante todo el apetito carnal hiciesen radicar el bien supremo en las bajezas de esta vida, aunque muchos, por ignorancia, le reprochen eso a Epicuro y a sus seguidores, los epicúreos. Reproche basado en el desconocimiento de lo que aquéllos entendían por placer, como ya dije. Por otra parte, Séneca, el máximo arquitecto de la moral y de vida moderadísima, como vosotros mismos reconocéis, se habría guardado, en absoluto, de hacer uso tan frecuente, en orden a la edificación moral, de las opiniones de Epicuro -a quien trata como su maestro- si éste, como algunos dicen, se hubiese desviado de la senda de la sobriedad y la rectitud.

EL CRISTIANO.- Sea como dices. Contesta, sin embargo, a lo que ahora te pregunt, a saber, si los que así entendían el placer disienten tanto en los términos como en el sentido de aquellos que usan el término "virtud".

EL FILÓSOFO.- En cuanto al fondo de sus opiniones nada o poca cosa los separa. El destacar en las virtudes viene a ser lo mismo que gozar de esa quietud del alma y viceversa.

EL CRISTIANO.- Así pues, coinciden en cuanto al concepto de sumo bien, si bien difieren en la terminología y de ese modo lo que parecían dos opiniones acerca del sumo bien, se reducen a una.

EL FILÓSOFO.- Así lo creo yo.

EL CRISTIANO.- ¿Y cómo entendían la virtud, es decir, el camino para acceder al sumo bien?

EL FILÓSOFO.- Sin duda el estudio mismo de las enseñanzas morales o la práctica en el dominio de las apetencias carnales hasta que la buena voluntad consolidada en forma de hábito merezca el nombre de virtud.

EL CRISTIANO.- ¿Y a quién definen como feliz?

EL FILÓSOFO.- La persona feliz viene a ser la que goza de buena aptitud, es decir, la que en todos los asuntos se conduce bien y con fácil disposición. De ese modo ser feliz equivale a distinguirse en buena conducta moral, es decir, en la virtud.

EL CRISTIANO.- ¿Acaso no tienen en gran estima la inmortalidad del alma y cierta bienaventuranza de la vida futura esperando obtenerla por sus méritos?

EL FILÓSOFO.- Así es, ciertamente, pero ¿qué se sigue de ello?

EL CRISTIANO.- ¿Acaso no juzgan mayor la bienaventuranza de aquella vida en la que ningún dolor afligirá a quienes la hayn obtenido, de forma que nos quepa esperar la dicha auténtica y el sumo bien allí más bien que aquí?

EL FILÓSOFO.- La paz de aquella vida es algo supremo y, como dijiste, exenta de todo dolor. Pero cuando cesa la aflicción, dicen, la dicha no aumenta en modo alguno de no ser que se vigorice la virtud y a nadie consideran más feliz, si no es que progresa en la virtud. Pues ya dije que, para ellos, ser feliz y destacar en la virtud son definiciones equivalentes. Juzgan, a partir de ahí, que quienquiera padezca por la justicia y merezca más por ese padecimiento es tan feliz en los tormentos como antes de ellos, puesto que es igualmente bueno. Pues aunque su virtud parezca ahora ser mayor que antes, en realidad no aumenta gracias al tormento. Éste pone sólo de manifiesto cuán grande era ya. Si la virtud mantiene a la mente firme en su propósito, no estaría bien que aquellas cosas pertinentes a nuestra tranquilidad o aflicción corporal aumentasen o disminuyesen nuestra dicha. ¿Acaso vuestro Cristo disminuyó, en definitiva, su dicha al padecer o la aumentó al resucitar? No juzgues, pues, que en la otra vida hemos de ser más felices que aquí, por el hecho de que allí cesen las aflicciones corporales, si allí no llegamos a ser moralmente mejores.

(...)

Consta, ciertamente, que todos aquellos que filosofan correctamente manifiestan y juzgan que el sumo bien no es otra cosa que Dios, cuya bienaventuranza incomparable e inefable no conoce ni principio ni fin, ni puede ser aumentada o disminuida. Y creo que el mal supremo es la miseria suprema o el tormento más cruel, se aplique éste al hombre o a cualquier otra criatura. No obstante, entiendo que el bien y el mal supremos del hombre son, respectivamente, el descanso de la vida futura o el castigo perpetuo, como ya recordé y establecí más arriba.

Por lo que respecta a la cuestión de la relación entre el sumo bien en sí mismo y el sumo bien del hombre, creo que la respuesta es, como claramente se desprende de lo anterior, que el sumo bien es Dios mismo o la suprema tranquilidad de su bienaventuranza que, a nuestro juicio, en nada difiere de Dios mismo, ya que Él es bienaventurado por sí mismo y no por otro. Sin embargo, el sumo bien del hombre es esa eterna quietud o alegría que cada cual obtiene tras esta vida por sus méritos, sea que esto acontezca por la misma visión o conocimiento de Dios, como tú dices, sea por otra razón. El mal supremo, como ya se dijo, es la suprema miseria o castigo de cualquier criatura, obtenida por sus méritos. No obstante, denominamos mal supremo del hombre a aquellos tormentos que los hombres padecen en lo venidero en pago a sus deméritos.

EL CRISTIANO.- Por cuanto yo entiendo, creo que tanto el sumo mal mismo como el sumo mal del hombre son únicamente los castigos del mundo futuro infligidos en pago a los deméritos.

EL FILÓSOFO.- Así es, efectivamente.

EL CRISTIANO.- Pero a buen seguro que esos castigos aplicados en pago a los deméritos son también justos, toda vez que es justo castigar de ese modo a quien lo merece. Pero es bien sabido que todo lo que es justo es bueno. De ese modo esos castigos a los que llamas el sumo mal o el sumo mal del hombre, son, sin duda, buenos. Considera, por lo tanto, si no parece que estás concediendo que el sumo mal consiste más bien en lo que es bueno que en lo que es malo. Pues no veo por qué razón llamas mal supremo o mal supremo del hombre a lo que en modo alguno es malo.

EL FILÓSOFO.- Conviene que recuerdes lo que tú mismo hiciste patente algo más arriba, basándote tanto en tus autoridades como en las nuestras, a saber, que toda aflicción es más bien un mal que un bien, pero no creo que haya que concluir de ello que toda aflicción sea mala. Realmente se da muchas veces el caso de que un cambio en el género de los adjetivos hace variar el sentido, de forma que no es lo mismo decir que el castigo es bueno que decir que el castigo es un bien, es decir, una cosa buena. (...)

Aunque digas que toda criatura es buena porque toda creación de Dios es buena y no niegues que este hombre malo es también una criatura y por esa razón buena, no por ello admitirás también que ha de ser un nombre bueno. Pues ciertamente puede ser llamado bueno el hombre dotado de buenos hábitos morales, si bien todas las criaturas, incluso las carentes de razón y las inanimadas, pueden ser denominadas buenas criaturas o cosas buenas. Y aunque se diga que Dios creó buenas a todas las criaturas y este hombre diminuto y este caballo fueron creados por Él, lo fueron, sin embargo, como cosas buenas sin que fuesen ya creados como un hombre bueno o como un caballo bueno. Dios tampoco creó ni un hombre bueno ni un hombre malo al crear a este hombre diminuto, que será malo, sino que le dio su existencia como una cosa buena, como sustancia de naturaleza buena. Y al caballo, que nunca será un buen caballo, no lo creó como buen caballo, aunque parezca como si crease algunos caballos defectuosos, a saber, aquellos de los que se dice que ya en su misma creación han contraído algún tipo de defecto a consecuencia de lo cual serán posteriormente inútiles o poco útiles. Consta, además, que los hombres mismos, en virtud de la complexión de sus elementos constituyentes, contraen de modo natural algunos vicios en el momento mismo de ser creados, de modo que, siguiendo su naturaleza se hacen, p. ej., iracundos, lujuriosos o lastrados por otros vicios. (...)

Así pues, como concedemos que cualquier hombre empañado por no importa qué vicios, es una cosa buena sin que admitamos por ello que ha de ser un hombre bueno, inversamente, decimos que todo castigo es una cosa mala, aunque digamos que algún castigo es bueno. Ves, pues, que cuando establecemos que el mal supremo del hombre es un castigo bueno y justo, no hemos de inferir de ahí que estamos admitiendo que el mal supremo de aquél consiste en un bien. Y aunque ese castigo sea bueno, como ya se dijo, no por ello es algo bueno en un sentido absoluto, es decir, una cosa buena.

EL CRISTIANO.- Sea por lo pronto como tú dices, es decir, que no se puede objetar que por haber admitido ciertas cosas, concedas que el sumo mal del hombre consista en algo bueno, aunque no niegues que ese sumo mal sea un castigo bueno y justo. Pero yo pregunto otra vez: puesto que tanto la culpa previa como el castigo subsiguiente son malos, ¿cuál de los dos debe considerarse como el peor y el mayor mal del hombre, la culpa que hace al hombre malo o el castigo que Dios le inflige cumpliendo en él su justo dictamen?

EL FILÓSOFO.- Creo que la culpa que el hombre contrae es, ciertamente, un mal peor que su castigo, toda vez que, entre los males, el peor es, din duda, aquel que más desgrada a Dios y que merece castigo. ¿Quién dudaría de que la culpa es peor que el castigo que por ella se aplica? Pues es la culpa lo que hace que un hombre desagrade a Dios y sea llamado malo y no el castigo que por ella se le impone. Lo primero es una injusticia, lo segundo es el efecto debido a la justicia y proveniente de una recta intención. Es pues, manifiesto que lo que hace a un hombre culpable es peor que lo que una justa sentencia le impone como castigo.

EL CRISTIANO.- Si, pues, la culpa del hombre es un mal mayor que su castigo. ¿por qué razón llamas al castigo del hombre su mal supremo, siendo así que, como ya se ha dicho, la culpa es un mal mayor?

EL FILÓSOFO.- Si rechazas mi opinión en este asunto, me agradaría escuchar de ti qué es lo que a tu juicio debe ser denominado sumo mal del hombre.

EL CRISTIANO.- Seguramente aquello que lo puede hacer peor, así como, inversamente, aquello por lo que se hace mejor es, de cierto, el sumo bien.

EL FILÓSOFO.- ¿Y cuáles son, te ruego, esas cosas?

EL CRISTIANO.- El supremo aborrecimiento y el supremo amor de Dios mediante los cuales es manifiesto que desagradamos o agradamos más a Aquél que, en un sentido absoluto y propio, se denomina el bien supremo. Y ambas cosas son, de cierto, posteriores a esta vida. (...)

Pedro Abelardo. Diálogo entre un filósofo, un judío y un cristiano.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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