irichc     Fecha  17/06/2002 15:16 
Host: alashan1.menta.net    IP: 212.78.133.205    Sistema: Windows 98


Volver al foro Responder San Agustín y el tiempo-I   Admin: Borrar 	mensaje
 
Mensaje
1

Acaso ignoras, Señor, las cosas que te digo, siendo como eres dueño de la eternidad? ¿O ves en el tiempo las cosas que suceden en el tiempo? ¿Por qué, pues, te digo tantas cosas? No, ciertamente, para que te enteres de ellas por mí, sino para excitar por ellas mi amor hacia ti y el de cuantos las leyeren. Así podremos decir todos: grande es el Señor y muy digno de alabanza. Lo he dicho y lo diré: por amor de tu amor hago esto.

También oramos y, sin embargo, la Verdad dice: Vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo. Al hacer esto no hacemos más que manifestar nuestro amor por ti, confesando nuestras miserias y tus misericordias sobre nosotros, llevándonos la total liberación que comenzaste. De este modo dejaremos de ser miserables en nosotros para ser felices en ti. Pues nos llamaste para ser pobres de espíritu, para sufrir y llorar, para tener hambre y sed de justicia, y para ser misericordiosos y limpios de corazón y pacificadores.

Con todo mi saber y entender te he contado muchas cosas. Así lo quisiste tú primero para poderte confesar, Señor Dios mío, a ti que eres bueno y tu misericordia es eterna.

2

¿Podré yo alguna vez expresar con la palabra de mi pluma todas tus exhortaciones, temores, consuelos y orientaciones por medio de los cuales me condujiste a predicar tu palabra y a dispensar tus sacramentos a tu pueblo? Pero, aunque fuera capaz de poner en orden estos hechos y narrarlos, estimo que un breve momento de tiempo vale mucho más. Pues ya desde antiguo ardo en deseos de meditar tu ley y confesarte el conocimiento y la ignorancia que tengo de ella, así como la luz con que me iniciaste y las tinieblas que todavía me quedan, hasta que mi debilidad sea devorada por su fuerza. No quiero que se me escape el tiempo libre en otras tareas después de haber atendido a las necesidades corporales, al estudio y al servicio que debemos a los hombres, además del que no les debemos, pero que, sin embargo, les prestamos.

Escucha mi oración, Señor Dios mío. Que tu misericordia escuche mi deseo, que no intenta satisfacerme a mí solo, sino al amor de los hermanos. Que ésta es la verdad, lo ves tú en mi corazón.

Sea mi sacrificio a ti el servicio de mi inteligencia y de mi lengua, pero antes dame lo que yo pueda ofrecerte. Pues yo soy pobre y menesteroso y tú rico para todos los que te invocan que cuidas de nosotros con total seguridad. Circuncida mis labios interiores y exteriores de toda temeridad y de toda mentira. Sean tus Escrituras mis castas delicias. Que no me engañe en ellas ni con ellas engañe a otros. Atiéndeme, Señor, y ten compasión de mí. Porque si no estuvieran tus oídos hasta en lo más profundo, ¿adónde iríamos?, ¿a quién clamaríamos?

Tuyo es el día, tuya también la noche. Las horas pasan según tu voluntad. Dame tiempo para que yo medite en los secretos de tu ley. No cierres la puerta a los que llamamos a ella. Porque no en balde, Señor, has querido que se escribiesen los secretos misterios de tantas páginas. ¿Acaso estos bosques no tienen sus ciervos en los que se albergan, pasean, se apacientan, descansan y rumian? ¡Oh, Señor!, perfecciona tu obra en mí. Ábreme las páginas de tu libro. Tu voz es mi alegría, un gozo mayor que todos los placeres. Dame lo que amo, pues verdaderamente lo amo ya y este amor es también don tuyo. No abandones tus dones ni desprecies tu hierba que tiene sed de ti. Reconoceré como tuyo lo que descubra en tus libros. Oiré la voz de tu alabanza y beberé de ti. Consideraré las maravillas de tu ley comenzando desde el principio en que hiciste el cielo y la tierra, hasta llegar al reino, donde estaré por siempre contigo en tu santa ciudad.

Ten misericordia de mí, Señor, y oye mi deseo. Porque creo que tu reino no es cosa de la tierra ni de oro ni de plata, ni de piedras. Tampoco de hermosos vestidos, honores y estados, de deleites carnales y de cosas necesarias al cuerpo y a esta vida de peregrinación. Todas ellas se darán por añadidura a los que buscan tu reino y tu justicia.

Éste es, Señor, mi deseo, tú lo ves. Los malvados me contaron sus deleites, pero no son como tu ley. De ella nace mi deseo. Mira, Padre, considera, ve y aprueba este mi deseo. Que sea grato ante tu misericordia y halle gracia ante ti para que los secretos de tus palabras queden abiertos a mi llamada.

Te lo pido por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, el varón de tu diestra, el Hijo del Hombre a quien constituiste mediador tuyo y nuestro. Tú lo enviaste para que nos encontrara cuando nosotros no te buscábamos. Él es tu Palabra, por la que hiciste todas las cosas, y entre ellas a mí. Él es tu Único Hijo por el que has llamado a la adopción como hijo a tu pueblo fiel y, en él, a mí.

Te lo pido por él, que está sentado en la diestra de Dios e intercede por nosotros. Pues en Él están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Y éstos son los tesoros que busco yo en tus libros. De él escribió Moisés; él mismo lo dice. Y lo dice la misma Verdad.

3

Oiga yo y entienda cómo en el principio hiciste el cielo y la tierra. Moisés escribió estas palabras. Las escribió y se fue. Dejó este mundo alejado de ti para ir a ti. Ya no lo tengo delante de mí. Pero si estuviera, le agarraría y le rogaría y conminaría en tu nombre para que me aclarase estas palabras. Sería todo oídos para captar las palabras salidas de su boca. Desde luego que, si hablara en hebreo, en vano sus palabras golpearían mis oídos ni mi mente percibiría su significado. Si hablara latín sabría lo que estaba diciendo.

Pero, ¿sabría yo si decía la verdad? ¿Y lo sabría tal vez por él, en caso de saberlo? La verdad misma sería la que me lo diría –la verdad que no es ni hebrea ni griega, ni latina ni bárbara-. Me lo diría interiormente, en la morada interior del pensamiento, sin necesidad de los órganos de la boca ni de la lengua y sin el ruido de las sílabas. Me diría: “Él dice la verdad”. Y yo totalmente seguro le respondería al instante: “Dices la verdad”.

Ya que ahora no puedo preguntarle a él –cuyas palabras estaban llenas de ti que eres la Verdad- te pido a ti, Dios mío, que perdones mis pecados y que me des a entender a mí las palabras que concediste decir a aquel tu siervo.

4

Existen, pues, el cielo y la tierra, y en alta voz nos dicen que fueron hechos, porque se mudan y cambian. En todo lo que existe y no ha sido hecho no hay nada que no existiera ya antes. Y en esto precisamente consiste el cambio y la mudanza.

El cielo y la tierra claman también que no se hicieron a sí mismos. “Existimos –dicen-, porque hemos sido hechos. Para hacernos a nosotros mismos deberíamos haber existido antes de que existiéramos”. Y la voz de los que lo dicen es la misma evidencia.

Eres tú, Señor, quien los hiciste. Tú, que eres hermoso y por quien ellos son hermosos. Tú, que eres bueno y por quien ellos son buenos. Tú que existes y por quien ellos existen. Pero ni ellos son tan hermosos, ni tan buenos. Creador de ellos. Comparados contigo ni son hermosos, ni buenos, ni tienen existencia.

Sé todo esto y te doy las gracias por ello. Y sé también que nuestra ciencia, comparada con la tuya es ignorancia.

5

¿Y cómo hiciste el cielo y la tierra? ¿Qué máquina usaste para obra tan vasta? Pues no los hiciste como el artesano que modela un cuerpo de otro según su libre albedrío. Su mente puede imponer de algún modo la forma o figura interior que contempla en sí con el ojo interior. Pero ¿cómo podría hacer esto el alma si tú no la hubieras hecho? Después graba esta forma en una sustancia que ya existe y que tiene ser, como es la arcilla o la piedra, la madera o el oro o cualquier otra cosa semejante. Pero ¿de dónde saldrían estos cuerpos si no les dieras la existencia? Fuiste tú quien hizo el cuerpo del artesano. Y tú el que hizo también su alma que controla sus miembros. Tú, el material del que hace estas cosas. Tú, su inteligencia por la que domina su arte y visualiza interiormente lo que realiza en el exterior. Tú, el que hiciste sus sentidos corporales, que son como canales a través de los cuales se transmite a la materia lo que está haciendo. Y retransmite al alma lo que ha hecho, para que a su vez ésta lo refiera a la verdad que la preside y vea si la obra se hizo bien.

Todas estas cosas te alaban y reconocen como Creador de todas ellas. Pero ¿cómo las hiciste? ¿De qué modo hiciste, Dios, el cielo y la tierra? Bien cierto es que no hiciste el cielo y la tierra ni en el cielo ni en la tierra, ni tampoco en el aire ni en las aguas, porque también estas cosas son parte del cielo o de la tierra. Tampoco hiciste el mundo en el mundo, porque no había dónde hacerle, antes de hacerle para que existiese. Tampoco tenías cosa alguna en tu mano de donde pudieras formar el cielo y la tierra. Porque, ¿de dónde podría proceder aquella materia que tú no habías creado, para poder hacer algo con ello? ¿Puede existir algo si no es porque tú existes?

Por tanto, hablaste tú y fueron hechas las cosas. Con tu palabra las creaste.

6

Pero ¿cómo hablaste? ¿Hablaste acaso como cuando se oyó la voz en la nube que decía: Éste es mi Hijo amado?. Aquella voz sonó y pasó. Comenzó y terminó. Las sílabas sonaron y pasaron: la segunda después de la primera, la tercera a continuación de la segunda, y así sucesivamente hasta la última. Y después de la última, se hizo el silencio. De todo lo cual aparece clara y evidentemente que aquella voz era la expresión del movimiento de una criatura tuya, por tanto, un acto temporal que servía a tu voluntad eterna. Además, estas palabras tuyas, pronunciadas en un momento determinado, fueron transmitidas desde el oído exterior a la mente atenta, cuyo oído interior sintoniza con tu palabra eterna. Y, comparando estas palabras pronunciadas en el tiempo con tu palabra eternamente pronunciada en el silencio, dijo: “Muy distinto, totalmente distinto. Estas palabras están por debajo de mí, no tienen entidad, pues huyen y pasan. Pero la palabra de mi Dios permanece sobre mí eternamente”.

Si, pues, para que el cielo y la tierra existiesen hablaste con palabras que suenan y se apagan –y de este modo hiciste el cielo y la tierra- entonces, debía existir ya una criatura corporal antes del cielo y de la tierra, con cuyo movimiento temporal transcurriera aquella voz a través del tiempo. Pero antes del cielo y de la tierra no había cosa alguna material. Y si la había, lo hiciste ciertamente tú sin voz transitoria para poder formar después la palabra transitoria con que mandaste que fueran hechos el cielo y la tierra. Porque, cualquiera que fuese el origen que dio lugar a tal voz, si no procediera de ti, no sería absolutamente nada. Pero para llegar a ser el cuerpo de donde se formasen estas palabras, ¿qué palabra hablaste?

7

Nos invitas a la inteligencia de aquella Palabra –que es Dios y permanece en Dios-, la cual se pronuncia eternamente y en ella quedan dichas todas las cosas eternamente. No es palabra en que se termine lo que se decía, dando lugar a la siguiente para poder así decir todas las cosas. En tu palabra todo se dice de una vez y eternamente. De lo contrario, tu palabra estaría sometida al tiempo y al cambio y ya no sería ni verdaderamente eterna ni verdaderamente inmortal.

Entiendo esto, Dios mío, y te doy gracias. Lo reconozco y te lo confieso, Señor. Y juntamente conmigo lo entienden o te lo agradecen quienes no son ingratos a una verdad tan cierta. Bien sabemos, Señor, que en cuanto una cosa deja de ser lo que era y es lo que no era, en tanto muere y nace. Nada hay, por tanto, en tu Palabra que ceda o suceda, porque es verdaderamente inmortal y eterna. Y así, con tu Palabra, coeterna a ti, dices eternamente y de una vez todo lo que dices y se hace cuanto dices que sea hecho. Sólo con tu Palabra creas las cosas, no de otro modo. Con todo, no todas las cosas, que creas con tu Palabra vienen a la existencia de una vez ni eternamente.

8

¿Por qué esto así, Señor Dios mío? De alguna manera lo entiendo, pero no sé cómo expresarlo. Diré que todo lo que comienza a existir, allí comienza y allí acaba donde se percibe que debió comenzar o debió acabar en la razón eterna, en la que nada empieza o acaba. La eterna razón es tu Palabra, que es también el Principio que nos habla. Nos habla en el Evangelio por la palabra de la boca. Y esta misma Palabra se hizo oír exteriormente en los oídos de los hombres para que creyeran en ella y la buscaran interiormente para poder hallarla en la vida eterna, donde el bueno y solo maestro enseña a todos sus discípulos.

Allí oigo tu voz, Señor. Me dice que nos habla aquel que nos enseña. Quien no nos enseña, aunque nos hable, no es a nosotros a quien nos habla. ¿Y quién nos enseña a nosotros sino la verdad invariable? Pues hasta las criaturas mudables, cuando nos reprenden, nos encaminan a la verdad permanente. Allí es donde verdaderamente aprendemos cuando estamos atentos ante el que nos enseña, regocijándonos al oír la voz del esposo, para volver a nuestro lugar de origen.

Es nuestro Principio, porque si no fuera inmutable, no tendríamos punto a donde volver cuando errásemos. Y cuando volvemos de nuestro error, ya ciertamente volvemos conociendo. Y él nos enseña para poder llegar a ese conocimiento, porque él es el Principio y nos habla.

9

Él es el Principio, oh Dios, en el que hiciste el cielo y la tierra. Hablaste y los criaste de forma maravillosa en tu Palabra, en tu Hijo, fuerza, sabiduría y verdad tuya. ¿Quién podrá comprender este misterio o explicarlo a los demás? ¿Y qué es esa luz que reverbera ante mí y hiere mi corazón sin lesionarlo? Me horroriza y me enardece: me horroriza por la desemejanza con ella. Me enardece por la semejanza con ella. Es la luz de la Sabiduría –la Sabiduría misma- la que brilla a mis ojos y rompe mis tinieblas, que vuelven a cubrirme hasta debilitarme a causa de tan densa oscuridad y el acerbo de mis penas. Porque de tal suerte quedó con mi miseria debilitado mi vigor que no puedo soportar mis dones. Y así estaré hasta que tú, oh Señor, que has perdonado todos mis pecados, cures también todas mis dolencias. Pues tú librarás mi vida de la corrupción y me coronarás con las bendiciones de tu misericordia, saciando todos mis deseos y renovando mi juventud como la del águila. Porque nuestra salvación se funda en la esperanza, y esperamos con paciencia el cumplimiento de tus promesas.

¡Que oiga, pues, tu voz en su interior el que pueda! Yo clamaré confiadamente inspirado en tus palabras: ¡Cuán numerosas son tus obras, Señor. Todas las has hecho con sabiduría! Ella es el principio y en este Principio hiciste el cielo y la tierra.

10

Quienes preguntan: ¿qué hacía Dios antes de crear el cielo y la tierra?, ¿no siguen todavía en su antiguo error? Porque si estaba ocioso –dicen ellos- y no hacía cosa alguna, ¿por qué no estuvo así siempre y continuó estando después sin hacer nada, como había estado hasta entonces? Porque, si en Dios hubo un movimiento nuevo y una nueva voluntad para traer a la existencia una criatura, ¿cómo es posible que en Dios haya una verdadera eternidad naciendo una nueva voluntad que antes no existía?

La voluntad de Dios, en efecto, no es una nueva criatura. Es anterior a toda criatura, pues ésta no puede existir si no precede la voluntad de Dios. Ahora bien, la voluntad de Dios pertenece a la misma sustancia divina. Si, pues, en la sustancia de Dios nace algo que antes no había, no se puede decir con verdad que tal sustancia es eterna. Y si la voluntad de Dios de producir las criaturas era eterna, ¿por qué ellas no habían de ser creadas también ab aeterno?

11

Los que así hablan siguen sin entenderte, ¡oh sabiduría de Dios y luz de las mentes! Siguen sin entender cómo se hacen las cosas hechas en ti y por ti. Se esfuerzan por saber las cosas eternas, pero sus pensamientos dan vueltas y revueltas en torno a los movimientos pretéritos y futuros de las cosas. Cuanto piensan es vano. ¿Quién podrá detener el pensamiento y fijarle para que quieto pueda captar por un momento el resplandor de la eternidad siempre permanente? Podría compararla con el tiempo siempre cambiante y vería que no hay comparación posible. Vería, en efecto, que la duración del tiempo es el resultado de un gran número de movimientos que pasan y que no pueden prolongarse todos a la vez. Vería, por el contrario, que en la eternidad no se mueve nada, todo es un presente. Por su parte, el tiempo nunca está presente del todo. El pasado está siempre empujado por el futuro. El futuro siempre va a la zaga de un pasado, y tanto el pasado como el futuro tienen su principio y su fin en el eterno presente.

¿Quién, entonces, bastará a detener el entendimiento humano y hacer que se pare y vea cómo la eternidad –que no es futura ni pasada, permaneciendo estable- apunta a los tiempos pasados y futuros? ¿Acaso puede mi mano hacer esto? ¿Puede la mano de mi boca conseguir tan ardua empresa por medio de sus palabras?

12

Responderé ahora a los que preguntan: “¿qué hacía Dios antes de crear el cielo y la tierra?”. Y no respondo diciendo que: “preparaba el infierno para los que escudriñan los altos misterios”. Esta frívola contestación la preparó –según he oído decir- un individuo, que con bromas quería eludir la fuerza del problema. Pero una cosa es hacer bromas y otra encontrar una respuesta. Yo no lo tomo a bromas: no responderé así. Me gustaría más responder que no lo sé –porque no lo sé- que salir con una broma que puso en ridículo a quien preguntó por cosas tan altas y mereció la alabanza de quien respondió cosas falsas.

Respondo, pues, diciendo que tú, Dios nuestro, eres el Creador de toda criatura. Si, pues, con el nombre de cielo y tierra ha de entenderse toda criatura, entonces afirmo con toda audacia que antes que Dios hiciese el cielo y la tierra no hacía nada. ¿Qué podría hacer sino una criatura, caso de haber algo? Ojalá pudiese yo saber con tanta certeza todo lo que deseo saber útilmente, como sé que ninguna criatura fue hecha antes de que se hiciese criatura alguna.

13

Quizás alguien de mente peregrina pueda divagar a través de las imágenes de los tiempos anteriores a la creación y preguntarse –lleno de admiración por ti, Dios omnipotente y Creador de todo, dueño de todas las cosas del cielo y de la tierra- cómo dejaste pasar innumerables siglos antes de decidirte a obra tan grande. Yo le diré sencillamente que despierte y que advierta que está admirando cosas falsas.

Pues ¿cómo habían de transcurrir innumerables siglos, si todavía no habían sido hechos por ti, autor y creador de los siglos? ¿Podía existir tiempo que no fuese creado por ti? ¿Y si no había existido?, ¿cómo podía pasar? Ahora bien, tú eres el creador del tiempo. Si, pues, hubo un tiempo antes de que hicieras el cielo y la tierra, ¿cómo se puede decir que dejaste de obrar? Luego tú hiciste el tiempo, pues el tiempo no pudo pasar antes de que tú lo hicieras.

Y si antes del cielo y de la tierra no había tiempo, ¿a qué viene preguntar qué hacías entonces? Pues no había entonces, donde no existía el tiempo.

Además, aunque tú eras antes del tiempo, no le precedes en el tiempo. De lo contrario, no serías anterior al tiempo. Precedes a todos los tiempos pasados con la excelencia de tu eternidad siempre presente. Y eres superior a todos los tiempos futuros porque todavía están por venir y cuando lleguen ya habrán pasado. Tú, en cambio, eres el mismo y tus años no pasarán. Tus años no van ni vienen. Los que van no son excluidos por los que vienen, porque no pasan. Los nuestros, en cambio, no habrán sido todos hasta que todos dejen de haber sido. Tus años son un día. Y tu día no es un día cotidiano, sino un hoy. Porque tu hoy no cede al mañana ni sucede al día de ayer. Tu hoy es la eternidad. Y en este día eterno engendraste coeterno a aquel a quien dijiste: Yo te he engendrado hoy. Tú hiciste todos los tiempos y eres antes de todos los tiempos. Por consiguiente, no hubo un tiempo en que no había tiempo.

14

El mismo tiempo es obra tuya. No hubo, por tanto, tiempo alguno en que no hicieses nada.
Ningún tiempo es coeterno contigo, porque tú no cambias nunca y, si el tiempo no cambiase, ya no sería tiempo.

Pero, ¿qué es el tiempo? ¿Quién podrá fácil y brevemente explicarlo? ¿Quién puede formar idea clara del tiempo para explicarlo después con palabras? Por otra parte, ¿qué cosa más familiar y manida en nuestras conversaciones que el tiempo? Entendemos muy bien lo que significa esta palabra cuando la empleamos nosotros y también cuando la oímos pronunciar a otros.

¿Qué es, pues, el tiempo? Sé bien lo que es, si no se me pregunta. Pero cuando quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé. Pero me atrevo a decir que sé con certeza que si nada pasara no habría tiempo pasado. Y si nada existiera, no habría tiempo presente.

Pero de esos dos tiempos, pasado y futuro, ¿cómo pueden existir si el pasado ya no es y el futuro no existe todavía? En cuanto al presente, si siempre fuera presente y no se convirtiera en pasado, ya no sería tiempo, sino eternidad. Luego, si el presente para ser tiempo es preciso que deje de ser presente y se convierta en pasado, ¿cómo decimos que el presente existe si su razón de ser estriba en dejar de ser? No podemos, pues, decir con verdad que existe el tiempo sino en cuanto tiende a no ser.

San Agustín. Confesiones.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

Respuestas (13)
 


Volver Responder
 
Nombre
E-Mail
Asunto
Web
Enlace a una
imagen

Mensaje