irichc     Fecha  21/11/2003 02:09 
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Volver al foro Responder San Agustín contra la apokatástasis o restauración universal.   Admin: Borrar 	mensaje
 
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Algunos filósofos del cosmos, al encontrarse con este problema [el retraso de la creación del primer hombre], han creído que no había otra posibilidad de solución más que admitiendo períodos cíclicos de tiempo, en los que la naturaleza quedaría constantemente renovada y repetida en todos sus seres. De esta manera, los siglos tendrían un fluir incesante y circular de ida y vuelta, sea que estos ciclos tienen lugar en un mundo permanente, sea que a intervalos fijos, desde el nacimiento a la muerte, el mundo presenta las mismas cosas como si fueran nuevas, a veces pasadas, a veces futuras. De este juego burlesco no puede escapar el alma, inmortal, aunque hubiera conseguido ya la sabiduría: iría sin cesar camino de una falsa felicidad, volviendo sin cesar camino de una verdadera miseria. ¿Cómo se va a dar auténtica felicidad cuando no es segura su eternidad? Porque una de dos: o el alma desconoce su miseria futura, y entonces vive en una lastimosa ignorancia en medio de la verdad, o si la conoce vive roída por su temor en medio de la felicidad. Y en la hipótesis de que no volviera ya más a sus miserias, sino que caminase definitivamente a la felicidad, sucedería algo nuevo en el tiempo que no tendría fin temporal. ¿Por qué no ha de ser así el mundo? ¿Y por qué no también el hombre creado en el mundo? Se evitarían todos estos rodeos de no sé qué falsos ciclos, ideados por unos seudosabios engañosos, utilizando el camino recto de la sana doctrina.

(...)

¡No! ¡Lejos de nosotros tales creencias! Cristo sólo ha muerto una vez por nuestros pecados, y "resucitado de entre los muertos ya no muere más, la muerte no tiene ya dominio sobre Él". Y nosotros, después de la resurrección, "estaremos siempre con el Señor", a quien ahora dirigimos las palabras del salmo sagrado: "Tú nos guardarás, Señor, y nos librarás para siempre de esa gente". A las anteriores palabras creo que cuadra bien lo que sigue: "Los malvados andan dando vueltas"; y no porque en esos ciclos de su invención vayan a vivir de nuevo su vida, sino por el laberinto de errores en que están metidos, es decir, por sus falsos conocimientos.

(...)

Y de tal convicción no me apartan los filósofos con sus argumentos. El más sutil de ellos parece ser éste: No hay ciencia -dicen- capaz de alcanzar lo infinito. De ahí -afirman- que todas las razones que Dios tiene en sí para la creación de los seres finitos, son finitas. Además, no es sostenible que su bondad haya estado ociosa jamás; de otra manera, su actividad temporal, tras un eterno reposo, sería como un arrepentirse de su anterior inacción y un ponerse a obrar como contraste de ella. De aquí que sea necesaria -prosiguen- una perpetua repetición de las mismas realidades (...).

Todos estos argumentos, que los impíos esgrimen con la intención de apartar nuestra religiosa sencillez del camino recto, para que andemos con ellos "dando vueltas", si la razón no es capaz de refutarlas, la fe debería reírse de ellas. Pero hemos de añadir que, con la ayuda del Señor nuestro Dios, la evidencia palmaria sabrá desbaratar esos círculos giratorios que la imaginación inventó.

El error principal de estos pensadores, que prefieren estar dando vueltas en el error antes de caminar por el verdadero y recto camino, está en querer medir con las dimensiones de su inteligencia humana, cambiante y angosta, la inteligencia divina, absolutamente inmutable, capaz de abarcar cualquier infinitud, y de contar todo lo incontable sin cambiar de pensamiento. Así es como les ocurre lo que dice el Apóstol: "Se erigen en patrón de sí mismos y se quedan sin entender". A ellos cualquier proyecto nuevo que les viene a la mente lo realizan con una nueva decisión (puesto que su espíritu es cambiante), y así dirigen su pensamiento no a Dios, en quien no pueden pensar, sino a sí mismos en lugar de a Él, y comparan no a Dios, sino a sí mismos, pero no con Él, sino consigo mismos.

(...)

¿Qué oídos piadosos podrán soportar algo como esto: después de transcurrir toda una vida llena de grandes calamidades (si es que ésta merece el nombre de vida: más bien es muerte, y tanto más peligrosa cuanto que, por amor de esta muerte, llegamos a temer la muerte que nos libera de ella), después de tan enormes calamidades, tan repetidas, tan horrendas, al fin un día se llega a la visión de Dios, tras expiarlas y darles fin por medio de la verdadera religión y sabiduría; se entra en la bienaventuranza por la contemplación de la luz incorpórea, gracias a la participación de la no mudable inmortalidad de Aquel a quien nos abrasa el deseo de poseer; pero todo esto con la particularidad de que un día fatalmente hay que abandonar esa bienaventuranza y a quienes son arrancados de aquella eternidad, de aquella verdad, de aquella felicidad, se les arroja a la infernal mortalidad, a la vergonzosa estupidez, a la miseria abominable, donde se pierde a Dios, donde a la verdad se la detesta, donde se busca la felicidad en inmundas vilezas? Y así una y mil veces, sin terminar jamás, a intervalos fijos, con distancias de siglos, siempre igual en el pasado, siempre igual en el futuro... (...)

Tal vez insistan en que nadie puede conseguir esta felicidad sin un previo conocimiento en esta vida de tales cielos donde se turnan mutuamente la felicidad y la desgracia; ¿cómo afirman que cuanto más uno ame a Dios, tanta mayor facilidad tendrá en llegar a la felicidad, ellos que enseñan doctrinas entorpecedoras del amor mismo? En efecto, ¿quién no comenzará a sentir que se debilita y se apaga su amor a Dios al pensar que tendrá que abandonarlo sin remedio y sentirse enemigo de su verdad y de su sabiduría, precisamente cuando había llegado al pleno conocimiento de Dios, según su capacidad, con la perfección que da la bienaventuranza? ¡Si no es capaz uno siquiera de amar a un amigo fielmente, cuando sabe que ha de ser su enemigo!

(...) Esta sería la consecuencia: habría una esperanza feliz en medio de la infelicidad, y en medio de la felicidad una esperanza infeliz. El sufrimiento acá de los males presentes, y el temor allá de los inminentes, conseguirían hacernos siempre y realmente desgraciados, más bien que alguna vez dichosos.

(...)

Podrán todavía añadir que las almas liberadas ya no volverán a su estado miserable, pero que esto nada de nuevo aporta: primero unas y luego otras han sido liberadas, lo son y lo serán. Si ello es así, no tienen más remedio que conceder la creación de nuevas almas que caen en una miseria no experimentada por ellas, y alcanzan una liberación también nueva. Replicarán tal vez que las almas tienen una antigüedad que se pierde en lo eterno, de las que van surgiendo cada día nuevos hombres. Si viven en sus respectivos cuerpos sabiamente, se verán libres de ellos hasta el punto de no retornar jamás a sus miserias. La consecuencia forzosa es: tiene que existir un número infinito de almas. En efecto, por grande que fuera su número, no sería suficiente para abastecer el infinito número de siglos precedentes, y que estuvieran surgiendo de él hombres constantemente, cuyas almas habían de ir quedando libres para no volver más a caer. No sabrían tampoco explicar estos filósofos cómo en los seres creados, que, según ellos, deben ser finitos en número para poder conocerlos Dios, se da un número infinito de almas.

(...)

Nosotros terminaremos nuestro raciocinio con este dilema:

Supongamos que este aumento es posible. Entonces, ¿qué razón hay para negar la posibilidad de crear cosas nuevas, que no existieron jamás, cuando las almas liberadas, que no habían existido antes, no solamente fueron creadas una vez, sino que su número no cesa de aumentar?

Pero supongamos que hay que limitar el número de almas que, una vez libres de sus calamidades, ya no descenderán jamás a ellas; incluso que esta cifra no aumente más. También ella, sea la que sea, no ha existido antes, sin duda alguna: no podría crecer, naturalmente, y llegar a su límite si no hubiera tenido principio. Este principio tampoco había existido antes. Para que existiera fue creado el hombre, antes del cual ningún hombre había existido.

San Agustín. La Ciudad de Dios (Libro XII).                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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