irichc     Fecha  16/06/2003 01:22 
Host: dom12-165.menta.net    IP: 62.57.115.165    Sistema: Windows 98


Volver al foro Responder San Hilario de Poitiers. La divinidad del hombre Jesús, el Cristo, contra arrianos y ebionitas.   Admin: Borrar 	mensaje
 
Mensaje
21. Pero ellos pretenden que el unigénito Dios, el Dios Palabra que estaba al principio junto a Dios, no es Dios con una propia subsistencia personal, sino la expresión de una voz emitida, de tal manera que, según ellos, el Hijo es, para Dios Padre, lo mismo que la palabra es para los que la dicen; quieren introducir sutilmente la idea de que Cristo nacido como hombre no es Dios Palabra que subsiste personalmente y permanece en la forma de Dios. Y ya que a este hombre le dio vida el principio de la generación humana más que el misterio de su concepción espiritual, el Dios Palabra no tuvo una existencia propia al hacerse hombre por el parto de la Virgen, sino que en Jesús estuvo la Palabra de Dios como en los profetas el espíritu de profecía. Acostumbran a acusarnos de que decimos que Cristo no ha nacido como hombre con cuerpo y alma como nosotros, cuando en realidad confesamos que la Palabra se hizo carne, que Cristo se despojó de la forma de Dios y asumió la forma de siervo; y que nació como hombre perfecto, de acuerdo con la configuración humana y a nuestra semejanza; y confesamos que verdaderamente el Hijo de Dios ha nacido como verdadero hijo del hombre, ha nacido como hombre que viene de Dios y no ha dejado de ser Dios por ser hombre nacido de Dios.

22. Y del mismo modo que tomó para sí y por su voluntad el cuerpo de la Virgen, de sí asumió también su alma, la cual nunca es dada por el hombre a sus descendientes. Pues si la Virgen no concibió la carne más que por obra de Dios, mucho más fue necesario que el alma de este cuerpo no proviniera más que de Dios. Y pues el mismo hijo del hombre es también el Hijo de Dios, ya que todo el hijo del hombre es enteramente Hijo de Dios, ¡qué ridículo sería que predicásemos a no sé que otro como profeta animado por la Palabra de Dios, además del Hijo de Dios, que es la Palabra que se ha hecho carne, siendo así que el Señor Jesucristo es hijo del hombre e Hijo de Dios!

Porque dice que su alma está triste hasta la muerte (Mt. 26,38) y que tiene poder para dar el alma y volverla a recobrar, pretenden los herejes que su alma proceda de un principio exterior y no del Espíritu Santo, del que el cuerpo fue concebido, siendo así que el Dios Palabra, permaneciendo en el misterio de su naturaleza, ha nacido como hombre. Y ha nacido no para convertirse en dos personas distintas, sino para hacernos comprender que, como antes de ser hombre era Dios, al asumir la humanidad era Dios hombre.

(...)

Por tanto, así como Jesucristo nació, padeció, murió y fue sepultado, también resucitó. Y no puede ser separado de sí mismo en estos diversos misterios de tal manera que no sea Cristo; pues no es un Cristo distinto del que existía en la forma de Dios el que tomó la forma de siervo, ni murió uno distinto del que nació, ni resucitó uno distinto del que murió, ni está en el cielo uno distinto del que resucitó, como tampoco está en el cielo uno distinto del que antes había bajado del cielo.

23. Por tanto, el hombre Jesucristo, Dios unigénito, igualmente hijo del hombre e Hijo de Dios por ser carne y Palabra, asumió una humanidad verdadera a semejanza de la nuestra, sin dejar de ser él mismo, es decir, Dios. Y aunque cayeran sobre él los golpes, le penetrasen las heridas, le sujetasen los nudos o se levantase colgado en la cruz, todo esto le causaba la violencia del sufrimiento, pero no le producía dolor ninguno; como un dardo cualquiera que atraviesa el agua, traspasa el fuego o hiere el aire produce todos los efectos propios de su naturaleza, es decir, atraviesa, traspasa, hiere; pero la acción realizada no mantiene su efecto en estas cosas, porque no es natural que el agua quede atravesada, o el fuego traspasado, o el aire herido, aunque pertenece a la naturaleza del dardo atravesar, traspasar o herir.

(...)

24. Pero tal vez es necesario que tenga la naturaleza para experimentar en sí los otros sufrimientos humanos aquel en quien continúa la posibiliad de llorar, de tener sed y de tener hambre. El que desconozca el misterio de su llanto, de su sed y de su hambre, sepa que aquel que llora es capaz de dar la vida y que no llora la muerte de Lázaro, pues se alegra por ella; que el que tiene sed ofrece de sí mismo ríos de agua viva y no sufre de sed el que tiene poder para dar de beber a los sedientos; y el que tiene hambre maldijo aquel árbol que no le ofreció sus frutos cuando estaba hambriento y que no puede ser vencida por el hambre aquella naturaleza que con su mandato puede secar lo que es verde por naturaleza. Y si, además del misterio del llanto, de la sed y del hambre, la carne asumida, es decir el hombre entero, está sometida a los sufrimientos de nuestra naturaleza, con todo, no está sujeta a los daños que estos sufrimientos causan; de tal modo que, al llorar, no llora por sí; al tener sed, no ha de beber para vencerla; al tener hambre, no se ha de saciar con ninguna clase de comida. Pues nunca se nos ha mostrado que, cuando el Señor ha tenido sed, o hambre, o ha llorado, haya bebido, comido o sentido dolor, sino que para dar a conocer la realidad de su cuerpo ha adoptado los hábitos del cuerpo, de manera que, al acomodarse a nuestro modo de vivir, se ha adaptado a la conducta del cuerpo. Por lo tanto, cuando come o bebe no se somete a la necesidad del cuerpo, sino a la costumbre.

San Hilario de Poitiers. La Trinidad. Libro X.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

Respuestas (0)
 


Volver Responder
 
Nombre
E-Mail
Asunto
Web
Enlace a una
imagen

Mensaje