irichc     Fecha  31/03/2006 00:27 
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Volver al foro Responder Robespierre. La razón de la fuerza.   Admin: Borrar 	mensaje
 
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No hay ningún proceso que instruir. Luis no es en absoluto un acusado. Vosotros no sois jueces. No sois, no podéis ser, sino hombres de Estado y representantes de la Nación. No tenéis que dictar sentencia contra un hombre, sino tomar una medida de salud pública, ejercer un acto de providencia nacional (...).

Luis fue el rey y se ha proclamado la República; la famosa cuestión que os ocupa está decidida con estas dos palabras. Luis fue destronado por sus crímenes. Luis consideraba rebelde al pueblo francés; apeló, para castigarlo, a las armas de sus colegas, los tiranos; la victoria y el pueblo han decidido que él era el único rebelde: luego Luis no puede ser juzgado: está condenado ya, o la República no queda absuelta. Proponer que se procese a Luis XVI, de cualquier manera que se haga, es retroceder al despotismo real y constitucional; es una idea contrarrevolucionaria, pues pone en cuestión a la Revolución misma.

En efecto, si Luis puede ser aún objeto de un proceso, puede ser absuelto, puede ser inocente; ¡qué digo!, lo es presuntamente hasta que sea juzgado; pero si Luis es absuelto, si Luis puede ser inocente, ¿en qué se convierte la Revolución?

Si Luis es inocente, todos los amigos de la libertad pasan a ser unos calumniadores; los rebeldes, en cambio, se vuelven los amigos de la verdad y los defensores de la inocencia oprimida. Los manifiestos de las cortes extranjeras son entonces reclamaciones legítimas contra una facción poderosa. La prisión que ha sufrido Luis hasta ahora es un agravio injusto. Los federados, el pueblo de París, todos los patriotas franceses son culpables, y así ese proceso entre el crimen y la virtud, presentado ante el tribunal de la Naturaleza, se decidirá finalmente a favor del crimen y de la tiranía.

(...)

Ése es el poder natural de la costumbre: considerar los hábitos más arbitrarios, o incluso las instituciones más defectuosas, como el criterio absoluto de lo verdadero y lo falso, de lo justo y lo injusto. Ni siquiera pensamos que la mayor parte guardan aún los prejuicios que les dejó el despotismo. Hemos estado tan sometidos a su yugo que nos cuesta levantarnos hasta los principios eternos de la razón, y así todo lo que se remonta hasta el sagrado origen de las leyes se nos antoja ilegal, y hasta el orden mismo de la naturaleza lo tomamos por un desorden. El majestuoso movimiento de un gran pueblo, el impulso sublime de la virtud, es a nuestros tímidos ojos como la erupción de un volcán o la subversión de la sociedad política; y no es la causa menos importante de los problemas que nos preocupan esa contradicción entre la debilidad de nuestras costumbres, la degeneración de nuestros espíritus, y la pureza de principios y la fuerza de carácter que requiere el gobierno libre que nos atrevemos a procurar (...).

Robespierre. Discurso del 3 de diciembre de 1.792 en la Convención.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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