irichc     Fecha  27/09/2004 07:42 
Host: dom9-215.menta.net    IP: 62.57.112.215    Sistema: Windows XP


Volver al foro Responder San Hilario de Poitiers. Interpretación de pasajes difíciles.   Admin: Borrar 	mensaje
 
Mensaje
Los herejes juzgan que se ha de negar que nuestro Señor Jesucristo sea Dios por naturaleza, porque dijo: "¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno más que el único Dios" (Mc. 10, 18). El contenido de toda respuesta se ha de sacar necesariamente de la razón de la pregunta. Así se responderá a lo que se pregunta. Y, ante todo, pregunto al falso intérprete de esta frase si piensa que el Señor se opone a que se le llame bueno y hubiera preferido que se le llamara malo, pues parece que es lo que quiere decir con esta frase: "¿Por qué me llamas bueno?". No creo que haya nadie tan necio que quiera atribuir una confesión de maldad al que dijo: "Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, porque soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas, pues mi yugo es suave y mi carga ligera" (Mt. 11, 28-30). ¿Se confiesa manso y humilde, y creeremos que se irrita porque se le llama bueno? La diversidad de estas dos afirmaciones nos muestra que es contradictorio que uno que ha dado testimonio de su bondad rechace que se le llame bueno. No podemos pensar, por lo tanto, que se haya irritado porque se le haya llamado bueno. Debemos buscar, por consiguiente, a qué otra afirmación que le afecta quiere oponerse aquel que no podemos creer que haya rechazado el apelativo de "bueno".

Veamos qué dijo el que le preguntaba además de "bueno". Dice: "Maestro bueno: ¿qué cosa buena he de hacer?" (Mt. 19, 16). Le llamó, por tanto, dos cosas; "bueno" y "maestro". Y puesto que Jesús no se opuso a que le llamara "bueno", es necesario que se oponga a que se le haya llamado "maestro bueno". Pero rechaza que se le llame "maestro bueno" en un modo tal, que se opone a la fe del que le pregunta más que a los apelativos de "maestro" y "bueno". Pues el joven se había hecho orgulloso por la observancia de la ley, desconocía el fin de la ley que es Cristo y se creía justificado por las obras; y sin entender que Jesús había venido a las ovejas perdidas de la casa de Israel y que era imposible a la ley salvar a los creyentes mediante la fe en la justificación, pregunta al Señor de la ley y Dios unigénito como a un maestro de los preceptos comunes y consignados en la ley. El Señor rechazó esta impía profesión de fe en él, porque se le preguntaba sólo como maestro de la ley, y respondió: "¿Por qué me llamas bueno?" (Mc. 10, 18). Y para dar a entender en qué sentido debía ser considerado y confesado bueno, añadió: "Nadie es bueno más que el único Dios" (Mc. 10, 18), y así no rechazó el nombre de "bueno" si se le atribuía como a Dios.

* * *

Pero tal vez se podría oponer a esta nuestra fe ortodoxa la afirmación de tu herética incredulidad, según la cual esta confesión de incapacidad sería incompatible con la idea del Dios verdadero: "En verdad, en verdad os digo: el Hijo no puede hacer nada por sí mismo, más que lo que ha visto hacer al Padre" (Jn. 5, 19). Si no fuese porque el doble enojo de los judíos exige una doble respuesta, sería ciertamente una confesión de debilidad decir que el Hijo nada puede hacer más que lo que ha visto hacer al Padre. Pero con una sola frase se responde, a la vez, a dos acusaciones de los judíos, que le reprochan el crimen de violar el sábado y que no pueden soportar que Cristo se declare igual a Dios al confesar que Dios es su Padre

(...)

Pero veamos qué respondió el Señor: "Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo también trabajo" (Jn. 5, 17). Por favor, hereje, muéstrame cuál es el trabajo del Padre, pues todas las cosas existen por medio del Hijo y en el Hijo, las visibles y las invisibles. Y tú que sabes más que los evangelios, tienes que haber alcanzado necesariamente el conocimiento del obrar del Padre por alguna otra doctrina misteriosa para que nos puedas mostrar al Padre que trabaja. Pues el Padre trabaja en el Hijo, de acuerdo con lo que este mismo dice: "Las palabras que os digo no las digo yo, sino que mi Padre, que permanece en mí, él mismo lleva a cabo sus obras" (Jn. 14, 10). ¿No ves qué significa "Mi Padre trabaja hasta ahora"? (Jn. 5, 17). Dijo estas palabras para que se viera que tenía el poder de la naturaleza del Padre y que había usado en las obras hechas en sábado este poder de su naturaleza, pues si el Padre trabaja en él cuando él trabaja, hace falta que él también trabaje cuando trabaja el Padre.

* * *

El que no conoce nada de la economía de nuestra fe, no puede entender sus misterios, y el que no ha aceptado la doctrina del Evangelio, camina lejos de la esperanza del Evangelio. Se ha de creer que el Padre está en el Hijo, y el Hijo en el Padre, en virtud de la unidad de naturaleza, del poder de su fuerza, de la igualdad del honor que se les debe, de la generación del Hijo.

Pero tal vez sea contrario a esta confesión nuestra el testimonio del Señor cuando dice: "El Padre es mayor que yo" (Jn. 14, 28). ¿No es, acaso, ésta, hereje, la flecha de tu impiedad? ¿Son éstas las armas de tu locura? ¿Acaso te has olvidado de que la Iglesia no conoce dos innascibles, ni tampoco confiesa dos padres? ¿Te has olvidado de la encarnación del mediador, y en ella de su nacimiento, su cuna, su crecimiento, su pasión, su cruz, su muerte? Cuando has renacido en el bautismo, ¿no has confesado al Hijo de Dios nacido de María? Y si el Hijo, al experimentar todas estas vicisitudes, dice: "El Padre es mayor que yo", ¿crees que se ha de ignorar que esta economía de tu salvación consiste en el vaciamiento de su forma de Dios? ¿Y que el Padre ha permanecido fuera de esta asunción de las debilidades humanas, en la eternidad feliz de su naturaleza incorruptible, sin adquirir nuestra carne?

(...)

Y no afirmamos que el Padre está en el Hijo al modo de una penetración corporal, sino que la naturaleza engendrada por el Padre, de la misma esencia que él, tiene en ella, de modo natural, la naturaleza del que la engendra, y que aquella naturaleza que permanecía en la forma de la naturaleza que la engendró, asumió la forma de la naturaleza y de la debilidad corporal. Existía (en el Hijo encarnado) lo que es propio de la naturaleza divina, pero ya no estaba en la forma de Dios, porque al despojarse de sí había adquirido la forma de siervo. No es que hubiera desaparecido la naturaleza divina de tal manera que no existiera ya, sino que la naturaleza de Dios, continuando en el ser, había asumido la condición humilde del nacimiento terreno, y ejercitaba el poder propio de su esencia en el modo de existir de la condición humilde asumida. Y el Dios nacido de Dios, hallado como hombre en forma de siervo, obraba como Dios en sus acciones milagrosas, y no dejaba de ser Dios, al que mostraba con sus hechos, ni le faltaba el ser de hombre en cuya condición fue visto.

(...)

¿O es acaso una ofensa para el Dios unigénito [= Cristo] tener como Padre al Dios que no puede nacer, cuando su nacimiento como unigénito del Dios innascible le hace subsistir como naturaleza unigénita?

El Hijo no es el origen del propio ser y no ha tenido su nacimiento de la nada cuando no era, sino que existe como naturaleza viviente que procede de la naturaleza viviente, tiene en sí el poder de su naturaleza, y con la confesión del origen de esta naturaleza da testimonio de su gloria y de la gracia de su nacimiento acaecido en la gloria. Y paga al Padre esta deuda para remitir su obediencia a la voluntad del que le ha enviado, pero no para que su humildad al obedecer debilite su unidad de naturaleza; "él se hizo obediente hasta la muerte" (Flp. 2, 8), pero después de la muerte no deja de estar "sobre todo nombre" (Flp. 2, 9).

(...)

Ciertamente, el Padre es mayor, por ser el Padre. Pero el Hijo, por ser el Hijo, no es menor. El nacimiento del Hijo hace al Padre mayor, pero la naturaleza del que nace no tolera que el Hijo sea menor. El Padre es mayor porque se le ruega que glorifique al hombre asumido. El Hijo no es menor, porque recupera la gloria junto al Padre. Y así se lleva a cumplimiento tanto el misterio del nacimiento eterno como la economía de la encarnación. Porque el Padre, porque es Padre y glorifica ahora al Hijo del hombre, es mayor, y el Padre y el Hijo son una sola cosa, porque el Hijo nacido del Padre, después de la asunción del cuerpo terreno, es exaltado a la gloria del Padre.

(...)

Y aunque por el significado de las palabras se juzgue que son diferentes el que no puede nacer y el que nace, este último no es, con todo, ajeno a la naturaleza del que no puede nacer, porque no recibe de ningún otro origen su subsistencia; pues, aunque no haya recibido el ser innascible juntamente con el Padre, del Dios que no puede nacer ha recibido el ser Dios.

* * *

Pero los herejes entienden como una negación de su naturaleza divina el que se haya dicho (...): "El día y la hora nadie los sabe, ni los ángeles en el cielo ni el Hijo, sino sólo el Padre" (Mc. 13, 32 + Mt. 24, 36).

(...)

Y en primer lugar, antes de hablar del sentido y la razón de estas palabras, se ha de considerar, con el juicio del sentido común, si puede creerse que ignore algo de cualquier cosa aquel que es el principio de todas ellas en lo que son y serán. Pues si todo existe por medio de Cristo y en Cristo y existe de tal modo por medio de él que todo tiene en él (Col. 1, 16) su ser, aquello que no es ajeno a él ni deja de existir por medio de él, ¿cómo no entrará también en su conocimiento, cuando muchas veces éste, por virtud de su naturaleza, que no puede ignorar nada, abarca aquello que no existe ni en él ni por él? Y aquello que no tiene su razón de ser más que a partir de él y no recibe más que en él el desarrollo hacia lo que es y será, ¿cómo quedará fuera del conocimiento que corresponde a su naturaleza, por el cual y en el cual se contiene todo aquello que se ha de hacer?

(...)

Pues todas las veces que Dios dice que ignora, ciertamente confiesa ignorancia, pero no se encuentra limitado por ella. Pues su no saber nada tiene que ver con la debilidad de la ignorancia, sino que se debe a que no es tiempo de hablar o a que no ha llegado la oportunidad de obrar. Dios habá así a Abraham: "El clamor de Sodoma y Gomorra ha colmado la medida y sus pecados son muy grandes. Por lo tanto, bajaré y veré si, de acuerdo con su clamor, han llegado hasta el límite; y en el caso contrario, lo sabré" (Gén. 18, 20s). Tenemos, por consiguiente, al Dios que no sabe y que, con todo, no ignora; pues, si sabe que los pecados son muy grandes y, a pesar de todo, baja para ver si han colmado la medida o para saberlo si no la han colmado, vemos que no lo ignora porque no lo sepa, sino que entonces lo sabe porque ha llegado el tiempo de obrar. El que Dios sepa, no es, por lo tanto, un cambio desde la ignorancia, sino la plenitud del tiempo. Hay que esperar todavía a que sepa. Pero no podemos pensar de él que no sepa, y, con todo, todavía espere para saber; por ello es preciso que el hecho de que no sepa sabiendo o sepa ignorando no obedezca más que al designio de hablar o de actuar.

(...)

En los evangelios encontramos muchas cosas que el Señor ignora conociéndolas. No conoce a los que obran la iniquidad y se glorían en muchos milagros hechos en su nombre cuando dice: "Y entonces juraré que no os conozco. Apartaos de mí todos los que obréis la iniquidad" (Mt. 7, 23). Afirma, incluso con juramento, que no conoce a aquellos a los que, con todo, no desconoce como obradores de iniquidad. No los conoce, por tanto, no por ignorancia, sino porque a causa de la iniquidad de sus obras son indignos de su conocimiento; confirma la verdad de lo que dice incluso con el vínculo del juramento. Tiene el no ignorar en el poder de su naturaleza y conserva el no saber en el misterio de su voluntad.

(...)

Por lo tanto, el Hijo no conoce el día, porque lo oculta. Y dice que solamente el Padre lo sabe, porque sólo él no se lo oculta a él solo. Pero, como dije, no se refiere a dificultades de su naturaleza, como si él conociera cuando ha dejado de ignorar o como si oyera cuando el Padre ha empezado a hablar.

* * *

Los herejes, al no poder negar estas cosas explicadas por el Señor para dar a conocer el misterio de su nacimiento divino, tratan de eludirlas y de referirlas a la concordia de voluntades, de tal manera que Dios Padre y Dios Hijo no tengan una sola divinidad, sino una sola voluntad. Hablan como si el lenguaje de la enseñanza divina no tuviera recursos y como si el Señor no hubiese podido decir "Yo y el Padre queremos una sola cosa", o como si esto fuera lo mismo que "Yo y el Padre somos una sola cosa" (Jn. 10, 30). O como si, incapaz de hablar, no hubiese podido decir: "El que ve mi voluntad, ve la voluntad de mi Padre"; o esto significara lo mismo que "El que me ve, ve también al Padre" (Jn. 14, 9). O no pudiera utilizarse en el lenguaje divino la expresión: "La voluntad de mi Padre está en mí, y mi voluntad está en mi Padre", sino que a esta frase equivaliese: "Yo estoy en el Padre, y el Padre en mí" (Jn. 14, 10).

(...)

Por esta razón ha pedido que, si era posible, fuera apartado el cáliz de él; porque como para Dios nada es imposible -como él mismo dice: "Padre, todo te es posible" (Mc. 14, 36)-, con todo, es imposible para el hombre no ser vencido por el miedo del sufrimiento y además la fe sólo puede conocerse mediante la prueba. Y así, como el hombre, quiere que el cáliz se aparte de él a causa de los hombres, y su voluntad, como la de Dios que procede de Dios, se identifica con la decisión de la voluntad paterna.

* * *

Por lo tanto, si para que pudiéramos entender que moría dijo: "Dios, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mt. 27, 46); y: "Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu" (Lc. 23, 46), ¿deberemos pensar que, al preocuparse por nuestra confesión de fe, más que eliminar nuestras dudas, declaró que él era débil? Cuando iba a resucitar a Lázaro, ruega al Padre. ¿Necesita, acaso, la oración el que dice: "Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sabía que siempre me escuchas, pero lo he dicho por la multitud, para que crean que tú me has enviado"? (Jn. 11, 41s.).

Pidió, por tanto, por nosotros para que no ignorásemos que era el Hijo. Y puesto que a él no le aprovechaban las palabras de su petición, hablaba para provecho de nuestra fe. Él no estaba necesitado de auxilio, pero nosotros estábamos necesitados de su enseñanza. También pidió ser glorificado, y al instante se oyó desde el cielo la voz del Padre que le glorificaba. Y ante la admiración que suscitó la voz que se había oído, dijo: "Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros" (Jn. 12, 30). Por nosotros pide al Padre, por nosotros habla el Padre. Todo se hace para conseguir nuestra confesión de fe. Y si la respuesta de Dios que le glorifica no se concede por escuchar su petición, sino a causa de la ignorancia de los oyentes, ¿cómo el lamento de su pasión, en la mayor alegría del sufrimiento, no se habrá de interpretar como dirigido a la instrucción de nuestra fe?

(...)

Y si Cristo, conservando la seguridad que le daba su divinidad, mostró que moría con toda confianza para mostrar su real asunción de la humanidad, ¿por qué la confesión que el Hijo de Dios nos hace de sí mismo de que se ha hecho hijo del hombre y ha muerto por nosotros, ha de servir, sobre todo, para negar su divinidad?.


San Hilario de Poitiers. La Trinidad.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

Respuestas (0)
 


Volver Responder
 
Nombre
E-Mail
Asunto
Web
Enlace a una
imagen

Mensaje