irichc     Fecha  11/02/2003 04:14 
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Volver al foro Responder San Agustín. Las dos almas, contra los maniqueos.   Admin: Borrar 	mensaje
 
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Primer enfoque de la controversia contra maniqueos y pelagianos.

* * *

1. Después de este libro (La utilidad de la fe) escribí contra los maniqueos, siendo aún presbítero, la obra Las dos almas. Según ellos, de las dos una es parte de Dios y la otra procede de la raza de las tinieblas, que no ha sido creada por Él y que le es coeterna. Conforme a sus delirios, ambas almas, una buena y otra mala, se hallan en todo hombre. Afirman que el alma mala es propia de la carne, carne que, a su entender, pertenece también a la raza de las tinieblas; la buena, en cambio, procede de la parte adventicia de Dios, que luchó contra la misma raza de las tinieblas, en consecuencia de lo cual se mezclaron. Todo lo bueno que hay en el hombre lo atribuyen a dicha alma buena y, al revés, todo lo malo al alma mala.

2. En ese libro escribí: "No hay vida alguna que por el mismo hecho de ser vida y precisamente en cuanto es vida, no pertenezca a la fuente y principio supremos de la vida". Estas mis palabras han de entenderse en el sentido de la relación criatura-creador; no se ha de pensar que la vida procede de Dios como si fuese una parte suya.

3. Dije también: "El pecado no reside en ningún otro lugar sino en la voluntad". Los pelagianos pueden pensar que tal afirmación favorece a su punto de vista, pensando en los niños. En efecto, ellos niegan que posean el pecado original, que pueda perdonárseles en el bautismo, amparándose en que aún no usan del albedrío de la voluntad. ¡Como si el pecado que afirmamos que contraen de Adán ya desde su origen, es decir, en cuanto implicados en su culpa, y que los mantiene sujetos al castigo, pudiera haber existido alguna vez sino por la voluntad! Fue cometido voluntariamente cuando tuvo lugar la transgresión del mandato divino. También puede considerarse falsa la afirmación: "el pecado no reside en ningún otro lugar sino en la voluntad" en virtud de las palabras del Apóstol: "Si, pues, hago lo que no quiero, ya no lo obro yo, sino el pecado que habita en mí". Es tan cierto que este pecado no reside en la voluntad que hasta dice: "Hago lo que no quiero". ¿Cómo, pues, el pecado no reside en ningún otro lugar sino en la voluntad? Mas este pecado del que con tales palabras habló el Apóstol recibe el nombre de pecado porque es fruto y castigo de un pecado. En efecto, el texto lo refiere a la concupiscencia de la carne, como lo revela a continuación al decir: "Sé que el bien no habita en mí, es decir, en mi carne, pues aunque el quererlo se encuentra en mí, no el realizarlo en plenitud". La realización plena del bien consiste en que ni siquiera exista en el hombre la concupiscencia del pecado. Cuando vive santamente, la voluntad no da su asentimiento a esta concupiscencia, no obstante, el bien no se da en plenitud, porque (el hombre) aún vive dentro de la concupiscencia, aunque su voluntad le oponga resistencia. El bautismo aniquila lo que de culpa tiene tal concupiscencia, pero permanece la debilidad, contra la que lucha con el máximo esfuerzo todo bautizado que progresa en el bien, hasta que sea curado. "El pecado" que "no reside en lugar alguno, sino en la voluntad" ha de entenderse ante todo del que es resultado de una justa condena -tal pecado, en efecto, "entró en el mundo por un solo hombre"-, aunque incluso el pecado por el que se consiente a la concupiscencia del pecado no se comete sino por la voluntad. Por eso dije también en otro lugar: "Pues no se peca sino voluntariamente".

4. En otro pasaje definí a la voluntad con estas palabras: "La voluntad es un movimiento del alma, exento de toda coacción, dirigido a no perder o a conseguir algo". Esta definición mira a distinguir al que quiere del que no quiere; y de esta manera la mirada se traspasa a los primeros que existieron en el paraíso, causantes del mal para el género humano, al pecar sin sufrir coacción por parte de nadie, es decir, al pecar por su libre voluntad, pues obraron con pleno conocimiento contra lo mandado y el tentador les indujo, no les forzó a ello. Se puede decir, pues, sin incongruentes, que pecó sin querer quien pecó en la ignorancia, aunque haya hecho queriendo lo que hizo en la ignorancia. En consecuencia, ni en este caso puede haber pecado sin voluntad. Así, la voluntad fue, conforme a nuestra definición, "un movimiento del alma, exento de toda coacción, dirigido a no perder o a conseguir algo". A nadie se le ha considerado coaccionado a hacer algo que no hubiese hecho si no hubiese querido. Lo hizo, pues, porque quiso, aunque, no obstante haber obrado voluntariamente, no pecó al no saber que era pecado lo que hacía. Por tanto, ni siquiera tal pecado pudo existir sin voluntad, aunque se trata de la voluntad referida al hecho, no al pecado; hecho que, sin embargo, era pecado, en cuanto que se hizo algo que no debía haberse hecho. En cambio, quien peca a sabiendas, si puede ofrecer resistencia, sin pecar, a quien le fuerza al pecado y no la ofrece, peca en verdad voluntariamente, porque quien puede resistir no se ve forzado a ceder. Por el contrario, cuando alguien no puede resistir voluntariamente a la apetencia que le coacciona y, en consecuencia, obra contra los preceptos de la justicia, nos hallamos ya ante un pecado que es, además, castigo del pecado. En conclusión, es totalmente verdadero que no puede haber pecado sin voluntad.

5. De igual manera definí el pecado con estas palabras: "Pecado es la voluntad de retener o conseguir algo que la justicia prohíbe y de lo que hay libertad para abstenerse". La definición es verdadera porque se refiere únicamente a lo que es pecado, excluyendo el castigo del pecado. En efecto, cuando el pecado se entiende en sentido doble, en cuanto pecado propiamente y en cuanto pena del pecado, ¿cuál es el poder de la voluntad sometida a la apetencia que la domina, si no suplica ayuda, en el caso de que sea piadosa? Es libre en la medida en que está liberada, y en esa misma medida se le llama voluntad. En caso contrario, se le ha de llamar con mayor propiedad a toda ella apetencia antes que voluntad. Apetencia que no es, como piensan los insensatos maniqueos, una adición proveniente de una naturaleza extraña, sino un vicio de la nuestra, que sólo lo sana la gracia del Salvador. Si alguien dice que la misma apetencia no es otra cosa que la voluntad, aunque viciosa y al servicio del pecado, no hay que replicarle ni hemos de hacer un problema de palabras, cuando la realidad está clara. Queda mostrado también, pues, que no hay pecado sin voluntad, ya en el momento de la obra, ya en su origen.

6. Escribí también: "Ya podía haber investigado si el género de almas malas había tenido alguna voluntad mala antes de su mezcla con el género de las almas buenas. Si no la tenía se hallaba sin pecado y era inocente y, en consecuencia, no era mala". Preguntan (los pelagianos): "¿Por qué, pues, afirmáis el pecado en los niños, cuya voluntad no consideráis culpable?" Les respondemos que ellos no son culpables por efecto de su voluntad, sino en virtud de su origen. Considerado en su origen, ¿qué es todo hombre terreno sino Adán? Y Adán poseía ciertamente voluntad, y al haber pecado mediante esa voluntad, "el pecado entró en el mundo".

7. Dije igualmente: "Las almas en ningún modo pueden ser malas por naturaleza". Si alguien me pregunta cómo entiendo las palabras del Apóstol: "También nosotros fuimos por naturaleza hijos de la ira como los demás", le respondo que al hablar de naturaleza quise que se entendiera aquella a la que se le da el nombre con propiedad, es decir, aquella en que fuimos creados sin vicio alguno. A ésta la llamamos naturaleza en atención a su origen, origen que ciertamente tiene un vicio que es contra la naturaleza.

8. Dije también: "Considerar a alguien como culpable de pecado porque no hizo lo que no pudo hacer es la cima de la maldad y de la locura". Preguntan (los pelagianos): "¿Por qué entonces se considera culpables a los niños?" Les respondo: En virtud de su origen están atados por la culpabilidad de quien no hizo lo que pudo hacer, es decir, cumplir el mandato de Dios.

9. Asimismo escribí: "Hagan aquellas almas lo que hagan, si lo hacen en virtud de su naturaleza y no por propia voluntad, es decir, si carecen del movimiento del alma tanto para hacerlo como para no hacerlo; si finalmente no se les concede poder alguno para abstenerse de su obrar, no podemos admitir pecado en ellas". La cuestión, referida a los niños, no plantea problema alguno porque su culpabilidad les viene de proceder de quien pecó voluntariamente, cuando no carecía del libre movimiento del alma, tanto para hacerlo como para no hacerlo, y tenía el sumo poder para abstenerse de obrar el mal. Esto no lo afirman los maniqueos de la raza de las tinieblas que introducen inventándose fábulas, y defienden con ahínco que siempre fue mala, nunca buena.

10. Alguien podría preguntarse en qué sentido dije: "Incluso si hay almas -cosa incierta de momento- entregadas a actividades corporales, no por el pecado, sino por naturaleza, y, aunque sean inferiores, nos tocan a nosotros por alguna afinidad interna, no es justo que las consideremos malas por el hecho de que seamos malos nosotros al seguirlas a ellas y amar lo corpóreo", puesto que esto lo dije refiriéndome a aquellos otros de quienes había comenzado a hablar más claramente con estas palabras: "Además, incluso si se les concediese que nos sentimos solicitados a acciones deshonestas por un alma de género inferior, no se deduce de ahí que tales almas sean malas por naturaleza o las otras el sumo bien". Al respecto continué la discusión hasta el punto donde dije: "Incluso si hay almas -cosa incierta de momento- entregadas a actividades corporales, no por el pecado, sino por naturaleza", etc. Puede, pues, preguntarse por qué dije: "Cosa incierta de momento", siendo así que no debí haber dudado en absoluto de que no existen tales almas. Me expresé de tal manera porque he topado con quienes dicen que el diablo y sus ángeles son buenos en su género y que existen en la naturaleza en que Dios los creó, en su propio rango, tales cuales son, pero que para nosotros son un mal si nos dejamos embaucar y seducir por ellos, o algo que nos aporta honor y gloria si, por el contrario, nos guardamos de ellos y los vencemos. Quienes esto afirman creen que son válidos los testimonios de las Escrituras que aducen para probarlo: ya aquel tomado del libro de Job, en que se describe al diablo: "Este es el comienzo de la obra que el Señor realizó para diversión de sus ángeles"; ya el otro del salmo ciento tres: "Este dragón que hiciste para jugar con él". Esta cuestión que hay que afrontar y resolver, pero no contra los maniqueos que no piensan tal cosa, sino contra otros que lo defienden, no la quise examinar y darle solución entonces para no hacer el libro más largo de lo que quería. Veía, en efecto, que aunque se concediera esto, se debía e incluso se podía dejar convictos a los maniqueos que introducen con su demente error una naturaleza del mal coeterna al sumo bien. Así pues, dije: "Cosa incierta de momento", no porque yo dudase de ello, sino porque esta cuestión no había sido resuelta entre aquellos a los que había encontrado pensando así y yo. Cuestión que resolví, conforme a las Escrituras, con cuanta claridad pude, en otros libros míos muy posteriores, que comentaban al Génesis en su sentido literal.

11. En otro lugar escribí: "En consecuencia, al amar lo corporal pecamos porque la justicia nos manda amar lo espiritual y la naturaleza nos capacita para ello; entonces somos, dentro de nuestro género, buenos y felices en sumo grado". Aquí puede preguntar alguien por qué he dicho que la naturaleza, y no la gracia, nos capacita para ello. Pero allí traía entre manos una cuestión sobre la naturaleza contra los maniqueos. Ciertamente la gracia hace que esa naturaleza pueda, por medio de aquel que "vino a buscar y a sanar lo que estaba perdido", lo que viciada no puede. También entonces tuve presente esa gracia al orar por quienes eran mis amigos y aún se hallaban sujetos al mortífero error, con estas palabras: "Dios grande, Dios todopoderoso, Dios de toda bondad, a quien la fe y la inteligencia reconocen como inmutable e inviolable, Unidad trina que venera la Iglesia católica, yo que he experimentado tu misericordia para conmigo, te ruego suplicante que no permitas se separen de mí, en tu culto, aquellos hombres con los que viví en compañía y perfecto acuerdo desde mi niñez". Así pues, al orar ya admitía en la fe que la gracia de Dios no sólo ayuda a los conversos para que avancen y se perfeccionen en el camino hacia Dios -respecto al cual aun se puede afirmar que tal gracia se les da en recompensa por su conversión-, sino también que es obra de la misma gracia de Dios el que se conviertan, a quien oré por quienes estaban muy lejos de Él y oré para que se convirtieran a Él.

12. Este libro comienza así: "Opitulante Dei misericordia".

San Agustín. Las dos almas (Revisiones).                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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