irichc     Fecha  17/06/2002 15:17 
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Volver al foro Responder San Agustín y el tiempo-II   Admin: Borrar 	mensaje
 
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Hablamos, no obstante, de “tiempo largo” y “tiempo corto”, pero siempre para referirnos al pasado o al futuro. Hablamos de largo tiempo pasado cuando decimos, por ejemplo, cien años antes de ahora. Y de la misma manera hacemos referencia al tiempo futuro largo, por ejemplo, de aquí a cien años. El tiempo pasado corto o señalamos diciendo, por ejemplo, hace diez días, y el futuro corto, de aquí a diez días. Pero ¿cómo puede ser largo o corto lo que no existe? El pasado ya no existe y el futuro no es todavía. No podemos, pues, decir que el tiempo es largo hablando del pasado. Digamos que “fue largo”, y del futuro habremos de decir que “será largo”.

Mi Señor y mi luz, ¿no se reirá también en esto tu verdad del hombre? Eso de que el tiempo pasado fue largo, ¿lo fue cuando era ya pasado o quizá cuando seguía siendo presente? Sólo podía ser largo cuando era susceptible de serlo. Pero una vez convertido en pasado, tampoco podía ser largo, pues que ni siquiera existía. Luego tampoco podemos decir que el tiempo pasado fue largo, porque no hallaremos motivo para afirmar que fue largo. Y esto porque el pasado, por serlo, no existe. Digamos más bien: “largo fue aquel tiempo mientras fue presente”. Fue largo tiempo siendo precisamente presente. Pues entonces no había pasado aún para dejar de existir. Todavía era y podía ser largo tiempo. Pero una vez pasado, dejó de ser largo tiempo, en el instante en que dejó de existir.

Veamos ahora si el alma humana nos puede decir si el tiempo presente puede ser largo. Porque al alma humana le ha sido dado poder experimentar y medir la duración del tiempo. ¿Qué me puedes responder? ¿Acaso cien años presentes son un tiempo largo? Pero mira primero si esos cien años pueden estar presentes. Si estamos en el primero de los cien años, ese año está presente. pero los noventa y nueve restantes son futuro. Por tanto, no existen todavía. Si estamos en el segundo año, ya tenemos uno pasado, otro presente y los demás futuros. De la misma manera, cualquiera de los años intermedios de esos cien que juzgamos presentes. Los años anteriores a él serán los pasados, y futuros los que vengan después. Es evidente, por tanto, que no pueden estar presentes los cien años.

Veamos, finalmente, si al menos el año en cuestión es presente. Si nos encontramos en el primer mes, los otros once son futuros. Si en el segundo, entonces el primero ya es pasado y los restantes están por venir. Por tanto, ni siquiera podemos decir que dicho año es todo presente. Y si todo él no está presente, no es el año presente. El año consta de doce meses. Cualquiera de ellos, el corriente, es el presente. Los restantes son o pasados o futuros.

Ni tampoco es cierto que el mes corriente es todo presente, sino sólo un día. Pues si es el primero, el resto es el futuro. Si el último, los demás son pasado. Y si los intermedios, unos pasados y otros futuros.

Vemos así cómo el tiempo presente –el único que hemos demostrado poder llamarse largo- apenas se reduce al breve espacio de un día. Pero detengámonos a examinar también esto un poco y veremos que ni aun el día es todo él presente. Un día se compone de veinticuatro horas entre nocturnas y diurnas. La primera de éstas tiene como futuras a todas las demás, y la última tiene a las anteriores como pasadas. Lógicamente, cualquiera de las intermedias tiene detrás de ella las pasadas y delante las futuras. Incluso la misma hora está compuesta de instantes fugaces. Los instantes idos son pasado; los que quedan, futuro.

De hecho, el único tiempo que se puede llamar presente es un instante, si por tal concebimos lo que no se puede dividir en fracciones por pequeñas que sean. Y un instante tan corto como éste pasa tan rápidamente del futuro al pasado que su duración es apenas imperceptible. Si su duración se prolongara podría dividirse en pasado y futuro. Cuando es presente no tiene duración o extensión.

¿Dónde está, pues, el tiempo que llamamos largo? ¿Será acaso el futuro? La verdad es que no podemos afirmar que sea largo, porque todavía no existe para poder ser largo. Decimos más bien que será largo. ¿Y cuándo lo será? No cuando todavía es futuro, porque ni siquiera existe lo que llamamos largo tiempo. Si fuera largo tiempo –cuando sale del futuro, que todavía no existe y llega a existir haciéndose presente-, éste debería cumplir la condición de que ha de existir algo de larga duración. Pero, según hemos visto ya, el presente no puede tener larga duración.

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No obstante, Señor, nos damos cuenta de los intervalos de tiempo. Comparamos uno con otro y decimos que unos son más largos y otros más cortos. Medimos asimismo la diferencia en corto o en largo de un tiempo a otro, y por el resultado decimos que éste es el doble o el triple, y aquél la unidad. O que los dos son de igual duración.

Pero medimos los tiempos a medida que pasan, y los medimos sintiéndolos. ¿Quién, entonces, podrá medir los pasados que ya no existen, ni los futuros que todavía no existen? A no ser que se atreva alguien a decir que lo que no existe se puede medir.

Sólo cuando está pasando, el tiempo puede sentirse y medirse. Una vez pasado, ya no puede, porque no existe.

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Pregunto, Padre, no afirmo. Asísteme y ayúdame, Dios mío. ¿Quién podrá decirme que no son tres los tiempos –así lo aprendimos de niños y lo enseñamos ahora a los niños-, a saber, pasado, presente y futuro? ¿O dirá que solamente existe uno, el presente, porque los otros dos no existen? ¿O es que existen también el pasado y el futuro, el uno –saliendo de un refugio oculto cuando de futuro se hace presente- y el otro –cuando de presente se hace pasado- escondiéndose en un seno oculto? Porque si el futuro no existe, ¿dónde lo vieron los que predijeron el porvenir? Pues lo que no existe no puede ser visto. Tampoco los que nos cuentan las cosas pasadas podrán decirnos la verdad de las mismas si no las vieran en su alma. Y si no existieran, sería del todo imposible que las vieran. Luego existen las cosas futuras y las pasadas.

18

¡Oh Señor, esperanza mía!, déjame que siga investigando. Que no se distraiga mi atención.

Quiero saber dónde están el pasado y el futuro, si es que existen. Y aunque no sea capaz de saberlo, sí sé que dondequiera que estén, no están allí como futuro o pasado, sino como presente. Si están como futuro todavía no existen, y si como pasado, ya no están allí. Dondequiera que estén y sean lo que sean, no existen sino en cuanto presentes.

Por lo que se refiere a cosas pasadas y verdaderas, obsérvese que no son las cosas mismas sucedidas las que se sacan de la memoria. Son más bien las palabras que provocan sus imágenes que dejaron impresa su huella en el alma al pasar a través de los sentidos. Tal es el caso de mi niñez. Ya no existe, pero existe en el tiempo pasado, que a su vez no existe. Pero cuando quiero describir y recordar la imagen de mi niñez, la veo en el tiempo presente, pues está todavía en mi memoria.

Lo que ya no sé –lo confieso, Dios mío- es si se puede aducir causa semejante respecto a la predicción de cosas futuras por medio de imágenes ya existentes que representan las cosas que todavía no existen. Pero sí sé con certeza que muchas veces programamos nuestras futuras acciones. Y sé también que esta programación es presente, a pesar de que la acción programada no exista todavía porque es futura. Comenzará a existir cuando la acometamos y pongamos por obra, porque entonces ya no será futura, sino presente.

Sea como fuere este arcano presentimiento de las cosas futuras, lo cierto es que no se puede ver sino lo que existe. Y lo que ya existe no es futuro, sino presente. Cuando se dice, por ejemplo, que se ven las cosas futuras, no son las mismas cosas que aún no existen y que son futuras las que se ven, sino a lo más sus causas o signos, que existen ya. En consecuencia, ya no son futuras, sino presentes a los que las ven, y por medio de ellas la mente puede formar un concepto de cosas que todavía son futuras y es así como es capaz de predecirlas. Estos conceptos existen ya, y al verlos presentes en su pensamiento, la gente puede predecir los hechos actuales que representan.

Lo explicaré con un ejemplo tomado de la infinita multitud de objetos. Contemplo la aurora, anuncio que va a salir el sol. Lo que veo está presente; lo que anuncio, futuro. Lo que no es futuro es el sol –que ya existe-, sino su nacimiento, que todavía no se ha producido. Pero no podría predecir la salida del sol si no tuviera en mi mente una imagen del mismo, como la que tengo en este momento cuando hablo de él. Ni la aurora, que contemplo en el cielo, es la salida del sol, aunque le preceda. Tampoco lo es la imagen que retengo en mi alma del nacimiento del sol. Tanto la aurora como la salida se ven en el presente; por eso puedo predecir la salida, que es futuro. Las cosas futuras no existen todavía. Y si no existen todavía es que no existen realmente. Y si al presente no existen, no se pueden ver de ninguna manera. Pero pueden predecirse por las cosas presentes que realmente existen y por lo mismo pueden verse.

19

¿De qué manera, pues, oh Rey de la creación, revelas tú a los hombres las cosas futuras? Pues tú se las revelaste a tus profetas. Pero ¿cómo las revelas si para ti nada es futuro? ¿O es que sólo revelas los signos presentes de las cosas que han de venir? Porque mal puede revelarse lo que todavía no existe. Muy lejos de mi comprensión está este tu modo de enseñar. No llego ni llegaré nunca a comprenderlo por mis propias fuerzas. Pero con tu ayuda lo podré. Pues tú harás que yo vea, dulce luz de mis ojos ocultos.

20

Lo claro y evidente ahora es que ni existe el futuro ni el pasado. Tampoco se puede decir con exactitud que sean tres los tiempos: pasado, presente y futuro. Habría que decir con más propiedad que hay tres tiempos: un presente de las cosas pasadas, un presente de las cosas presentes y un presente de las cosas futuras. Estas tres cosas existen de algún modo en el alma, pero no veo que existan fuera de ella. El presente de las cosas idas es la memoria. El presente de las cosas presentes es la percepción o visión. El presente de las cosas futuras la espera.

Si se me deja hablar en estos términos, puedo ver los tres tiempos y admito que los tres existen. Podría hablarse también de tres tiempos –pasado, presente y futuro- como se habla ordinariamente, aunque de manera impropia. Bueno, dejémoslo pasar. Yo no me opondré ni reprenderé a los que hablan así con tal que se entienda bien lo que se dice ni se tenga por existente lo que todavía es futuro ni que lo pasado es presente. Pocas son realmente las cosas dichas con propiedad. La mayor parte de forma incorrecta. No obstante, se entiende lo que queremos decir.

21

Acabo de decir que medimos el tiempo cuando pasa. Esto nos permite hablar de un intervalo de tiempo doble en relación a otro tomado como unidad de medida. O que los dos son de igual duración. Y así cosas semejantes que se dicen cuando medimos las partes del tiempo.

Decía, pues, que medimos el tiempo según va pasando. Y si alguno me pregunta: “¿Cómo lo sabes?”, la responderé sencillamente: “Lo sé porque lo medimos”. No podemos medir lo que no existe, y el pasado y el futuro no existen.

Pero mientras lo medimos, ¿de dónde viene, por dónde pasa y adónde va? ¿De dónde, sino del futuro? ¿Por dónde, si no a través del presente? ¿Adónde, sino al pasado? Luego viene de lo que ya no existe, pasa por lo que no tiene duración y se dirige hacia lo que ya no es.

¿Y qué es lo que medimos sino el tiempo en el espacio? Porque no hablamos de sencillo, doble, triple o igual refiriéndonos al tiempo, sino a espacios o intervalos de tiempo. ¿En qué espacio de tiempo, pues, medimos el tiempo que pasa? ¿Acaso en el futuro de donde viene? No, pues lo que no existe todavía no se puede medir. ¿Acaso en el presente, por el que está pasando? Tampoco, pues no se puede medir lo que no tiene duración. ¿Será, quizá, en el pasado, hacia donde se dirige? Tampoco, pues no se puede medir lo que ya no existe.

22

Estoy ardiendo en deseos de solucionar este intrincadísimo problema. Oh Señor y Dios mío, mi buen Padre, no me dejes sin respuesta a este problema tan familiar y tan misterioso. Te pido, por Cristo, que puedas penetrar en él y queden por tu misericordia iluminadas todas las cosas, Señor. ¿A quién he de dirigir mis preguntas? ¿A quién sino a ti he de confesar mi ignorancia con más provecho? Pues mi ardiente deseo de estudiar tus Escrituras no es molesto para ti. Concédeme lo que deseo, pues lo deseo de veras, y esto es don tuyo. Concédemelo, Padre bueno, pues tú sabes dar cosas buenas a tus hijos. Concédeme esto que te pido, pues me he propuesto conocer este misterio y me cuesta muchísimo trabajo hasta que tú me lo manifiestes. Te lo pido por Cristo, en el nombre del que es el Santo de los Santos, que nadie me sirva de estorbo. La fe que tengo me hace hablar así. Ésta es mi esperanza. Para ella vivo a fin de gustar la dulzura del Señor.

Hazme saber, Señor, mi fin y cuál es la medida de mis días, pues pasan, pero no sé cómo. Tenemos siempre en nuestros labios la palabra “tiempo” y “tiempos”. Decimos, por ejemplo: “¿En cuánto tiempo dijo aquél esto?” “¿Cuánto tiempo tardó aquel otro en hacerlo?” “¡Cuánto tiempo hace que no lo he visto!” “Esta sílaba larga tiene doble duración que una breve”. Éste es el lenguaje que usamos o que oímos. Lo entendemos y somos entendidos. Este modo de hablar es muy claro y habitual. Sin embargo, su significado se nos oculta de tal manera que su descubrimiento es siempre novedad.

23

En cierta ocasión oí decir a un hombre sabio que el tiempo no es más que el movimiento del Sol, la Luna y las estrellas. No estoy de acuerdo. ¿No será más bien el tiempo el movimiento de todos los cuerpos? Si se apagaran las luces del cielo y siguiera dando vueltas la rueda del alfarero, ¿no seguiría habiendo tiempo por el que podríamos contar las vueltas de esa misma rueda? ¿No podríamos decir, ya que tardaba tanto en unas como en otras, que unas veces iba más aprisa que otras, o que unas vueltas tardaba más y otras menos? Y al decir esto, ¿no estamos hablando en el tiempo? ¿Y nuestras palabras tendrían sílabas largas y breves, sino porque unas tienen más duración y otras menos?

Haz, Señor, que los hombres descubran en lo pequeño los principios comunes a todas las cosas, grandes y pequeñas. Cierto que los astros y estrellas están puestos en el cielo para señalar las estaciones, los días y los años. De esto no hay duda. Con todo, yo no diría que una vuelta de aquella rueda de alfarero es un día. Ni tampoco –por la misma razón- podría decir que aquella vuelta no es tiempo.

Lo que yo quiero conocer ahora es la esencia y naturaleza del tiempo con el que medimos el movimiento de los cuerpos, diciendo, por ejemplo, que tal movimiento dura dos veces más que el otro. Por la palabra día entendemos no sólo la duración del tiempo que el sol permanece en el cielo sobre la tierra y que da lugar a la diferencia entre el día y la noche. Entendemos también todo el recorrido de oriente a occidente, que nos permite decir: “Han pasado tantos días”, incluyendo en ellos también las noches, sin contar a éstas como tiempos distintos. Mi pregunta es ésta: Si el día se termina con el movimiento del sol y su giro de oriente a oriente, ¿es el día ese movimiento o el tiempo que tarda en hacer ese recorrido o ambas cosas a la vez?

Si un día fuera el movimiento del sol en todo su recorrido, bastaría que éste tardara solamente el espacio de una hora en hacer su recorrido para haber día. Por otra parte, si el día fuera la duración del tiempo que el sol tarda de hecho en hacer su recorrido, no sería un día si el período entre una salida y otra fuera tan sólo de una hora. En este caso, el sol habría de dar veinticuatro vueltas para completar un día. Si decimos que ambas cosas, entonces –caso de que el sol diese toda su vuelta en el espacio de una hora- el movimiento no podría llamarse día. Como tampoco se llamaría día en el caso de que el sol desapareciese tanto tiempo como el que suele gastar en su recorrido de una mañana a otra.

Pero ahora no es mi pregunta sobre eso que llamamos día. Me pregunto qué es el tiempo con el que medimos el recorrido del sol. Si éste hiciera su carrera en un espacio de tiempo de doce horas, diríamos que ha hecho su recorrido en la mitad del tiempo habitual. Caso de comparar ambos tiempos, diríamos que uno es sencillo y otro doble, aun suponiendo que el sol hiciese su recorrido unas veces de oriente a oriente en veinticuatro horas y otras en doce.

Nadie me diga, pues, que el tiempo es el movimiento de los cuerpos celestes. Sabemos que el sol se detuvo por mandato de alguien hasta conseguir la victoria en una batalla. Se paró el sol, pero el tiempo siguió pasando. La batalla se prolongó y terminó en el espacio de tiempo necesario para darse y concluirse.

En consecuencia, veo que el tiempo es una cierta extensión. ¿Lo veo así o me parece verlo? Mi luz y verdad, tú me lo mostrarás.

24

¿Me mandas que apruebe a quien afirme que el tiempo es el movimiento del cuerpo? No me lo mandas. Pues te oigo decir que ningún cuerpo se mueve más que en el tiempo. Pero no te oigo decir que el tiempo sea el movimiento de un cuerpo. Cuando se mueve un cuerpo me valgo del tiempo para medir la duración del movimiento del cuerpo, desde que comienza a moverse hasta que acaba. Y si no lo veo comenzar a moverse y sigue moviéndose –ni veo tampoco cuándo acaba- no puedo medir su duración. A no ser que comience a contarla desde que lo vi hasta que dejé de verlo. Si lo vi durante mucho tiempo, sólo podré afirmar que se estuvo moviendo por largo rato. Pero nunca podré decir cuánto. No se puede decir “cuánto” sino en relación a otra cosa. Así, por ejemplo: “tanto es esto cuanto aquello”, o “esto es el doble comparado con aquello”. Y otras cosas semejantes.

Pero si pudiésemos comprobar los espacios de los lugares de dónde y hacia dónde se dirige el cuerpo en movimiento o sus partes, si se mueve sobre sí mismo como sobre su propio eje, entonces podríamos averiguar cuánto tiempo ha durado el movimiento del cuerpo o de sus partes desde un lugar a otro. Si, por tanto, el movimiento de un cuerpo es distinto a la medida de la duración de ese mismo movimiento, ¿quién no deja de ver cuál de los dos debamos llamar tiempo con más propiedad? Porque cuando un cuerpo se mueve –unas veces de una manera y otras de otra- o cuando está parado, no sólo medimos su movimiento por el tiempo, sino también su estado de reposo. Y decimos: “Estuvo parado tanto como en movimiento” o “estuvo parado el doble o el triple del tiempo que en movimiento”. Y así, más o menos, como suele decirse, cualquier otra circunstancia que aprecie o estime nuestra dimensión.

Luego el tiempo no es el movimiento del cuerpo.

25

Te confieso, Señor, que todavía no sé lo que es el tiempo. De la misma manera te confieso que estoy diciendo estas cosas en el tiempo, que “ha mucho” que estoy hablando del tiempo y que este “mucho tiempo” no sería tal si no fuera por la duración del tiempo. ¿Y cómo sé yo esto, si no sé todavía lo que es el tiempo? ¿Será quizá porque no acierto a explicar lo que ya sé? ¡Ay de mí, que ni siquiera sé lo que no sé! En tu presencia estoy, Dios mío, y no miento. Como hablo, así lo siento en mi corazón. Tú eres, Señor, mi lámpara, mi Dios que alumbra mis tinieblas.

26

¿No es, acaso, verdadera mi confesión cuando te confiesa que mido el tiempo? Sí, cierto es que lo mido, Dios mío, pero no sé lo que mido. Por medio del tiempo mido el movimiento de los cuerpos. Pero ¿no mido también el tiempo mismo? Pero ¿podría medir el movimiento de un cuerpo –esto es, cuánto ha durado y cuánto ha tardado un cuerpo en desplazarse entre dos puntos- si no midiese el tiempo en que se mueve?

¿De qué me sirvo para medir el tiempo? ¿Acaso medimos el tiempo más largo por uno más corto a la manera que con la longitud de un codo medimos la de un banco? Del mismo modo medimos una sílaba larga por una breve, y decimos de ella que es doble. De este mismo modo medimos la extensión de un poema por la extensión de los versos y la extensión de éstos por la de sus pies. La de los pies por las sílabas, y la de las sílabas largas por la de las breves. No las medimos por las páginas –así se miden los lugares, no los tiempos-. Las medimos cuando las pronunciamos. Entonces pasan las palabras y decimos: “Tal poema es largo”, porque consta de tantos versos. “Aquellos versos son largos”, porque constan de tantos pies. “Ésta es larga”, pues es doble respecto a la breve.

Pero ni siquiera ésta es una medida precisa de captar el tiempo. Puede suceder que un verso más breve dure mayor espacio de tiempo –por ejemplo, si se pronuncia lentamente- que otro más largo pronunciado más deprisa. Y lo mismo puede decirse de un poema, de un pie y de una sílaba.

Por ello, me parece que el tiempo no es otra cosa que una cierta extensión. Pero no sé de qué cosa. Me pregunto si no será de la misma alma. Porque te pido que me digas, Dios mío, ¿qué es lo que mido cuando digo de una forma indefinida “este tiempo es más largo que aquél”, o cuando hablo de forma precisa y digo “este tiempo es el doble del otro”? Bien sé que mido el tiempo. Pero no mido el futuro que todavía no existe. Tampoco mido el presente, porque no tiene extensión. Mucho menos el pasado, ya que no existe. ¿Qué es lo que mido entonces? ¿Mido acaso el tiempo que pasa y no el pasado? Así lo dije ya más arriba.

27

Prosigue, alma mía, y presta mucha atención. Dios es nuestra ayuda. Él nos ha hecho y suyos somos. Fíjate por dónde amanece la verdad.

Imagina, por ejemplo, una voz emitida por un cuerpo que empieza a sonar y suena una y otra vez. De repente cesa y se hace silencio. Y aquella voz es ya pasado y deja de existir. Antes de sonar era futuro y no se podía medir, porque todavía no existía. Pero tampoco ahora puede medirse, pues ya no existe. Sólo podía medirse mientras sonaba, porque entonces había algo que medir. Pero ni siquiera entonces se detenía, pues se movía y pasaba. ¿Acaso por esto era más fácil de medir? Mientras pasaba se alargaba en un espacio de tiempo en que podía medirse, pues el presente carece de espacio alguno. Demos que podía medirse. Entonces imaginemos otra voz que empieza a sonar y sigue sonando de forma seguida e ininterrumpida. Midámosla mientras suena. Cuando deja de oírse ya habrá pasado y no habrá nada que medir. Midámosla en su integridad y demos su duración justa.

Imaginemos ahora que la voz sigue sonando y que no puede medirse sino desde el comienzo –desde cuando empezó a oírse hasta el final-, cuando dejó de oírse. Pues lo que se mide es en realidad el intervalo entre un principio y un fin. Por esta misma razón, una voz que no ha terminado de sonar no puede medirse. Ni podemos decir “qué larga o corta es”, ni que es igual a otra o que es sencilla o doble respecto a otra, ni cosas semejantes. Cuando haya acabado de sonar, esa voz no existe. ¿Cómo entonces, podrá medirse?

A pesar de todo, medimos el tiempo. No el que todavía no existe, ni el que ya no existe, ni el que no se alarga con alguna duración, ni el que no tiene términos. Por tanto, ni medimos el futuro, ni el pasado, ni el presente, ni el que va pasando. Y, no obstante, medimos el tiempo.

El verso Deus creator omnium (Dios creador de todas las cosas) está compuesto de ocho sílabas breves y largas, alternativamente. Las cuatro breves –primera, tercera, quinta y séptima- son sencillas respecto de las cuatro largas –segunda, cuarta, sexta y octava-. Cada una de éstas dura doble tiempo con respecto a cada una de las breves. En cuanto mi oído me permite sentirlas, las pronuncio, repito y compruebo. Si mi oído es fino, llego hasta a medir la sílaba larga por la breve, advirtiendo que la larga dura exactamente el doble.

Pero cuando una suena después de otra, si la primera, por ejemplo, es breve y la segunda larga, ¿cómo retendré la breve y cómo la aplicaré a la larga y así comprobar que la larga dura justamente el doble? Pues la larga no empieza a sonar hasta que ha dejado de sonar la breve. ¿Y acaso mido a la misma larga como presente, dado que no la puedo medir hasta que ha acabado de sonar? Y haber acabado vale tanto como haber ya pasado. ¿Qué es, pues, lo que mido? ¿Dónde está la breve con la que mido? ¿Dónde está la larga que he de medir? Ambas sonaron, volaron, pasaron y ya no existen. A pesar de ello, yo las mido, y con toda la seguridad que me da el sentido experimentado afirmo que la una es sencilla y la otra doble, en duración de tiempo, se entiende. Y no puedo hacer este juicio, sino después que ambas han pasado y han acabado de sonar. Luego lo que mido no son las mismas sílabas que ya no existen, sino algo que quedó en mi memoria y que está grabado en ella.

En ti, alma mía, mido yo el tiempo. No me vengas ahora con que el tiempo es otra cosa. Ni te perturbes por la multitud de tus sensaciones. En ti misma, repito, es donde mido yo el tiempo. Lo que mido es aquella misma sensación impresa por las cosas que pasan y que queda impresa en ti después que han pasado. No mido las que han pasado dejando esa sensación. Luego, o esta impresión es el tiempo o no mido el tiempo.

¿Y qué sucede cuando medimos el silencio y decimos que tal silencio duró como aquella voz? ¿No extendemos nuestro pensamiento a medida de la voz, como si sonase y así poder determinar algo de las pausas o intervalos de silencio habidos en un espacio de tiempo? Es claro que, sin hablar y abrir la boca, podemos recitar mentalmente poemas, versos y cualquier discurso, así como cualquier clase de movimiento medible. Nos damos cuenta también de la duración del tiempo y de la relación que hay de un tiempo a otro, y lo hacemos del mismo modo que si habláramos de estas cosas o las recitáramos en voz alta.

Pongamos el ejemplo de un hombre que quiere emitir un sonido prolongado y decide de antemano la largura de éste. Dicho hombre pensó en silencio, sin duda alguna, el espacio de dicho tiempo y lo encomendó a la memoria. Luego comenzó a emitir aquel sonido hasta los límites prefijados. Ciertamente la voz se oyó y se oirá. Porque la parte de aquella voz que fue pronunciada ya se oyó. La parte que queda se oirá y de esta manera llegará a su fin. Mientras tanto, la atención presente del hombre relega el futuro al pasado. De esta manera, el pasado aumenta en la medida que disminuye el futuro, hasta que el futuro quede completamente absorbido y se haga todo pasado.

28

¿Pero cómo se disminuye o se absorbe el futuro que todavía no existe? O ¿cómo aumenta el pasado que ya no existe? No por otra razón, sino porque el alma –que regula este proceso- realiza estas tres funciones: espera, atiende y recuerda. El futuro que espera, pasa por el presente –al que está atento- hacia el pasado que recuerda.

¿Puede negar alguien que el futuro todavía no existe? Sin embargo, existe en el alma la expectación de futuro. ¿Hay alguien que pueda negar que el pasado ya no existe? A pesar de ello, hay todavía en el alma la memoria del pasado. ¿Y quién podrá negar que el presente carece de extensión, pues se da en tu punto? Con todo, la atención persiste porque pasa lo que existe a la existencia. No es, por tanto, el futuro lo que es largo. Un futuro largo es la larga expectación del futuro. Tampoco es largo el pasado, que ya no existe. Un pasado largo es un largo recuerdo o memoria del pasado.

Supongamos que me dispongo a cantar una canción que aprendí. Antes de comenzar, mi expectación se extiende a toda ella. Pero, una vez comenzada, lo que quito de aquella expectación para el pasado hace extender mi recuerdo en la misma medida. De esta manera se extiende la vida de esta acción mía en la memoria por lo que acabo de cantar, y en la expectación por lo que todavía me queda por cantar. Pero mi capacidad de atención sigue presente y por ella pasa lo que era futuro para convertirse en pasado. Mientras se repite esto, tanto más se reduce la expectación cuanto más se alarga el recuerdo, hasta que la expectación llegue a reducirse por completo, cuando acabada mi acción pase a la memoria.

Y lo que sucede con la canción completa, sucede asimismo con cada una de sus partes y con cada una de sus sílabas. Y esto mismo sucede con otra acción más larga, de la que esa canción pudiera ser una parte. Y así con toda la vida de los humanos, de la que todas sus acciones son partes. Y así también con toda la historia de la humanidad, de la que la vida de cada hombre es parte.

29

Pero tu misericordia es mejor que la vida. Mi vida, en cambio, ha sido una disipación. Y tu diestra me sostiene, en mi Señor, el Hijo del Hombre, que es mediador entre ti, que eres uno, y nosotros, que somos muchos, dispersos en muchas cosas por infinidad de cosas. Soy sostenido para que alcance aquello en lo que yo mismo he sido alcanzado y recupere, siguiéndole a él solo, los días perdidos. Miraré hacia adelante, olvidándome de todo lo pasado, sin extender mi deseo a las cosas futuras y transitorias, sino estando atento a las que están delante de nosotros. No es la distracción sino la atención la que me lleva en este camino hacia la palma de la vocación de lo alto, donde oiré la voz de tu alabanza y contemplaré tu gozo, que no viene ni pasa.

Pero ahora mis años no son más que gemidos. Tú, en cambio, eres eterno, mi consuelo, mi Padre y mi Señor. Yo me he consumido en el tiempo, cuyo orden desconozco. Mis pensamientos –lo más íntimo de mi alma- se ven despedazados por la tumultuosa multitud de variedades, hasta que me funda en ti, purificado y derretido en el fuego de tu amor.

30

Entonces tomaré forma y me solidificaré en tu verdad. Ya no tendré que aguantar las preguntas de los hombres que, por la dolencia que padecen en castigo de su pecado, quieren beber más de lo que pueden y dicen: “¿Qué hacía Dios antes de hacer el cielo y la tierra?” O bien: “¿Por qué se le ocurrió la idea de hacer algo, si antes no había hecho absolutamente nada?”.

Que piensen bien lo que dicen –te lo suplico, Señor- y vean que no puede decirse “nunca” allí donde no hay tiempo. Si, pues, se dice que “nunca” hizo nada, ¿qué otra cosa se dice sino que en ningún tiempo hizo nada? Sepan, pues, que no puede haber tiempo sin criatura. Y dejen de hablar tal insensatez.

Que se lancen a lo que está por delante y que entiendan que antes de todos los tiempos eres tú el creador de ello. Que sepan que no hay tiempo ni criatura alguna que sea coeterna contigo, aunque alguna criatura esté por encima del tiempo.

31

¿Cuál es, Señor Dios mío, el seno de tu hondo misterio? ¡Cuán lejos de él me han arrojado las secuelas de mis pecados! Cura mis ojos y me gozaré contigo en tu luz.

Es claro que de existir un alma dotada de tal ciencia y presciencia que conociera las cosas pasadas y futuras –lo mismo que yo conozco una canción popularísima- esa alma sería sobremanera admirable. Nos dejaría estupefactos y horrorizados ante el pensamiento de que nada de la historia del pasado ni de lo que ha de suceder en los siglos venideros se le oculta. Sería algo así como cuando yo canto dicha canción, que no se me oculta nada. Pues sé qué y cuánto ha pasado desde que comencé a cantarla y qué y cuánto queda para acabarla.

No quieras pensar de mí, creador del universo, creador de las almas y de los cuerpos, sí, lejos de mí pensar que tú conoces de este modo las cosas futuras y las pasadas. Sí, tu modo de conocerlas es mucho más maravilloso y profundo. A ti –inmutablemente eterno, esto es, creador y verdaderamente eterno de las inteligencias- no te sucede lo que al que canta u oye cantar una canción conocida. El efecto de éste cambia y sus sentidos se relajan ante la expectación de las palabras futuras y la memoria de las pasadas. Del modo, pues, que conociste en el principio el cielo y la tierra sin cambio en tu conocimiento, así también hiciste en el principio el cielo y la tierra sin cambio en tu acción.

Que te alabe, pues, quien esto entienda. Que te alabe también quien no lo entienda. ¡Qué excelso eres! Tu morada, sin embargo, está en los humildes de corazón. Tú levantas a los caídos. Y no caen los que se refugian en tu altura.

San Agustín. Confesiones.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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