irichc     Fecha  6/06/2003 14:14 
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Volver al foro Responder San Gregorio Magno. La perfección en la ascesis latina.   Admin: Borrar 	mensaje
 
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Paulino, obispo de la ciudad de Nola.

Durante aquel tiempo en que Italia, y más concretamente la provincia de Campania, fue saqueada por los vándalos crueles, muchas personas de esta región fueron deportadas al África. El hombre de Dios Paulino dio a los cautivos y a los indigentes todo lo que había de utilidad en su palacio. Un día, cuando ya no le quedaba nada que dar a los que le pedían caridad, vino una viuda a decirle que el yerno del rey de los vándalos había hecho cautivo a su hijo, y le pidió al hombre de Dios el precio de su rescate, por si el amo lo aceptaba y permitía a su hijo volver a casa.

Pero el hombre de Dios, después de buscar diligentemente alguna cosa para darle a aquella mujer, vio que no le quedaba nada en casa que no fuera su propia persona, y respondió a la mujer que le pedía: 'Mujer, no tengo nada para darte, pero tómame a mí mismo. Di que soy un esclavo tuyo legítimo, y a fin de recuperar a tu hijo, envíame a servidumbre en su lugar'. Ella, al escuchar aquello en boca de un personaje tan grande, creyó que más bien lo decía en tono de burla que de compasión. Pero él, que era un hombre muy elocuente y muy erudito en estudios profanos, bien pronto persuadió a la mujer vacilante, la cual creyó lo que escuchaba y no dudó en absoluto que el obispo se libraría a servidumbre para poder recuperar al hijo.

Y ambos se fueron al África. La viuda se presentó ante el yerno del rey, que guardaba a su hijo, y en primer lugar le pidió que se lo retornara. El hombre bárbaro, lleno de soberbia e hinchado con el orgullo de la prosperidad de este mundo, no sólo no condescendió, sino que ni quiso escucharla. Entonces la viuda añadió: 'Aquí tenéis un hombre que os ofrezco para sustituirlo; al menos, tened compasión de mí y devolvedme a mi hijo'. Él observó aquel hombre de faz amable y le preguntó si tenía algún oficio. Paulino, el hombre de Dios, le respondió: 'Ciertamente que no tengo ninguno, pero sé cultivar un huerto'. Y el hombre pagano lo recibió con gusto porque escuchó de él que era hábil cultivando legumbres. Lo tomó, pues, por sirviente, y devolvió el hijo a la viuda, la cual, tan pronto hubo recobrado a su hijo, salió del África.

(...)

Y esto duró mucho tiempo. Un día dijo a su amo, que le hablaba más familiarmente: 'Pensad en aquello que tendréis que hacer y mirad de qué manera tendréis que gobernar el reino de los vándalos, porque el rey pronto morirá y de forma muy rápida". Al escuchar esto, como sabía que el rey le quería más que a los otros, no se lo calló, sino que le dijo todo aquello que sabía de parte de su hortelano, que era un hombre tan sabio. Cuando el rey lo escuchó, respondió inmediatamente: 'Me gustaría conocer a ese hombre del que me hablas'. Su yerno, señor temporal del venerable Paulino, le dijo: 'Acostumbra a traerme legumbres a la hora de comer; le diré que os traiga algunas, y así conoceréis al que me ha dicho todo esto'.

Y así sucedió. Cuando el rey estaba sentado a la hora de comer, Paulino fue a traerle frutos y legumbres de su huerta. El rey, al instante de verlo, tembló, hizo llamar a su yerno, el amo de Paulino, y le indicó secretamente aquello que antes le había escondido, diciéndole estas palabras: 'Lo que has escuchado es verdad, porque esta noche he visto, en sueños, un tribunal de jueces sentados ante mí, entre los cuales también estaba este hombre. Y al final de su juicio me arrebataban el cetro que he recibido. Apresúrate a saber quién es, porque un hombre de tanto mérito no puedo creer que sea uno cualquiera, como parece ahora'.

Entonces el yerno del rey llamó a Paulino en privado y le preguntó quién era. El hombre del Señor le respondió: 'Soy vuestro sirviente, al que habéis recibido en lugar del hijo de la viuda'. El otro le instó de nuevo para que le dijera no quién era actualmente, sino quién había sido en su país, y eso se lo pidió una y otra vez con reiteración de preguntas recurrentes. El hombre de Dios, constreñido con tantos conjuros, ya no pudo negar quién era, y dio fe de que era obispo. Su amo, al escucharlo, tuvo mucho miedo de él, y le dijo humildemente estas palabras de ofrenda: 'Pedidme lo que queráis, porque os haré regresar a vuestra tierra con gran obsequio'. Y Paulino, el hombre de Dios, le replicó: 'Sólo hay un beneficio que podáis hacerme, y es que dejéis en libertad a todos los cautivos que tenéis de mi ciudad'.

Inmediatamente, estos fueron buscados por toda la región africana, y para satisfacción del venerable hombre Paulino fueron enviados en su comitiva, con barcos cargados de provisiones. Al cabo de no muchos días, el rey de los vándalos murió, y dejó el flagelo que, por voluntad de Dios, había recibido para su propia desventura y para la corrección de los cristianos. Así sucedió que el sirviente de Dios omnipotente, Paulino, profetizó la verdad, y él, que se había librado solo a la esclavitud, volvió de ésta en compañía de muchos otros a la libertad, es decir, imitó a Aquel que tomó la forma de sirviente, para que nosotros no fuéramos sirvientes del pecado. Paulino, siguiendo sus pisadas, se hizo voluntariamente esclavo, solo, durante cierto tiempo, para poder ser más tarde libre con muchos otros.

San Gregorio Magno. Diálogos.

[Traducido del catalán]                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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