irichc     Fecha  7/10/2003 02:00 
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Volver al foro Responder San Agustín. Dios como límite del lenguaje.   Admin: Borrar 	mensaje
 
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Libro V

I. La sobriedad y la modestia con la que el hombre, a quien incluso la naturaleza de su alma resulta inexplicable, debe pensar sobre la substancia de Dios.

Al comenzar a hablar de unas cosas que no pueden en absoluto ser pensadas por ningún hombre –al menos no por mí- del modo que son pensadas, y aunque nuestro mismo pensamiento, cuando reflexiona sobre el Dios Trinidad, se siente muy distanciado del objeto sobre el que piensa y no lo aprehende del modo en que es, sino que, como escribieron personas de la talla del apóstol Pablo, ve “como mediante un espejo, en enigma” [1 Cor 13, 12], antes que nada, para entender y para explicar lo que me propongo, pido auxilio –y perdón, si me equivoco en algo-, a Dios nuestro Señor, en quien siempre debemos pensar y sobre el que no podemos pensar dignamente, a quien, junto con la alabanza, es siempre debida la bendición, a quien el lenguaje no ofrece una expresión adecuada. En efecto, soy bien consciente no sólo de mi voluntad, sino también de mi flaqueza. También pido a los que esto leerán que me excusen si advierten que no he podido expresar tan bien como habría querido aquello que ellos entienden mejor que yo o que la obscuridad de mi lenguaje les priva de comprender. Semejantemente yo les excuso si es su lentitud de espíritu lo que les priva de ello.

Nos perdonaríamos más fácilmente si hubiéramos entendido o nos hubiéramos aplicado firmemente a creer que todo lo que afecta a la naturaleza inconmutable e invisible, al Bien Supremo, al ser suficiente a sí mismo, no hay que apreciarlo del mismo modo que las realidades visibles, cambiantes, mortales o miserables. Cuando intentamos hacernos una idea científica de lo que linda con nuestros sentidos corporales o de lo que somos nosotros en nuestra vida interior, fracasamos. No obstante, no es ninguna insolencia enamorarse de las realidades superiores divinas e inefables con una piedad fiel, nada hinchada por la arrogancia de las fuerzas de uno mismo, sino inflamada por la gracia de su Creador y Salvador. Porque, ¿en qué acto de inteligencia el hombre aprehende a Dios, él que ni siquiera aprehende su inteligencia, con la cual pretende aprehender a Dios? Y si la aprehende, que procure notar que no hay en él nada mejor e intente descubrir los rasgos de las figuras, la belleza de los colores, la vastedad de la extensión, la distancia de las partes, la densidad de una masa, los movimientos entre espacios distantes u otras cosas como estas. Nosotros, ciertamente, no hallamos nada de esto en lo mejor que hallamos en nosotros, es decir, en nuestro entendimiento, con el cual aprehendemos la sabiduría en la medida en que somos capaces. Pues bien: lo que no hallamos en lo mejor que hay en nosotros, tampoco debemos escrutarlo en aquello que, con mucho, es mejor que lo mejor que hallamos en nosotros. Y debemos concebir a Dios, si podemos, en la medida que podemos, como bueno sin cualidad, grande sin cantidad, creador sin necesidad, inmediato sin ubicación, contenedor de todo pero sin límite, presente en todas partes pero no localmente, eterno pero fuera del tiempo, autor de las cosas mutables pero sin mutaciones en él, totalmente impasible. Quien conciba a Dios de esta manera, aunque no pueda conocer totalmente qué es, al menos evita, piadosamente, el atribuirle aquello que no es.

II. La esencia inconmutable que sólo es Dios.

No obstante, sin duda, Dios es substancia o, si se prefiere la palabra, esencia, que los griegos llamaban ousía. En efecto, de la misma manera que “sapientia” procede de “sapere” y “scientia” de “scire”, así “essentia” procede de “esse”. Ahora bien, ¿quién “es” más que Aquel que declarará a su siervo Moisés: “Yo soy el que soy”, y: “Di a los israelitas: ‘Yo soy’ me envía a vosotros” [Ex 3, 14]? Las otras esencias o substancias que nosotros conocemos conllevan accidentes que les imponen unas transformaciones, grandes o pequeñas. Pero Dios es ajeno a este tipo de vicisitudes. Y por esta razón hay una sola substancia –o esencia- inconmutable, que es Dios, a quien corresponde verdaderamente, en el sentido más justo y más exacto este ser del que toma su nombre la esencia. Ya que lo que cambia no conserva el ser, y lo que puede cambiar, aunque no cambie, no puede ser lo que había sido. Por eso sólo aquello que no sólo no cambia, sino que sobre todo no puede cambiar, recibe sin reserva y con toda verdad el nombre de ser.

San Agustín. La Trinidad.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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