irichc     Fecha  21/07/2003 00:39 
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Volver al foro Responder San Agustín. Concordancia de los evangelistas (III)   Admin: Borrar 	mensaje
 
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¿Por qué el Señor no escribió personalmente nada?

Pero antes hay que discutir sobre algo que origina dificultad a algunos, a saber: por qué el Señor no escribió personalmente nada, con la consecuencia de que es necesario creer a otros escritores en lo referente a él. Esta pregunta la hacen sobre todo los paganos, que no se atreven a acusar al mismo Señor Jesucristo o a ultrajarle, y le atribuyen una sabiduría extraordinaria, pero a nivel humano. En cambio, de sus discípulos afirman que atribuyeron al Maestro más de lo que era, hasta presentarle como el Hijo de Dios y la Palabra de Dios que hizo todas las cosas; que Él y el Padre son una sola cosa, y otras posibles afirmaciones semejantes, presentes en los escritos apostólicos, por los que hemos aprendido que, como a Hijo único de Dios, se le debe adoración juntamente con el Padre. Consideran que merece todo honor como hombre sapientísimo, pero niegan que haya que adorarle como Dios.

Al preguntar por qué él no escribió nada, dan la impresión de que estaban dispuestos a creer lo que él hubiese escrito sobre sí mismo, no lo que otros hubiesen predicado a su antojo de él. A los tales les pregunto por qué creen, respecto a ciertos destacadísimos filósofos suyos, lo que sobre ellos dejaron escrito sus discípulos para la posteridad, si nada escribieron sobre sí mismos. De Pitágoras, el hombre más ilustre que tuvo entonces Grecia en la virtualidad contemplativa, no consta que haya escrito nada no ya sobre sí, sino sobre cualquier otra cosa. A Sócrates le antepusieron a todos en la virtualidad activa, que ordena las costumbres, hasta el punto de no ocultar que fue declarado el más sabio de todos, incluso por testimonio de su dios Apolo. Explicó las fábulas de Esopo en unos pocos versos, poniendo sus palabras y sus números al contenido del otro. Pero llevó hasta tal extremo lo de no querer escribir nada, que afirmó que eso lo había hecho coaccionado por la orden de su demonio. Así lo recuerda Platón, el más noble de sus discípulos, no obstante que en dicha obra prefirió embellecer sentencias ajenas antes que las propias.

(...)

El recurso a las artes mágicas no explica la profecía sobre Cristo

Los que desvarían tanto que piensan que pudo hacer tan grandes cosas por medio de las artes mágicas y que, sirviéndose de ese mismo arte, sacralizó su nombre para convertir a los pueblos a sí, consideren también si con las artes mágicas, antes de nacer en la tierra, pudo llenar del Espíritu divino a los profetas. Profetas tan grandes que anunciaron de él, como futuras, realidades tales como las que ya leemos cumplidas en el Evangelio y las que vemos que existen ahora en el orbe de la tierra. Si mediante las artes mágicas logró que se le adorase aun muerto, en ningún modo ejercía la magia antes de nacer aquel a quien se le asignó un pueblo que profetizase que él iba a venir; pueblo cuya entera organización social fuese una profecía de aquel rey que vendría y fundaría una ciudad celeste con habitantes de todos los pueblos.

Por qué los romanos no aceptaron al Dios de Israel en su panteón

Por tanto, el Dios del pueblo hebreo, al que se le había confiado, como dije, profetizar a Cristo, no era otro que el único Dios, el Dios verdadero que hizo el cielo y la tierra y cuanto hay en ellos. Cuando le ofendían, era frecuente que se viesen sometidos a sus enemigos; incluso ahora han sido plenamente erradicados de la misma Jerusalén, la capital de su reino, y sometidos al imperio romano como castigo del gravísimo crimen de haber dado muerte a Cristo. Los romanos tenían la costumbre de hacerse propicios mediante el culto a los dioses de los pueblos que subyugaban y aceptar sus ritos sagrados, cosa que no quisieron hacer con el Dios del pueblo hebreo cuando lo combatieron o lo vencieron. Porque veían, creo, que si hubiesen aceptado los ritos sagrados de su Dios, que mandaba que, destruidos los demás ídolos, se le rindiese culto a él solo, habían de abandonar todo lo que antes habían aceptado como objeto de adoración, cuyo culto creían que había sido la causa del crecimiento de su imperio. Al respecto les engañaba sobremanera la astucia de los demonios. Ciertamente debían comprender que fue la oculta voluntad del verdadero Dios, en quien reside el supremo poder de las cosas, la que les dio e hizo que creciese el reino, no el favor de aquellos dioses; si éstos hubiesen tenido algún poder al respecto, hubiesen protegido más bien a los suyos, para que no les venciesen los romanos, o les hubiesen sometido a su férula a los mismos indómitos romanos.

(...)

En consecuencia, tampoco pueden preguntar: "¿Por qué, entonces, el Dios de los hebreos, al que consideráis el supremo y verdadero Dios, no sólo no les sometió los romanos, sino que ni siquiera ayudó a los mismos hebreos para que no los subyugasen los romanos?" La razón es que precedieron sus pecados manifiestos, a causa de los cuales los profetas predijeron con tanta antelación que les iba a sobrevenir todo eso. Y, sobre todo, que con un despiadado furor dieron muerte a Cristo, pecado en el que actuaron ciegamente como fruto de otros pecados ocultos.

Se predijo asimismo, y lo atestiguan los mismos profetas, que su pasión había de ser de provecho para los gentiles. El reino de aquel pueblo, su templo, su sacerdocio, su sacrificio y aquella unción figurativa, que en griego se llama "chrisma", de donde resplandece el nombre de Cristo y por la que el mismo pueblo llamaba cristos a sus reyes, no se consideró más que como prenuncio de Cristo. Ninguna otra cosa lo dejó ver con más claridad que esta: cuando la resurrección de Cristo muerto comenzó a predicarse a los gentiles que creían, cesaron todas aquellas realidades, ignorándolo los romanos, gracias a cuya victoria, e ignorándolo los judíos, por cuyo sometimiento aconteció aquella desaparición.

El Dios de los hebreos destruye ahora los ídolos de los gentiles

Los pocos paganos que han quedado no se dan cuenta de este hecho maravilloso: al Dios de los hebreos, ofendido por los vencidos y no aceptado por los vencedores, le anuncian y adoran ahora en todos los pueblos. Él es el Dios de Israel, del cual con tanta anterioridad habló el profeta al pueblo de Dios con estas palabras: "El que te libró, el Dios de Israel, será llamado Dios de toda la tierra". Esto aconteció mediante el nombre de Cristo, que vino a los hombres de la estirpe misma de Israel, sobrino de Abrahán, en quien tiene su origen el pueblo hebreo. También se dijo al mismo Israel: "Y en tu descendencia serán bendecidas todas las tribus de la tierra". (...). En efecto, ese mismo Dios de Israel, cuyo culto no quisieron aceptar los romanos como aceptaron el de los dioses de otros pueblos a los que vencieron, precisamente para que no hiciera desaparecer a este último, destruye ahora por doquier los ídolos de los gentiles por medio del Evangelio de Cristo, verdadero rey y sacerdote, realidad prefigurada como futura en aquel reino y sacerdocio. Así, privó del reino y de sacerdocio al pueblo profético porque ya había llegado lo anunciado por su medio; mediante Cristo rey subyugó a su nombre al imperio romano, su vencedor, y lo convirtió con la robustez y fervor de la fe cristiana en destructor de los ídolos, por respeto a los cuales no había aceptado su culto.

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Incongruencia de no adorar al Dios de Israel

Con todo, hay que preguntarles más solícitamente quién piensan que es el Dios de Israel. ¿Por qué no aceptaron a rendirle culto a él como a los dioses de los otros pueblos a los que subyugó el imperio romano, teniendo en cuenta sobre todo que es sentencia de los suyos que el sabio ha de adorar a todos los dioses? ¿Por qué, pues, se le excluyó a él del número de los demás? Si su poder es grande, ¿por qué sólo a él no le rinden culto? Si su poder es poco o nulo, ¿por qué todos los pueblos le adoran casi sólo a él, tras destruir los propios ídolos? Nunca pudieron deshacer el nudo de esta cuestión quienes, adorando como dioses mayores y menores a los que creen dioses, no adoran al que venció a todos los que ellos adoran. Si es de gran virtud, ¿por qué se le juzgó censurable? Si su virtud es mínima o nula, ¿por qué pudo tanto el censurado? Si es bueno, ¿por qué es el único al que se separa de los buenos? Si es malo, ¿por qué es el único no superado por tantos buenos? Si es veraz, ¿por qué rechazan sus mandamientos? Si es falaz, ¿por qué se cumple lo que predijo?

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El Dios de Israel, interpretado como Saturno o Júpiter

¿Por qué preguntar quién es él a hombres que se ofuscaron en sus razonamientos? Unos dicen: "Es Saturno". Creo que por considerar el sábado día sagrado, puesto que asignaron dicho día a Saturno. Su Varrón, el hombre más docto que encontraron entre ellos, juzgó, pienso que aterrado por su excelsitud, que el Dios de los judíos era Júpiter. Consideraba que carecía de interés el nombre con que se le designase, con tal de entender la misma realidad. Los romanos no suelen adorar nada más excelso que Júpiter, según lo atestigua con suficiencia y claridad su Capitolio, y consideran que él es el rey de todos los dioses; por eso, al advertir que los judíos rendían culto al Dios supremo, no pudieron pensar sino en Júpiter.

Pero tanto, los que creen que el Dios de los judíos es Saturno como los que lo consideran Júpiter, díganme: ¿Cuándo Saturno se atrevió a prohibir que se rindiese culto a otro Dios, ni siquiera a Júpiter, de quien se cuenta que lo expulsó de su reino, el hijo al Padre? Si éste (Júpiter), en cuanto más poderoso y vencedor, halló el agrado de sus adoradores, que dejen de rendir culto a Saturno, que fue vencido y expulsado. Pero ni siquiera Júpiter prohibió que se le rindiera culto a Saturno, y permitió ser dios a quien consiguió vencer.

(...)

Ya no sé qué hay que hacer con estos que, intentando interpretar mejor los nombres y las imágenes de sus dioses, confiesan que su dios mayor y el padre de todos los demás es el tiempo. ¿Qué otra cosa indican sino que todos sus dioses son temporales, pues les asignan como padre al mismo tiempo?

De esto se avergonzaron sus filósofos más recientes, los platónicos, que existieron ya en la época cristiana e intentaron interpretar a Saturno de otra manera. Afirmaron que se le llamó Crono, algo así como inteligencia procedente de la saciedad, a partir del hecho de que la saciedad se indica por "coros", y la inteligencia o mente se la designa por "nus". Esta interpretación parece apoyarla el nombre latino, como si estuviese compuesto de dos partes, la primera latina y la otra griega. Según esto se diría "Saturnus" como si fuese "Satur nus". Advirtieron cuán absurdo sería considerar como hijo del tiempo a Júpiter al que consideraban o querían que se considerase como dios eterno.

(...)

Cristo, modelo para los hombres y ejemplo para los ángeles

Cristo es la sabiduría de Dios, por la que todo fue creado, y ninguna mente racional angélica o humana se hace sabia si no es por la participación en ella, a la que nos adherimos por medio del Espíritu Santo, por quien se derrama la gracia en nuestros corazones, la cual Trinidad es un solo Dios. Por lo cual, la divina Providencia miró por el bien de los mortales, cuya vida temporal se desarrollaba entre cosas que nacen y mueren. Y ello hasta el punto de que la misma Sabiduría de Dios, asumida en la unidad de su persona la naturaleza humana en la que nació en el tiempo, vivió, murió y resucitó, predicando y haciendo lo conveniente para nuestra salvación; mediante su sufrimiento y paciencia, se hizo también abajo modelo de regreso para los hombres, él que en lo alto es ejemplo para los ángeles de permanencia. Pues a no ser que en la naturaleza del alma surgiese algo temporal, es decir, comenzase a existir lo que no existía, nunca daría el paso de la vida pésima y necia a la sabia y óptima.

Por eso, como la verdad de los contemplativos goza de las realidades eternas, y, en cambio, la fe de los creyentes se debe a las cosas que nacen, el hombre se purifica por la fe en las cosas temporales para percibir la verdad de las eternas. En efecto, hasta un cierto filósofo de los suyos, el más noble de todos, Platón, dice así en su libro que denominan Timeo: "Cuanto vale la eternidad respecto a lo que ha nacido, tanto vale la verdad respecto a la fe". Aquellas dos cosas, la eternidad y la verdad, son de arriba; estas dos, lo nacido y la fe, son de abajo. Para llamarnos de lo ínfimo a lo supremo y para que lo que ha nacido reciba la eternidad, se ha de llegar a la verdad por la fe.

Y puesto que las cosas que llevan dirección contraria se las hace volver por cierto punto medio -la iniquidad temporal nos alejaba de la eterna justicia-, se necesitaba la realidad intermedia de la justicia temporal; realidad intermedia que fuese temporal, participando de lo inferior, y justa, participando de lo supremo, y, de este modo, sin desvincularse de lo supremo y adecuándose a lo ínfimo, devolviese lo ínfimo a lo supremo. Por eso, a Cristo se le llama mediador entre Dios y los hombres, entre el Dios inmortal y el hombre mortal, Dios y hombre, reconciliando al hombre con Dios, permaneciendo en lo que era y hecho lo que no era. El que es para nosotros fe en las cosas que nacen, es verdad en las eternas.

Este magno e inenarrable misterio, este reino y sacerdocio, lo revelaba a los antiguos la profecía, y el Evangelio lo anuncia a los que le siguieron. Convenía que alguna vez se cumpliese en todos los pueblos lo que estaba prometido por largo tiempo por medio de un único pueblo. Por tanto, el que envió por delante a los profetas antes de su descenso, es el mismo que después de su ascensión envió también a los apóstoles. Mediante el hombre que asumió es cabeza de todos sus discípulos, que son como los miembros de su cuerpo. Y así como ellos escribieron lo que él mostró y dijo, nunca pudo decirse que él no haya escrito nada, porque sus miembros hicieron lo que conocieron al dictado de la cabeza. Lo que él quiso que nosotros leyéramos sobre sus hechos y dichos se lo mandó escribir a ellos como a sus manos. Todo el que entienda este consorcio de unidad y el ministerio, en los diversos oficios, de los miembros concordes bajo una única cabeza, no entenderá lo que lea en el Evangelio, siendo los narradores los discípulos de Cristo, distintamente que si viese que lo escribía la misma mano del Señor, que llevaba en el propio cuerpo. Por lo cual, veamos ya cuáles son aquellos puntos que piensan que escribieron los evangelistas en desacuerdo entre sí, como pudiera parecer a los romos de inteligencia, a fin de que, resuelta la cuestión, de aquí mismo aparezca que los miembros de aquella cabeza conservaron la concordia fraterna en la unidad de su cuerpo, no sólo pensando lo mismo, sino también escribiendo en armonía.

San Agustín. Concordancia de los evangelistas, Libro I.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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