irichc     Fecha  22/04/2003 01:11 
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Volver al foro Responder San Agustín. Contra los escépticos.   Admin: Borrar 	mensaje
 
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Pero veamos qué dice Zenón: "sólo podemos comprender y percibir aquello que no tiene ningún rasgo en común con lo falso". ¿Es esto lo que te ha inducido, hombre platónico, a procurar con todas las fuerzas que pierdan la esperanza de aprender los que querían saber, de modo que abandonen todo afán filosófico con la lamentable ayuda de la pereza intelectual?

(...)

A pesar de esto, discutamos la definición de Zenón tanto como nos lo permita nuestra necedad. Ella afirma que podemos comprender aquello que se nos presenta de tal manera que no puede parecernos falso. Claro que fuera de esto no hay percepción posible.

- Así lo veo yo también, dijo Arcesilao, y por este motivo enseño que nada percibimos. Porque es imposible encontrar nada semejante a lo que dices.

- Para ti y para los otros necios tal vez sí. Pero ¿por qué ha de serlo para el sabio? De todos modos no creo que se pueda responder nada al necio, si te pidiera que con tu insigne agudeza refutases la definición de Zenón y demostraras que también puede ser falsa. Pero si no puedes hacerlo, ya tienes algo que percibes. Y si la puedes refutar, ya no tienes nada que te impida percibir. No veo, pues, como se pueda refutar esta definición que considero absolutamente verdadera. Cuando la conozco, pues, aunque sea yo necio, conozco algo. ¡Sométela a tus argucias dialécticas! Usaré un dilema segurísimo: o bien la definición es verdadera, o bien es falsa. Si es verdadera, la retengo firmemente. Si es falsa, hay algo que podemos percibir, aunque tenga rasgos comunes con la falsedad.

- ¿Cómo es posible? me dice.

- Pues la definición de Zenón es de lo más verdadera, y nadie que la haya aceptado se ha equivocado jamás. ¿Diremos quizá que es poco encomiable y no demasiado exacta, una definición que, describiendo aquello que puede ser percibido, se muestra capaz de afrontar a los que se disponían a aportar muchos argumentos contra la percepción? Es, pues, una definición y al mismo tiempo un ejemplo de lo que es perceptible.

- Ignoro si también es verdadera, dice Arcesilao. Ahora bien, como es probable, aceptándola como tal demuestro que no hay nada que sea parecido a lo que ella dice que podemos percibir.

- Tal vez sí lo demuestras, pero tu demostración no atañe a la definición en cuestión; y creo que entrevés lo que se sigue. Pongamos que no estuviéramos ciertos ni de la definición, no por ello careceríamos de saber, ya que sabemos que ella es verdadera o falsa. Por consiguiente, algo sabemos. Y como nunca nada hará de mí un desagradecido, sostengo que aquella definición es absolutamente verdadera. Porque, o bien lo falso puede ser percibido, cosa que asusta mucho a los académicos y que realmente es absurda, o bien lo que se asemeja a lo falso no puede ser percibido, y en consecuencia la definición es verdadera. Pasemos, no obstante, a examinar el resto.

(...)

Vamos, representémonos ahora, si podemos, el siguiente espectáculo ante los ojos: una disputa entre el sabio [académico] y la sabiduría. ¿Qué dice la sabiduría sino que ella es la sabiduría? El sabio la contradice: "No me lo creo". ¿Quién es el que dice a la sabiduría: "No creo que exista la sabiduría"? ¿Quién sino aquel con quien ella ha podido hablar y en quien se ha dignado a habitar, es decir, el sabio? ¡Ea, venidme a buscar para que pugne con los académicos! Tenéis ya una nueva contienda: el sabio y la sabiduría pugnan entre sí. El sabio no quiere asentir a la sabiduría. Lo que es yo, lo observo tranquilamente con vosotros. ¿Hay alguien que no crea que la sabiduría es invencible? Fortifiquémonos, sin embargo, con algún dilema. En este combate, o el académico vencerá a la sabiduría y será vencido por mí porque no será sabio, o la sabiduría vencerá al sabio y enseñaremos que el sabio asiente a la sabiduría. Por consiguiente, o el académico no es sabio, o el sabio asiente a algo. Esto es así, salvo que el que se avergonzó al decir que el sabio desconoce la sabiduría, no se avergüence al decir que el sabio no asiente a la sabiduría. Pero, si es verosímil que al menos la percepción de la misma sabiduría corresponda al sabio, y si no hay motivo para no asentir a lo que puede percibirse, veo que es verosímil aquello que yo pretendía, esto es, que es necesario que el sabio asienta a la sabiduría. Si me preguntas dónde se encuentra la sabiduría, te responderé: "en él mismo". Si me dices que ignora lo que tiene, vuelves al mismo absurdo, a saber, que el sabio desconoce la sabiduría. Si niegas incluso la posibilidad de que pueda encontrarse a un sabio, deberé encetar otra discusión contigo, seas quien seas, y no ya con los académicos. Pues estos, cuando discuten, discuten ciertamente sobre el sabio. Cicerón proclama que él es un gran opinante, pero que su búsqueda versa sobre el sabio. Tal vez vosotros, jóvenes, lo desconocíais, no obstante habéis leído en el Hortensius: "Si no hay nada cierto y si no es de sabios opinar, el sabio no aprobará nada jamás". Es evidente, pues, que con sus célebres disputas -a las que nos oponemos- buscaban qué era el sabio.

San Agustín. De academicos, libro tercero.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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