irichc     Fecha  21/07/2003 00:40 
Host: dom1-11.menta.net    IP: 212.78.152.11    Sistema: Windows XP


Volver al foro Responder San Agustín. Concordancia de los evangelistas (II)   Admin: Borrar 	mensaje
 
Mensaje
JRRF escribió:

> Hola.
>
> Ayer edité mi último estudio en el Site:
>
> "La fábula de Jesús el judío" ( http://pcb.05c.net )
>
> El que desee leerlo lo encontrará en la página principal del Site y en la
> entrada "Jesús de Nazaret" de "Crítica bíblica"

Veamos, pues, en esta primera entrega, cómo Agustín pone en vereda a paganos y maniqueos, numerosos en su tiempo, aunque pocos en comparación con el número de cristianos (algo parecido a lo que sucede hoy).

Quiero mostrar, en definitiva, que lo que JRRF presenta como un gran estudio científico, fruto más bien de su ignorancia e indisimulado encono, es, para colmo, una vulgar emulación de los argumentos más trillados de gnósticos e idólatras.

Esto se comprobará a continuación. Dejo para el final la relación de todos los errores de bulto, comidillas, informaciones parciales y suposiciones malintencionadas en las que el susodicho estudioso, pretendiendo ridiculizar la fe de los demás, queda en evidencia como absoluto profano en la materia.

Daniel.

* * *

Autoridad de los distintos Evangelios

Entre las autoridades divinas incluidas en los escritos sagrados, destaca con toda razón el Evangelio. Él muestra cumplido y realizado lo que la ley y los profetas anticiparon como futuro. Los primeros en anunciarlo fueron los apóstoles, quienes vieron al mismo Jesucristo, nuestro Señor y Salvador, aún viviendo aquí. No sólo recordaban lo que oyeron de su boca o los dichos y hechos que él realizó ante sus ojos, sino también lo que, antes de constituirse en discípulos suyos, había obrado Dios referente a su natividad o infancia o niñez y merecía ser recordado. Pudieron informarse y conocerlo ya de él mismo, ya de sus padres o a través de otros indicios que no dejaban duda, o de testigos fidelísimos. Una vez que les fue impuesto el deber de proclamar el Evangelio, se ocuparon de anunciarlo al género humano. Algunos de ellos, es decir, Mateo y Juan, hasta publicaron en libros aparte lo que les pareció que debían escribir y escribieron acerca de él.

Y para que no se piense que tiene alguna importancia, en lo que se refiere a la acogida y predicación del Evangelio, el que lo anuncien, en condición de humildes discípulos, quienes siguieron al Señor cuando se hallaba en vida aquí, o quienes creyeron lo que descubrieron con fe de boca de ellos, la divina Providencia, por medio del Espíritu Santo, hizo que también a algunos de los primeros en seguir a los apóstoles se les otorgase la autoridad no sólo de anunciar, sino también de escribir el Evangelio. Estos son Marcos y Lucas.

Las otras personas que intentaron u osaron escribir algo acerca de lo que hizo el Señor o hicieron los apóstoles no poseían en su época categoría suficiente para que la Iglesia les otorgase credibilidad e incluyese sus escritos dentro de la autoridad canónica de los libros sagrados. Y no sólo porque ellos no fuesen personas a cuyos relatos fuese oportuno dar crédito, sino también porque a sus escritos añadieron con engaño algunos puntos que condena la regla de fe católica y apostólica y la sana doctrina.

Los cuatro autores de Evangelios canónicos

Esos cuatro evangelistas son conocidísimos en todo el orbe de la tierra. Y, quizá, el motivo de que sean cuatro haya que verlo en que son cuatro las partes del mundo, por todo el cual ellos mismos anunciaron de alguna manera, mediante el simbolismo que encierra su número, que se iba a propagar la Iglesia de Cristo. Éste es el orden en que escribieron, según se acepta tradicionalmente: el primero Mateo, luego Marcos, en tercer lugar Lucas, y por último Juan. En consecuencia, fue uno el orden por lo que a conocer y anunciar el Evangelio, y otro por lo que a escribirlo se refiere. En su conocimiento y anuncio fueron los primeros quienes, siguiendo al Señor, presente corporalmente, le oyeron hablar y le vieron obrar, y fueron enviados por él en persona a evangelizar. En cuanto a ponerlo por escrito -que hay que creer que aconteció por mandato divino-, ocupan los lugares extremos dos de los elegidos por el Señor antes de su pasión: Mateo el primero, Juan el último. Los dos restantes no pertenecían al número de aquéllos; no obstante, habían seguido a Cristo que hablaba en ellos, por lo que han de ser abrazados como hijos. Por eso ocupan los puestos centrales y están protegidos por los otros por uno y otro costado.

Es tradición que de los cuatro sólo Mateo escribió en lengua hebrea; los demás lo hicieron en griego. Y aunque parezca que cada cual mantuvo un cierto orden propio en el relato, no se advierte que cada uno de ellos haya querido escribir como desentendiéndose de lo escrito por su predecesor, o que haya omitido, por ignorancia, lo referido por otro. Al contrario, según la inspiración personal recibida, hizo de su trabajo una aportación no superflua.

Se entiende que Mateo asumió el mostrar la estirpe regia en la encarnación del Señor y la conformidad de la mayor parte de lo que hizo y dijo con la vida presente de los hombres. Marcos le siguió como detrás y parece que hace un compendio de él. Lo exclusivamente suyo es muy poco. Sólo con Juan no tiene nada en común. En pocas cosas coincide sólo con Lucas, mientras que con Mateo coincide en muchísimas, ya sea con él solo, ya también con los otros; y en muchas de ellas casi en el mismo tenor verbal.

Por su parte, Lucas aparece más ocupado con la estirpe y función sacerdotal del Señor. En efecto, no se remontó, siguiendo el árbol genealógico regio, hasta el mismo David; antes bien, siguiendo una línea no regia, llega al hijo de David, Natán, que ni siquiera fue rey. Proceder distinto al de Mateo, que, tomando una línea descendente por el rey Salomón, siguió también, por orden, a los demás reyes, respetando el número de ellos, lleno de simbolismo. Pero de esto hablaremos después.

Mateo, Marcos y Lucas presentan a Cristo como rey y sacerdote

El Señor Jesucristo, el único verdadero rey que nos gobierna y el único verdadero sacerdote que nos purifica mediante la expiación, declaró que él ejercía estas dos funciones, encarecidas respectivamente en los patriarcas. La primera, en el rótulo fijado en su cruz: "Rey de los judíos", respecto al cual, movido por una inspiración oculta, respondió Pilato: "Lo que he escrito, escrito está", pues estaba escrito en el salterio: "No destruyas la inscripción del rótulo". El segundo, referido a la función sacerdotal, en lo que nos enseñó a ofrecer y a recibir, aludiendo a lo cual anticipó la profecía que decía de sí mismo: "Tú eres sacerdote eterno según el orden de Melquisedec".

(...)

Aunque Mateo concentra la atención en la figura del rey y Lucas en la del sacerdote, uno y otro encarecieron al máximo la humanidad de Cristo. Cristo fue constituido rey y sacerdote en cuanto hombre, Él a quien Dios otorgó la sede de David su padre, a fin de que su reino no tuviese fin y, como hombre Cristo Jesús, fuese mediador entre Dios y los hombres, para interceder por nosotros. Lucas no tuvo asociado a nadie, como Mateo a Marcos, que fuese como su compendiador. Quizá no carezca de algún simbolismo el hecho, dado que no es propio del rey estar sin su séquito. Por esa razón quien había asumido sobre sí el narrar lo referente a la función regia de Cristo tuvo asociado a sí a alguien a modo de séquito, que de alguna manera siguiese sus pasos. En cambio, dado que el sacerdote entraba solo en el Santo de los santos, Lucas, cuya atención se centraba en el sacerdocio de Cristo, no tuvo ese como compañero que le siguiese y de alguna manera abreviase su relato.

Juan se centra en la divinidad del Señor

Estos tres evangelistas se detuvieron sobre todo en lo que Cristo hizo en el tiempo de su condición de hombre. Juan, en cambio, centra su mirada especialmente en la misma divinidad del Señor por la cual es igual al Padre. De modo particular en su evangelio, se esforzó por encarecerla cuanto creyó suficiente a los hombres. Así se eleva muy por encima de los otros tres: a éstos se les ve vivir de alguna manera con Cristo hombre en la tierra; aquél, en cambio, se ve que ha trascendido la nube que cubre la tierra entera, y que ha alcanzado el cielo límpido. Desde allí, con mirada sumamente penetrante y sostenida, vio la Palabra que existía en el principio, Dios junto a Dios, que hizo todas las cosas, y la conoció hecha carne para habitar entre nosotros, por haber asumido la carne, no porque se hubiese transformado en carne. Si la asunción de la carne no hubiera mantenido la inmutabilidad de la divinidad, no hubiese dicho: "Yo y el Padre somos una sola cosa", pues el Padre y la carne no son una sola cosa.

El mismo Juan fue el único en mencionar dicho testimonio del Señor sobre sí mismo, junto con estos otros: "Quien me ha visto a mí, ha visto también al Padre; yo estoy en el Padre y el Padre está en mí; para que sean una sola cosa como también nosotros somos una sola cosa. Todo lo que hace el Padre, eso también lo hace igualmente el Hijo". Y si hay otros que intimen, a quienes los comprenden rectamente, la divinidad de Cristo en la que es igual al Padre, Juan fue casi el único que los incluyó en su evangelio. Como si él hubiera bebido de forma más abundante y en cierto modo más íntima el secreto de su divinidad en el pecho del mismo Señor, sobre el que acostumbraba a recostarse en los banquetes.

Los sinópticos representan la vida activa; Juan, la contemplativa

Dos son las virtualidades que se ofrecen en el alma humana: una activa, otra contemplativa. Aquélla, el medio por el que se va; ésta, la meta a la que se llega. La primera requiere la fatiga de purificar el corazón para ver a Dios; en la segunda se da el reposo y se ve a Dios. Por eso, aquélla radica en los preceptos relativos al modo de vivir esta vida temporal; ésta, en el conocimiento de la vida eterna. El resultado es que aquella obra, ésta reposa, porque aquélla consiste en la purificación de los pecados, ésta en la luz de quienes ya están purificados. Por ello, mientras dura esta vida mortal, aquélla consiste en las obras de una vida santa; ésta, en cambio, más en la fe, y, en unos poquísimos, en una cierta visión de la verdad inmutable, a través de un espejo, en enigma y de forma parcial.

(...)

Símbolos de los cuatro evangelistas

En consecuencia, de quienes interpretaron los cuatro animales del Apocalipsis como referidos a los cuatro evangelistas, me parece que asociaron el león a Mateo, el hombre a Marcos, el becerro a Lucas y el águila a Juan, han visto algo más probable que quienes atribuyeron el hombre a Mateo, el águila a Marcos y el león a Juan. Quisieron apoyarse en el comienzo de los respectivos libros, en vez de hacerlo en la intención global de los evangelistas, que era lo que sobre todo había que investigar.

En efecto, es mucho más congruente aceptar como señalado por el león al que encareció de un modo particular la función regia de Cristo. Por esa razón, también en el Apocalipsis se mencionó al león asociado a la tribu regia. Me refiero al texto: "Venció el león de la tribu de Judá". Mateo narra también que vinieron de oriente unos magos a buscar y adorar un rey, cuyo nacimiento advirtieron por una estrella; que el mismo rey Herodes temió al rey aún sin habla, y que, para conseguir darle muerte, mató a numerosos niños.

Ni unos ni otros dudaron de que el becerro simbolizaba a Lucas, considerando la principal víctima que ofrecía el sacerdote. Su evangelio, en efecto, comienza con el relato sobre el sacerdote Zacarías. En él menciona el parentesco entre María e Isabel; se narran los misterios del primer sacerdocio cumplidos en la persona de Cristo, aún infante; y todo lo demás que pueda percibirse, si se presta atención, donde aparezca que Lucas puso su punto de mira en la función sacerdotal.

Marcos no quiso narrar su estirpe, ni la regia ni la sacerdotal, o, lo que es lo mismo, su parentesco o consagración a Dios; en cambio, se muestra ocupado en lo que Cristo obró como hombre. En consecuencia, entre aquellos cuatro animales, sólo parece simbolizado en el de figura humana. Estos tres animales, igual el león que el hombre y el becerro, se mueven por la tierra, razón por la que estos tres evangelistas se ocuparon sobre todo lo que Cristo obró mediante su cuerpo y de los preceptos que dio sobre cómo vivir esta vida mortal a los que moran aún en el cuerpo. Juan, en cambio, vuela como un águila sobre las nubes de la debilidad humana y contempla la luz de la verdad con el ojo sumamente penetrante y fijo del corazón.

Razón de la presente obra

Contra este santo cuadriyugo del Señor, llevado por el cual él somete los pueblos a su yugo suave y a su carga ligera, algunos, por irreligiosa vaciedad [los paganos] o por ignorante temeridad [los maniqueos], con sus calumnias buscan que se les niegue la fe que merece un relato verídico a aquellos por quienes crece la religión cristiana, diseminada por el mundo, con tanta feracidad que los mismos infieles apenas se atreven ya a musitar sus calumnias en su mismo entorno, apabullados por la fe de las naciones y el respeto de todos los pueblos. No obstante, como sus razonamientos malintencionados todavía retienen alejados de la fe a algunos para que no crean, o, en el caso de los creyentes, los perturban creándoles cuantas confusiones están en su poder, algunos hermanos, manteniendo íntegra la fe, desean saber qué pueden responder a tales cuestiones, ya para adelantar en la propia ciencia, ya para refutar la palabrería de ellos. Por eso, con la inspiración y la ayuda del Señor nuestro Dios, he emprendido en esta obra -que ojalá sirva también para su salvación- la tarea de demostrar el error o la temeridad de quienes creen presentar objeciones suficientemente agudas contra los cuatro libros del evangelio que escribieron, independientemente, los cuatro evangelistas. Para que ello sea realidad, he de mostrar cómo no se contradicen esos mismos cuatro autores. Esta suele ser la objeción palmaria que presenta su vaciedad: los mismos evangelistas disienten entre sí.

San Agustín. Concordancia de los evangelistas, Libro I.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

Respuestas (0)
 


Volver Responder
 
Nombre
E-Mail
Asunto
Web
Enlace a una
imagen

Mensaje