irichc     Fecha  31/10/2003 14:11 
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Volver al foro Responder Pedro Abelardo. Ley natural y ley divina en el dispensacionalismo medieval.   Admin: Borrar 	mensaje
 
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EL JUDÍO - (...) A nadie que la haya examinado se le ocultan cuántas dificultades acarrean los preceptos de la Ley, de modo que el yugo de la misma nos impone una aflicción tan intolerable como la tiranía de los hombres. ¿A quién no causaría aversión o temor el mismo sacramento de la circuncisión sea por la vergüenza, sea por el dolor? ¿Qué parte del cuerpo humano es tan sensible como ésa sobre la que la Ley inflige esa herida, sin exceptuar a los niños de corta edad? ¿Hay algo tan amargo como las hierbas silvestres que mojamos en el condimento del sacrificio pascial? ¿Quién no advierte también que nos están vedadas todas las comidas deliciosas y especialmente las de fácil preparación? Toda carne que haya sido antes tocada por una fiera es impura para nosotros y nos está vedado comer animales que hayan muerto ahogados o por causa natural. Únicamente se nos permite comer aquellos animales que hayamos sacrificado nosotros mismos y de los que hayamos separado cuidadosamente la grasa y las venas. Esto representa para nosotros una carga no pequeña, sobre todo porque no tenemos suficientes medios para adquirir un animal entero. Pues así como nosotros aborrecemos de la carne sacrificada por los gentiles, ellos aborrecen de las que nosotros preparamos. Análogamente nos abstenemos de beber el vino preparado por extraños.

De todo lo cual resulta claro cuán duro es este exilio que sufrimos por Dios entre vosotros. Por último, ¿a quién no resultaría aborrecible no ya el someterse a la aspereza de nuestras penas legales, sino incluso el imponerlas a los reos? ¿Quién soportaría el tomar ojo por ojo, diente por diente e incluso vida por vida hasta de su propio hermano (Ex. 21,24)? Más aún, ¿Quién soportaría tener que sufrir esto en su propia carne, con tal de no entrar en conflicto con la Ley? De estas observancias y de otras muchas se desprende claramente que cada uno de nosotros que cumple con la Ley, puede, en justicia, confesar con el salmista: "La palabra de tus labios he guardado, ajustando mis pasos por duros caminos" (Sal. 17,4).

EL FILÓSOFO - Es verdad que este celo que pareces tener para con Dios soporta muchas cosas y muy duras, sea cual sea el propósito.

Pero la cuestión decisiva es si ese propósito es justo o erróneo. No hay, en efecto, ningún credo religioso que no se crea servidor de Dios y que no realice por amor a Aquél aquellas acciones que estima son de su agrado. No obstante lo cual, ello no te induce a aceptar los credos de todos los demás, sino que te esfuerzas por defender únicamente el tuyo o situarlo muy por encima de los demás. Sin embargo, desearía que considerases hasta qué punto eso es incompatible con la razón, cosa que quiero argumentar a partir de la misma Ley escrita que tú sigues.

EL JUDÍO - Lo acepto de buen grado.

EL FILÓSOFO - Es claro que antes de la entrega de la Ley y de la observancia de los sacramentos legales, la mayoría de los hombres se contentaba con la ley natural, consistente en el amor a Dios y al prójimo. Practicaban la justicia y eran plenamente aceptados por Dios. Tal fue el caso, p. ej., de Abel, Henoch, Noé y sus hijos y también de Abraham, Lot y Melquisedec, de todos los cuales hace memoria vuestra Ley y a los que ensalza con énfasis. A Henoch se le menciona, en efecto, como siendo tan grato a Dios que el Señor lo condujo vivo al paraíso, tal y como uno de los vuestros afirma con estas palabras: "Henoch agradó al Señor y fue arrebatado, ejemplo de penitencia para las generaciones" (Si. 44,16). Y de Noé se dice: "Noé fue el varón más justo y cabal de su tiempo" (Gén. 6,9). El Señor dejó clara constancia de cuánto lo amaba salvándole únicamente a él y a su familia como semilla del género humano, mientras que todos los demás se ahogaban en el diluvio: Añade a estos otros insignes patriarcas vuestros, Abraham, Isaac y Jacob por los cuales y por su descendencia se promete la bendición futura a todos los pueblos. Aunque esos patriarcas precediesen a la Ley, considera hasta qué punto gozaban de una prerrogativa más excelente que la de los que vivieron con posterioridad a la Ley, pues se dice de Dios que lo era en especial de esos patriarcas y el mismo legislador, Moisés, lo aplacaba rememorando los méritos de éstos y la promesa que Aquél les hizo. (...)

Se desprende de ello cuán grata fue a Dios aquella obediencia desinteresada de los primeros padres, una obediencia a la que ninguna ley les obligaba todavía y con la libertad con la que todavía le servimos. Pero si pretendes que la ley había comenzado en cierto modo con Abraham, debido al sacramento de la circuncisión, hallarás que eso no le valió remuneración alguna por parte de Dios y ello para que no hubiese motivo de jactancia por vuestra parte a causa de la Ley. Y tampoco fue favorecido por una justificación especial ni el Señor lo ensalzó por ello. Está escrito, de hecho, que al igual que los patriarcas anteriores fue justificado, todavía incircunciso, por la fe, como dice este pasaje: "Y creyó él en Jahveh, el cual se lo reputó por justicia" (Gén. 15,6). La religión de Abraham se remonta al tiempo anterior a la promesa de la tierra y de su multiplicación futura, hecha en su favor o en el de sus descendientes. Incluso una vez circuncidado y tras oír del Señor que todos los pueblos serían benditos en él o en su descendencia, no mereció esto en virtud de la circuncisión sino en virtud de la obediencia que le hizo mostrarse dispuesto a sacrificar a su hijo.

(...)

Presta ahora puntual atención a la recompensa que el Señor promete y fija por la observancia de toda la Ley. Nada puedes esperar de Él, a este respecto, excepto la prosperidad terrenal, pues en ningún pasaje verás que se prometa nada distinto de ello. Y no estando nada claro que los judíos recibáis ni siquiera ese beneficio, pues, según tu propia confesión, sois los más afligidos de los mortales, no deja de ser sorprendente que pongáis tal esperanza en la obediencia de la Ley que soportéis por ella tantas cosas y tan duras. Pues probablemente fuisteis defraudados precisamente respecto a ese beneficio que esperabais de modo especial a causa de la obligación misma de la promesa. Por consiguiente, o no cumplís la Ley, y en ese caso vais camino de vuestra condenación, o bien quien hizo tales promesas a los fieles a la Ley no guarda fidelidad a las mismas. Sea cual sea el extremo que escojáis, veo que no tenéis por qué poner vuestra confianza en la Ley. Una remuneración basada únicamente en bienes terrenales no sería, además, gran cosa respecto a la bienaventuranza y, según ello, la vida que os cabría esperar no sería muy diferente a la de las bestias de carga.

(...)

Es, por tanto, evidente que habéis perdido tanto las obras como las palabras de la Ley, e, igualmente, su recompensa. Pues ni vosotros ni vuestras esposas podéis purificaros mediante sacrificios y ofrendas, ahora forzosamente omitidos, ni podéis consagraros al Señor, privados como estáis de templo y sacerdotes. De este modo, vosotros, que no pedisteis del Señor otra cosa que bienes terrenales y que únicamente obtuvisteis la promesa de una recompensa terrenal, carecéis, como ya se dijo, del consuelo de la dignidad terrenal.


Pedro Abelardo. Diálogo entre un filósofo, un judío y un cristiano.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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