irichc     Fecha  1/08/2002 04:17 
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Pitágoras

Allí, vivió un hombre, nacido en Samos, pero que había huido de Samos y de sus gobernantes y se había convertido en exiliado voluntariamente por odio a la tiranía. Él, a pesar de la distancia que le separaba de las regiones celestiales, llegó hasta los dioses con la mente, y lo que la naturaleza niega a la observación humana lo captó con los ojos de la inteligencia. Después de descubrirlo todo con la mente y con el estudio atento, lo daba a conocer a todo el mundo y enseñaba a grupos de discípulos que escuchaban en silencio, admirados de sus palabras, los orígenes del universo enorme, las causas de las cosas y qué es la naturaleza; qué son los dioses, de dónde proviene la nieve y cuál es el origen de los relámpagos, si es Júpiter o los vientos el que rompe las nubes y produce el trueno, por qué tiembla la tierra, qué ley rige el movimiento de los astros y todo aquello que los hombres ignoran. Fue el primero en condenar que se sirvieran animales en la mesa y el primero en abrir su boca llena de sabiduría para pronunciar estas palabras, sin que los hombres, no obstante, le hicieran caso:

“Absteneos, mortales, de contaminar vuestros cuerpos con ágapes abominables. Hay mies, hay frutos que doblegan las ramas con su peso y rica uva en las viñas; hay hierbas sabrosas, hay plantas que el fuego vuelve tiernas y suaves; también tenéis la leche y la miel, que conserva el aroma del tomillo; la tierra os regala con prodigalidad bienes abundantes y alimentos dulces y os proporciona ágapes sin necesidad de matar ni de verter sangre. Los animales salvajes calman su apetito con la carne, y no todos, sin embargo, porque los caballos, los animales de establo y el ganado viven de la hierba. Aquellos, no obstante, que tienen una naturaleza indómita y feroz, los tigres de Armenia, los leones furiosos, los lobos y los osos, gozan con ágapes ensangrentados. ¡Ay! ¡Qué gran crimen es meter entrañas dentro de entrañas y hacer engordar un cuerpo voraz llenándolo con otro cuerpo, hacer vivir un ser con la muerte de otro ser! ¿De modo que entre tantos recursos que produce la tierra, de todas la mejor madre, lo único que te gusta es masticar cruelmente con los dientes heridas repulsivas y reproducir las costumbres de los cíclopes? ¿Sólo puedes calmar el apetito de tu vientre voraz y malacostumbrado con la muerte de otro ser? En cambio, los hombres de aquella edad antigua que llaman edad de oro eran felices con los frutos de los árboles y con las hierbas que la tierra produce y no se mancharon la boca de sangre. En aquellos tiempos las aves agitaban las alas en el aire sin ningún peligro, las liebres corrían sin miedo por los campos y la credulidad del pez no le había hecho colgar de ningún anzuelo; no había trampas en ninguna parte, ningún motivo para temer un engaño, y la paz imperaba por doquier. Pero desde que alguien, un innovador poco conveniente, fuera quien fuera, envidió los ágapes de los leones y metió en su cuerpo partes de otro cuerpo para nutrirse, quedó franqueado el camino del crimen. Es posible que, al principio, las armas se calentaran y se mancharan de sangre por la muerte de las fieras; pero con eso ya había bastante. Podemos admitir que fuera lícito matar animales que amenazaban nuestra vida; era necesario matarlos, pero no comérselos. A partir de ahí la infamia fue en aumento; el puerco fue el primer animal considerado merecedor del sacrificio, por haber desenterrado las semillas con el hocico curvo y haber destruido las esperanzas puestas en la cosecha del año. Dicen que el macho cabrío fue inmolado en el altar de Baco como venganza por haber mordido un cepo; a ambos sus hechos les perjudicaron. Pero ¿de qué sois culpables vosotras, ovejas, bestias tranquilas, nacidas para servir a los hombres, que lleváis néctar en las repletas ubres, que nos proporcionáis vuestra lana suave para nuestros vestidos y nos sois más útiles vivas que muertas? ¿De qué son culpables los bueyes, animales sin malicia y sin engaño, inofensivos, sencillos, nacidos para soportar el trabajo? En definitiva, es un desagradecido y no merece el don de las cosechas quien es capaz, cuando acaba de librarle del peso del arado, de matar al obrero de sus campos, quien ha podido golpear con el hacha aquella cerviz, gastada por el trabajo, con la que tantas veces había vuelto a hacer fértil el duro campo y había podido obtener tantas cosechas. No les pareció suficiente cometer semejantes infamias; atribuyeron la responsabilidad de los crímenes a los dioses mismos y creyeron que las divinidades celestiales gozaban con la muerte de un novillo laborioso. Una víctima sin tacha y de aspecto magnífico –complacer les resulta fatal-, adornada con cintas y con oro, es colocada ante el altar y escucha, sin saber lo que le espera, las palabras del suplicante; ve cómo le ponen en la frente, entre los cuernos, unas espigas que ella misma ha cultivado y, golpeada, tiñe de sangre el cuchillo que tal vez ha visto antes en el agua clara. A continuación examinan las entrañas que le han arrancado del pecho todavía palpitante y tratan de adivinar en ellas la voluntad de los dioses. Después -¡tan grande es el deseo que tienen los hombres de alimentos prohibidos!- os atrevéis, raza mortal, a comeros la víctima. No lo hagáis, os lo suplico; prestad atención a mis advertencias; cuando ofrezcáis a vuestro paladar la carne de bueyes muertos, sabed y tened presente que os estáis comiendo a los cultivadores de vuestros campos”.

“Y ya que es un dios el que inspira mi boca, seguiré con devoción al dios que la inspira y os abriré los secretos de Delfos que hay en mi interior así como los del mismo cielo y os descubriré los oráculos del pensamiento divino. Os cantaré grandes cosas, jamás investigadas por el genio de los antepasados y que se han mantenido ocultas durante mucho tiempo; quiero viajar por las altas estrellas, quiero abandonar la tierra y sus parajes inertes e ir por las nubes, detenerme en los hombros vigorosos de Atlas, mirar desde lo alto y desde lejos a los hombres que se mueven errantes de un lugar para otro, privados de entendimiento, inquietos y temerosos de la muerte, animarles y evidenciar para ellos el orden de las cosas. Oh linaje aturdido por el temor a la heladora muerte, ¿por qué teméis la Estigia, las tinieblas y aquello que no son más que hueros nombres, las historias de poetas y los peligros de un mundo que no existe? Podéis estar seguros de que nuestros cuerpos, tanto si los destruye el fuego de una hoguera como el paso del tiempo y la descomposición, no pueden sufrir ningún daño. Nuestras almas no mueren nunca; abandonan siempre el lugar en el que estaban antes, buscan nuevas estancias para vivir en ellas y habitan en los nuevos cuerpos que han recibido. Yo mismo, lo recuerdo, en tiempos de la guerra de Troya era Euforbo, hijo de Panto, en cuyo pecho se clavó un día de lleno la pesada lanza del hijo más pequeño de Atreo; hace poco he reconocido en el templo de Juno de Argos, en el reino de Abante, el escudo que llevaba en mi zurda. Todo cambia, nada muere; el espíritu va errando de una parte a otra y ocupa cuerpos distintos; pasa de los cuerpos de los animales a los humanos y de los nuestros a los de los animales, pero nunca muere. Y así como la cera, fácilmente moldeable, toma la forma de nuevas figuras, deja de ser como era y no conserva las mismas formas, pero es siempre la misma, yo os digo que pasa lo mismo con el alma, es siempre la misma, pero transmigra en figuras diferentes. Ahora bien, para que la piedad no sea vencida por los apetitos del vientre, absteneos –os aconsejo como profeta- de expulsar con una muerte abominable a las almas con las que estáis emparentados y de nutrir la sangre con sangre. Y ya que navego en el mar inmenso y he desplegado completamente las velas al viento, os diré que en todo el universo no hay nada que dure para siempre; todo fluye y todas las cosas toman un aspecto fugaz. Incluso el tiempo se escurre con un movimiento continuo, como si fuera un río; ni un río puede detenerse, ni pueden hacerlo las huidizas horas; pero, igual que una ola persigue a otra ola y la misma que es empujada por la de atrás empuja a la de delante, del mismo modo huye el tiempo, retrocede cada vez más y se renueva continuamente; lo que antes era, es dejado de lado; lo que no era, ahora existe, y cualquier instante es siempre nuevo. Ves cómo las noches al transcurrir dan paso a la luz y que el estallido del sol naciente sigue a la oscura noche. El cielo no tiene el mismo color cuando todo descansa extenuado en la quietud y cuando surge resplandeciente Lucífero en su caballo blanco; también es distinto cuando la hija de Palante [Aurora], antecesora de la luz, llena de color el mundo antes de librarlo a Febo. El mismo disco de este dios es rojo cuando se esconde en las profundidades de la tierra, pero es blanco cuando se encuentra en lo más alto, porque allí el aire es mejor y se encuentra lejos de la influencia de la tierra. Tampoco es nunca igual ni inmutable la forma de la nocturna Diana [la Luna]; si el círculo crece, el de hoy es siempre más pequeño que el de mañana; más grande, si disminuye”.

(...)

Ovidio. Metamorfosis, Libro XV.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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